Viaje a la lejana India (2ª parte): El valle de Mustang
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Viaje a la lejana India (2ª parte): El valle de Mustang

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El calor a principios de junio estaba siendo insoportable, la humedad que lo acompañaba aún peor. Pero tras ahorrarme más de mil kilómetros al subir la moto al tren, ya no tenía por qué quejarme. Desde el caos infinito de esta enorme urbe tomé rumbo al norte, hacia la ciudad de Darjeeling, incrustada entre montañas, elevada sobre el nivel del mar, rodeada de campos de té.y mucho más fresquita.

El camino fue una dura prueba de resistencia física. Las carreteras estaban atestadas de camiones, autobuses repletos de gente, gente por todas partes, motocarros, motos de pequeña cilindrada. Y todos circulando a la vez, desesperados, como si la carretera fuese a desaparecer, o el destino o ellos mismos. Nunca he circulado por lugares con semejante tráfico infernal. El sonido del claxon de camiones y autobuses al pasar sonaba en mi cabeza como un disco rallado, de noche, de día, daba igual.

La cantidad de baches, agujeros, tierra suelta, piedras que esquivar y un asfalto ruinoso hacían que mi Ducati Scrambler no parase de saltar y rebotar contra el asfalto. Mi espalda lo notaba y el calor (llegué a mirar la temperatura y superó los 45 grados celsius) hacía el viaje cada vez más duro. El aire, también caliente, te quemaba la cara al abrir la visera del casco, no te permitía refrescarte. El agua que transportaba la moto estaba siempre caliente. No bastaba con meter la chaqueta en el agua y vestirla calada, en pocos minutos ya estaba seca. La piel se volvía negra del hollín que soltaban los pesados vehículos a los que a duras penas podía adelantar.

Otras veces los encontraba de frente, incluso en vías con los carriles delimitados por una enorme mediana. Estaba deseando llegar a la frontera y descansar.

Tres duras jornadas de más de cinco horas de moto. Sufriendo el sofocante calor, la humedad y el tráfico intenso de una carretera fronteriza, pegada, además, a grandes extensiones de tierras de cultivo de té y de huertas.

Al igual que llega lo malo, lo hace lo bueno y, por fin, tras esperar varias decenas de minutos tras un paso a nivel cerrado que todos se saltaban, crucé la vía y desde allí tomé una pequeña carretera que serpenteaba entre diminutos pueblos hasta la frontera con Nepal.

El paraíso del silencio

Cuando llegué a la oficina de aduanas me di cuenta de que mi moto había perdido la matrícula, quizás eso iba a ser un problema para entrar en el país de los ochomiles, pero, tal y como habían vaticinado los viajeros MrHicks64 y Fernando Quemada, con los que hablé antes de irme, no tuve ningún problema. El nepalí es generoso, simpático y tranquilo por naturaleza. Siempre sonriente, siempre en paz. Pagué lo que estaba estipulado por entrar con una moto india y continué mi camino hacia el oeste. Tenía que llegar a Katmandú.

El calor comenzó a descender mientras la Ducati Scrambler se divertía entre las curvas, por fin libre de tráfico y pesados camiones con intenciones nulas de respetarnos a las dos. No oía nada, ¿me habría quedado sorda después de tanto tráfico indio? No. Allí no se usa el claxon para advertir que uno gira, o llega, o frena, o se para. Mi sonrisa de oreja a oreja se salía del casco. Las pistas que iba fichando a los lados de la montaña me hacían relamerme. Estaba en la tierra de las montañas, sin asfalto en la mayoría de los caminos. Estaba feliz.

También lo estaba al conseguir más de tres mil euros recaudados para las dos ONG a las que llevaba ayuda en forma de dinero: Petit Mon y Amics del Nepal, y estaba deseando conocer a las personas que trabajan para que esos niños de la casa de acogida sigan estudiando, a los que dan su vida por enseñar lo importante de la conciencia ecológica. Deseando llegar a un lugar mítico, la ciudad de Katmandú.

Después de subir esa enorme montaña aún quedaban otras, una suave cadena montañosa que esconde la ciudad de los tres reinos tras ella, en el valle cerrado por una de las cordilleras más altas e imponentes del mundo: los Himalayas.

Katmandú

Llegar a otra ciudad supone volver a respirar poco. Pese a que no es tan grande como otras ciudades indias, Katmandú es la tercera ciudad más contaminada del mundo. El tráfico no es tan espeso como en India, no hay tanto ruido, los coches te respetan y te dejan pasar (si pueden). Puedes conducir más relajado. Hasta que no cayó la noche no fui capaz de comprender hasta qué punto está contaminada esta ciudad. Cuando caen las luces del día, una fina capa de partículas en suspensión forma bonitos haces de luz con los faros de los vehículos. ¡En algunos momentos incluso era peor que la niebla!

Superada mi inquietud por dejar de respirar, me dirigí a darle un regalo a mi Ducati, la llevé al concesionario que la italiana tiene en esta capital. El cambio de filtros era fundamental después de haber recorrido los últimos 200 km por varias pistas de tierra y arena, atravesando las montañas por el camino mas corto y más divertido. Encantados de nuestra llegada, nos atendieron perfectamente, y dejaron mi Scrambler en mejores condiciones para continuar con este Desafío #AsiaEmisiones0.

Mi segunda misión, visitar las dos ONG, entregar el dinero y convivir unos días con un equipo de televisión que vino a grabar conmigo.

Muy satisfecha por haber llegado a los tres mil euros de recaudación, aún pude alegrarme más; una calurosa bienvenida en la casa de acogida de Sano Sansar y una mañana entera con los jóvenes de Amics del Nepal; la entrega de lo recaudado que, gracias a Twenergy, doblaba la cantidad y un divertido e instructivo vuelo en helicóptero hasta el centro del terremoto, donde comprobaba los estragos que causó la avalancha gigante sobre el “valee” de Lang Tang, una de las zonas de campamento a 3.000 metros desde la que se comenzaba la ascensión al Annapurna.

Con el corazón en un puño al comprobar que no quedaba nada, solo piedras que habían sepultado el bonito pueblo y un montón de troncos tumbados, arrasados y abrasados por la onda expansiva, equivalente a dos veces el desastre de Hiroshima…

La Ruta hacia Jomsom: el valle de Mustang
 

Atrás quedó la desolación de esa montaña, la tumba gigante de tantas personas, los ya amigos de las ONG, el hábil piloto español del helicóptero y las compañeras de televisión.

Comenzaba una nueva etapa del viaje, la más deseada y divertida, la más dura e imprevisible: llegar a la base de los Annapurnas, recorrer el desconocido valle de Mustang. Primero, pagar el peaje obligatorio para comenzar el ascenso: cuarenta dólares por una cartilla que es obligatoria para los que caminan, circulan en moto o en coche. Cartilla que hay que presentar en varios check point que regulan y vigilan el paso a estas zonas reservadas a la naturaleza y al turismo.

Rumbo al oeste hasta Pokhara, una bonita población a orillas de un enorme lago, rodeada de picos blancos y altísimas cumbres. El preludio del camino. Belleza natural. Desde esta pequeña ciudad donde pasé una noche y tras revisar los mapas de caminos, la Ducati y yo salimos rumbo a Beni, la ciudad cruce de caminos con el sur del país y con el montañoso norte.

Tras tres horas sobre la moto, el asfalto era solo un recuerdo y el polvo de la tierra, las piedras y los inmensos paisajes, una bendición. Este era el último lugar para repostar. Por delante, doscientos kilómetros de ascenso por una de las carreteras que está entre las diez más peligrosas del mundo y las más bellas.

Esas nubes, ¿son de lluvia?
 

El pequeño camino de tierra estaba arañado, tramo a tramo, a la montaña. A la derecha, un inmenso río con un cauce casi vacío que permitía ver las enormes rocas que mueve el agua en el deshielo, vacío de agua pero aun así con un cauce muy caudaloso, ruidoso, con agua de color blanco debido a los minerales que arrastra. El ruido ensordecedor del agua del enorme río me acompaña cada metro, cada subida de piedras. El paisaje lo llena todo, paro, hago fotos. Miro, remiro, no me canso. Se me hará tarde, pero este paisaje es tan brutal, que no puedo pasar de largo.

Al fondo de la garganta por la que subo, unas nubes negras. Aún están lejos. En pocos minutos, estaban cerca, tan cerca que algunas gotas traídas por el viento se posan en mi visera. Decido parar a ponerme la ropa de agua. No hace frío, pero no quiero ir empapada. Tuve el tiempo justo para ponerme el pantalón y la chaqueta, la tromba de agua comenzaba a llegar. Se oía muy fuerte. Me pegué a la pared de la montaña para intentar resguardarme.

Unas piedras golpean mi casco, siento miedo, puede ser un desprendimiento. Clac, clac, clac, aún más. No son piedras, son enormes bolas de hielo que traen las nubes. En pocos segundos estoy en medio de un temporal de lluvia y granizo. El ruido es increíble. La moto allí, parada, y yo debajo de un pequeño saliente, una piedra que evita que me caiga más granizo encima. Las protecciones de la chaqueta y las botas me están curando de tener algún moratón.

En unos minutos, la nieve desaparece, y lo deja todo mojado y con una fina capa de niebla en pleno día. El agua del río es marrón, y tiene mucho más caudal. Algunas cascadas de tierra caen en la pared del frente. Ahora debo extremar el cuidado. Hay mucho barro y piedras. El ascenso se complica. El vadeo de los enormes charcos al principio me preocupa, pero la mayoría tiene piedras en el fondo y la moto puede pasar sin problemas.

Las botas empapadas, el casco calado, los guantes… Una avalancha de tierra ha cortado la carretera en un punto. Las personas se afanan por allanar el camino a los camiones y tractores con unas palas. Yo solo me imagino si me hubiera pillado eso en marcha, o debajo de donde ha caído. He tenido suerte y puedo continuar.

Jomsom y el Annapurna
 

Parada y fonda, eso es lo que hay que hacer cuando uno se ha mojado y sale el sol. Esta es la única manera de secar las botas y los guantes.

A la mañana siguiente, de nuevo retomo el camino, que no deja de sorprenderme con los enormes espacios, los paisajes, los picos nevados que en cada curva, en cada recodo aparecen como pintados. No me cruzo con mucho tráfico, algún que otro autobús destartalado, lleno de gente dormida (supongo que para no sentir pánico al ver los precipicios).

El ascenso continúa por una carretera llena de piedra y barro. El esfuerzo que tengo que hacer para sujetar el manillar hace que me duelan los brazos. Las botas siguen mojadas por los vadeos, cada vez más profundos y largos. Poco a poco el paisaje cambia, se hace más plano, menos escarpado. Los árboles dejan de existir y sobre mi cabeza, vigilando cada paso, un pico de 8.000 metros, uno de los Annapurnas. Llegar a Jomsom ha sido toda una aventura y poder despertar viendo ese mítico pico, un sueño.

El regreso al sur
 

Para volver opto por la opción del camino más corto, de nuevo subir y bajar montañas, por caminos sin asfalto, con vistas increíbles de los picos nevados, fue la tónica. Cada vez con menos lluvia y más calor, hasta llegar al final de la cordillera, después de haber superado, subido y bajado más de diez puertos por pista. Para que os hagáis una idea, más de dos días en cubrir escasos trescientos kilómetros. Al fin, un fuerte descenso, el último. Los pueblos cada vez tienen más gente, son más grandes. Llevo una semana sin ver el asfalto. Al fondo se ve una línea gris, ahí se vuelve a la normalidad, aún con el gran pico al fondo. Un día más y ya estaré en la falda del país.

Nepal se divide en tres franjas, la llanura hacia donde voy, la cordillera que he pasado y las altas montañas, de las que vengo. En el sur, la humedad es lo que reina, hace calor y por las tardes llega el premonzón. Las lluvias cada vez son más fuertes, tormentas eléctricas que permiten rodar fresquito de madrugada. A las cinco ya hay luz suficiente para salir.

Unos últimos días en el Parque Natural de Bardia para descansar. Unos días que me regalan un tesoro: he podido ver elefantes salvajes cruzando una carretera a escasos metros de mí. Aprovecho para grabar un vídeo. Me armo de valor para regresar a India y finalizar este viaje en la capital Delhi. Han sido tres meses de viaje, más de 7.000 km, dos países y un montón de paisajes diferentes.

Información adicional:
 

Puedes visitar India y Nepal alquilando motos allí, tanto Royal Enfield como motos de campo para viajar por los valles de las montañas. No olvides un buen seguro, es fácil tener accidentes y en India solventar este tema es complicado si no estás asegurado.
Si quieres rodar conmigo en India, estoy preparando una ruta para el mes de octubre. Más información en FB o mi página web: aliciasornosa.com.

Si te perdiste la primera parte de la ruta, aquí puedes leerloViaje a la lejana India (1a parte): La Ruta de las Plantaciones

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