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Rutas

Rodibook 2018: ‘Motomasoquismo’

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RodiBook 2018
Fotografías: Miguel Guillén, FotoTur

El RodiBook 2018 volvió a ser un éxito. Y por séptima edición consecutiva. El evento motorista no competitivo organizado por Rodi Motor Services batió un nuevo récord con 857 inscritos y un participante de lujo como Álex Márquez, que se lo pasó en grande siguiendo parte de la ruta navegando con el road-book.

Sí, lo sé. Normalmente estos reportajes los firma Lluís Morales, pero en esta ocasión nuestro querido director de Solo Moto Treinta tuvo un problema de última hora y finalmente no pudo venir.

Así es como un servidor, que se había apuntado con un par de amigos, con Pep y Miguel, junto a la genuina panda Moteros de Paco Tilla, llegados de Madrid y Murcia, os está contando su aventura en RodiBook 2018.

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Porque recorrer más de 600 kilómetros en un día siguiendo un libro de ruta o road-book, hilvanar más de 5.000 curvas y pasar por 15 puertos de montaña como el Tourmalet o el Aspin no lo haces cada día.

En esta ocasión, la séptima edición de RodiBook que se celebró el 31 de agosto y 1 de septiembre, llevaba el nombre de Bosques Encantados y contaba con una atractiva novedad: nos íbamos a enfrentar a un tramo de 100 kilómetros navegando a ciegas, es decir, 100 kilómetros con la tercera casilla de las viñetas en blanco.

¿Perdón? Pues cada viñeta del libro de ruta tiene tres casillas, de izquierda a derecha: kilómetro, dirección a seguir y descripción, la indicación del pueblo hacia donde te diriges o algún apunte similar como la carretera por la que circulas, que siempre ayuda a orientarse.

RodiBook 2018 con un participante de lujo

Como marca la tradición, todo empezó el viernes 31 de agosto en Vielha, la capital del Valle de Arán, con las verificaciones administrativas, donde los participantes recibíamos el road-book y algún obsequio de la organización, como un tubular para el cuello.

El propio Fernando Gil, responsable del libro de ruta, explicaba a los asistentes la novedad de esos kilómetros navegando a ciegas. Más tarde, caída la noche, se llevó a cabo el tradicional briefing para informar de las últimas novedades de la ruta, por si había algún tramo con demasiada gravilla y detalles así, además de alguna sorpresa como la presencia del piloto de Moto2 Àlex Márquez, acompañado de Emilio Alzamora, que iban a realizar parte del recorrido.

Durante los parlamentos también tuvieron su momento los responsables de KTM y Husqvarna, además de Michelin, firmas volcadas en RodiBook, así como Mototurisme, que presentó el proyecto “Moturismo Ara Lleida”, un producto turístico impulsado por el Patronato de Turismo de la Diputación de Lleida, con la finalidad de promocionar el turismo entre el colectivo de aficionados a viajar en moto de la provincia de Lleida.

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El reto empezó el sábado 1 de septiembre y, a partir de las 6.00 horas, los participantes comenzaron a tomar la salida de tres en tres cada 30 segundos.

Antes nos habían dado un pequeño GPS a cada uno para que amigos y familia pudiera conocer nuestra posición a lo largo del recorrido a través de la página web de RodiBook.

Nosotros salimos a las 6.30. Servidor, con una Honda Africa Twin DCT, mientras que Miguel llevaba una flamante KTM 790 Duke y Pep una BMW R 1200 GS, que en Vielha eran una legión. Los amigos Moteros de Paco Tilla salían más tarde y nos volveríamos a encontrar por la noche…

Sinceramente, cuando nos dijeron que éramos más de 850 motos, me entraron dudas de lo concurrido que iba a estar el recorrido y de las colas en la gasolinera del mismo. La sorpresa fue que ni lo uno, ni lo otro en nuestro caso.

Evidentemente, en el tramo inicial que nos llevó por el puerto del Portillón hacia Francia había tráfico, pero era de noche, con la carretera húmeda, y esto solo acababa de empezar. Conforme pasaron los kilómetros nos fuimos diluyendo en la carretera.

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Navegando con el road-book

Encontrabas grupos a los que pasabas y otros te pasaban a ti también. Después de navegar y equivocarme cada diez viñetas le dejé el honor a Miguel, que era su primera vez navegando y la clavó.

Ningún error, como mucho se equivocaron en algún punto delicado del recorrido. Un paso de control tras otro llegamos a las grutas de Bétharram, donde hicimos una parada turística de lo más interesante, para ver esta maravilla de la naturaleza. Esta vez íbamos bien de tiempo.

A las 12.30 ya estábamos comiendo paella, sí, sí, paella, de la mano de la gente de El Tirol, una empresa especialista en macropaellas de Murcia. Después llegó el temido tramo sin descripción y lo superamos sin problemas. A la hora de repostar tampoco tuvimos problemas, porque siempre intentamos avanzar un repostaje para ir a destiempo del resto de los participantes y así evitarnos colas.

Una de las sorpresas fue que a Álex Márquez, con una Honda CB 125 R porque aún no tiene carnet de moto grande, le encantó el tema de la navegación y llegó a recorrer más de la mitad de la ruta, porque había la opción de tomar un atajo para todos aquellos que no se veían con corazón para acabar.

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En nuestro caso, la verdad es que ir con la Africa Twin fue un acierto. El DCT es como la tónica, si al principio no te gusta, es porque lo has probado poco, no vale hacer solo unos kilómetros; si realizas una buena salida, te acaba convenciendo.

Al igual que la KTM 790 Duke, cada una en su parcela. En el caso de la austríaca, sorprende por su agilidad en los cambios de dirección, comentaba Miguel, y por su comodidad a pesar de la kilometrada, además de por su jugoso motor.

Curva a curva llegamos al punto del road-book que nos anunciaba que ya solo nos quedaban 100 kilómetros para acabar y casi dos horas de recorrido. Estaba hecho.

Pasamos el Tourmalet y el Portillón junto al incombustible Toni Serret, de la tienda barcelonesa Burras y que está en todos estos saraos, y Paco Martínez, con su Yamaha Super Ténéré.

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Llegamos a Vielha de día, eran las 20 horas y apenas se contaban más de 100 motos en el parking. Porque la media para hacer la RodiBook son 15 horas de moto.

Ya hay fechas para RodiBook 2019

Mientras cenábamos en la carpa de la mano de la gente de Taberna Urtau de Vielha iban llegando participantes, como las clásicas del Museo de la Moto de Bassella, o una Montesa Impala, o un grupo compuesto por Honda Hurricane, MBX 80 y Yamaha RD80, o compañeros de la prensa como Mujeres Moteras o los amigos de Moteros de Paco Tilla.

Era el momento de recapitular y contar las anécdotas y, a pesar del cansancio, la sensación general era lo bien que nos lo habíamos pasado. RodiBook engancha. Es puro ‘motomasoquismo’.

Por cierto, RodiBook 2019 ya tiene fechas, el 6 y 7 de septiembre, e incluirá una opción de off-road con la que se ha estado haciendo una experiencia piloto… ¿Te animas?

Rutas

Gran comienzo de año motero en La Cruz Verde

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comienzo de año motero en La Cruz Verde

Como viene siendo tradición cada comienzo de año, para no dejar enfriar la moto, nuestro amigo motero Ducatista de circuito, el conocido David Espinosa, con su gran don de gentes, volvía a convocar a todo el colectivo motero en el punto de peregrinación motera más importante de Madrid y preferido por todos en el Alto de La Cruz Verde, a 1256 metros de altitud.

Este año, como novedad, convertido en museo al aire libre dedicado al gran maestro del mundo de las carreras de motos Ángel Nieto, en el cual se puede disfrutar del  reciente inaugurado mirador con su nombre,  primer punto de parada en la ruta para hacernos una foto allí.

Y es que desde el mirador se pueden contemplar las mejores vistas de la Sierra de Guadarrama, con el  inmejorable fondo del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, para luego bajar al recinto del Asador Guillermo, donde aparcamos las motos para tomarnos un caldo calentito al aire libre.

El sol acompañó, algo inusual ya que estamos acostumbrados a otros años con más frío.

En el Asador fuimos recibidos por nuestros amigos David, Esther y el carismático Guillermo Martín, director del Asador de La Cruz Verde, que fueron saludando uno a uno a todos los moteros y moteras que iban llegando y que en esta ocasión fueron gran cantidad dada la afinidad de todos con los organizadores y el buen tiempo reinante.

Allí también se podía contemplar otra zona de homenaje al maestro 12+1, con el hito kilométrico de piedra dedicado a él y a Guillermo Martín.

Una vez congregado una gran cantidad de gente nos hicimos una foto de recuerdo de grupo, para recordar lo bien que lo pasamos entre motos y amigos.

Este gran comienzo de año motero en lo más alto, el cual ya se ha convertido en un evento de referencia a tener en cuenta en la zona centro del país.

Nos seguimos viendo en La Cruz Verde.

Saludos y ráfagas

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Rutas

Ruta de la Seda (2ª parte): Atravesando un mar en moto

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Una de las cosas importantes que hay que tener en cuenta cuando viajas en moto a Uzbekistan es que la mayoría de los automóviles funcionan con gas, así que no hay muchos surtidores con gasolina, y los pocos que encuentras son de 80 octanos o con suerte de 92.

Una enorme carretera en mitad del desierto me deja sin gasolina nuevamente y tengo que confiar en lo que un hombre me vende en una garrafa de agua. Mi llegada a Samarcanda fue con un ¡Viva Fidel! y un encuentro con moteros rusos.

Samarcanda es una joya. La plaza del Registan es una de esas maravillas que todo viajero debería conocer. Fue un lugar donde todas las tendencias, lenguas e ideas confluían. La situación intermedia de Samarcanda en la Ruta de la Seda la hizo posicionarse de forma muy importante. Imaginaba a todas las caravanas allí paradas descansando con sus camellos y escuchaba sin querer los gritos de todos los comerciantes. Allí me di cuenta de que con mi moto había llegado hasta el corazón mismo de esta ruta. Cansada, sí, pero satisfecha, muy contenta y en una plenitud que envolvía mi soledad viajera.

Me fui de Samarcanda dirección a Taskent, para salir por la frontera que me llevaría a la parte kazaja del mar de Aral. En la parte de Uzbekistán se quedan con mi documento de importación temporal de la moto y en la parte kazaja, una vez hecho el trámite de inmigración, me dejan pasar, pero mi sentido de la intuición me hace insistir en solicitar nuevamente el de importación temporal de la moto; el que me sacará de Rusia tras cinco angustiosos días.

Hago noche en Shymlent, ciudad donde lo más destacado para visitar son los centros comerciales y parques temáticos, una ciudad soviética europeizada 100% pero donde siguen sin hablar apenas inglés. Aprovecho para visitar Turkestan, centro de peregrinación donde la única extranjera era yo. Allí, me echaron de una celebración, esta vez, no fue por no ir tapada hasta los pies como en Yazd (Irán), sino porque era una mezquita subterránea donde celebraban un ritual en torno a una fuente.

Tras cientos de kilómetros y soportando el fuerte viento de la estepa kazaja, veo las plantaciones de algodón, el famoso oro blanco por el que la antigua Unión Soviética secó el mar de Aral. Me sorprenden aquellos canales rebosantes de agua. Todo verde y, a lo lejos, un remolque donde la gente está recogiendo algodón. Intento robar alguna foto, pero me hacen un gesto con la mano que interpreto como un “vete”. Excepto esta parte, el resto es un enorme desierto con camellos y salares, no hay nada más.

Se hace eterna esta carretera, cientos y cientos de kilómetros en línea recta, con un fuerte y constante viento. De repente, ¡freno mi moto! Caigo en la cuenta de algo que está sucediendo a mi alrededor, estoy siendo testigo de lo que venía buscando y que sin darme cuenta había encontrado. Estoy en el fondo marino del mar de Aral. ¡Tremendo, el momento!

Me bajo de la moto entre un inmenso silencio, solo roto por el sonido del viento. Observo a mi alrededor, me quito lentamente el casco y lo apoyo en el asiento de la moto, asombrada me doy cuenta de que estoy rodando con mi moto en el fondo del mar, donde antes había peces, ahora estoy yo en medio de una carretera. No sé muy bien cómo describir aquel instante de sorpresa, porque a la vez sentía una profunda pena; era como si en aquel momento la naturaleza me estuviese mostrando la desgracia de estar en manos del hombre. ¡Un mar seco por el oro blanco!

Una mezcla de sentimientos acudían a mí, por un lado estaba la “alegría”, entre comillas, de recordar las duras carreteras y caminos que había tenido que atravesar para llegar hasta allí y, por el otro, un triste grito de la naturaleza ante semejante desastre ecológico. Mi moto y yo, allí en medio de la nada, éramos testigos de una cruel historia que ni el mejor guion hubiese superado.

Cuando llego a la ciudad de Aral, tremendamente famosa y rica en sus días, me encuentro un semáforo y calles desérticas, un coche y solo un par de camellos desorientados paseando por aquellas calles sin gente. Busco un hotel, sin llave, y en una sucia cazuela preparo un poco de pasta ante el hambre de todo un día sin probar bocado. Paseo por la ciudad y no veo nada. No hay nada. Un enorme cartel con su presidente inaugurando la presa que intenta recuperar el mar y un mosaico en la estación de tren que recuerda cuando esta ciudad envió pescado al pueblo de Moscú, parecido al que hay en el abandonado museo donde un mural muestra cómo en 1921 también ayudaron a Moscú durante la hambruna enviando 14 vagones de pescado. A cambio, lo recibido aparte de una carta de agradecimiento fue “secar su mar”.

Intento localizar la famosa presa y me dirijo por unos caminos a las poblaciones donde está ubicada, pero unos soldados aparecen y me hacen dar la vuelta. Allí, me entero también de la isla secreta del antrax Vozrozhdeniva, donde hay esporas que provocan serias enfermedades a la población. Curiosamente, “Vozrozhdeniva” significa ‘renacimiento’.

La dura etapa rusa

Los kilómetros en moto empiezan a pesar, llevo más de 10.000 y hago noche en Aktobe, con la intención de llegar a Oral e iniciar viaje de regreso por Rusia. Las temperaturas empiezan a desplomarse y no para de llover. Estoy acercándome a Rusia.

Amanece, hace frío y llueve mucho, la carretera está cortada por obras y hay un tremendo barrizal de cerca de 200 kilómetros hasta la frontera de Ozinki, a la que llego tremendamente cansada, calada y muerta de frío, con máximas de cinco grados.

En la parte kazaja, me recibe un militar y un tanque que salía de reconocimiento. La moto ha ido todo el camino resbalando y en algún tramo he tenido que bajarme y pasar literalmente empujándola como podía. En el puesto fronterizo ruso no hay forma de que me hagan la importación temporal de la moto.

Conocedora de algún caso, donde compañeros han dejado allí sus motos al no poderlas sacar del país por falta de este trámite, insisto una y otra vez y, entre la actitud chulesca de los policías y sus voces, me mandan de un puesto a otro. Nada, no consigo nada. Cuatro horas después contacto con la embajada, que no tienen ni la más remota idea de lo que hay que hacer, finalmente les he enviado el protocolo de actuación para que futuros viajeros no se encuentren con el mismo problema que yo.

Está cayendo la noche y hasta Saratov hay más de 300 kilómetros. La fuerte lluvia, la carretera sucia y los socavones hace que los camiones que me cruzo me salpiquen y llenen constantemente el casco de barro. A ambos lados de la carretera, ramos de flores cada poco. Mi preocupación por no tener el documento necesario, la mala actuación de una embajada que se limita a decirme “al menos está usted viva”, todo eso se va transformando en una enorme tensión.

 

No encuentro ningún lugar para quedarme a dormir, no hay nada, ya estaba pensando en plantar la tienda bajo aquella incesante lluvia porque no veía ya la carretera, a lo lejos veo una especie de hotel y paro. La señora no me entendía y con gestos le dije que quería dormir, miró a un hombre que estaba a su lado y me dijo que no, supliqué; adónde iba a ir con esa noche y por aquellas carreteras.

Al final accedió y me llevó a una habitación que iba a ser compartida con quien llegase después. A todo esto querían meter la moto en un cuartucho porque decían que me la robarían, pero la moto no cabe, es muy grande y pasa la noche fuera.

Amanece, con la ropa todavía mojada del día anterior comienzo ruta hacia Saratov por aquella carretera. Hoy no llueve tanto, a lo lejos, un accidente, dos coches han chocado frontalmente, no está cortado el tráfico y la policía está haciendo fotos. En ese momento, me doy cuenta de la poca dignidad que le daban a una persona que había perdido la vida. Me impactó mucho ver aquel pobre hombre con una especie de venda en los ojos, la camiseta levantada con la barriga al aire, tendido en el suelo. Nadie lo había cubierto y los coches y yo con mi moto pasábamos al lado. Me pareció una imagen que refleja muy bien la “tradicional Rusia”, como me contaba después Valeria y su familia, una policía que me ayudó con las gestiones.

Más problemas

Me persono en un puesto aduanero que me habían indicado a través de una representante de la embajada española en la frontera de Ozinki, pero no me quieren hacer el documento que necesito. Me dicen que vuelva a la frontera y lo vuelva a exigir o me quedaré sin moto. Vuelvo a llamar al teléfono de emergencias consulares, pero por aquel teléfono solo escuchaba, “cómo se le ocurre a usted ir ahí, estoy en Moscú y me queda lejos del campo de actuación, hay 800 kilómetros y no puedo desplazarme. No se puede viajar solo a Rusia”.

Conozco a unos policías. Me relataron el día a día de un país duro, inseguro y de supervivencia. Me contaron que por su profesión el Gobierno solo los deja viajar a Cuba, China y Vietnam. Valeria, a pesar de su día libre en comisaría, al día siguiente estaba en el hotel para presentarme a su familia e ir a comer con ellos. Fue un balón de oxígeno para mí. Paseamos por la ciudad y me llevó a lo más preciado para los rusos, “sus museos militares” y todos los monumentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y Rusia. Además, coincidía con el 9 de mayo, que celebraban durante todo el mes llenando parques y jardines con tanques, aviones, y toda clase de armamento militar. Tengo un montón de lazos y pegatinas de propaganda soviética que veteranos y no tan veteranos me iban regalando.

Tras cinco días en Rusia, encontramos una aduana. Parece ser que aquí sí que me van a gestionar una importación temporal que me permita salir de Rusia sin problemas. Con mi documento, aquel que insistí en pedir en la frontera de Taskent y el aduanero ha conseguido aquí, me dirijo a la frontera con Ucrania, donde, sorprendentemente, tras toda la odisea vivida, puedo pasar, salir del país y hacerlo con mi moto. Aquel sello en mi pasaporte sonó a música celestial.

Había oído hablar de Odessa y de nuestra herencia española, José de Ribas, que “fundó” Odessa. Pasé un par de días allí, necesarios también para descansar e iniciar la vuelta tras tanto estrés acumulado. A pesar de la lluvia que no cesaba, la ciudad es muy bonita y pude visitar también las famosas escaleras de Potemkin. Las carreteras están “rotas”, para hacer 300 km la media son de seis a ocho horas, entre bache y socavón, parece que acaban de sufrir un terremoto. Hubo un momento en el que pensé: no puede ser, esto no puede ser, pero sí, había hasta una ruta TIR.

Sin quererlo, que no era mi intención, entré por Transnitria, dicho sea de paso con carreteras que seguían siendo malas pero un paisaje que me recordó en alguna carretera a las de la Toscana por sus hileras de árboles. Eso sí llenas de tanques y militares durante kilómetros. Dinero cambiado que luego nadie quería en Moldavia, y frontera con sello de pasaporte en la misma. En Chisinaú, capital de Moldavia, hago noche para ya iniciar el camino de vuelta más directo para España, atravesando Rumanía, Bulgaria y Grecia, desde donde cogería un barco para Italia y de allí para casa.

Me recibió la gente de BMW Grunblau en Santander y dejé allí a Lusi, mi moto, para curarla de las heridas de guerra. Viajar en moto es una película cuyo guion se escribe día a día. Con sus malos y sus buenos momentos, cuando ya no puedes más, con la desesperación y el agotamiento de situaciones vividas… Aunque al final, siempre nos queda lo bueno, lo mejor de cada kilómetro recorrido en moto. La sensación de sentirte vivo y de vivir intensamente. Cada uno tiene su experiencia y su visión y un mismo viaje en moto siempre será diferente para cada persona, pero una cosa hay en común: cuando regresamos, ya venimos pensando en el siguiente.

Texto y fotos: María Elsi

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Rutas

Torrijos: Éxito de motos, amigos y migas por Navidad

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concentración torrijos navidad

Como viene siendo habitual todos los años, al final de año por Navidad los componentes del Moto Club Torrijos volvieron a juntar a todos sus amigos moteros con su popular fiesta de las Migas Moteras, este año con un montón de novedades para más diversión de todos.

El punto de encuentro estaba como siempre en la amplia Plaza de España de Torrijos, dominada por el edificio del siglo XVII de su antiguo Ayuntamiento, que fue el punto neurálgico del evento, donde estaban los calderos para cocinar las migas castellanas.

También allí se encontraba la carpa de la Asociación Down de Toledo a la que este año se destinó la ayuda del evento.

Este año, como primicia, se realizó una concentración de coches de época en la plaza, concierto y exhibición de motos.

Aún estando en el comienzo del invierno, la meteorología dio una tregua, cosa que facilitó que estuviera la plaza a rebosar de motos y motoristas más que ningún año.

A las once  de la mañana, mientras de iban cocinando las migas, se organizó una ruta motera turístico-cultural por la ciudad de Torrijos, que cuenta con varios edificios históricos de interés cultural.

A la vuelta nos esperaba una animada exhibición de minimotos y pitbikes, en la cual los pilotos de corta de edad nos deleitaron con sus peripecias con las motos.

Después nos fuimos a comer las migas castellanas con un vaso de sangría, y os puedo asegurar que la receta no dejó indiferente a nadie.

Luego, la fiesta siguio a ritmo de rock and roll con el conjunto musical Versión Vinilo, que nos deleitaron con los mejores éxitos de los 80.

También hubo una rifa de guantes y de casco para la moto.

En definitiva un gran día motero en compañía de los amigos y de los componentes del Moto Club Torrijos, los cuales como de costumbre se desviven con sus simpatizantes, esperándonos a todos en su próxima concentración a mitad de año, que este año llegará a su edición 12+1.

Nos vemos en Torrijos, saludos y ráfagas.

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