Última danza de guerra (VIII): De Guadalajara al mar de Cortés
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Última danza de guerra (VIII): De Guadalajara al mar de Cortés

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Apenas ciento cincuenta kilómetros después cruzo el cartel que reza: “Bienvenidos a Michoacán”. Es uno de los estados con más problemas de violencia y crimen. Ayer mataron a once personas. El paisaje se torna montuno y verde.

Incluso se convierte en bosque de coníferas al subir a unos cerros. Es lo que se conoció en tiempos por Nueva Galicia, un territorio conquistado a sangre y fuego por Nuño Beltrán de Guzmán, antagonista de Cortés, que trató de conseguir su propia fama y riqueza, pero que solo logró dominar a duras penas un territorio con pocos metales preciosos y ganarse un ignominioso lugar en la historia como conquistador cruel y tiránico. Tenía pensado dormir en Morelia, la capital del estado, llamada en tiempos Valladolid, pero es demasiado pronto y decido seguir viaje hasta Guadalajara, distante casi 500 kilómetros del DF. Será un buen bocado al mapa, pero no me siento cansado, la moto va bien, el clima es cálido, pero sin ser sofocante y tengo muchas horas de luz por delante. De modo que al caer las dos de la tarde estoy entrando en la gran ciudad de Guadalajara, capital del famoso estado de Jalisco, convertido en cuna de los símbolos internacionales de la identidad cultural popular mejicana: el tequila, el mariachi y los sombreros redondos de ala ancha.

La zona metropolitana es inmensa, alberga unos cinco millones de personas y es una de las urbes más grandes del país, con 800 millones de kilómetros cuadrados. Afortunadamente no me perderé. Me espera Ernesto de la Mora, presidente de la federación de clubes de BMW Motorrad. Es un hombre alto, corpulento, de rasgos mixtos, entre árabes y europeos. Según él, sus ancestros españoles descendían de moriscos. Luego me llevará a cenar tacos y a conocer una cantina tradicional en el centro de Guadalajara, llamada La Fuente, porque era donde se reunían políticos y periodistas y al calor de la bebida se recibían confidencias de la mejor fuente.

La historia de Guadalajara es la de sus sucesivas mudanzas y la de una mujer de fuerte carácter. La ciudad se cambió cuatro veces de sitio ante la belicosidad de los indígenas. El primer fundador fue Cristóbal de Oñate, quien la bautizó en honor a la patria chica de Nuño Beltrán de Guzmán. Su hijo, Juan de Oñate, nombrado alcalde y que luego sería el conquistador de Nuevo Méjico, la trasladó a otra ubicación, que al no resultar muy segura, tampoco sería la definitiva. Dos traslados más tuvieron lugar hasta que se asentó irrevocablemente y recibió cédulas de Carlos V nombrándola ciudad y concediendo su escudo de armas. Las crónicas cuentan que el último asentamiento obedeció a la orden tajante de Beatriz Hernández, la esposa de un colono, que harta ya de mudanzas y de los temores del resto de los españoles, dijo que ya no se moverían apoyando la orden de Cristóbal de Oñate de asentarse en el valle de Atemajac.

“Gente, aquí nos quedamos. El rey es mi gallo y aquí nos quedamos por las buenas o por las malas”. Beatriz está homenajeada en el centro histórico con una estatua. No está sola. Cerca se erige la de otro fundador, don Miguel de Ibarra. Hay también un grupo escultórico que representa a todos los fundadores y los animales que trajeron. Se halla ubicado entre la catedral y el hospicio. En medio, el Degollado. Y alrededor, la colorida vida popular tapatía, que es el patronímico de los de Guadalajara.

A menos de cien kilómetros de Guadalajara se encuentra el pequeño pueblo de Tequila, otro de los símbolos de este México de típicos tópicos. Está en el fondo del valle y hay que desviarse de la ruta principal. Lo rodean cerros donde crece una espesa manta azul. Es el agave, un cactus de donde se hace el famoso licor tras un elaborado proceso de destilación. El poblado es pequeño y coqueto, de casas bajas y calles empedradas. Vive del turismo y de la fabricación de destilados. Decenas de norteamericanos deambulan por sus callejuelas con el clásico andar ebrio. La población vive bajo una capa de fuertes aromas. Por todas partes huele a alcohol. La iglesia vieja está en la plaza. Es maravillosa, colonial y la flanquean unos ángeles de piedra que deben llevar siglos borrachos sumidos en este ambiente.

Viaje nocturno a Mazatlán

 

Hay días en los que uno ama esto de montar en moto. Hoy fue un día raro y duro. Empezó en Guadalajara y allí echamos unas horas filmando para nuestros reportajes de TVE. Se hizo tarde. Tenía que viajar hasta Mazatlán, a 500 kilómetros de distancia, pero las horas pasaban entre fotos y filmaciones. Además, los motoristas Bernardo y Octavio habían venido desde otra ciudad solo para verme y debía dedicarles un rato al menos. Total, que al salir por fin de viaje, se me había hecho de noche. Me quedaban 300 kilómetros a oscuras. 300 kilómetros nocturnos que se hacen largos, muy largos. Pero se me han hecho un egoísta deleite. La ruta, la noche, la moto y yo. No esperaba a nadie, no tenía que filmar, no había nada más que herir el negro horizonte. Y había muchos camiones y algunos obstáculos, pero la potencia del motor de la BMW 1200 GS es tan extraordinaria y la respuesta del acelerador tan inmediata, que las dificultades se hacían disfrute. Montar en moto, sobrevivir, recibir el frío viento en la cara… Vencer a la noche y bailar con ella al mismo tiempo. Horas para pensar, para darme cuenta del aquí y el ahora. 300 kilómetros a oscuras pueden ser una metáfora perfecta sobre el todo y la nada. Y es que en eso consiste todo. Porque a veces todo se resume en montar en moto.

Mazatlán

 

La población, a orillas del Pacífico, me gusta por su largo paseo marítimo. Por fin puedo correr de nuevo. Una hora de ejercicio físico que me sienta fabulosamente. Tras terminar, voy al puerto a comprar los billetes del ferry a Baja. Pero al llegar me entero de que no hay plazas. Tengo que viajar 400 kilómetros más al norte, a Topolobampo. El ferry zarpa de noche y me dará tiempo a tomarlo. Además, dicen que dura solo 6 horas, mientras que el que sale de aquí se alarga hasta las 14, de modo que el resultado final es el mismo. Mañana estaré bien pronto por la mañana en Baja California.

Salgo a las 9.30. La carretera es buena, el terreno llano y me cruzo con algunos motorhomes de norteamericanos. Sin incidentes reseñables llego a Los Mochis, ciudad mediana de horrible aspecto y, tras una recta de 20 kilómetros, aparece el puerto de Topolobampo. Sí quedan billetes, lo que supone un alivio, pero el sistema de venta y embarque es caótico, desorganizado, y parece estar diseñado para sacar dinero a los usuarios.

Hay que pesar todos los vehículos. La moto paga 50 pesos por ese servicio, que debe repetir en el puerto de La Paz. Otros 67 pesos. Nos aseguran que el barco zapará a las 11.59, que se convierten en las 2.00 a.m. La espera en la explanada portuaria es larga, exasperante, mientras vemos salir una interminable fila de camiones del buque. Cuando por fin subo, hay que ascender tres pisos cargados con el equipaje. He conseguido la última cabina disponible, advertido por otros usuarios anteriores que de lo contrario no encontraré lugar para dormir, pues el barco va siempre lleno y la gente acampa donde mejor puede. Pero las cabinas no están listas. Las están limpiando cuando llego. De nuevo toca esperar. Viejos, niños, mujeres… todos en el pasillo con nuestros inútiles boletos de cabina. El sueño y el cansancio me vencen. Los críos se duermen sobre los equipajes y los adultos intentan acomodarse como mejor pueden. Y el barco todavía no zarpa.

Entonces abren las puertas. Solo dos limpiadoras para decenas de cabinas. Caigo rendido sobre mi litera y me duermo antes de tocar las sábanas. No todo es malo. Mañana despertaré navegando el mar de Cortés.

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