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Schwantz y Rainey: cuando las diferencias se resolvían en la pista

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Sin duda alguna, la lucha y las diferencias entre competidores o equipos, en cualquier deporte, son buenas para el espectáculo, pero siempre que se mantengan dentro de los márgenes de la deportividad: es lo que denominamos una rivalidad sana.

Lo acontecido la temporada pasada en MotoGP, especialmente en los dos últimos Grandes Premios –y a pesar de que algunas voces han dicho que ha servido para una mayor difusión de este deporte- ha sido una mancha que costará de borrar y una fuente de confrontaciones entre pilotos, equipos y aficiones, que ha trascendido más allá de los circuitos. Seguramente todos habríamos deseado que las diferencias entre Marc y Valentino, Valentino y Marc, se hubiesen limitado a ver quién quedaba delante del otro en cada carrera y no a un cruce de declaraciones agrias y a maniobras poco deportivas, sin entrar de nuevo en si fue primero la gallina o el huevo. A estas alturas cada uno se ha formado su propia opinión.

Rivalidad a muerte… pero en la pista

Históricas luchas en la pista las ha habido siempre, y algunas de ellas los aficionados más veteranos las recordarán bien, como las de Nieto-Lazzarini, Roberts-Sheene, el mismo Roberts con Spencer, o Pons-Garriga, por sólo citar algunas de las más célebres. La rivalidad era máxima, pero también el respeto.

Pero una de las rivalidades más recordada -por su intensidad y también por su duración- fue protagonizada por dos pilotos estadounidenses en la categoría reina (entonces, 500cc), a principios de los 90: sus actores fueron Wayne Rainey, californiano, y Kevin Schwantz, tejano, el primero sobre una Yamaha y el segundo sobre una Suzuki, marca a la que, por cierto, 25 años después, sigue vinculado. Ambos pilotos ya se las habían tenido años antes en el campeonato AMA norteamericano.

La Yamaha era rápida; la Suzuki, ágil. Por otro lado, Wayne era cerebral, calculador, mientras que Kevin era pura pasión y coraje. El binomio Rainey-Yamaha había vapuleado al tándem Schwantz-Suzuki en 1990, 1991 y 1992, consiguiendo tres mundiales consecutivos, y eso a pesar de las carreras épicas del tejano de Suzuki, como las conocidísimas de 1991 en Hockenheim (Alemania), Assen (Holanda), o Donington (Reino Unido), gracias al coraje de Schwantz.

Kevin y Wayne no sólo eran rivales: se odiaban. Así nos los confesó Schwantz en una distendida charla en tierras valencianas, mientras degustábamos unas tapas de jamón y chipirones en la playa, después de pasar el día recorriendo la sierra valenciana para un comparativo de Solo Moto (Solo Moto nº 1.753, 2010).

Wayne y yo nos odiábamos. Los periodistas tenían la manía de ponernos juntos para las fotos, y nos colocábamos de espalda la mayoría de veces, con cara de perro’, nos contaba Kevin mientras mostraba los dientes, interpretando su frase.

Schwantz ponía de su parte allí donde su Suzuki no llegaba, y ello motivaba muchas caídas y lesiones que frustraban un mundial tras otro. ‘Yo solo quería quedar delante de Wayne. Entonces era cuando más feliz me sentía’, nos confesaba el tejano.

Título y despedida

Y llegó 1993. La Suzuki dio un paso adelante y Schwantz se preparó como nunca: 10.000 km de pruebas y mucho trabajo físico, con el único objetivo de ganar a Rainey y obtener su tan ansiado título mundial.

Kevin ganó las dos primeras carreras, hizo podio en las dos siguientes y venció en las dos posteriores, Jerez y Austria. Llegó a Inglaterra con 23 puntos de ventaja sobre Wayne y con medio título en el bolsillo, hasta que, ya en la carrera, el australiano Mick Doohan lo tiró al suelo, lo que comportó su abandono y una fractura de muñeca. ‘Por la tarde mi ventaja se había reducido de 23 a 3 puntos. Wayne se sintió como si le hubieran dado alas, con el título de nuevo a su alcance, y en Misano salió a por todas. El resultado fue su fatal accidente’, decía con tristeza Schwantz.

La fractura de columna de Rainey significó su parálisis y el fin de su laureada trayectoria en el mundo de las motos. Sin oposición en las pocas carreras que quedaban, Schwantz logró el título mundial y empezó la temporada 1994 sin su archienemigo, pero con varias lesiones y solo dos victorias. En 1995, tras disputar solo tres carreras y entre lágrimas, anunció su retirada:

‘Tuve la suerte de recaer en mi lesión de muñeca’, nos contó Kevin con sinceridad. Así pude asimilar que el tipo al que siempre quería batir ya no estaría nunca más allí, y me di cuenta de que él era mi motivación para correr cada domingo. Sentí una tristeza enorme. Ya no podía seguir’.

Kevin dejó la competición. ‘Luego, fuera ya de los circuitos, fuimos buenos amigos’.

No está todo perdido.

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