Sierra de Albacete: Donde acaban las rectas
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Sierra de Albacete: Donde acaban las rectas

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El ronroneo del tigre, el tricilíndrico de la Explorer XC, nos acompaña suavemente mientras lla­neamos hasta el comienzo de la escapada.

Una vez llegamos a nuestro pri­mer hito, la fabulosa maxitrail de Triumph nos demostrará lo fácil que es enlazar curvas con ella, independientemente del estado del asfalto, mientras su poderoso corazón nos catapulta de giro a giro.

Estamos al este de la sierra del Segura, cuyas partes central y occidental ya hemos visitado en otras ocasiones, siempre con un excelente resultado.

Hoy comenzamos en Ayna, uno de los tesoros de Castilla-La Mancha, localizado en lo más profundo de la garganta que forma el río Mundo, cuyo naci­miento se encuentra a escasos kilómetros.

El discurrir del agua esculpe y horada la planicie albaceteña, creando un singular y abrupto enclave natural lleno de encan­tadores rincones, ideales para la contemplación o el deporte extremo.

Al entrar desde el norte, poco antes de llegar a la población, la carretera se encañona y al abrirse las paredes entramos en otro mundo. El verde lo rodea todo y las enormes paredes de la garganta producen vértigo al contemplarlas desde el mirador que hay a mano derecha y des­de el que podemos observar el núcleo urbano, cuyas casas se derraman como una cascada por la escarpada ladera.

La carretera, a vista de pájaro, se asemeja a un puerto alpino, con una prolongada sucesión de horquillas que salvan el tremen­do desnivel que existe desde nuestra posición.

De Ayna a Elche

Una vez llegamos al casco antiguo, comprobamos que las calles, laberínticas y serpentean­tes, se adaptan a la orografía y conforman un bello conjunto.

Ayna conserva numerosos vestigios de las diversas cul­turas que la han ido poblando, como las pinturas rupestres de la Cueva del Niño, los restos del castillo islámico de la Yedra o el artesonado mudéjar de la Ermita de los Remedios.

Nos ponemos el casco para afrontar la espectacular carrete­ra que nos llevará a Elche de la Sierra.

Afrontamos un buen tramo de la CM-3203, con suficientes kiló­metros para disfrutar, tanto de la cantidad de curvas como del entorno.

El ancho manillar de la Tiger Explorer XC y su excelente parte ciclo nos permiten una conduc­ción suave y trepidante a la vez, con un confort a la altura de una moto de turismo.

Pasamos de los dominios del río Mundo a los del río Segura, que da vida al municipio al que ahora llegamos.

De origen incierto, Elche podría haber surgido de un primitivo asentamiento de pastores: El Chocico, que por corrupción se transformó en Elchecico. Otras teorías hablan de la Ilicis Batistana asentada en las ribe­ras del antiguo río Tader (hoy Segura) desde hace 2.500 años, refrendada esta fecha por los restos a modo de vasijas, mone­das y otros utensilios celtíberos y romanos encontrados en la zona.

El recorrido por el trazado sinuoso de sus calles adapta­das al relieve nos descubrirá la riqueza de Elche. En la plaza de Ramón y Cajal se levanta el ayun­tamiento, del siglo XIX. Desde aquí bajamos a la plaza Vieja; la plaza original del pueblo, con un pilón de agua potable en su centro.

Tomando la calle Olivica has­ta el final, llegamos al lavadero municipal, aún hoy en uso.

Destaca sobre el caserío, como vigía, la iglesia de Santa Quiteria, por su monumentalidad neoclá­sica; con dos potentes torres en la fachada y la elevada cúpula en el crucero. Alrededor de ésta, el silencio inunda estrechas calle­jas adoquinadas de ventanas con rejería.

En Elche de la Sierra encon­tramos una encina con más de 700 años, La Carrasca, y casi 5 metros de cuerda.

Subimos de nuevo a la moto, camino de Sócovos, por la CM-3257.

Si el tramo entre Ayna y Elche había sido divertido, ahora la vía culebrea mucho más, de modo que el paso por las pedanías que se van sucediendo camino de nuestro siguiente destino es un continuo vaivén. Adrenalina y endorfinas a partes iguales.

Qué agradable resulta ir por buenas carreteras, divertidas y solitarias, en las que la fusión con la moto hace que el gozo de la conducción sea pleno.

La herencia de Letur

Pasado Férez, poco antes de llegar a Sócovos, tomamos el desvío a Letur.

La CM-3217 es una sinuosa carretera en perfecto estado que nos lleva en continuo ascenso hacia la pequeña población.

En los cerros que rodean el casco urbano, huertos y ace­quias atestiguan un pasado de dominio musulmán.

Letur es uno de los conjuntos moriscos mejor conservados de la provincia de Albacete, por eso en 1983 fue declarado Conjunto Histórico-Artístico.

En el pueblo, tortuosas y estre­chas cuestas conforman calle­juelas y callejones.

El tapial, material usado por los musulmanes a base de tierra, agua y cal, junto con piedra, madera y caña, es la base cons­tructiva de un casco histórico arremolinado en torno a la plaza, en la parte más alta de la villa, cuyos vestigios mudéjares son latentes.

Pórticos, arcos y casas enca­ladas nos trasladan cientos de años atrás en la historia, mientras paseamos por la calle Albayacín, corazón del pasado de Letur.

Desde el mirador de La Molatica, al borde del peñón sobre el que se asienta el pue­blo, se nos ofrece una bonita estampa de las terrazas agríco­las serpenteando por encima del cauce del arroyo de Letur. Más allá, podemos observar una vasta extensión de tierra, prin­cipalmente la sierra del Regalí, mientras disfrutamos de la tran­quilidad y el aire limpio.

Deshacemos el camino, bajan­do de nuevo mientras nos apro­ximamos a las estribaciones de la provincia de Murcia, camino de Sócovos.

La Orden de Santiago nom­bró a Sócovos cabeza de una encomienda en la que quedaban incluidos los pueblos de Letur, Liétor y Férez.

Alfonso X otorgó el privilegio de villazgo a una población continuamente azotada por los musulmanes hasta la expulsión de éstos tras la reconquista del reino de Granada.

De aquella época conserva los restos de la fortaleza, elemento visible de una arquitectura pre­parada para la resistencia militar.

Las murallas almenadas, junto con sus torres cuadradas, cie­rran un interesante recinto, en cuyo centro, elevado, se con­servan los restos de la iglesia, la torre del homenaje, el aljibe o la antigua mazmorra.

Tras la visita a este último des­tino del día, y como colofón a una buena jornada de curvas y paisaje, te recomiendo retroce­der unos cientos de metros en la CM-3257 para tomar la AB-13 y saborear la última tanda de cur­vas, disfrutando del ocaso en la carretera.

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