Trazos del destino
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Trazos del destino

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“Me llamo Isidre Esteve y antes era piloto de motos, uno de esos capaces de ganar en un viaje de aventuras, de competir contra la leyenda del desierto, de retar al continente olvidado. Así era hasta que conocí la eternidad del instante. Sucedió así… tan callando. Después la dama negra quiso visitarme, pero esta vez llegué antes a la meta. Soy el capitán de mi alma. Entonces el mundo fue otro. Y siguió la vida. Y regresaron las sonrisas.”, sobran las palabras.

El piloto de Oliana acaba de publicar libro: “La suerte de mi destino” (editado por Ara Llibres en su versión catalana y por Now Books en la castellana). Un ejercicio de introspección nacido a raíz de su primera y emotiva aparición ante los medios de comunicación después de su accidente en la Baja Almanzora y al que Manolo Franco, periodista del diario As, le ha dado forma.

Apenas un año después de aquel inesperado 24 de marzo, Isidre Esteve se ha permitido la licencia de abrir sus pensamientos y vivencias en un sincero libro de amena lectura en el que no sólo se cuentan los dramáticos momentos de su grave caída, sino que también hace un detallado repaso a su carrera deportiva y a los momentos que han marcado su vida, tanto en su Oliana natal como en su periplo como piloto de motos.

Una autobiografía, por así definirla, en la que destapa su ilusión por vivir el día a día, su eterno coraje y sus nuevos proyectos con el apacible y cercano trato que le han hecho uno de los pilotos más queridos en el mundo de la competición, un piloto sin dobles caras, un amigo de los suyos, simplemente Isidre.

“EL DÍA QUE CAMBIÓ MI VIDA”
“Sólo faltaban 30 kilómetros para el final del rally; era casi imposible que los perseguidores ganasen esa diferencia en tan poco tiempo, en tan pocos kilómetros. No temía perder la carrera, no temía nada. Iba rodando tan tranquilo con mi moto, una máquina que me había regalado grandes momentos, un aparato convertido en obra de arte de la mecánica con el que me divertía y me sentía bien, que me servía para disfrutar de la vida. Y entonces sucedió. Escondida entre la arena y el viento me encontré con la maldita piedra en el camino y ya nada volvió a ser igual”, así relata Esteve los momentos previos a la peor de las caídas de su vida deportiva.

El piloto de Oliana, como la mayor parte de los pilotos, también había sufrido ese lado oscuro de las carreras, quizás la más destacada hasta entonces había sido la de camino de Kiffa, en el Lisboa-Dakar 2006, la que le costó el bazo, extirpado en una modesta sala de urgencias en Nouakchott, “en una mesa de Mauritania”. Sin embargo, ninguna con tan graves consecuencias como la de aquella tarde de marzo en tierras almerienses.
“Un dolor en la espalda, eso sentí. Como si un maldito ángel del destino me clavase una espada de fuego en el cuerpo y me llenase de millones de cristales rotos. Dolor, un dolor inmenso, más allá de lo que existía, más allá de lo tangible, un dolor que me dejó el alma asfixiada, rota. Y luego nada. No sentía el cuerpo”.

Esteve supo desde el primer momento que aquel instante había cambiado por completo su vida, y Marc Coma, ex compañero de equipo, rival, pero ante todo amigo tal y como confiesa el ilerdense en su libro, fue el primero en parar junto a su KTM, el escudo parapetado por dos chavales que se percataron de su caída y que interpusieron su moto delante para advertir al resto de corredores de su presencia y evitar el atropello.

(Sigue leyendo en SoloMoto número 1.661)

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