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Rutas

Ruta de la Seda (2ª parte): Atravesando un mar en moto

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Una de las cosas importantes que hay que tener en cuenta cuando viajas en moto a Uzbekistan es que la mayoría de los automóviles funcionan con gas, así que no hay muchos surtidores con gasolina, y los pocos que encuentras son de 80 octanos o con suerte de 92.

Una enorme carretera en mitad del desierto me deja sin gasolina nuevamente y tengo que confiar en lo que un hombre me vende en una garrafa de agua. Mi llegada a Samarcanda fue con un ¡Viva Fidel! y un encuentro con moteros rusos.

Samarcanda es una joya. La plaza del Registan es una de esas maravillas que todo viajero debería conocer. Fue un lugar donde todas las tendencias, lenguas e ideas confluían. La situación intermedia de Samarcanda en la Ruta de la Seda la hizo posicionarse de forma muy importante. Imaginaba a todas las caravanas allí paradas descansando con sus camellos y escuchaba sin querer los gritos de todos los comerciantes. Allí me di cuenta de que con mi moto había llegado hasta el corazón mismo de esta ruta. Cansada, sí, pero satisfecha, muy contenta y en una plenitud que envolvía mi soledad viajera.

Me fui de Samarcanda dirección a Taskent, para salir por la frontera que me llevaría a la parte kazaja del mar de Aral. En la parte de Uzbekistán se quedan con mi documento de importación temporal de la moto y en la parte kazaja, una vez hecho el trámite de inmigración, me dejan pasar, pero mi sentido de la intuición me hace insistir en solicitar nuevamente el de importación temporal de la moto; el que me sacará de Rusia tras cinco angustiosos días.

Hago noche en Shymlent, ciudad donde lo más destacado para visitar son los centros comerciales y parques temáticos, una ciudad soviética europeizada 100% pero donde siguen sin hablar apenas inglés. Aprovecho para visitar Turkestan, centro de peregrinación donde la única extranjera era yo. Allí, me echaron de una celebración, esta vez, no fue por no ir tapada hasta los pies como en Yazd (Irán), sino porque era una mezquita subterránea donde celebraban un ritual en torno a una fuente.

Tras cientos de kilómetros y soportando el fuerte viento de la estepa kazaja, veo las plantaciones de algodón, el famoso oro blanco por el que la antigua Unión Soviética secó el mar de Aral. Me sorprenden aquellos canales rebosantes de agua. Todo verde y, a lo lejos, un remolque donde la gente está recogiendo algodón. Intento robar alguna foto, pero me hacen un gesto con la mano que interpreto como un “vete”. Excepto esta parte, el resto es un enorme desierto con camellos y salares, no hay nada más.

Se hace eterna esta carretera, cientos y cientos de kilómetros en línea recta, con un fuerte y constante viento. De repente, ¡freno mi moto! Caigo en la cuenta de algo que está sucediendo a mi alrededor, estoy siendo testigo de lo que venía buscando y que sin darme cuenta había encontrado. Estoy en el fondo marino del mar de Aral. ¡Tremendo, el momento!

Me bajo de la moto entre un inmenso silencio, solo roto por el sonido del viento. Observo a mi alrededor, me quito lentamente el casco y lo apoyo en el asiento de la moto, asombrada me doy cuenta de que estoy rodando con mi moto en el fondo del mar, donde antes había peces, ahora estoy yo en medio de una carretera. No sé muy bien cómo describir aquel instante de sorpresa, porque a la vez sentía una profunda pena; era como si en aquel momento la naturaleza me estuviese mostrando la desgracia de estar en manos del hombre. ¡Un mar seco por el oro blanco!

Una mezcla de sentimientos acudían a mí, por un lado estaba la “alegría”, entre comillas, de recordar las duras carreteras y caminos que había tenido que atravesar para llegar hasta allí y, por el otro, un triste grito de la naturaleza ante semejante desastre ecológico. Mi moto y yo, allí en medio de la nada, éramos testigos de una cruel historia que ni el mejor guion hubiese superado.

Cuando llego a la ciudad de Aral, tremendamente famosa y rica en sus días, me encuentro un semáforo y calles desérticas, un coche y solo un par de camellos desorientados paseando por aquellas calles sin gente. Busco un hotel, sin llave, y en una sucia cazuela preparo un poco de pasta ante el hambre de todo un día sin probar bocado. Paseo por la ciudad y no veo nada. No hay nada. Un enorme cartel con su presidente inaugurando la presa que intenta recuperar el mar y un mosaico en la estación de tren que recuerda cuando esta ciudad envió pescado al pueblo de Moscú, parecido al que hay en el abandonado museo donde un mural muestra cómo en 1921 también ayudaron a Moscú durante la hambruna enviando 14 vagones de pescado. A cambio, lo recibido aparte de una carta de agradecimiento fue “secar su mar”.

Intento localizar la famosa presa y me dirijo por unos caminos a las poblaciones donde está ubicada, pero unos soldados aparecen y me hacen dar la vuelta. Allí, me entero también de la isla secreta del antrax Vozrozhdeniva, donde hay esporas que provocan serias enfermedades a la población. Curiosamente, “Vozrozhdeniva” significa ‘renacimiento’.

La dura etapa rusa

Los kilómetros en moto empiezan a pesar, llevo más de 10.000 y hago noche en Aktobe, con la intención de llegar a Oral e iniciar viaje de regreso por Rusia. Las temperaturas empiezan a desplomarse y no para de llover. Estoy acercándome a Rusia.

Amanece, hace frío y llueve mucho, la carretera está cortada por obras y hay un tremendo barrizal de cerca de 200 kilómetros hasta la frontera de Ozinki, a la que llego tremendamente cansada, calada y muerta de frío, con máximas de cinco grados.

En la parte kazaja, me recibe un militar y un tanque que salía de reconocimiento. La moto ha ido todo el camino resbalando y en algún tramo he tenido que bajarme y pasar literalmente empujándola como podía. En el puesto fronterizo ruso no hay forma de que me hagan la importación temporal de la moto.

Conocedora de algún caso, donde compañeros han dejado allí sus motos al no poderlas sacar del país por falta de este trámite, insisto una y otra vez y, entre la actitud chulesca de los policías y sus voces, me mandan de un puesto a otro. Nada, no consigo nada. Cuatro horas después contacto con la embajada, que no tienen ni la más remota idea de lo que hay que hacer, finalmente les he enviado el protocolo de actuación para que futuros viajeros no se encuentren con el mismo problema que yo.

Está cayendo la noche y hasta Saratov hay más de 300 kilómetros. La fuerte lluvia, la carretera sucia y los socavones hace que los camiones que me cruzo me salpiquen y llenen constantemente el casco de barro. A ambos lados de la carretera, ramos de flores cada poco. Mi preocupación por no tener el documento necesario, la mala actuación de una embajada que se limita a decirme “al menos está usted viva”, todo eso se va transformando en una enorme tensión.

 

No encuentro ningún lugar para quedarme a dormir, no hay nada, ya estaba pensando en plantar la tienda bajo aquella incesante lluvia porque no veía ya la carretera, a lo lejos veo una especie de hotel y paro. La señora no me entendía y con gestos le dije que quería dormir, miró a un hombre que estaba a su lado y me dijo que no, supliqué; adónde iba a ir con esa noche y por aquellas carreteras.

Al final accedió y me llevó a una habitación que iba a ser compartida con quien llegase después. A todo esto querían meter la moto en un cuartucho porque decían que me la robarían, pero la moto no cabe, es muy grande y pasa la noche fuera.

Amanece, con la ropa todavía mojada del día anterior comienzo ruta hacia Saratov por aquella carretera. Hoy no llueve tanto, a lo lejos, un accidente, dos coches han chocado frontalmente, no está cortado el tráfico y la policía está haciendo fotos. En ese momento, me doy cuenta de la poca dignidad que le daban a una persona que había perdido la vida. Me impactó mucho ver aquel pobre hombre con una especie de venda en los ojos, la camiseta levantada con la barriga al aire, tendido en el suelo. Nadie lo había cubierto y los coches y yo con mi moto pasábamos al lado. Me pareció una imagen que refleja muy bien la “tradicional Rusia”, como me contaba después Valeria y su familia, una policía que me ayudó con las gestiones.

Más problemas

Me persono en un puesto aduanero que me habían indicado a través de una representante de la embajada española en la frontera de Ozinki, pero no me quieren hacer el documento que necesito. Me dicen que vuelva a la frontera y lo vuelva a exigir o me quedaré sin moto. Vuelvo a llamar al teléfono de emergencias consulares, pero por aquel teléfono solo escuchaba, “cómo se le ocurre a usted ir ahí, estoy en Moscú y me queda lejos del campo de actuación, hay 800 kilómetros y no puedo desplazarme. No se puede viajar solo a Rusia”.

Conozco a unos policías. Me relataron el día a día de un país duro, inseguro y de supervivencia. Me contaron que por su profesión el Gobierno solo los deja viajar a Cuba, China y Vietnam. Valeria, a pesar de su día libre en comisaría, al día siguiente estaba en el hotel para presentarme a su familia e ir a comer con ellos. Fue un balón de oxígeno para mí. Paseamos por la ciudad y me llevó a lo más preciado para los rusos, “sus museos militares” y todos los monumentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y Rusia. Además, coincidía con el 9 de mayo, que celebraban durante todo el mes llenando parques y jardines con tanques, aviones, y toda clase de armamento militar. Tengo un montón de lazos y pegatinas de propaganda soviética que veteranos y no tan veteranos me iban regalando.

Tras cinco días en Rusia, encontramos una aduana. Parece ser que aquí sí que me van a gestionar una importación temporal que me permita salir de Rusia sin problemas. Con mi documento, aquel que insistí en pedir en la frontera de Taskent y el aduanero ha conseguido aquí, me dirijo a la frontera con Ucrania, donde, sorprendentemente, tras toda la odisea vivida, puedo pasar, salir del país y hacerlo con mi moto. Aquel sello en mi pasaporte sonó a música celestial.

Había oído hablar de Odessa y de nuestra herencia española, José de Ribas, que “fundó” Odessa. Pasé un par de días allí, necesarios también para descansar e iniciar la vuelta tras tanto estrés acumulado. A pesar de la lluvia que no cesaba, la ciudad es muy bonita y pude visitar también las famosas escaleras de Potemkin. Las carreteras están “rotas”, para hacer 300 km la media son de seis a ocho horas, entre bache y socavón, parece que acaban de sufrir un terremoto. Hubo un momento en el que pensé: no puede ser, esto no puede ser, pero sí, había hasta una ruta TIR.

Sin quererlo, que no era mi intención, entré por Transnitria, dicho sea de paso con carreteras que seguían siendo malas pero un paisaje que me recordó en alguna carretera a las de la Toscana por sus hileras de árboles. Eso sí llenas de tanques y militares durante kilómetros. Dinero cambiado que luego nadie quería en Moldavia, y frontera con sello de pasaporte en la misma. En Chisinaú, capital de Moldavia, hago noche para ya iniciar el camino de vuelta más directo para España, atravesando Rumanía, Bulgaria y Grecia, desde donde cogería un barco para Italia y de allí para casa.

Me recibió la gente de BMW Grunblau en Santander y dejé allí a Lusi, mi moto, para curarla de las heridas de guerra. Viajar en moto es una película cuyo guion se escribe día a día. Con sus malos y sus buenos momentos, cuando ya no puedes más, con la desesperación y el agotamiento de situaciones vividas… Aunque al final, siempre nos queda lo bueno, lo mejor de cada kilómetro recorrido en moto. La sensación de sentirte vivo y de vivir intensamente. Cada uno tiene su experiencia y su visión y un mismo viaje en moto siempre será diferente para cada persona, pero una cosa hay en común: cuando regresamos, ya venimos pensando en el siguiente.

Texto y fotos: María Elsi

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1 Comment

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  1. Xavi Setau

    06/01/2019 at 11:12 pm

    Me ha gustado mucho tu relato.
    Siento envidia sana.
    Te deseo que sigas rodando y disfrutando. V

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Rutas

Gran comienzo de año motero en La Cruz Verde

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comienzo de año motero en La Cruz Verde

Como viene siendo tradición cada comienzo de año, para no dejar enfriar la moto, nuestro amigo motero Ducatista de circuito, el conocido David Espinosa, con su gran don de gentes, volvía a convocar a todo el colectivo motero en el punto de peregrinación motera más importante de Madrid y preferido por todos en el Alto de La Cruz Verde, a 1256 metros de altitud.

Este año, como novedad, convertido en museo al aire libre dedicado al gran maestro del mundo de las carreras de motos Ángel Nieto, en el cual se puede disfrutar del  reciente inaugurado mirador con su nombre,  primer punto de parada en la ruta para hacernos una foto allí.

Y es que desde el mirador se pueden contemplar las mejores vistas de la Sierra de Guadarrama, con el  inmejorable fondo del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, para luego bajar al recinto del Asador Guillermo, donde aparcamos las motos para tomarnos un caldo calentito al aire libre.

El sol acompañó, algo inusual ya que estamos acostumbrados a otros años con más frío.

En el Asador fuimos recibidos por nuestros amigos David, Esther y el carismático Guillermo Martín, director del Asador de La Cruz Verde, que fueron saludando uno a uno a todos los moteros y moteras que iban llegando y que en esta ocasión fueron gran cantidad dada la afinidad de todos con los organizadores y el buen tiempo reinante.

Allí también se podía contemplar otra zona de homenaje al maestro 12+1, con el hito kilométrico de piedra dedicado a él y a Guillermo Martín.

Una vez congregado una gran cantidad de gente nos hicimos una foto de recuerdo de grupo, para recordar lo bien que lo pasamos entre motos y amigos.

Este gran comienzo de año motero en lo más alto, el cual ya se ha convertido en un evento de referencia a tener en cuenta en la zona centro del país.

Nos seguimos viendo en La Cruz Verde.

Saludos y ráfagas

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Rutas

Torrijos: Éxito de motos, amigos y migas por Navidad

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concentración torrijos navidad

Como viene siendo habitual todos los años, al final de año por Navidad los componentes del Moto Club Torrijos volvieron a juntar a todos sus amigos moteros con su popular fiesta de las Migas Moteras, este año con un montón de novedades para más diversión de todos.

El punto de encuentro estaba como siempre en la amplia Plaza de España de Torrijos, dominada por el edificio del siglo XVII de su antiguo Ayuntamiento, que fue el punto neurálgico del evento, donde estaban los calderos para cocinar las migas castellanas.

También allí se encontraba la carpa de la Asociación Down de Toledo a la que este año se destinó la ayuda del evento.

Este año, como primicia, se realizó una concentración de coches de época en la plaza, concierto y exhibición de motos.

Aún estando en el comienzo del invierno, la meteorología dio una tregua, cosa que facilitó que estuviera la plaza a rebosar de motos y motoristas más que ningún año.

A las once  de la mañana, mientras de iban cocinando las migas, se organizó una ruta motera turístico-cultural por la ciudad de Torrijos, que cuenta con varios edificios históricos de interés cultural.

A la vuelta nos esperaba una animada exhibición de minimotos y pitbikes, en la cual los pilotos de corta de edad nos deleitaron con sus peripecias con las motos.

Después nos fuimos a comer las migas castellanas con un vaso de sangría, y os puedo asegurar que la receta no dejó indiferente a nadie.

Luego, la fiesta siguio a ritmo de rock and roll con el conjunto musical Versión Vinilo, que nos deleitaron con los mejores éxitos de los 80.

También hubo una rifa de guantes y de casco para la moto.

En definitiva un gran día motero en compañía de los amigos y de los componentes del Moto Club Torrijos, los cuales como de costumbre se desviven con sus simpatizantes, esperándonos a todos en su próxima concentración a mitad de año, que este año llegará a su edición 12+1.

Nos vemos en Torrijos, saludos y ráfagas.

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Rutas

puntApunta 2018: Una experiencia religiosa de Avilés a Cullera

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BMW/Judit Florensa

Carreteras escondidas, desconocidas y solitarias. Navegación con road-book. Paisajes y miradores. Gastronomía. Improvisación y contratiempos. La buena compañía y las nuevas amistades. Charlas, risas y emoción. Imposible resumir todo lo bonito que me llevo de mi primera experiencia rutera en el puntApunta.

Dicen que lo importante es participar. Nunca había creído en esta expresión hasta que he podido vivir mi primera experiencia rutera en el puntApunta 2018 de BMW.

Imagino que el hecho de venir de los circuitos ayuda a que no tenga muy interiorizado eso de hacer kilómetros chino chano. Confieso que he descubierto una faceta del mundo de las dos ruedas que mola que flipas y que nada tiene que ver con la competición.

Nunca antes había hecho una ruta larga en moto, ni siquiera un viaje. Fue la primera experiencia de estas características, y lo cierto es que la afronté con mucha ilusión, aunque también con dudas y nervios.

En la redacción me pusieron bien en antecedentes, ya que cuentan con numerosas participaciones a sus espaldas. Conocen al dedillo el funcionamiento de esta aventura de BMW, que se ha consolidado como uno de los eventos más importantes tanto para la marca como para el sector de la moto en general.

PuntApunta 2018_9

El señor director de Solo Moto Treinta, Lluís Morales, me metió un poco de miedo en el cuerpo advirtiéndome de la dureza de esta aventura y de los posibles problemas que pueden surgir durante los días de travesía. Me ayudó lo que no está escrito.

Preparó un kit de primeros auxilios con el que podría haber sobrevivido en pleno desierto durante años. Bridas, cinta americana, kit de pinchazos… Parecía que me iba de casa, y es que toda preparación es poca y es importante dejarse aconsejar por expertos como él.

Todo esto está muy bien hasta que llega el momento de organizarlo todo en los huecos disponibles entre maletas laterales y top case. Entonces no hace tanta gracia. Distribuirlo todo en un espacio tan limitado no es un tema menor. Es importante prepararlo con suficiente antelación para no llevar carga innecesaria y optimizar el hueco disponible. Documentación, equipaje y muchas ganas.

Todo preparado para partir hacia Avilés. Salí desde Barcelona con un compañero periodista, Edu Fernández. Juntos recorrimos los casi 900 km que separan la Ciudad Condal del norte de España. No fue precisamente un suspiro. Mucha autopista, carreteras rápidas y, por suerte, buen tiempo. Edu llevaba una R 1200 GS Adventure y yo una F 800 GT, así que no tuvimos ningún problema de comodidad y prestaciones.

Eso sí, por mucho que vayas sobre un sofá, acabas sufriendo en cuanto a postura por la cantidad de horas que pasas circulando. Tuvimos suerte porque no nos pilló ni una gota en la maratoniana jornada de ida, que culminó con la llegada al punto de encuentro cerca de las ocho de la tarde. El punto de encuentro me impactó. Todavía lo recuerdo con asombro. Nunca antes había visto tantísima moto concentrada, en su mayoría BMW. Y no paraban de llegar. Alucinante.

PuntApunta 2018_17

Nos presentamos con el tiempo justo para rellenar los datos y asistir al macrobriefing en la sala de actos del Hotel URH Zen Balagares, de Corvera de Asturias (Avilés).

Alrededor de mil personas reunidas para empezar una maravillosa ruta de punta a punta de España. Nos pusieron en situación en el briefing previo y nos informaron de las particularidades de esta prueba, junto con otras cuestiones mucho más concretas sobre los repostajes, los adelantamientos o el orden en marcha.

Ya que, paraos a pensar un momento: ¿cómo pueden convivir tantísimas motos en una misma ruta y que todo transcurra en orden y sin incidentes? El trabajo de la organización es brutal. La acción empezaba al día siguiente.

Para esta edición 2018 estaba previsto cruzar la Península de noroeste a este. El modus operandi: llenar una botella que nos entregó la organización con agua del Cantábrico, hacer todo el recorrido planificado con ella a cuestas y vaciarla el último día en el mar Mediterráneo. Es decir, de la fría playa asturiana de las Salinas, en Avilés, a las cálidas aguas de Cullera, dos de los puntos más fotografiados de la ruta.

Una de las particularidades de la prueba y que personalmente más me gusta es la navegación por road-book. Soy una enamorada del Dakar y siempre he tenido curiosidad por este tema. Claro que no tiene nada que ver, ni es tan complejo, ni pasas por sitios tan enrevesados, pero es bonito aprender y experimentar una parte tan tradicional y romántica de las rutas.

Hoy en día estamos tan acostumbrados a dejarnos guiar por el GPS, que poder hacer tantísimos kilómetros leyendo y descifrando las indicaciones de un road-book me parece lo más. Sincronizar trips con el kilometraje, interpretar advertencias, descifrar algunas directrices, estar atento a las señales, cambios de dirección y desvíos, controlar el decalaje cuando te pierdes, diseñar tu propia estrategia de paradas y repostajes y tomar decisiones improvisadas en muchas más ocasiones de las esperadas.

Día 1 puntApunta 2018: de Corvera de Asturias a Valladolid

Como estaba previsto, llenamos la botella en la playa de las Salinas y, nada más empezar la ruta, en el tramo de ciudad, nos perdimos. Digamos que no empezamos con buen pie. Salimos tarde y ya la estábamos liando en los primeros kilómetros. Pagamos la novatada. Se notó que era la primera vez tanto para Edu como para mí.

Después del desespero inicial, nos acabamos uniendo a un grupo que estaba casi tan perdido como nosotros, pero bueno, por lo menos había alguien con quien compartir el mal trago. El compañerismo y la solidaridad son dos de los aspectos más destacados en el puntApunta, y salen a relucir en momentos así. Son muchas las horas que pasas en marcha, las paradas y los kilómetros. Es importante encontrar un grupito con el que congenies y que más o menos vaya del mismo palo que tú en cuanto a ritmo y a planteamiento de la prueba.

Hay quienes salen a primera hora y apenas paran; los hay que programan al dedillo todos y cada uno de los puntos de parada y restaurantes; y también hay quienes prefieren salir más tarde, improvisar y llegar de los últimos. Son muchas las maneras de afrontar esta aventura, así que al final siempre te acabas juntando con participantes con los que más o menos compartes la forma de plantearla.

PuntApunta 2018_11

Volviendo al instante de la desorientación, tengo que confesar una cosa. Hubo un momento en el que nos habíamos perdido tanto y la diferencia kilométrica era tal, que decidimos volver al punto de origen, poner el Trip a 0 y empezar de nuevo intentando no cometer ni medio error de navegación. Los problemas se esfumaron fuera de la ciudad. Supongo que ayudó el hecho de haber cogido experiencia y de circular en grupo. En compañía aprendes mucho más rápido que si lo haces por tu cuenta.

Dejando de lado el momento crítico de navegación, el día estaba yendo redondo. Íbamos a buen ritmo, recuperando algo de tiempo perdido y disfrutando de paisajes maravillosos y del solazo que nos acompañaba. Acompañaba, en pasado, porque del solete cálido y agradable pasamos al diluvio universal en apenas unos minutos.

Cayó tal tromba que, a pesar de parar rápidamente, acabamos calados hasta las cejas antes de podernos poner el chubasquero. Algunos valientes decidieron seguir a pesar de la falta de visibilidad y de lo complicado del tiempo, pero Edu y yo preferimos parar. Se estaba haciendo tarde y optamos por esperar a que dejase de llover cogiendo fuerzas con un buen arroz. ¡Uf! ¡Qué arrozaco! Nos sentó como Dios. El local estaba lleno, pues muchos de los puntApunteros se encontraron en una situación similar a la nuestra, así que ya os podéis imaginar que la cosa se acabó alargando…

PuntApunta 2018_16

Salimos y no solo había llovido, sino que teníamos un regalito en los asientos y demás huecos en forma de hielo acumulado. Impresionante. En cuestión de horas parecía que nos habíamos teletransportado a un país nórdico. Seguimos el trayecto, ya con el tiempo despejado. Era tarde y chispeaba un poco, pero teníamos que seguir haciendo kilómetros porque se nos iba a hacer de noche antes de llegar al hotel. No pudimos ir a ritmillo porque las condiciones eran complicadas, y el tiempo se nos echó encima. Finalmente, terminamos la primera etapa apurados, pero a tiempo para asistir al briefing. Avilés- Valladolid completado.

Día 2 puntApunta 2018: De Valladolid a Guadalajara

Todos los problemas que tuvimos el primer día desaparecieron en los kilómetros previstos para la segunda jornada. Es muy bestia. Aprendes lo que no está escrito casi sin darte cuenta y en apenas un día. Las paradas, la planificación, los timings, la hora de la salida, la navegación y una infinidad de asuntos que interiorizas sin querer.

Lo teníamos todo mucho más por la mano y lo notamos tanto en la fluidez de la jornada como en la facilidad con la que nos salían las cosas. Y, creedme, se disfruta infinitamente más. Los caminos se vuelven más bonitos, la navegación por road-book, más divertida, y los errores llegan hasta a hacer gracia.

Tuvimos un poco de todo. Hubo un momento en que empezamos a subir por una rampa superpronunciada que resultó ser una finca privada sin salida. Imaginaos una marabunta de BMW y otras motos corpulentas intentando maniobrar en un espacio tan limitado y con una rampa cuyo desnivel era digno del sacacorchos de Laguna Seca.

PuntApunta 2018_1

Alguna equivocación más como esa y más de un embrague se hubiese ido a tomar por saco. Hasta las yayas sentadas tomando la fresca en los banquitos frente a sus casas se volvían más bonitas y entrañables. Algunas ponían cara de alucinar, con una expresión entre incredulidad, susto e incomprensión. No todos los días ves a una manada de tanques vestidos de romano y todos seguidos en plan procesión.

Alguna nos preguntó qué era aquello, que no entendía por qué llevaba toda la mañana viendo pasar motos sin cesar. Y, como no podía ser de otra manera, la lluvia hizo acto de presencia. No hay puntApunta sin lluvia, y la segunda jornada no fue una excepción. Esta vez reaccionamos de inmediato, con las primeras gotitas estampadas en la visera, y no nos empapamos tanto.

En estas ocasiones, es mejor no pecar de optimista. Es preferible ser prudente y no quitarte el chubasquero a la primera de cambio. Te arriesgas a que te caiga la del pulpo en cualquier momento. Un aspecto que me pareció de lo más acertado de la ruta fueron los momentos en que pudimos elegir entre circular por la ruta establecida o entrar en los sectores GS.

Los sectores GS son unos tramos de más dificultad en los que tienes la oportunidad de sacar tu lado más aventurero y canalla. Y lo bueno es que puedes elegir hacerlos o no, depende de como te sientas en ese momento. Las dos opciones se acababan encontrando en alguna zona del camino, y así hasta alcanzar los puntos de sellado, donde la organización iba verificando que, efectivamente, estabas cumpliendo con lo programado.

Como os he comentado, la segunda jornada parecía ir mucho más sobre ruedas, pero a mí se me acabó la paz en el momento de entrar en un tramo de curvas perdidas por la montaña. Ya conocéis bien la autonomía de la GS. Prácticamente puedes hacer una etapa sin repostar porque el depósito tiene una capacidad de 33 litros.

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Pero, en mi caso, esa libertad se reduce a menos de la mitad porque en la F 800 GT entran 15 litros. Culpa mía al 100% porque ya me habían avisado en numerosas ocasiones y porque en el briefing pusieron bastante énfasis. Pensé que para llegar al siguiente punto ya tendría más que suficiente, pero el tramo se iba alargando. Y no paraba.

Pasé el road-book para buscar los kilómetros que faltaban hasta la siguiente gasolinera y parecía que no llegaba nunca. Iba apuradísima y, de cometer algún error de navegación y hacer más kilómetros de la cuenta, me habría quedado sin gasolina. Recorrí 32 kilómetros en reserva, conduciendo en modo Eco, como si lloviese, para ahorrar combustible. Me faltaron tan solo 12 km para quedarme tirada. No os podéis imaginar la alegría y el alivio que sentí cuando vislumbré a lo lejos que nos estábamos acercando a un pueblo en el que podíamos repostar. Lección aprendida.

Día 3 puntApunta 2018: Llegamos a Cullera

El cansancio ya empezaba a hacer mella en nosotros. Cada vez dominábamos más la escena, pero el ritmo de los primeros días pasaba ya factura. Aun así, el cuerpo es sabio y sabe exactamente la cantidad de adrenalina que debe administrar para que salgas a la carretera con la fuerza y la frescura del primer día.

Nos pasó de todo (o casi de todo) durante la primera jornada, así que la tercera etapa fue un verdadero paseo. La cifra de kilómetros imponía. Los más de 500 km para cerrar el puntApunta asustaban un poco, pero os aseguro que fueron las mejores horas de todo el viaje. Todo fue sobre ruedas, paradas incluidas, y lo mejor nos esperaba en la llegada a la terreta.

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Nos adentramos en una zona de curvas espectaculares e interminables, bajo un sol radiante. Una auténtica maravilla. Nos cruzamos con muchos moteros. Normal. En Valencia tienen una gran tradición por las dos ruedas y es totalmente comprensible. Teniendo un clima y unas carreteras tan buenas, sería un delito no probarlo en moto. Además, en nuestro grupo estaba José Manuel, de Valencia, que conocía la zona al dedillo y que nos hizo de anfitrión de bonitos rincones con vistas privilegiadas.

Cómo no hacer caso de las recomendaciones de un autóctono… Faltaba poco para cruzar el arco que marca la meta, pero tuvimos que hacer una última parada para repostar. Allí nos esperaba un gasolinero con cara de hecho polvo, al que le pregunté si había tenido un día movidito. Contestó que no recordaba uno igual y me preguntó si quedaban muchos más por llegar. Le solté una mentirijilla para que no se desanimase, aunque lo cierto es que aún le quedaba un último esprint.

Fijaos si está todo bien organizado y medido, que las gasolineras que formaban parte del recorrido estaban preparadas para la ocasión. En ediciones anteriores, algunas de ellas se habían quedado sin combustible y las colas habían llegado a ser considerables. Pero, en esta ocasión, los gasolineros esperaban fuera con los datáfonos para ser más efectivos en los repostajes y evitar aglomeraciones.

Además, nos recomendaron no repostar más de 20 euros para ahorrar tiempo poniendo el pin de la tarjeta. Puede parecer exagerado, pero se nota muchísimo. Con uno apenas se aprecia, pero cuando hay todo un ejército de BMWeros haciendo cola para darle de comer a la GS, agradeces esa rapidez… ¡Qué emoción! Estábamos a punto de terminar el recorrido, de cumplir la misión, de vaciar el agua del cantábrico en la playa de Cullera. Qué últimos kilómetros más bonitos.

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No pude evitar hacer un repaso mental de todo lo que había pasado durante aquellas tres jornadas. Llegamos a la playa para cruzar meta y pudimos acceder por el mismo paseo. Fue un detalle precioso. Cruzar el arco y vaciar la botella fue un momento muy bonito, aunque también lo viví con cierta tristeza, porque esos tres días tan intensos y esa primera experiencia rutera estaban a punto de terminar. ¡¡¡No quería volver a casa!!!

Había aprendido, disfrutado y reído muchísimo. Había conocido a gente maravillosa con la que compartí muchísimas horas y momentos. Muchas fotos para inmortalizar el broche final en grupo, ya sin el casco puesto, justo antes de ir a la última reunión general. La organización había preparado un recinto amplísimo en el que cenamos al aire libre, celebramos la despedida y asistimos a los parlamentos de diferentes miembros del staff y personal involucrado, además de reconocimientos y menciones especiales.

Una de ellas, sin ir más lejos, fue la que se le otorgó al propietario de una F 700 GS que había batido el récord de kilómetros. 600.000. Sí, seiscientos mil, no es un error a la hora de escribirlo. ¡Qué salvajada! El hombre ha estado más horas encima de la moto que un camionero trabajando. Entre risas y anécdotas, nos enseñó el libro de las revisiones y aquello parecía la Biblia. No terminaba nunca… Un acto de cierre precioso y de lo más animado. No parecía que nos hubiésemos metido en el cuerpo 2.000 kilómetros.

Hicimos noche en Cullera y vuelta a casa al día siguiente. El tramo que separa la ciudad valenciana de Barcelona nos pareció un paseíto corto y rápido comparado con las jornadas maratonianas que acabábamos de hacer. Un recorrido en el que no podía hacer otra cosa que recordar lo vivido y en el que, cómo no, la lluvia hizo acto de presencia. No nos salvamos ni a la vuelta. Ahora tengo en casa una estantería repleta de recuerdos de esta experiencia. La botella, una pulsera, el premio y los road-books. Espero completarlo con los de la próxima edición.

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