Viaje a Alemania: Rumbo al infierno verde
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Viaje a Alemania: Rumbo al infierno verde

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Dos acontecimientos relevantes marcarían los preparativos de mi viaje. La negativa de Renée Zellweger a venir conmigo… mejor, porque con ese apellido nunca me habría cabido en la moto, y una lucecita roja en el cuadro de la R12R, advirtiéndome de que el modulador del ABS se había ido de vacaciones antes que yo. Y ninguno de los dos iba a impe­dirme conocer el infierno antes de abandonar este mundo… el infier­no verde, claro.

Desde hace años venía siguien­do lo que se cocía en Glemseck 101, y el año pasado, tras leer el excelente artículo que de la reunión apareció publicado en el número 1.926 de la revista Solo Moto Actual… supe que tendría que ir a conocerla.

Tras preparar rutas, mapas y hoteles, organizadito que es uno, toca ponerse en marcha. Me acercaría a Leonberg, escenario de Glemseck, atravesando la Selva Negra, así que el primer día de viaje sería de acercamiento. Valladolid- Besançon, algo más de 1.300 km de ¿aburridas? autovías y autopis­tas. Es la consecuencia de vivir en una “esquina” de Europa, pero para mí, estas jornadas maratonianas tienen mucho encanto.

El menú del segundo día, unos 450 km, sería mucho mejor. Amanece gris en Besançon y rápi­damente paso la frontera alemana tras dejar atrás Mulhouse, que me trae buenos recuerdos por­que hace ya más de una década estuve unos días en la factoría que la firma automovilística Citroën tiene allí. Nada más cruzar el Rin, empiezo a disfrutar del excelente asfalto y minimalista señalización de las carreteras alemanas.

Es imposible abarcar la Selva Negra en una jornada, así que para atravesarla, trazo la llamada Ruta Panorámica, que transcurre por alguna de las carreteras con mejores vistas de la Selva, e inclu­so se pueden ver mis adorados Alpes desde allí. Tomo dirección Müllheim para llegar hasta los lagos Schulsee y Titsee, más agreste el primero, más turístico el segundo, pero ambos preciosos. Comienza a lloviznar y paro en uno de los numerosos refugios tipo casita de madera que hay de cuando en cuando, para ponerme el traje de agua. Coincido con un colega alemán, ¡cómo no, con su GS!, que también busca refugio. Si algo me sorprende de la Selva Negra, es el gran ambiente motero que hay para ser ya primeros de septiembre. Sus carreteras son un incesante movimiento de motos… modernas naked derivadas de RR y grandes trail.

Llegando a Glemseck
 

Sigo por los magníficos para­jes de Hinterzarten, Breitnau, St. Märgen y, tras visitar brevemente el típico pueblo de St. Peter, tomo dirección Waldkirch. En estas cir­cunstancias, el GPS y mis notas sobre el depósito (mis “roadwoo­ze”) son de gran ayuda, ya que la señalización de las carreteras alemanas es escasa, acostumbra­do como estoy a los bosques de chapa de las nuestras…

En las cercanías de Waldkirch veo una pista de parapente. Una redondeada colina de hierba y de gran altura y pendiente, en la que numerosos “piloten” se lo pasan en grande tirándose al vacío. Mejora el día, y puedo aprovechar para visitar tranquilamente Triberg, el más típico, en el peor sentido de la palabra, pueblo de la Selva Negra. Repleto de relojes de cuco y de todo tipo de artilugios reali­zados en madera… mucho mejor resulta la visita a Gegenbach, el pueblo más bonito de la Selva Negra. Sus fachadas de colores con sus vigas vistas de madera… pasear por sus calles empedradas te traslada a otra época y vestido “de romano” es lo más.

Termina mi periplo selvático en la turística cuidad de Baden-Baden. Aprovecho para hacer una visi­ta nocturna. Y sí, hay bastante ambiente. Bonita ciudad Baden- Baden, que bien merecería una visita más pausada.  Amanece el tercer día un poco gris, pero sin lluvia. Baden-Baden no está lejos de Stuttgart y Glemseck 101 me espera. Llego temprano, sólo he tenido que hacer 115 km por “auto­bahn”. Enseguida encuentro Leonberg y el viejo circuito de Solitude, lugar del encuentro. Dejo la moto nada más llegar, quiero entrar andando para poder verlo “todo, todo y todo”. Las primeras carpas se están mon­tando. Stands de KTM, Triumph, BMW y de alguno de los mejores preparadores y fabricantes de accesorios café racer de Europa, y por ende, del mundo. LSL, Wrenchmonkees, KrautMotors, Walzwerk, JvB, Benders, Hammer, SideBurn, RAD, Louis, Touratech, Wunderlich… y no terminaría nun­ca.

No tengo ojos suficientes para verlo todo, y eso que soy un cuatro ojos. Impresionante el entorno y las motos que se ven allí. Deciros que entre el sábado y el domingo, me hice más de 2.000 fotografías… sí, no es una errata, 2.000 fotografías.

Un espectáculo ver las nume­rosas pruebas de aceleración. Ver competir a la ex mundialista Katja Poengsen contra la piloto en activo Nina Printz. Ver la R NineT de El Solitario (un tío muy sim­pático), la espectacular BMS de KrautMotors… ver a mi idolatrado Guy Martin en el stand de Red Torpedo, para los locos del café racer como yo esto es una autén­tica catedral y lugar obligado de peregrinación. Como había tantas cosas que ver, mis planes incluían visitar el museo DaimlerMercedes de Stuttgart, pero la Glemseck 101 me atrapó de tal manera, que no pude salir de allí. Otra vez será, el museo de la estre­lla y el de Porsche creo que segui­rán por allí unos cuantos años.

El infierno verde
 

Tras dos intensos días en Glemseck, se acercaba el día D. Hago noche en Wieslockh y, como de costumbre, me levanto muy temprano. Breve visita al cir­cuito de Hockenheim, todo cerrado y el guarda de seguridad que no me deja pasar; y como friqui que soy, no puedo resistirme a hacer una foto a la entrada del pueblo de Vettel, Heppenheim. El pueblo en sí se parece mucho a mí, carece de todo encanto. Tampoco pude ver referencia alguna al cuatro veces campeón del mundo de F1… qué fríos son estos germánicos.

Tras largos tramos de impecables autopistas, llego a Koblenz. Voy disfrutando por el carril derecho a 120 km/h, porque si no está pro­hibido ir más rápido, ¿para qué correr más?, ja, ja, ja… esto un ale­mán nunca lo entendería. Bordeo el lago Laacher y apa­rece la salida a Nürburg, donde llego al mediodía. El plan es comer algo, dejar las maletas de la moto en el hotel y a batir el récord de Nordschelife… ah, no, esto último se lo dejo a Helmut Dahne, buscad en Internet, si tenéis la suerte de ser jovenzuelos.

Por la tarde llego el primero al peaje del infierno, poco a poco aparecen los típicos cochazos, y un poco más tarde, el aparcamiento de motos se ha llenado. Ver la cola de la gasolinera llena de McLaren, Porsche y Ferrari es algo que los de la meseta no vemos todos los días, aquí somos más de Clio e Ibiza.

Cinco y cuarto, nudo en el estómago y “pa dentro”, empie­zo a babear con el trazado, tan absorto voy que en el kilómetro 7, Kallenhard, me hago un recto sin consecuencias. Me enfado muchí­simo conmigo mismo, porque estar solo y tan lejos de casa no permite errores, así que decido que las siguientes cuatro vueltas iré más rápido, ja, ja, ja.

Así lo hago y, al ir más concen­trado, sin ningún incidente más. Nordschleife no admite bromas y en cualquier descuido te morderá. Suelo hacer alguna rodada en cir­cuito, pero rodar en Nürburgring, aun yendo de paseo y con la poco adaptada R 1200 R, es una de mis mejores experiencias en moto, ¡hay que venir! Tienes que venir, aunque ya lo dijo Jackie Stewart: “Si te gus­ta Nürburgring, o no has ido sufi­cientemente rápido, o estás loco”.

Vuelta a casa
 

Tras las cuatro vueltas a Nürburgring, y aún “sedado” por la experiencia, decido recorrer la zona de Adenau, carreteras precio­sas, estrechas, lentas, solitarias, con rebaños de ovejas más gran­des que los propios pueblos. Me gustaron mucho más que las de la Selva Negra. Lo juro.

Al día siguiente, hay que seguir camino con mucha pena, no puedo por menos que acercarme de nue­vo al peaje del infierno como quien va a un altar. Me quedaría aquí para siempre, pero Luxemburgo me espera. Da un poco de pena callejear por Luxemburgo sin disponer de mucho tiempo para visitarla, pero es lo suficiente como para ver que esta joya se merece la declaración de ciudad patrimonio de la humani­dad; vamos, como Rossi, pero de verdad.

Tras pasar gran parte de la maña­na en Luxemburgo, sigo camino a París, pasando por Metz y Reims. Quiero hacer una de las cosas que nunca he podido hacer en mis anteriores visitas a París. Callejear en moto y además me acompaña el buen tiempo. Sena para arriba, Sena para abajo. Foto de rigor con la torre Eiffel y, ya casi de noche, sigo mi camino hasta Orleans, el valle del Loira y sus “chateaux me esperan”, y mi descanso, también, tras 650 km.

Conducir en moto por el valle del Loira es una experiencia inolvida­ble. Toda Francia y sus carreteras son una maravilla siempre que tu mano derecha esté tranquila, claro, porque los radares crecen en los arcenes como las margaritas en primavera. Éste va a ser el objetivo principal del día, circular plácida­mente por el valle del Loira. Veré unos cuantos castillos por fuera, haciendo una excepción con el de Chenonceau. Así, voy pasando por los castillos de Blois, Amboise, el propio de Chenonceau, Tours, Villandry, Ussé y Saumur… y algún otro de menor renombre, como el de Montsoreau, por ejemplo.Tras un empacho de buenas carrete­ras y mejores paisajes, me dirijo a Poitiers con mucha pena, porque mi periplo se ha terminado.

El último día lo empleo para llegar a casa del tirón desde Poitiers, 820 km que se me pasan volando, porque huyo todo lo que puedo de las autopistas, y lo disfruto. ¡Cómo echo ya de menos el infierno! Verde, claro… 

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