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Ruta de la Seda (2ª parte): Atravesando un mar en moto

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Una de las cosas importantes que hay que tener en cuenta cuando viajas en moto a Uzbekistan es que la mayoría de los automóviles funcionan con gas, así que no hay muchos surtidores con gasolina, y los pocos que encuentras son de 80 octanos o con suerte de 92.

Una enorme carretera en mitad del desierto me deja sin gasolina nuevamente y tengo que confiar en lo que un hombre me vende en una garrafa de agua. Mi llegada a Samarcanda fue con un ¡Viva Fidel! y un encuentro con moteros rusos.

Samarcanda es una joya. La plaza del Registan es una de esas maravillas que todo viajero debería conocer. Fue un lugar donde todas las tendencias, lenguas e ideas confluían. La situación intermedia de Samarcanda en la Ruta de la Seda la hizo posicionarse de forma muy importante. Imaginaba a todas las caravanas allí paradas descansando con sus camellos y escuchaba sin querer los gritos de todos los comerciantes. Allí me di cuenta de que con mi moto había llegado hasta el corazón mismo de esta ruta. Cansada, sí, pero satisfecha, muy contenta y en una plenitud que envolvía mi soledad viajera.

Me fui de Samarcanda dirección a Taskent, para salir por la frontera que me llevaría a la parte kazaja del mar de Aral. En la parte de Uzbekistán se quedan con mi documento de importación temporal de la moto y en la parte kazaja, una vez hecho el trámite de inmigración, me dejan pasar, pero mi sentido de la intuición me hace insistir en solicitar nuevamente el de importación temporal de la moto; el que me sacará de Rusia tras cinco angustiosos días.

Hago noche en Shymlent, ciudad donde lo más destacado para visitar son los centros comerciales y parques temáticos, una ciudad soviética europeizada 100% pero donde siguen sin hablar apenas inglés. Aprovecho para visitar Turkestan, centro de peregrinación donde la única extranjera era yo. Allí, me echaron de una celebración, esta vez, no fue por no ir tapada hasta los pies como en Yazd (Irán), sino porque era una mezquita subterránea donde celebraban un ritual en torno a una fuente.

Tras cientos de kilómetros y soportando el fuerte viento de la estepa kazaja, veo las plantaciones de algodón, el famoso oro blanco por el que la antigua Unión Soviética secó el mar de Aral. Me sorprenden aquellos canales rebosantes de agua. Todo verde y, a lo lejos, un remolque donde la gente está recogiendo algodón. Intento robar alguna foto, pero me hacen un gesto con la mano que interpreto como un “vete”. Excepto esta parte, el resto es un enorme desierto con camellos y salares, no hay nada más.

Se hace eterna esta carretera, cientos y cientos de kilómetros en línea recta, con un fuerte y constante viento. De repente, ¡freno mi moto! Caigo en la cuenta de algo que está sucediendo a mi alrededor, estoy siendo testigo de lo que venía buscando y que sin darme cuenta había encontrado. Estoy en el fondo marino del mar de Aral. ¡Tremendo, el momento!

Me bajo de la moto entre un inmenso silencio, solo roto por el sonido del viento. Observo a mi alrededor, me quito lentamente el casco y lo apoyo en el asiento de la moto, asombrada me doy cuenta de que estoy rodando con mi moto en el fondo del mar, donde antes había peces, ahora estoy yo en medio de una carretera. No sé muy bien cómo describir aquel instante de sorpresa, porque a la vez sentía una profunda pena; era como si en aquel momento la naturaleza me estuviese mostrando la desgracia de estar en manos del hombre. ¡Un mar seco por el oro blanco!

Una mezcla de sentimientos acudían a mí, por un lado estaba la “alegría”, entre comillas, de recordar las duras carreteras y caminos que había tenido que atravesar para llegar hasta allí y, por el otro, un triste grito de la naturaleza ante semejante desastre ecológico. Mi moto y yo, allí en medio de la nada, éramos testigos de una cruel historia que ni el mejor guion hubiese superado.

Cuando llego a la ciudad de Aral, tremendamente famosa y rica en sus días, me encuentro un semáforo y calles desérticas, un coche y solo un par de camellos desorientados paseando por aquellas calles sin gente. Busco un hotel, sin llave, y en una sucia cazuela preparo un poco de pasta ante el hambre de todo un día sin probar bocado. Paseo por la ciudad y no veo nada. No hay nada. Un enorme cartel con su presidente inaugurando la presa que intenta recuperar el mar y un mosaico en la estación de tren que recuerda cuando esta ciudad envió pescado al pueblo de Moscú, parecido al que hay en el abandonado museo donde un mural muestra cómo en 1921 también ayudaron a Moscú durante la hambruna enviando 14 vagones de pescado. A cambio, lo recibido aparte de una carta de agradecimiento fue “secar su mar”.

Intento localizar la famosa presa y me dirijo por unos caminos a las poblaciones donde está ubicada, pero unos soldados aparecen y me hacen dar la vuelta. Allí, me entero también de la isla secreta del antrax Vozrozhdeniva, donde hay esporas que provocan serias enfermedades a la población. Curiosamente, “Vozrozhdeniva” significa ‘renacimiento’.

La dura etapa rusa

Los kilómetros en moto empiezan a pesar, llevo más de 10.000 y hago noche en Aktobe, con la intención de llegar a Oral e iniciar viaje de regreso por Rusia. Las temperaturas empiezan a desplomarse y no para de llover. Estoy acercándome a Rusia.

Amanece, hace frío y llueve mucho, la carretera está cortada por obras y hay un tremendo barrizal de cerca de 200 kilómetros hasta la frontera de Ozinki, a la que llego tremendamente cansada, calada y muerta de frío, con máximas de cinco grados.

En la parte kazaja, me recibe un militar y un tanque que salía de reconocimiento. La moto ha ido todo el camino resbalando y en algún tramo he tenido que bajarme y pasar literalmente empujándola como podía. En el puesto fronterizo ruso no hay forma de que me hagan la importación temporal de la moto.

Conocedora de algún caso, donde compañeros han dejado allí sus motos al no poderlas sacar del país por falta de este trámite, insisto una y otra vez y, entre la actitud chulesca de los policías y sus voces, me mandan de un puesto a otro. Nada, no consigo nada. Cuatro horas después contacto con la embajada, que no tienen ni la más remota idea de lo que hay que hacer, finalmente les he enviado el protocolo de actuación para que futuros viajeros no se encuentren con el mismo problema que yo.

Está cayendo la noche y hasta Saratov hay más de 300 kilómetros. La fuerte lluvia, la carretera sucia y los socavones hace que los camiones que me cruzo me salpiquen y llenen constantemente el casco de barro. A ambos lados de la carretera, ramos de flores cada poco. Mi preocupación por no tener el documento necesario, la mala actuación de una embajada que se limita a decirme “al menos está usted viva”, todo eso se va transformando en una enorme tensión.

 

No encuentro ningún lugar para quedarme a dormir, no hay nada, ya estaba pensando en plantar la tienda bajo aquella incesante lluvia porque no veía ya la carretera, a lo lejos veo una especie de hotel y paro. La señora no me entendía y con gestos le dije que quería dormir, miró a un hombre que estaba a su lado y me dijo que no, supliqué; adónde iba a ir con esa noche y por aquellas carreteras.

Al final accedió y me llevó a una habitación que iba a ser compartida con quien llegase después. A todo esto querían meter la moto en un cuartucho porque decían que me la robarían, pero la moto no cabe, es muy grande y pasa la noche fuera.

Amanece, con la ropa todavía mojada del día anterior comienzo ruta hacia Saratov por aquella carretera. Hoy no llueve tanto, a lo lejos, un accidente, dos coches han chocado frontalmente, no está cortado el tráfico y la policía está haciendo fotos. En ese momento, me doy cuenta de la poca dignidad que le daban a una persona que había perdido la vida. Me impactó mucho ver aquel pobre hombre con una especie de venda en los ojos, la camiseta levantada con la barriga al aire, tendido en el suelo. Nadie lo había cubierto y los coches y yo con mi moto pasábamos al lado. Me pareció una imagen que refleja muy bien la “tradicional Rusia”, como me contaba después Valeria y su familia, una policía que me ayudó con las gestiones.

Más problemas

Me persono en un puesto aduanero que me habían indicado a través de una representante de la embajada española en la frontera de Ozinki, pero no me quieren hacer el documento que necesito. Me dicen que vuelva a la frontera y lo vuelva a exigir o me quedaré sin moto. Vuelvo a llamar al teléfono de emergencias consulares, pero por aquel teléfono solo escuchaba, “cómo se le ocurre a usted ir ahí, estoy en Moscú y me queda lejos del campo de actuación, hay 800 kilómetros y no puedo desplazarme. No se puede viajar solo a Rusia”.

Conozco a unos policías. Me relataron el día a día de un país duro, inseguro y de supervivencia. Me contaron que por su profesión el Gobierno solo los deja viajar a Cuba, China y Vietnam. Valeria, a pesar de su día libre en comisaría, al día siguiente estaba en el hotel para presentarme a su familia e ir a comer con ellos. Fue un balón de oxígeno para mí. Paseamos por la ciudad y me llevó a lo más preciado para los rusos, “sus museos militares” y todos los monumentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y Rusia. Además, coincidía con el 9 de mayo, que celebraban durante todo el mes llenando parques y jardines con tanques, aviones, y toda clase de armamento militar. Tengo un montón de lazos y pegatinas de propaganda soviética que veteranos y no tan veteranos me iban regalando.

Tras cinco días en Rusia, encontramos una aduana. Parece ser que aquí sí que me van a gestionar una importación temporal que me permita salir de Rusia sin problemas. Con mi documento, aquel que insistí en pedir en la frontera de Taskent y el aduanero ha conseguido aquí, me dirijo a la frontera con Ucrania, donde, sorprendentemente, tras toda la odisea vivida, puedo pasar, salir del país y hacerlo con mi moto. Aquel sello en mi pasaporte sonó a música celestial.

Había oído hablar de Odessa y de nuestra herencia española, José de Ribas, que “fundó” Odessa. Pasé un par de días allí, necesarios también para descansar e iniciar la vuelta tras tanto estrés acumulado. A pesar de la lluvia que no cesaba, la ciudad es muy bonita y pude visitar también las famosas escaleras de Potemkin. Las carreteras están “rotas”, para hacer 300 km la media son de seis a ocho horas, entre bache y socavón, parece que acaban de sufrir un terremoto. Hubo un momento en el que pensé: no puede ser, esto no puede ser, pero sí, había hasta una ruta TIR.

Sin quererlo, que no era mi intención, entré por Transnitria, dicho sea de paso con carreteras que seguían siendo malas pero un paisaje que me recordó en alguna carretera a las de la Toscana por sus hileras de árboles. Eso sí llenas de tanques y militares durante kilómetros. Dinero cambiado que luego nadie quería en Moldavia, y frontera con sello de pasaporte en la misma. En Chisinaú, capital de Moldavia, hago noche para ya iniciar el camino de vuelta más directo para España, atravesando Rumanía, Bulgaria y Grecia, desde donde cogería un barco para Italia y de allí para casa.

Me recibió la gente de BMW Grunblau en Santander y dejé allí a Lusi, mi moto, para curarla de las heridas de guerra. Viajar en moto es una película cuyo guion se escribe día a día. Con sus malos y sus buenos momentos, cuando ya no puedes más, con la desesperación y el agotamiento de situaciones vividas… Aunque al final, siempre nos queda lo bueno, lo mejor de cada kilómetro recorrido en moto. La sensación de sentirte vivo y de vivir intensamente. Cada uno tiene su experiencia y su visión y un mismo viaje en moto siempre será diferente para cada persona, pero una cosa hay en común: cuando regresamos, ya venimos pensando en el siguiente.

Texto y fotos: María Elsi

1 Comentario

1 Comentario

  1. Xavi Setau

    06/01/2019 at 11:12 pm

    Me ha gustado mucho tu relato.
    Siento envidia sana.
    Te deseo que sigas rodando y disfrutando. V

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