Reflexiones de una motera en Marruecos
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Reflexiones de una motera en Marruecos

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 Hasta dónde se puede llegar en moto? Si eres mujer, esa es una pre­gunta condicionada a una apariencia física normalmente frágil y delicada. Cierto es que he conocido en mis viajes a mujeres que tienen un tamaño superior al de algunos hombres, pero lo normal es que la silueta de una mujer que va en moto se reconozca a lo lejos por su menudencia y estrecha cintura. Hay algo también en la postura que te dice cuando es una mujer la que conduce. Sin embargo, la falta de costumbre hace que la mayoría de la gente dé por hecho que eres un hombre hasta que no te quitas el casco.

Somos todavía pocas las que viajamos en moto, y muchas menos las que viajamos en una moto del segmento trail, precisa­mente porque la altura del asiento de este tipo de motos no está pen­sada para personas bajitas, y la estatura media de una mujer va a impedir que apoye los pies cómo­damente en el suelo. Qué duda cabe de que para los que nos ilusionamos con llegar a conocer lugares y gentes de todo el mundo, recorriendo en moto todo tipo de carreteras y caminos asfaltados o no, las motos trail son las más indicadas por su poliva­lencia.

Yo he tenido la suerte de crecer hasta los 1,67 cm, con botas 1,70 cm, lo que me permite llevar la mía sin problema. Con esta moto he podido realizar grandes distancias en una posición erguida y cómo­da; el resto de las ventajas las des­cubrí después, viaje tras viaje. Independientemente de la moto que lleves, y volviendo a la pre­gunta, ¿hasta dónde se puede llegar en moto?, la respuesta debería ser: a cualquier parte del planeta tierra.

Sin embargo, creo que los hom­bres son más valientes a la hora de viajar. A ellos no se les pasa por la cabeza que los puedan violar, secuestrar o cambiar por cuatro animales de tiro. Sus preocupa­ciones suelen ser otras que no irían en los primeros lugares de nuestra lista; simplemente nuestra imaginación nos lleva primero por otros derroteros.

La cruda realidad es que inde­pendientemente del nivel de segu­ridad de un país, cosa que afecta a todo ser humano, aún existen grandes grupos de personas discriminadas, de segunda, con menos derechos que las demás. Yo pertenezco a uno de esos grupos, soy una mujer. Pero ¿cómo es posible que yo pueda moverme con absoluta libertad por medio mundo, cuando en cier­tos lugares hay mujeres que viven esclavizadas? Algunos me dirán que en eso también he tenido suer­te, pero a mí esta idea me martiriza, cuando pienso en ello me invade una profunda tristeza y me cuesta horrores pensar que en otro lugar yo no sería nadie.

Viajar en moto
 

A decir verdad, todavía no me ha llegado el momento de enfrentar­me a graves obstáculos que me impidan completar un viaje, todavía no he salido de la “zona libre”. Mis viajes han sido maravillosos, gra­tificantes, edificantes, siempre me han dejado con tan buen sabor de boca que me hacen pensar en el siguiente sin haber finalizado aún el que me ocupa.

El destino y mi escaso presupues­to decidieron que mi primer viaje al extranjero en moto me llevara a Marruecos. Estoy convencida de que de haber hecho este viaje utilizando otro medio de transporte, no habría vuelto a casa con la magnífica impresión de haber realizado un viaje épico, a un lugar que me resul­ta extraño y precioso. Allí es donde descubrí lo que significa viajar en moto y lo que te aporta comprobar in situ que efec­tivamente existen formas de vivir una vida muy diferentes a la que conoces.

Vivir una vida plena y satisfactoria no es fácil en ninguna parte del globo terráqueo, y aunque vas allí con la idea preconcebida de que en el continente africano debe de ser más complicado aún, lo cierto es que vuelves con una grata sen­sación: todo depende de la fuerza anímica de cada uno. A pesar de, ni que decir tiene, las obvias diferen­cias que se establecen atendiendo a los medios económicos de cada cuál, que siguen siendo insalvables a la hora de valorar las oportunida­des de unos y otros.

He visto a algunos hombres que, al encontrarse ante un paisaje espectacular, colocan primero su moto, en primer plano, y hacen una fotografía del conjunto con una cara de gozo y orgullo que no es comparable al momento en que a continuación le dicen a su mujer: “Venga, ahora ponte tú.” Y no es que yo no haga fotos a mi moto, es la actitud la que resulta curiosa.

Si lo que se pretende es tratar a la moto como una compañera más de viaje, lo entendería en el supues­to de que se viaje solo. De hecho, me han contado que por algún lugar del mundo, una mujer ale­mana sexagenaria viaja en solitario sobre su moto conocida como “La Compañera”. Quizás algún día nos encontremos.

Yo misma reconozco también que soy de las que se imagina que su moto es un caballo, que me lleva fielmente a donde yo le digo, y que estoy en otra época, en aquella en la que mi imaginación me dice que las cosas son más auténticas, más puras, menos superficiales y contaminadas. Por supuesto es una época ficticia seguramente perteneciente a otro planeta. Esto, a veces, me hace dirigirme a ella como si fuera un animal. En fin, cosas más raras se han visto, el ser humano es capaz de otorgarle alma y valor sentimental a los objetos más insospechados y de sentir afectos por ellos muy superiores a los que les pueda des­pertar otro ser humano.

En un viaje en grupo, el que va en cabeza tiene que ser valiente, tener madera de líder y sobre todo saber hacia dónde lleva a los demás. En este último punto, la orientación, es donde yo fallo de manera estrepito­sa. No quiero pensar que el hecho de ser mujer tenga algo que ver en esto, hay hombres que no llegarían a ninguna parte sin un GPS.

Estoy convencida de que, inde­pendientemente de nuestro géne­ro, cada persona viene a este mun­do habiendo recibido unos dones. Cuanto antes descubras cuáles son los tuyos y los utilices sabia­mente sin tener complejos tontos por no disponer de otros, mejor te irá en la vida. Igualmente, nunca se debe esperar de las personas cualidades que no poseen según su naturaleza.

Ver a alguien hoy día utilizando mapas es admirable. Y conocer a alguien que es capaz de encon­trar el camino de manera intuitiva observando simplemente la oro­grafía y que te avisa de que va a llo­ver a la vuelta de la siguiente curva ya me parece mágico. Pues sabed todos que “haberlos, haylos”, doy fe de ello.

Un buen estreno
 

Por ser mi primer viaje, mis fun­ciones aquí eran llevar la moto con equilibrio y maña siguiendo dócil­mente la ruta que me señalaban. Se trataba de comprobar mi capa­cidad para completar los kilóme­tros previstos para cada jornada. Como disfrutaba muchísimo de lo que veía, respiraba, escuchaba y degustaba, resulté estar perfecta­mente preparada para recorrer así el mundo entero si hacía falta. Atrás quedaron esos tres mil primeros kilómetros que le hice a mi moto por España, en los que circulaba cual burro con orejeras mirando siempre al frente, sin apenas permi­tirme retirar la vista de la carretera.

Con el tiempo he adquirido el gus­to por diseñar una ruta cultural y perfeccionar la logística de avitua­llamiento. Conducir horas y horas en moto y día tras día es un ejerci­cio exigente. Lo normal es que la mujer desfallezca físicamente antes que el hombre; sin embargo, una fruta engullida a tiempo y cinco minutos de desconexión mental para descansar de la fatiga que produce mantener en extremo la atención, nos convierten en unas estupendas corredoras de fondo.

Importante también es la con­tención urinaria que llega a desa­rrollar una mujer en estos viajes. Inimaginable. Nosotras tenemos que aguantar hasta encontrar un lugar idóneo. Esa desventaja es odiosa. Muchas veces me he ima­ginado cómo sería una cremallera apropiada para nosotras.

El trayecto que se hace a pri­mera hora del día es el mejor. Ese momento álgido hay que saber aprovecharlo. Más tarde vendrá la sucesión de posturas diversas para evitar dolores musculares, el difícil estiramiento de los dedos de la mano derecha sin abandonar la sujeción del acelerador, la compro­bación de cuán útil es la adherencia de la piel del guante si intentamos sostener el acelerador en un punto determinado con las yemas de los dedos y la palma de la mano abierta, los giros en rotación de nuestra cabeza que dejan escapar un crujir de vertebras y en definitiva un sinfín de movimientos absurdos incluso para una clase de pilates. A mí me gusta particularmente la postura Superman, que en la medi­da de lo posible te permite arquear el cuerpo en sentido inverso y liberar presión de la zona lumbar.

Creo que los hombres deben verse ridículos en cualquier postura que no sea la de ir digna y estoica­mente sentados, aparentemente imperturbables ante el dolor y el cansancio. Como mucho se limitan a levantar tenuemente la nalga con una leve inclinación hacia un lado y seguidamente hacia el otro, o bien se ponen de pie sobre las estribe­ras, descansando así sus posade­ras, pero en actitud desafiante hacia lo que queda por recorrer.

La sensación que experimento cuando durante el trayecto me veo envuelta por una naturaleza agreste, es la de gratitud. Me considero afor­tunada por poder asistir al espec­táculo visual que proporcionan los parajes naturales; es como si el ser primigenio que llevo dentro recono­ciera con nostalgia el escenario en el que una vez transcurrió su vida.

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