Royal Enfield Classic 500: Sin aditivos
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Pruebas

Royal Enfield Classic 500: Sin aditivos

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Recuerdo con cariño y nostalgia mis inicios en el mundo de las motos allá por el año 1975, cuando me subí por primera vez a una Mon­tesa Cota 25. La verdad es que no fue muy bien, me quedé gas a fondo pegado a un árbol escarbando con la rueda trasera rumbo a Nueva Zelanda. Por suerte alguien me salvó. Mi posterior experiencia pocos años más tarde, habiendo superado el primer trauma, fue con otra Montesa. En esa ocasión fue una Brío 82 que mi padre tenía abandonada en un rincón de un almacén. Hicimos locuras con esa moto de 250 cc 2T, y digo hici­mos porque mi hermano menor fue cómplice de todo. En esa moto, los frenos eran de tambor, por cable, asiento de guitarra, horquilla telescópica y amortiguadores donde el basculante no basculaba, sino que seguía una línea transversal perpendicular, por supuesto iba con carburador, platinos, y desde luego ni ABS ni na de na.

Cuando vi y me subí a la Royal Enfield Classic 500 tuve la misma sensa­ción de cuando arrancaba esa Brío que aguantó lo que ninguna otra moto actual hubiese aguantado (hasta se le prendió fuego y no murió), pero con cuarenta años más a la espalda. Estaba encima del pasado, de algo auténtico de verdad, de ninguna réplica remozada. Sí que es verdad que la Royal Enfield, si la situásemos en el tiempo, estaría en una categoría superior a la Brío, ya que el motor 4T elevaba la categoría del propietario de proletario a ricachón, y tanto el sonido como la envergadura imponía más y sonaba más llena y grave.

En estos tiempos de muchos cambios sociales y tecnológicos, sorpren­de que se pongan de moda motos originarias de principio y mediados del siglo pasado. ¿Cuál es la razón de venerar y conducir algo que tendría que estar en un museo? La respuesta está en que no todo el mundo es capaz de ir a toda mecha por la carretera, ni a todo el mundo le apetece. También queda algo en la memoria de que los productos de antaño es­taban diseñados para durar y durar, y que los productos de ahora tienen una temprana fecha de caducidad, y dado como está de costosa la vida, este es un buen argumento.

Las líneas de diseño clásico, la poca altura del asiento, la ligereza y simplicidad de conducción de la Classic 500 son otras razones que están convenciendo a muchos jóvenes para evocar a los héroes de las aventuras pasadas, y en ese intento, buscar el origen de lo sencillo y genuino.

Cuanta menos tecnología, menos mantenimiento y mayor durabilidad. Cuando un motor de 500 4T desarrolla menos de 30 CV y sube como máximo a 5.000 rpm, además de poco ruido y pausado, no se romperá en la vida. El monocilíndrico de doble chispa no tiene nada de contemporáneo, excepto la inyección electrónica Keihin que le aporta más estabilidad, y el arranque eléctrico, aunque conserva la palanca, que le aporta comodidad y ahorro en desodorante y suelas de zapato. Los frenos son de un solo disco sin ABS en la parte delantera y de tambor en la trasera… Nada de

tecnología radial. Conserva una medidas de llantas de radios clásica, de 19” delante y 18” detrás, y su peso está por los 190 kg. El cuadro de instru­mentos es alucinante. Con una esfera sobre el faro, sin ningún led, destaca el velocímetro analógico de dígitos clásicos. No hay cuentarrevoluciones, ¡para qué! Dentro del mismo resaltan algunos chivatos lumínicos de luces, punto muerto e intermitentes, y en otra estupenda esfera más pequeña, más propia de estar sobre un mueble del recibidor, resalta el icono de reserva y el de avería o alarma motor. La llave de contacto está situada al otro lado, y justo en medio se distingue un tornillo de dirección brillante. Pese a su sencillez, todo funciona con bastante precisión.

Vamos de paseo
 

Dejando atrás el pasado, puse en marcha como cualquier otra moto moderna el motor, eso sí, tirando del estárter. Con ambos pies apoyados en el suelo, para ma­niobrar con mucha comodidad, sentí un fino bamboleo cuando entró en acción, y de manera sencilla e intuitiva nos movimos hacia el exterior. Daba la sensación de que a cada pistonada recorría un kilómetro.

El chasis monocuna central flexaba con facilidad si estresaba tanto los frenos como las suspensiones, pero todo seguía en su sitio. Recorrí la circunvalación de Barcelona muy relajado, de eso se trata, y la verdad es que funcionaba la terapia, ni siquiera sobre un scooter te relajas tanto. La Classic 500 te lleva a la dimensión mental del abuelo, del Ideales perpetuo en el labio, del ya llegaré y llegas puntual y sin estrés y además me vestí de Rocker de los 60, para darle un toque más juvenil a la aventura.

Recuerdo con cariño el comienzo de la película Lawrence de Arabia, en la que el actor Peter O’Toole –que encarna al protagonista– recorre una carretera inglesa a toda mecha, pero por desgracia pierde el control y se mata. Esa escena y ese sonido característico es el que he recuperado sobre la Royal Enfield, sentirme un héroe histórico por un momento pero sin la necesidad de matarse.

La Classic 500 es una moto ideal para moverse con soltura y tranquilidad por la ciudad, aunando estilo y eficacia al mismo tiempo. Frena con potencia y en ninguna maniobra te pone en ningún compromiso, ya que la medida de ruedas aporta una buena estabilidad en ese sentido. La maneta y pedal de freno no necesitan mucha presión para que los frenos reaccionen a las órdenes, y el accionamiento del embrague es bastante suave.

Cuando entendí que la Royal Enfield estaba, pese a su equipamiento vintage, dándome pruebas de alta confianza, decidí pasar a la página de acción por carretera. Por la ciudad no tuve la oportunidad de dejarla girar con la suficiente velocidad y ver de qué podía ser capaz entre curvas. Puse la quinta –que ape­nas quité–, pues en marchas largas puedes hacer la mayoría de los trayectos; es como una moto automática, y es que puedes arrancar en segunda, incluso hasta en tercera sin problemas. Continué el recorrido dejando correr la moto y pasando las curvas con una estabilidad admirable. Nada de meneos, nada de extraños.

Ya que todo iba bien y ya empecé a ver que la moto giraba con honra, puse revoluciones en marcha. Fue entonces cuando, manteniendo la misma posición de siempre, no da muchas posibilidades, ya estaba frenando bastante tarde y aceleraba casi al mismo tiempo sin miedo de perder la rueda trasera, ya que el motor reaccionaba plano y lineal en toda su carrera. Obtuve un ritmo nada despreciable, y la flexión del chasis más que temerosa se convirtió en aliada dándome unos tramos de conductor auténtico y escuela.

Por la mañana salí de casa estresado y casi con desinterés, pero a la vuelta, tras probar este dinosaurio, volví con una amplia sonrisa y muy, pero que muy relajado. La moto sin aditivos sigue funcionando…

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