Última danza de guerra: La ciudad del cielo
Connect with us
Publicidad

Rutas

Última danza de guerra: La ciudad del cielo

Publicado

el

Acoma, en Nuevo México, es la Ciudad del Cielo. El camino hasta ella es de fábula, casi parece un cuento. Tras superar unas coli­nas, aparece una llanura y en mitad del páramo se alza una gran masa rocosa de plana cima a la que se llega por una recta y larga carre­tera que circula entre peñascos inmensos que parecen cíclopes. Sobre la montaña hay un poblado de casas de adobe que con el sol declinante del atardecer brillan doradas. Su resplandor confundió a los primeros exploradores españoles. Creyeron que Acoma era una de las siete ciuda­des de oro de Cíbola y Quivira. Aquí se encuentra un resto de la violenta historia del suroeste de Norteamérica. Los indios Pueblo que vivían aquí se negaron a entregar comida a los españoles del Adelantado Juan de Oñate y mataron a varios soldados en 1599.

Oñate ordenó tomar la ciudad con 70 hombres y castigar el crimen como escarmiento y advertencia. Acoma albergaba entonces unas 4.000 per­sonas. El asedio duró varios días y la conquista resultaba casi imposible dada la privilegiada posición defensiva de la población. Se cuenta en las crónicas que uno de los infantes españoles, Gaspar Pérez de Villagrá, logró subir a un risco cercano y tender una pasarela que sirviera de puente a sus compañeros. En número muy desigual, los españoles conquistaron el poblado en una terrible lucha cuerpo a cuerpo. Es considerada la batalla más sangrienta de Norteamérica junto a la toma de México-Tenochtitlan por Cortés. Así es como quedó reflejado en las crónicas españolas de la época, aunque la versión que actualmente dan los indios Pueblo de Acoma convierten a 70 hombres escasos en tres ejércitos de enormes guerreros provistos de artillería. Aunque sea una versión imposible, es comprensible que busquen justificaciones a la derrota.

Oñate tuvo que responder en un tribunal por estos hechos. Fue conde­nado en primera instancia pero absuelto en su recurso porque los jueces entendieron que las circunstancias de un pequeño contingente de apenas 130 hombres, rodeados de indios hostiles y en un territorio tan vasto e inhóspito, justificaron la acción de guerra.

Creo que no me corresponde evaluar éticamente sucesos del XVII rea­lizados por hombres obligados a sobrevivir sin medios ni aliados en un territorio que solo ofrecía dificultades. Opino que mi labor no es juzgar, sino intentar rescatar del olvido estos hechos históricos y ofrecer un perfil de estos personajes legendarios.

Si aquellos hombres tenían responsabilidad moral por sus actos de conquista, nosotros también la tenemos por el grave desconocimien­to de nuestra propia historia en un país cuyas inventadas fábulas cinematográficas sobre el Far West nos conocemos de memoria.

‘Journey to the past’

Santa Fe es la capital de estado más antiguo de USA, fundada en 1610. En ella se encuentra la casa más antigua, la iglesia más antigua y el edificio público en uso más antiguo: el Palacio de los Gobernadores, una sencilla y alargada construcción de adobe y soportales sita en la rectangular plaza Mayor, de planta española, con su quiosco y todo.

Santa Fe carece de rascacielos. A diferencia de cualquier otra urbe es­tadounidense que tiene su barrio de negocios erizado de torres de acero y cristal, en la pequeña capital novomejicana los inmuebles son bajos, de dos o tres pisos y construidos con el típico diseño de adobe marrón con vigas de madera sobresaliendo. Es un formato de construcción bello, fresco y sólido.

Las calles tienen nombres españoles, en la catedral se venera una vir­gen traída de España, la Conquistadora, en el parque adyacente hay un monumento de bronce, dedicado a la colonización española representa­da por un soldado, un misionero y una familia de colonos. En la base apa­rece todo lo que los españoles trajeron: el caballo, el cordero, la vaca, el cerdo, las uvas, que se plantaron para el vino de misa e hicieron de Nuevo México el lugar donde primero se produjo vino en Norteamérica.

El palacio de los Gobernadores fue construido en 1610 para sede del gobierno de la provincia durante la presencia española. Nuevo México no tenía oro ni metales preciosos, pero se estimó que podría sustentar una colonia. Los colonos fueron llegando, junto a los misioneros y soldados. Los indios Pueblo parecían pacíficos y la colonia y las misiones iban prosperando. Hasta que en 1680 se desató por sorpresa una rebelión en todo el territorio. Las granjas y misiones más alejadas de la capital fueron asaltadas y destruidas, los granjeros y frailes, asesinados. Los es­pañoles abandonaron Nuevo México durante 12 años, hasta que España se tomó en serio el asunto de la reconquista.

–¿Y qué me dice del Camino Real de Tierra Adentro? —le pregunto a John Hunner, director del museo de Historia de Santa Fe—. Pienso recorrerlo hasta México DF.

–El Camino es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y también está catalogado como US Historic Trail. Es la primera ruta estable de Estados Unidos. La abrió Juan de Oñate en su conquista. Para nosotros era vital, pues suponía el único vínculo con el mundo exterior. No teníamos comunicación por ningún otro lado. Ni al oeste, ni al este, ni al norte. El viaje des­de la ciudad de México duraba seis meses y era un trayecto durísimo y arriesgado por los ataques de los indios y bandidos a una caravana que car­gaba todo tipo de mercaderías. Éramos la última frontera del Imperio español. Imagine usted que se tardaba más en llegar a Nuevo México que a Filipinas.

–¿Pero por qué este empeño en mantener Nuevo México si para la corona era ruinosa esta provincia que costaba tanto defender y que no tenía oro ni riquezas minerales?

–Existían dos razones. Una estratégica, que consistía en impedir el avance de Francia, que desde la Luisiana se aventuraba ya por estas tierras. Era necesario impedir que pudiesen amenazar las minas de la Nueva España, estas sí vitales para la corona. La otra era moral. Se consideraba un deber religioso no abandonar a los indios ya cristianizados.

La Reserva de Isleta

Viajar por el desierto de noche tiene algo de descubrimiento. Te rodea la oscuridad hasta que de pronto ves a lo lejos el resplandor de una ciudad. Es como una promesa, como un sueño, el oasis. Especialmente en estas poblaciones norteamericanas de viviendas de una o dos alturas. Los su­burbios se desparraman, se expanden a lo largo y ancho creando vastas manchas iluminadas en la oscuridad.

Así veo en lontananza la gran urbe de Las Cruces, en el extremo sur de Nuevo México, a unas 220 millas de Santa Fe. Entre ellas, solo el páramo y poblados indios. Como Isleta, donde se aloja la magnifica misión franciscana de San Agustín, reconstruida por Diego de Vargas tras ser destruida durante la revuelta de 1680. Luce bella, tranquila y blanca en el extremo de una gran plaza de tierra con casas bajas de adobe en derredor. Dos campanarios y una gran puerta de madera.

He elegido esta misión porque fue el lugar donde se presentaron unos indios a pedir misioneros porque así se lo había indicado la mujer de azul. Se trata de una las más fabulosas leyendas del Oeste. Una monja en Agreda, Soria, que sin salir de su convento afirmaba realizar viajes espirituales a estas tierras para evangelizar a los indios. Parece increíble, pero algunos nativos corroboraron a los franciscanos estas visitas de una bella mujer de azul que venía del cielo y les hablaba de la nueva fe. El fenómeno se llamó bilocación.

La Jornada del Muerto

De Isleta tomo la autopista hasta la población de Socorro. Los españoles de Oñate llamaron así el poblado porque, tras realizar el paso de La Jornada del Muerto, aquí recibieron ayuda y asistencia por los indios. La importancia de la Jornada nos la explica Chris Hanson unas 40 millas más al sur, en el Camino Real Historic Site, del estado de Nuevo México.

Está en un bello paraje justo al final de la Jornada del Muerto. El nombre identifica uno de los tramos más duros del Camino, 160 kilómetros sin agua. El camino sigue el Río Grande des­de El Paso, pero más al norte de Las Cruces hace una gran curva. Oñate decidió seguir recto y atravesar el desierto para hacer el viaje más corto. Más corto pero más duro. Llevaba semanas atravesar este tramo en el que siempre perdían animales. Oñate llevaba miles de cabezas de ganado.

Se pone el sol sobre el lejano desierto. Pienso para mí que la exploración de Juan de Oñate supuso mucho más que una victoria militar, significó abrir un camino que unió este territorio aislado con el resto del mundo. El Camino Real de Tierra Adentro es la primera carretera de Nor­teamérica. Aunque los estadounidenses hayan creado una historia paralela en la que priman los anglosa­jones blancos y protestantes como los verdaderos pioneros, la realidad es que los primeros fueron es­pañoles. Si no estamos orgullosos de nuestra propia historia, por lo menos deberíamos conocerla para que no acabe siendo otra víctima más de la Jorna­da del Muerto.

Publicidad
Haz clic aquí para comentar

Publica un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad
Publicidad
Publicidad

Facebook

Publicidad

SOLO MOTO MAGAZINE Nº 2056

Descubre nuestras ofertas de suscripción en papel o en versión digital.

Publicidad

Solo Auto

La mejor información del mundo del automóvil la encontrarás en Solo Auto.

Los + leídos