Última danza de guerra (V): El Camino Real de Tierra Adentro
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Última danza de guerra (V): El Camino Real de Tierra Adentro

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Desde Las Cruces hay apenas 50 millas hasta la tejana ciudad de El Paso, pero es como si fuera mucha más distancia. En Nuevo México no hay una sola gran urbe. Las Cruces, Albuquerque y Santa Fe son pueblos. Pero entrar en Texas es regresar al congestionado Estados Unidos. Hay mucho tráfico y muchas luces. Es de noche y al fondo del valle se extiende una enorme mancha lumínica. Las ciudades en el desierto brillan como luciérnagas. El Paso y su hermana mejicana Ciudad Juárez conforman una alfombra de luces gigantesca. Es un espectáculo bello pero inquietante.

En el Paso se encuentra la estatua de Juan de Oñate. Es una escultura ecuestre inmensa, la más grande de América. 11 metros de altura y 16 toneladas de peso dedicados al Último Conquistador, el español nacido en Zacatecas que colonizó Nuevo México tras ímprobos esfuerzos y abrió la ruta comercial más antigua de Norteamérica, la verdadera madre de las carreteras estadounidenses: El Camino Real de Tierra Adentro, que con sus 2.500 kilómetros hasta Ciudad de México es patrimonio cultural de la Humanidad y que me dispongo a recorrer en moto para ver los mismos paisajes que él viera.

Ciudad Juárez

 

El paso fronterizo es curioso. Hay que cruzar un puente por 3 dólares. La cola de vehículos mejicanos intentando entrar en EE.UU. es infinita, larguísima, debida a los exhaustivos controles de los funcionarios de aduanas. Pero yo entro en México sin que nadie me pare.

No tengo ni que enseñar el pasaporte. Al otro lado del puente no hay barreras, solo negocios en la misma frontera, básicamente restaurantes, farmacias, clínicas y ópticas. Los tratamientos y fármacos son más baratos que en EE.UU. y muchos norteamericanos acuden porque no pueden costearse tratamientos sanitarios, odontológicos u optometristas en su país. El coste médico es muy alto.

El ambiente resulta caótico, descuidado e inquietante, sobre todo viniendo del pulcro y tranquilo Estados Unidos. Coches desastrosos, mendigos y vendedores en los semáforos. Y sin embargo, se respira un gran sabor, tipismo y atractivo. Esto es de nuevo aventura. ¡Viva México, cabrones! Creo que si sobrevivimos a la experiencia, nos vamos a divertir.

En cada país compro siempre una tarjeta de teléfono local con Internet para estar conectado. Voy a un centro comercial a conseguir una sim card, que aquí llaman “chips”. Lo primero que me sorprende es la larga cola en el cajero automático.

Por lo menos hay cinco personas delante de mí cuando en EE.UU. no había nunca nadie. En la compañía telefónica me atienden muy amablemente, pero cuando explico que quiero llegar hasta el DF, como llaman aquí a la capital, abreviatura de Distrito Federal, me advierten de que no salga jamás de las carreteras de peaje porque las llamadas libres son muy peligrosas. Hay asaltos y secuestros. Creo que los locales siempre exageran el peligro de sus propios países.

Me sorprende la limpieza de la ciudad. Se ve vieja y descuidada, pero pulcra. Las aceras están rotas, roídas, erosionadas por falta de mantenimiento desde hace décadas, pero no se ve suciedad. No hay desperdicios en el suelo, ni papeleras a rebosar. La plaza mayor de Ciudad Juárez es pequeña, peatonal y animada.

La catedral preside el espacio en un extremo. No es gran cosa como edificio. Pero es Ciudad Juárez, estoy en el mismo centro y nadie parece amenazarnos. Hay gente, mucha gente. Unos pasean, otros venden, otros miran. Yo me dedico a filmar para mis reportajes de Televisión Española. Nadie molesta o intimida. Al contrario. Quien se acerca lo hace con una sonrisa y la mejor actitud. Unos taxistas con los que hablo me agradecen que haya venido a hacer un documental que muestre que México es un país hospitalario y amable.

—Las cosas están mejor que hace unos años —dice el conductor—, entonces si venían a por uno en concreto, le tiraban bala a todos los que estaban alrededor aunque no tuvieran nada que ver. Acompaña sus palabras con el gesto de ametrallar indiscriminadamente.

—Ahora solo van a por ese y listo —concluye con el ademán de un disparo único y certero.

La explicación no es del todo tranquilizadora, pero creo que ilustra bien la situación actual. Existe una importante delincuencia organizada que se pelea en su seno por el control del tráfico y las áreas respectivas de influencia con métodos taxativos, y luego existe una realidad paralela, un mundo aparte de la gente decente que trabaja y es honrada. Son universos que se solapan. Cada año vienen a México unos 20 millones de extranjeros y la mayoría no sufre percance alguno.

La aduana está a unas 20 millas de la frontera y es el lugar donde conseguir el permiso de importación de los vehículos y obtener el sello en el pasaporte. Resulta curioso que uno pueda circular por esta estrecha franja fronteriza sin documento alguno. Solo cuando se quiere viajar al interior del país han de cumplimentarse los trámites burocráticos, que no son baratos. Para importar temporalmente la moto tengo que dejar un depósito de 400 dólares americanos que me devolverán al salir, pagar unas tasas y contratar un seguro. Además, aunque como europeo no necesito visado, el permiso personal de entrada son 26 dólares más.

El policía de migraciones me pregunta dónde voy. Es un tipo grande, moreno y fornido. Le explico que voy al DF manejando mi motocicleta y parando en varias ciudades de la ruta.

—¿Para conocer a las morritas?

—¿Cómo dice?

—A las morritas —explica—, a las muchachas de cada lugar.

Desde detrás de la ventanilla el tipo me hace el gesto de abrazar y besar efusivamente. No doy crédito a lo que veo.

—Verá —contesto—, me interesan más los monumentos coloniales… Sin hacer caso de lo que digo, el tipo concluye mientras sella mi pasaporte.

—Dele usted recuerdos de mi persona a las morritas. Y bienvenido a México.

Al salir de las dependencias, de nuevo me aconsejan que vaya por autopista de peaje. Un policía me lo explica con meridiana claridad.

—Por ahorrarse la cuota de 50 pesos puede que le roben la moto.

Chihuahua

 

El paisaje del norte de México es desértico y asolado. La ruta de cuota número 45 es una estrecha carretera de dos carriles por sentido por la que circula poco tráfico. Los peajes son caros y la gasolina ronda el dólar el litro. Aquí cuesta más dinero viajar que en EE.UU. porque los hoteles son poco menos lo mismo y, aunque la comida es más barata, no compensa el incremento en gastos de ruta.

Hay mucha policía y ejército. Van armados hasta los dientes con fusiles de asalto, chalecos antifragmentación y vehículos blindados. Solo he visto dos países en el mundo con tanta presencia militar en las calles: Líbano e Irak. El ambiente general se hace opresivo por la paranoia criminal. Todos los periódicos abren sus portadas con sucesos sangrientos.

Debido a lo alarmante de algunos mensajes, decido revisar las noticias en Internet sobre la seguridad de la ruta que tengo que hacer. ¿Para qué lo habré hecho? Le entra a uno pánico de viajar leyendo las barbaridades acaecidas. Robos, secuestros y terribles asesinatos con decapitación incluida.

La sociedad vive la violencia desde dentro. Parece sentir por ella atracción y rechazo en un mismo grado. Uno tiene la sensación de que toda la vida mejicana orbita en derredor de la violencia. Se conversa sobre dónde se puede ir con seguridad y dónde no se debe ir de ningún modo. Los carteles de propaganda electoral de un partido político reivindican la cadena perpetua para los secuestradores. Mis conversaciones con empleados de gasolinera, camareros, policías o taxistas siempre son sobre el mismo tema: la violencia. Los mejicanos han normalizado el hecho extraordinario de que hay espacios de su propio país que son zonas en guerra, territorios sin ley.

Es entonces cuando uno se da cuenta del enorme valor de la paz y la seguridad de que disfrutamos en Europa. Pero este territorio del far west siempre ha sido así.

El Camino Real de Tierra Adentro se recorría dos veces al año. Una caravana salía de Ciudad de México cargada de vituallas para los colonos de Nuevo México y tardaba seis meses en llegar a Santa Fe, para luego regresar con productos novomejicanos y tardar otros seis meses en retornar a Ciudad de México. Cada uno de esos trayectos suponía seis meses de incertidumbre, de riesgo, de peligros ciertos y de miedo. Los viajeros asumían que el mero hecho de desplazarse era jugar con su vida. Sabían a ciencia cierta que en algunos tramos del Camino Real sufrirían ataques de indios o bandidos. Era así y punto. Hoy el México del siglo XXI es en ese sentido como la Nueva España del siglo XVII y no creo que alguna vez haya sido diferente. Viajar por la última frontera ha sido siempre arriesgado, y en estos páramos desolados de sol, arena y serpientes de cascabel hay mucha gente que siempre ha hecho del bandidismo una forma de vida.

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