Recorriendo Islandia con una BMW R1200GS Adventure
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Recorriendo Islandia con una BMW R1200GS Adventure

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Todo comenzó hace algunos años cuando cenando en casa de mi amigo Deme contem­plaba una enorme foto­grafía de la espectacular catarata de Svartifoss que decoraba su comedor. “Algún día iré con mi moto hasta ese paraíso”, le dije, y seguimos cenando.

Algunos años más tarde, mi amigo Juan Oso y el que suscribe arran­cábamos nuestras motos rumbo al puerto de Hirtshals (Dinamarca), adonde llegamos después de degustar en Luxemburgo un sabro­so solomillo prometido en un viaje anterior, de respirar el extraordinario ambiente del circuito antiguo de Nürgburgring y de sufrir un percan­ce durante la tormenta perfecta en el aparcamiento de una hambur­guesería danesa que no pasó a mayores gracias a Juan. 45 horas después de embarcar, aquel ferry nos vomitó en la tierra del hielo.

Una primera toma de contacto con la isla a través de la famosa “carretera del anillo” sirvió para comprobar que Islandia es impre­sionante desde el primer kilómetro. Las primeras montañas pronto die­ron paso a un desierto de lava, así que abandonamos el asfalto para adentrarnos en él. Y nos queda­mos boquiabiertos con la cascada más potente de Europa, Dettifoss; y buscamos en los acantilados de Asbergi el caballo de Odín; y, des­pués de una caída, recomendamos a Lydia y Juancar (a quienes había­mos conocido en el ferry) que no se volvieran a separar de la carretera principal; y llegamos a Husavik para divisar en el gélido mar abierto delfines y ballenas jugando con el mar. Inolvidable.

Chapuzón inesperado

Nos separamos de la costa y llegamos al hermoso lago Myvtan entre volcanes, burbujas de lava y millones de mosquitos. Aquí, uno comienza a entender que los islandeses crean firmemente en la existencia de elfos y otros seres mágicos.

Así llegamos a la famosa F26, una larga e incómoda pista que cruza la isla de norte a sur entre volcanes y glaciares y que perma­nece cerrada al tráfico casi nueve meses al año. Hasta el momento la temperatura es muy agradable, pero eso no es síntoma de bue­na suerte para cruzar Islandia. A mayor temperatura, más deshielo y más caudal llevan los innumera­bles ríos que hay que vadear, ante la ausencia total de puentes.

Nos llamó la atención que en estas pistas circulan dos tipos de coches: los enormes todoterreno preparados para los más duros avatares y los más sencillos utilita­rios, que se estropean antes pero importa menos.

Llegamos al centro de Islandia, al centro de aquel desierto de lava entre glaciares, cascadas y volca­nes, cuando, en un nuevo vadeo, Juan tuvo un traspiés y terminó dándose un chapuzón. Su moto también.

Cuando intentamos sacar el agua que había llegado hasta el motor nos dimos cuenta de que habíamos olvidado la llave de bujías en España. Los dos.

Aproximadamente cada hora pasaba algún coche por aquel río. Sus ocupantes nos advertían que no siguiéramos. Nadie llevaba la llave que necesitábamos. Pronto empezaron a dejarnos víveres y bebida para pasar la noche, inclu­so una botella de vino italiano.

Cuando llegó el todoterreno de rescate era casi media noche, porque ya nos informaron de que llegarían en el día, aunque fuera tar­de. Pero debido a la cercanía con el círculo polar ártico, la noche no era tal. Se nos ofreció la dichosa llave, el aceite que necesitábamos y un recipiente para depositar el aceite aguado, que resultó pequeño al estar mezclados agua y aceite. Tuvimos que vaciar la botella de vino con un brindis de alegría, ya que se nos hizo hincapié en que no tirára­mos ni una gota de aceite en aquel desierto tan salvajemente natural.

Nos despedimos de nuestro res­catador con un fuerte abrazo y el deseo de unas próximas vacacio­nes en España. Se dejó olvidada una preciosa navaja que no supi­mos cómo devolver.

Entre fumarolas

A la mañana siguiente, dadas las recomendaciones, volvimos a enfilar el norte abandonando aquel inhóspito lugar en el que hace algu­nas décadas algunos astronautas fueron a entrenar antes de abordar sus misiones espaciales. Así nos sentíamos nosotros, en el espacio sideral.

Nos burlamos de aquel río traidor yendo hacia el norte para volver a enfilar el sur por la F35, mucho más bacheada que la anterior pero, sin duda, una manera espectacular de llegar, entre fumarolas, a Gullfoss, la cascada dorada. Allí recibimos una mala noticia desde España, donde un amigo tuvo una mala caí­da. Aquella cascada quedará para siempre en nuestra memoria.

Después de una mala digestión de Juan nos acercamos a Geysir, el lugar que da nombre a todo un fenómeno como es la erupción de fuentes termales. Es uno de los puntos más turísticos del país (has­ta ahora apenas nos habíamos cru­zado con turistas), y eso desvirtúa un tanto el ambiente. El más impor­tante de todos, el Gran Geysir, está prácticamente extinguido gracias a dudosos métodos que se emplea­ron durante el siglo pasado para provocar la enorme columna de vapor para alegría de los visitantes. Una pena muy triste en un país tan salvajemente natural y respetuoso con el medio ambiente.

En el noroeste de la isla se encuentra una península, Vestfirdir, apenas poblada, rodeada de mara­villosos fiordos en su estado más salvaje. “Cuidado con la gasolina si vais a ir a un lugar tan desértico”, nos advirtieron, así que allí fuimos.

El buen tiempo seguía acom­pañándonos. Recordábamos, entre risas, las dudas que tuvimos antes de iniciar el viaje acerca de qué ropa sería la más apropiada para un viaje a Islandia en verano: ¿traje fresco?, ¿impermeable?, ¿de abrigo?
 

La cosa es que después de dis­frutar de una hermosa puesta de sol acompañados de un silencio sepul­cral, llegamos a Hólmavik, donde nos recibieron a voz en grito cele­brando la nacionalidad de nuestras matrículas. Nuestro compatriota llevaba una borrachera demasiado escandalosa para lo que aquel lugar sugería a nuestras almas, así que compartimos una cerveza y nos fuimos con nuestra serena calma a otra parte renunciando a tan triste exaltación patria.

El viento nos acompañó en cada uno de los kilómetros de aquella des­habitada península de enormes fior­dos y acantilados. De vez en cuando nos topábamos con algún refugio, muy bien cuidado, que daba una idea de lo inhóspito del lugar.

Nuestro GPS nos mostraba el sur cuando en un kilómetro cualquie­ra vimos una de las numerosas granjas que hay en Islandia. Pero ésta tenía algo especial. Todos sus rincones estaban decorados con huesos de ballenas y tiburo­nes. Nos acercamos a la parte de atrás, de donde venía un fuerte olor y nos encontramos con un secadero de carne de tiburón. Esa carne, que es un manjar para los islandeses, es muy nociva para la salud si se come fresca, así que primero se entierra bajo tierra unos seis meses para que se pudra y después se deja secar al aire algu­nos meses más para que se cure. No pudimos probarla, puesto que no se debe hacer en cualquier mes del año. Dividimos opiniones sobre si alegrarnos o entristecer­nos por tal suerte.

Viaje al centro de la Tierra

Nuestro siguiente destino era el volcán Snaefellsjökull, por varias razones: porque está en una península espectacular, porque te puedes bañar en aguas térmi­cas con vistas al volcán y porque allí está la cueva desde la que se viaja al centro de la Tierra según la novela de Julio Verne. De vez en cuando nos encontrábamos con miles de gansos… Muchos más gansos que personas… Un lugar realmente mágico entre lenguas de lava y mar.

A estas alturas del viaje, las ruedas de tacos que llevamos montadas están muy gastadas. Urge cambiarlas, puesto que si no lo hacemos ahora será difícil que volvamos a tener ocasión antes de abandonar Islandia, y Juan, que vuelve directo a casa en tiempo récord, no puede dejarlo para después. Así que nos vamos a Reykjavik por el túnel de Hvalfjördur, que cruza el fiordo del mismo nom­bre a casi 200 metros por debajo del mar. Da un poco de cosa pero llegamos. Secos.

Reykjavik es una capital pequeña, moderna, de edificios bajos y calles limpias. Como es el primer lunes de agosto, los comercios están cerrados. Aun así nos acercamos al concesionario de BMW. Hay una puerta abierta y una señorita viendo atletismo por televisión, así que aprovechamos y le contamos nuestras penas. Llama por teléfo­no al gerente y en pocos minutos nos confirma que al día siguien­te, a primera hora, nos harán el cambio de neumáticos. Nos despedimos de ella y nos vamos a hacer turismo por la tranquila y preciosa capital. Como quiera que debemos volver al día siguiente, el paseo es corto y enfilamos hacia la península de Reykjanes, al sudoes­te de la isla, donde se encuentra la famosa Laguna Azul. Según nos vamos acercando observamos la cantidad de columnas de vapor que despiden las solfataras, pozos de lava hirviendo y fuma­rolas. El entorno recibe todas las tonalidades de marrones, verdes y ocres que puedas imaginar, y allí, en mitad de la nada, se encuentra la laguna con el color más sorprendente de cuantos haya visto en ninguno de mis viajes.

Un poco decepcionados por la cantidad de turistas que se bañaban en parte de la laguna, nos fuimos, circulando entre un campo de fuma­rolas hasta el faro de Reykjanes, desde donde contemplamos una hermosa puesta de sol mientras son­riendo en silencio nos preguntamos si un viaje tan hermoso estaría sien­do realidad o si, tal vez, todo sería un maravilloso sueño.

 

Accede a la segunda parte del viaje a Islandia en una BMW R1200GS Adventure. 

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