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Rutas

Viaje en moto a Cabo Norte, pasando por Moscú

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Durante meses fui preparando todo lo necesario, el com­plicado visado para Rusia, me pidieron itinerario completo, etapas dia­rias, noches de hotel, y hasta me echaron para atrás mi actual pasaporte alegando estar ¡un poco arrugado! Me tocó sacar uno nuevo, presentarles concien­zudamente el recorrido, frontera de entrada, frontera de salida, carta verde, carnet internacional, seguros varios… revisé la moto de arriba abajo, la calcé con unos fantásticos y kilométricos Michelin Anakee 2 y, por supues­to, también me fui preparando mentalmente para esta larga travesía en solitario. Saqué una estimación aproximada de los kilómetros totales a recorrer, me salían unos 15.000 km y disponía de 32 días.

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Emprendí viaje con la intención de dormir la primera noche en el pueblo fronterizo de Boug Madame. Despierto en el pueblo franco alpino de Barcelonnette bajo una intensa lluvia, aun así no lo pienso, me enfundo el mono de lluvia y empiezo la larga ascen­sión hacia la carretera más alta de Europa, el Col de Bonette, de 2.802 m. El viento y la lluvia me acompañan en toda la ascensión hasta superar los 2.200 m, don­de se convierte en aguanieve. Corono y según voy descendien­do, el tiempo mejora, aun con esta meteorología os aseguro que las vistas merecen la pena.

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La idea es cruzar a Italia por el Col de la Lombarde, un cartel me advier­te de que el Passo está cerrado, aun así yo continuo, la carretera parece que está bien. Una vez coronado y ya en el lado italiano, me doy cuenta del porqué del cartel, un enorme alud de hielo tapa por completo la carretera.

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Intento pasar por la parte menos gruesa para que así la moto tenga tracción, despojo de la moto de todo el peso posible, y yo desde fuera de ella y con una marcha engranada intento conducirla… el invento desafortunadamente apenas funciona cinco metros, mi moto está literalmente clava­da en el hielo… utilizo todas mis fuerzas pero no hay manera de sacarla, tendré que llamar a la asistencia en viaje, ¡pero si no hay cobertura! A andar se ha dicho, tras un par de kilómetros, ya fun­ciona mi móvil, pero mi seguro no para de ponerme pegas, al final y, tras discutir con ellos, la asistencia italiana parece que me dará servicio.

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Tras más de dos horas, escucho el sonido de una furgoneta. ¡Milagro!, resulta ser un operario de una compañía italiana de eléctricas. Su joven conductor para al verme allí tira­do, nos presentamos y le cuento la historia. Angelo no duda un solo momento en ayudarme, él también resulta ser viajero, me acompaña hasta la moto y entre los dos conseguimos sacarla… “El Ángel de los Alpes”, finalmen­te la asistencia no me hará falta.

De nuevo en Francia y ya con el día perdido, me enchufo de nue­vo por las caras autopistas del sur de Francia. Cruzo el norte de Italia, Austria, sur de Alemania, hasta Polonia, donde paso la noche.

Objetivo Moscú

La entrada a Ucrania la realizo por el cercano paso fronterizo de L’Viv y sus bacheadas carreteras no invitan a correr. Circulo tran­quilamente a unos 90 km/h; de pronto por mi izquierda un coche de policía con más luces que una discoteca, tocando el claxon y gritándome Stop, me hace parar. Ya empezamos… me comentan que circulaba a más de 130 km/h y que me han hecho una foto… y para colmo me reclaman directamente una multa de 300 euros, ¿pero no estamos en Ucrania? Tras discutir con ellos me toca negociar la multa “No Protocol” en su coche, 50 euros tienen la culpa, es la primera vez y me han pillado de pardillo, hoy ya me han roto el presupuesto, continúo via­je y rebaso la capital Kiev, paso la noche en un pintoresco hotel situado a las afueras.

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El objetivo para hoy es llegar a Moscú, me espera otra impor­tante paliza de kilómetros. La historia de la policía se repite dos veces más, pero uno ya ha espa­bilado y en la última parada me quieren multar por excederme billado. Superados los trámites efectuamos una breve parada, me despido de los motoristas rusos, ellos van dirección Riga a una concentración de Harley y yo a buscar un hotel o lo que sea para por fin descansar.

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Estoy muy nervioso, agotado, y ya no sé qué hacer para parar de rascarme… el ojo izquierdo está literalmente tapado por culpa de las picaduras y el casco cuesta de entrar en mi picoteada cabeza. Tras algo más de dos horas de búsqueda, con­sigo alojarme en un cuadriculado y desfasado hotel en la ciudad letona de Recekme, es lo que hay, caigo rendido.

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Los siguientes dos días los dedi­co a visitar las turísticas y anima­das capitales de las republicas bálticas, Tallim y Riga. Mi intención es volver a cruzar a Rusia direc­ción San Petersburgo por la con­trolada frontera estonia de Narva. Me dicen que mi pasaporte solo era válido para una entrada… tan­to requisito y al final me han hecho mal el visado… San Peters ¡tendrá que esperar, qué lástima, otra vez será; única opción volver a bajar hacia Riga para allí coger un ferry que me lleve dirección Finlandia.

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Tras la tranquila travesía, en el puerto de Helsinki me recibe mi amigo Erik, con el que comparto cuatro días de maravillosas rutas por el país de los lagos. Él y su mujer Helena se encargan de que no me falte de nada, me dan cobijo en su casa y me alimentan con comida típica. Qué suerte la mía poder contar con un experto y ducatista guía. Visitamos su capi­tal, Lappenranta, Savonlinna, Koli, Kalajoki, Oulu… allí nos despedimos y pongo rumbo de nuevo en solitario hacia Rovaniemi, en ple­no círculo polar ártico, donde visi­to el complejo dedicado a Santa Claus.

Continúo hacia el norte con la intención de coronar lo antes posible uno de mis principales objetivos del viaje, el mítico Nord Kapp. Tras cruzar por el impresio­nante túnel de peaje, por fin piso la ansiada isla de Mageroya, a lo lejos ya puedo ver el famoso com­plejo que hay montado en el punto más septentrional de Europa. Son las nueve de la noche y es com­pletamente de día, entro en calor con una buena taza de café y visito el complejo, realizo las fotos de rigor, compro los souvenirs correspondientes y contemplo el sol de medianoche, he tenido suerte de poder verlo.

Viaje de vuelta

El regreso comienza con los 3.000 km que mide el continente escandinavo de punta a punta. No se debe circular a más de 80 km/h para evitar las caras multas noruegas, realmente el entorno es espectacular. Tras el obligado ferry, visito las protegidas y escar­padas islas Lofoten, los paisajes allí son increíbles y se respira una gran paz. Continúo bajando hacia la ciudad más animada y cosmo­polita de noruega, Bergen.

Y sigo bajando hacia la parte sur, mis comidas las voy alternado con snacks y comida prepara­da que voy comprando sobre la marcha en supermercados, y es que Noruega realmente es muy cara… Ya en el condado de Hordaland, famoso por ser el que reúne los fiordos más boni­tos del país, dedico varios días a visitar los más grandes y emble­máticos Hardanger, Sorfjorden, Lysefjorden, muchos de ellos los bordeo y recorro por pequeñas carreteras en las que apenas cabe un coche, y llego a pequeñas aldeas de pescadores de las que no aparecen en los mapas y don­de aprovecho para hacer fantásti­cas fotografías.

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Mi siguiente parada la dedico a la visita del famoso Púlpito (Preikestolen en noruego), tras descansar en un cercano cam­ping y, siguiendo los consejos de un grupo de motoristas alemanes, madrugo y me levanto sobre las 6 de la mañana, para así evitar coincidir en la subida con los grupos de turistas. Tras cerca de dos horas de trekking, consigo mi objetivo, las vistas desde el pro­montorio a más de 800 m sobre el fiordo de Lysefjorden, que os aseguro que merecen la pena. Cruzo en ferry hacia Lauvvik y por la poco transitada carretera 45 pongo dirección a Oslo.

Al día siguiente continúo bajan­do hacia el sur cruzando desde Suecia por el puente de Malmö dirección Dinamarca. La cruzo dirección este para coger el que será mi último ferry. Ya estoy en el norte de Alemania, decido bajar toda Francia por sus anti­guas pero bonitas carreteras nacionales con la idea de hacer un poco de turismo y conocer un poco mejor la campiña france­sa.

Aprovechando que me pilla de paso, que es domingo y que además hay poco tráfico, dedi­co una mañana a visitar París. Seguidamente pongo rumbo hacia Clermont Ferrand. Allí está enclavada la enorme factoría de Michelin, visito su circuito de prue­bas y me acerco a ver el recién inaugurado Museo D’aventure Michelin, donde puedes conocer toda su historia.

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Este gran periplo de 16.200 km en moto por toda Europa ya va tocando a su fin. La última noche la paso en el camping francés para motoristas Le Reílas moto, donde comparto cena y tertulia con su propietario André, también motoviajero. Ahora a ir preparan­do el siguiente viaje.

Quiero aprovechar desde estas páginas para mostrar mi agradeci­miento por su colaboración a mis amigos del Moto Club Alicante, a Michelin España, a Motauto de San Vicente, a la marca ilicitana de equipamiento para motoristas Rainers, a Neill Racing, Goma 10, Alicante Travel Management, Finca Les Palmeres de Benidorm, y a Solo Moto30 por la publica­ción, Gracias a todos.

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