Visitando los territorios de la antigua Yugoslavia, de Montenegro a Albania
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Visitando los territorios de la antigua Yugoslavia, de Montenegro a Albania

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Salimos de Zabljak y vamos hacia el parque de Durmitor, donde lo dejamos en el anterior capítulo, una zona maravillosa de ver­de intenso. El parque, Patrimonio de la Humanidad, compren­de el macizo Durmitor, los cañones de los ríos Tara, Sušica y Draga, la alta meseta y 18 lagos glaciares. El cañón del Tara es, por tamaño (80 km de largo y 1.300 m de profundidad), la segunda formación de este tipo, tras el cañón del Colorado. Hay tres horas andando al primer lago y 30 minutos al cañón, y sólo se puede acceder así: andando, según nos informan en la oficina de turismo.

Resignados, hacemos 8 km de carretera ascendente desde los 1.400 m de Zabljak hasta el solitario parking del que sale el sendero. Es un pedregal suicida que sigue la cornisa al borde del precipicio a 1.700 m de altura. La visión es impactante: garganta a nuestros pies, a derecha e izquier­da, y valles y bosques en 360 grados. La situación y la dificultad de acceso lo conservan virgen. Tras superar el vértigo, la sudada a 38º C y la nube de insectos, vamos entre bosques a las pistas de esquí, donde comemos un sabroso guiso de cordero. Disfrutamos de las estrechas pero buenas carreteras del parque, de la visión del lago negro y del valle más extenso que recordamos a esta altura. El wi-fi es gratuito en bares y terrazas, y allí acabamos el día, conectados y tomando un helado.

Día 10. De Zabljak a Kotor 285 km

Antes de salir hacia Podgorica volvemos a ver el cañón desde el gran puente. Tomamos una carretera fantástica, virada, ancha y muy motera. que nos lleva por 100 km de verdes y angostos cañones. Disfrutamos tanto. que repetimos algunos tramos. No hay arcenes ni posibilidad de parar a hacer fotos. En esta zona nos cruzamos con más motos (locales) que en el resto del viaje y vemos algún coche con la pegatina de país YU. La capital, que cuando la conocimos se llamaba Titograd, es irreconocible y seguimos hacia la carretera de dos carriles que conduce a Cetinje.

Atravesamos el Parque Natural de Lovce, a 40 km de la costa. Los primeros 20 son increíbles, subiendo una carretera superestrecha, de curvas cerradas, sin visibilidad, sin protecciones y al borde del precipicio. Hay que tocar la bocina en cada curva. Arriba, a 1.100 m de altura, cambiamos de vertiente, con un acantilado que cae en picado y la vista maravillosa de las bocas de Kotor al borde del mar. Y la bajada… uff, la bajada, son incontables y vertiginosos virajes con vista a la bahía y 25 parrillas numeradas para que te enteres de lo que falta. ¡Vaya día fabuloso de carreteras y pai­sajes! Kotor, la ciudad, está rodeada por los acantilados y una muralla iniciada en el 535, además de edificios del siglo XIII y venecianos que la han convertido en Patrimonio de la Unesco. El hotel, parte de él, tiene las murallas en su comedor. Cenamos pescado de calidad y oímos ha­blar español a pasajeros de un crucero que hace escala en este puerto.

Día 11. De Kotor a Ulcinj, 140 km

Bordeando la bahía en dirección a Dubrovnik se atraviesan bellos pueblos como Perast, mientras que hacia el sur se suben y bajan ma­cizos rocosos, en una carretera muy divertida. Paramos en la península de Sveti Stephan y seguimos curveando. Entre Bar y Ulcinj hay 35 km penosos por su tráfico. La ciudad vieja de Ulcinj está amurallada, con restaurantes en las casonas con mejores vistas. Contrastan las llamadas a rezo en los minaretes con los biquinis de la playa, llena de turistas locales y albaneses. Cenamos marisco no barato y bajamos al puerto, lleno de ruidosos bares y discotecas al aire libre. Destacamos la nube de mosquitos y el parking seguro para la moto, que es literal­mente una jaula.

Día 12. De Ulcinj a Tirana, 160 km

Llegamos a la frontera desde Ulcinj. Un policía nos hace pasar por detrás de las garitas y seguir, evitando el lentísimo control y la cola de 30 coches a pleno sol. Así entramos en Albania, algo desconcertados, sin sacar el pasaporte y sin un solo letrero de entrada o de límites de velocidad. La carretera está perfectamente asfaltada, sólo hay 20 km en mal estado hasta Tirana. Nada parecido a lo que dicen los foros. Con poca señalización y sin cartografía, llegamos al hotel, en el barrio de las embajadas, por lo que nos sentimos seguros. Los propietarios hablan seis idiomas, son encantadores y han veraneado en Sant Feliu de Guíxols, en Girona.

En el centro, de aspecto moderno, está la plaza Skanderberg, con todo lo que hay por ver: ayuntamiento, iglesias y museos. En unos jardines cercanos, la pirámide-mausoleo de Enver Hoxha, abandonada y hogar de indigentes, y las casas de altos cargos comunistas reconvertidas en bares y discotecas. Antes de la democracia, la importación estaba prohibida y ha originado locura por los coches alemanes de alta gama (de segunda mano), que llenan las calles y se hacen ver con ruido. Las motos son japonesas, de 600-750 cc, con chicas en posición de despegue en el colín y sin casco. Comemos una espectacular brucheta caliente y aguardiente local.

Día 13. De Tirana a Vlore, 198 km

De Tirana a Elbassan hay 80 km de buena carretera entre montañas algo peladas y muchas curvas. Después es llana, con tramos de autopis­ta y 20 km muy malos. Los policías saludan al pasar, pero Fernando va muy concentrado por culpa de las maniobras peligrosas e imprevisibles de los conductores. Vlore es uno de los pueblos playeros para turismo local y esloveno.

Al día siguiente nos lo pasaremos en la piscina, con comida al borde del mar y tarde para descubrir lugares. Sólo vemos pizzerías y pescado, nada típico. Después, la espectacular puesta de sol.

Día 15. Vlore-Butrinto-Vlore, 372 km

Queremos ir a Butrinto y Gjirokasta, ambos Patrimonio de la Humanidad, pero nos dicen que todo en un día es imposible, ya que sólo al primero (130 km) hay 4 horas. Lo cierto es que nos costó casi tres, ya que la ca­rretera sube y baja por continuos macizos rocosos con abundantes curvas. Disfrutamos a pesar del exceso de línea continua y de conductores locos. En Butrinto visitamos las fantásticas ruinas: griegas, romanas y paleocris­­tianas en un bonito entorno, viendo enfrente Corfú y con mucho calor.

A Gjirokasta, situada en el antiguo Epiro, se llega tras 60 km de buena ca­rretera. Bebemos en las frescas fuentes de la montaña, pero al bajar hay 39º en el valle y el aire abrasa al respirarlo. Este pueblo domina el valle del Drina y conserva casas otomanas de varios siglos gracias a haber sido declarado ciudad museo por el dictador Hoxha, que nació allí. Las calles empinadas y empedradas resbalan e impiden la visita en dos rue­das. La vuelta por una bucólica carretera llena de rebaños acaba en pista impracticable y hay que retroceder casi hasta Tirana por tramos llenos de agujeros y obras. Sin contar las visitas y comidas, hicimos más de 10 horas de carretera. Llegamos justo para una ducha y ver la puesta de sol.

Día 16. De Vlore a Durres, 172 km

El barco a Bari sale a las 21 horas y decidimos visitar Berast, el otro pueblo otomano. Iremos por una nacional y volveremos por otra. ¡Tre­mendo! Eso sí son las carreteras que comentan en las crónicas. Fer­nando para en varias ocasiones dudando sobre si seguir o no, ya que el sufrimiento se convierte en peligro con la conducción del país. Se hizo eterno. Nos recompensa la belleza de Berast, donde hacemos un mon­tón de fotos. Hay bares, pero no restaurantes, ni en el siguiente pueblo, ni el siguiente. Nos indican una casa de comidas, donde la señora te da lo que guisa en cinco mesas en la sala de su casa. Por menos de 4 eu­ros tuvimos la comida más auténtica del país: sopa y potaje de lentejas. Después, la carretera no mejora hasta iniciar la autopista en Fier. Ya en el puerto, nuestro barco está listo y, aunque faltan tres horas, nos dejan embarcar. Somos cuatro gatos en el barco y la única moto.

Adiós a los territorios de la antigua Yugoslavia, una aventura increíble que te traslada cien años atrás en el tiempo. Conducir por lugares tan bellos como peligrosos y las ganas de visitar algo diferente y auténtico compensan el cansancio de transitar por unas tierras realmente en un estado de civilización precario para los estándares europeos.

 

Vés a la primera parte del viaje por la antigua Yugoslavia, de Croacia a Montenegro.

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