Ruta en moto por la Transfagarasan Road, una carretera mítica escondida en los Cárpatos
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Ruta en moto por la Transfagarasan Road, una carretera mítica escondida en los Cárpatos

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La Transfagarasan Road llegó a mi vida preparando un viaje en moto a Estambul. Pasaríamos los primeros días recorriendo colosales puertos de montaña de los Alpes, entre ellos el mítico Stelvio, que yo consideraba la joya de la corona. Hasta que me encontré con diversos reportajes que hablaban de una carretera mucho más impresionante pero poco conocida. Y es que se encuentra en Rumanía, cruzando los Cárpatos de sur a norte, para entrar en la mítica región de Transilvania. No pude resistirme a pasar por allí. ¡Olía a auténtica aventura!

En los primeros 40 kilómetros, las curvas son suaves pero continuas,
constantes, aunque al principio el asfalto está plagado de socavones
de más de un palmo de profundidad

La carretera nacional 7C (ésa es su denominación oficial) se construyó en los años 70 como una ruta estratégica militar, para facilitar el movimiento de tropas a través de los Cárpatos en caso de invasión soviética, tal y como pasó en la vecina Checoslovaquia en 1968. Se utilizaron para su construcción 6.000 toneladas de dinamita y costó la vida a no menos de 40 soldados. Atraviesa la zona más alta de esta parte de los Cárpatos, entre los dos picos más altos, el Moldoveanu y el Negoiu, ambos de más de 2.500 metros.

Calor y peligro
Llegamos a Curtea de Arges, inicio sur de la mítica carretera a media tarde. El calor aún apretaba, a pesar de que el sol estaba a punto de ocultarse. Nos esperaban casi cien kilómetros de curvas y más curvas para superar los 2.000 metros de altura de los Cárpatos. Los primeros cuarenta kilómetros son un auténtico infierno. La ascensión no es nada pronunciada, las curvas son suaves pero continuas, constantes, y que no te dejan descansar. Pero eso no es lo peor. El asfalto -por llamarlo de alguna manera- está plagado de socavones de más de un palmo de profundidad. Meter la rueda de mi R 1200 GS en uno de ellos podría significar el final del viaje. Había curvas en las que tenías que cambiar la trayectoria dos o tres veces para no caer en una de esas trampas, lo que nos obligaba a llevar un ritmo extremadamente lento. En innumerables ocasiones tuve que acelerar para intentar volar por encima de los grandes baches, con más o menos fortuna. Al menos no nos caímos y la moto aguantaba como podía esos envites que le mandaba la carretera. Sorprendentemente encontramos algunos tramos primorosamente asfaltados, con curvas amplias o ratoneras, pero siempre magníficamente hilvanadas, como diseñadas para un circuito de velocidad, nada de los aburridos y peligrosos tornantis del Stelvio. Pero a la que te descuidabas, volvía la pesadilla del pésimo pavimento para devolverte a la cruda realidad rumana.

 

El sol se había ocultado prematuramente tras las imponentes montañas que nos rodeaban y la temperatura comenzaba a bajar. Paramos para ajustarnos nuestra vestimenta y seguir viaje de una manera más confortable. La carretera iba atravesando tupidos bosques de abetos hasta llegar al lago Vidraru, lugar bastante concurrido por los lugareños para pasar el domingo. A partir de allí, los bosques comienzan a desaparecer y la carretera serpentea entre los más impresionantes circos montañosos que puedas imaginar. No son los Alpes ni tienen su glamour, pero poco le falta. Las verdes laderas bajan primero bruscamente desde los riscos aún iluminados por los últimos rayos de sol, para después suavizar su caída hasta acariciar la carretera.

El final de la ascensión viene marcado por la entrada en un oscuro túnel
-el más largo de Rumanía, con 884 metros de longitud-
y la salida al lado norte de los Cárpatos

El final de la ascensión viene marcado por la entrada en un oscuro túnel (a la postre, el más largo de Rumanía con 884 metros de longitud) y la salida al lado norte de los Cárpatos. Allí, a algo más de 2.000 metros, se abren unas explanadas de tierra y piedras donde unos cuantos chiringuitos de artesanía y souvenirs -para nada tan explotado como el Stelvio- apuraban las últimas ventas del día. Un poco más allí, la carretera te regala una magnífica vista de Transilvania, que se extiende allá a lo lejos, casi dos mil metros bajo nuestros pies, aún bañada por el color dorado de los últimos rayos de sol. Para llegar hasta allá abajo, la carretera se vuelve nuevamente sinuosa, dibujando curvas y más curvas que retuercen la carretera sobre sí misma, en un asfalto perfecto. Curvas de diferente radio, proyectadas sin razón aparente, se van sucediendo una tras otra, caprichosas y sin el encorsetamiento típico de la vertiente norte del Stelvio (paella-recta-paella-recta). Tras unos quince o veinte kilómetros, vuelven a aparecer los tupidos bosques de abetos, dándole un toque fantasmagórico a la ya oscura carretera, que va a parar a Cartisoara, puerta de entrada de la inquietante región de Transilvania, morada del conde Drácula. Pero ésa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

Por Sergio Morchón

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