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Bajo el casco nadie oirá tus gritos, Yamaha YZR500 biplaza

Subirse de paquete a lomos de una Yamaha YZR500 biplaza con Randy Mamola de piloto es una vivencia que nadie podrá volver a experimentar jamás, pero os aseguro que es una mezcla de pavor y disfrute…

El sol, implacable enemigo, hundía sus afilados rayos en el ajustado mono de piel mientras esperaba mi turno para subirme a la Yamaha YZR500 biplaza; bajo el casco, entre sudores, mi cerebro era incapaz de adivinar si estaba preparado para gozar o para sufrir…

Pude apreciar como la Yamaha biplaza salía como una exhalación de la curva de entrada a meta del Circuit de Catalunya.

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El gruñido estridente de su motor V4 de dos tiempos se hizo notar. Un veloz borrón rojo pasó ante mi. Adiviné un bulto de carne humana, recubierto de cuero y casco protector, que se aferraba como un poseso al piloto, Randy Mamola para la ocasión.

Perdí de vista el objeto en vuelo rasante, que se dirigió al final de recta como si la frenada no fuese con él. -En un par de minutos yo estaré ahí-, pensé para mis adentros. ¿Había llegado la hora de rezar?

Casi sin darme cuenta, Randy Mamola, el atrevido paquete y la flamante YZR se detuvieron ante mi en el pit lane. Era mi turno.

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Darse una vuelta de paquete con Randy Mamola en una Yamaha YZR500 no es para todos…

De aquel momento tan solo recuerdo a un montón de gente vestida de rojo hablándome, el sudor recorriéndome la frente y una escena que transcurría a cámara lenta, en la que Randy me indicaba con la mano que subiese al asiento trasero. Me encaramé al segundo piso de la YZR pensando en muchas cosas, aunque ninguna divertida…

La suerte de conocer el trazado me daba cierta ventaja respecto al resto de atrevidos paquetes, no habituales de la moto de circuito. ¿Seguro?

Tras un breve empujoncito por parte de un asistente el tetracilíndrico cobró vida -no tenía arranque eléctrico ni a patada, evidentemente- y en una renqueante aceleración enfilamos el final de recta.

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Randy se comportó en las tres primeras curvas como si de un paseo dominical se tratase, allegro ma non troppo.

El curvone ya estaba tras nosotros cuando Randy me inquirió a mitad de Repsol, pulgar en alto, si todo iba bien. Naturalmente asentí mostrándole mi pulgar hacia arriba, con energía -aunque sabía que me arrepentiría-, no sin cierto trabajo al despegar, literalmente, la mano del asa del depósito.

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De manera inmediata la YZR aceleró a fondo, hizo un pequeño caballito y se encabritó dirigiéndose a la curva Seat. Randy aumentó el ritmo de manera espectacular, por lo que supuse que, quizás, seguramente ahí comenzarían mis problemas.

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La frenada comenzó mucho más tarde de lo que yo solía hacer y se prolongó, interminablemente, hacia el ápice de la curva. Mis brazos luchaban contra la fuerza de la terrible deceleración, en un vano intento por no golpear contra la espalda y el casco del bueno de Randy, ¡en plena tumbada!

Esta YZR500 fue un vehículo de divertimento ofrecido por Yamaha en los GG.PP.

La imagen mental de la rueda delantera escurriéndose hacia un lado cobró vida… Pero nada sucedió. Seguimos la trazada, aceleramos y pusimos rumbo a la siguiente curva. Wurth quedó atrás y nos dirigíamos a toda velocidad hacia la curva de La Caixa, la antesala del Estadi.

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Lo que experimenté veinte segundos y cuatro curvas antes se multiplicó por cinco; mis brazos se tensaron, mi trasero comenzó a levitar y, por un instante, me sentí ingrávido como un cosmonauta de la estación espacial internacional -¿para qué pagar millones si aquí en a Tierra puedo sentir lo mismo?-.

Al mismo tiempo, tenía una nueva imagen de Randy, la YZR 500 y la pista… a vista de pájaro. Entramos tumbando con los frenos cogidos y, de nuevo, imagen mental de rueda delantera escurriéndose bajo mis narices.

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Sin nada que contar, por suerte, entramos en un periquete en la de derechas del Banc de Sabadell, casi con la oreja por el suelo.

Randy conducía como si llevase una mochila en la espalda, eso sí, una mochila de 80 kilos. Tras la curva de entrada a meta, la YZR aceleró como un rayo, llevándonos de nuevo al final de recta, donde, seguramente, volvería a experimentar una sensación espacial…

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La segunda vuelta al circuito fue aún más enérgica, más rápida, más… ¿demencial? La experiencia acumulada en la primera vuelta sirvió para asustarme menos, no mucho menos.

El tetrasubcampeón del mundo iba a su ritmo, alegre, seguro, con alguna derrapada sin importancia, sin pensar que el sufrido paquete no compartía su estado de ánimo.

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Las curvas, las aceleraciones y las frenadas se sucedieron al compás del incansable y estridente sonido de los cuatro escapes de la YZR.

Finalmente divisé la línea de meta. Ya llego. Mis brazos acusaban el cansancio, ya no notaba ni el sudor y, de repente, casi me sentía cómodo y relajado…

La guinda vino de la mano de un invertido que Randy realizó al detener la YZR biplaza; de nuevo me vi descabalgado por un potro salvaje que me lanzó, durante una milésima de segundo, al vacío. De regreso a la Tierra, al asiento del pasajero quiero decir, respiré tranquilo. ¡Se acabó!

Feliz por haber sobrevivido me quité el casco y comprobé que la vida seguía igual como la dejé, aunque seguramente era unas milésimas de segundo más joven que el resto de las personas que se quedaron “en la Tierra” -la ley de la relatividad general no falla 😉-.

La frontera entre gozar y sufrir es tan indefinida, que nunca llegaré a conocer si realmente me lo pasé en grande o, simplemente, bajé de la moto con cuatro canas de más…

Todo esto lo viví y lo escribí en junio de 2001, hace 21 años, y creo que merecía la pena compartirlo con todos vosotros… Simplemente inolvidable.

Foto de la Yamaha YZR500 biplaza
Posando con la torturadora y el encantador tetrasubcampeón del mundo de 500cc Randy Mamola. La foto de apertura está autografiada y dedicada por Randy, como habrás visto.

La Yamaha YZR 500 biplaza, potro de tortura

Esta tremenda 500 era una YZR como las que en la temporada 2001 pilotaban Biaggi o Checa, con una potencia de 190 CV y un peso de solamente 132 kg, aunque con especificaciones de 2000 y modificaciones para aceptar al pasajero.

Fue reforzada en su parte trasera, las suspensiones se endurecieron un 30% en ambos ejes, también se bajó unos milímetros, buscando la mejora de su estabilidad.

El colín se rehizo completamente, moldeando un rudimentario asiento para el pasajero sufridor donde habitualmente se colocaba la centralita de toma de datos.

Toda esta zona fue fabricada con fibra de carbono, con un subchasis reforzado de aluminio. Evidentemente también se tuvieron que instalar unas estriberas de aluminio, realmente muy elevada.

La última novedad fue la instalación de una gran asa en la parte superior del depósito, construida en fibra de carbono, para que el pasajero tuviera donde agarrarse. Esta fue la última biplaza que se utilizó como divertimento -más bien sufrimiento- de periodistas y VIPS’s de la marca de los diapasones en los Grandes Premios.

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1 comentario en «Bajo el casco nadie oirá tus gritos, Yamaha YZR500 biplaza»

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