Recorriendo Islandia con una BMW R1200GS Adventure (II Parte)
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Recorriendo Islandia con una BMW R1200GS Adventure (II Parte)

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Llegamos a Biking Viking, nuestro nuevo conce­sionario de confianza, empapados, a la hora convenida. Nos recibió el gerente muy amablemente, interesándose por nuestro viaje y ofreciéndonos cuanto necesitá­ramos. De momento, neumáticos nuevos y una revisión para la moto de Juan por el chapuzón del río de hace unos días. Teníamos liber­tad para movernos por el taller e incluso Juan, que es un manitas, se atrevió a coger alguna herra­mienta. El mecánico, un islandés de metro noventa que vestía un peto de cuero que no ocultaba sus innumerables tatuajes, intercam­biaba trucos y consejos con Juan. Cuando nos íbamos a ir, Juan le dijo: “Eres una gran persona”, a lo que el fornido islandés contestó: “Eres un gran motorista”. Yo asentí y nos fuimos.

Pero al salir, Juan dio media vuelta y, como muestra de agra­decimiento, entregó al gerente la navaja que había olvidado nuestro rescatador la noche del chapuzón. Era nuestra manera de devolver la navaja a la isla. El gerente sonrió, se metió la mano en el bolsillo y le entregó una corona islandesa (unos diez céntimos de euro, al cambio). Según una antigua tradi­ción islandesa, debes pagar si te entregan una navaja o te cortarás con ella. Y nos fuimos con nues­tra corona y nuestras risas a otra parte.

Seguimos la ruta de las hermosas cascadas impronunciables del sur. En todas nos quedábamos perplejos por la agresión del agua, por la fuerza de la naturaleza. En Skofagoss, de 25 metros de ancho y 60 de altura, el agua cae con tanta fuerza, que varios metros alrededor parece que está llovien­do. Entre fotografía y fotografía terminamos empapados, claro, y desternillados por la risa.

Detrás de la cascada hay una caverna en la que un vikingo escondió un tesoro estupendo hace algunos siglos. Nosotros no lo vimos, pero estamos seguros de que está allí. Y con nuestro tesoro particular llegamos a Vik, el punto más meridional de la isla, donde yo quería repetir una fotografía que había visto en una guía (aunque tuviéramos que subir al cementerio), donde dos trolls quedaron petrificados en el mar, sobresaliendo más de 60 metros, donde hay una larguísima playa de antracita negra, donde está el famoso volcán Eyjafjallajökull que paralizó el cielo de toda Europa hace cuatro años al entrar en erup­ción y donde, especialmente, vive una colonia de frailecillos colgados de un acantilado. Su vuelo es tan divertido, que nos parecía estar viendo una película de Disney.

Aquella noche, agotados por tantas emociones, encontramos alojamiento en un contenedor de mercancías, relativamente adap­tado a fines de hospedaje. Cosas veredes, amigo Sancho.

Lugares increíbles

Solamente nos quedaban dos días en la isla, pero teníamos reservados algunos platos fuer­tes para el final. Por fin, íbamos a llegar hasta la Cascada Negra, Svartifoss, la fotografía que rei­naba en el comedor de mi ami­go Deme. Para llegar hasta allí, deberíamos recorrer un agradable paseo de dos horas (a pie, se entiende). Y otras tantas de vuelta.

La mitad de la expedición no tenía muchas ganas de caminar tanto tiempo. La otra mitad, sí. Así que nos enzarzamos en una dis­cusión: el que no quería andar, no quería consentir que su amigo se perdiera la catarata. El que quería ver la catarata, no permitía que su amigo se pegara esa paliza obliga­do. O sea que discutíamos porque cada uno de los dos, realmente, quería hacer lo que quería hacer el otro. De locos. Finalmente Juan se dio cuenta de que gran parte del agradable paseo a pie lo podía­mos hacer en moto. Mucho más agradable. Así que hicimos las paces y, además, uno no anduvo tanto y otro no se quedó sin ver la cascada.

Svartifoss es un agujero, en una campa cercana a varios enormes glaciares, y está formada por columnas basálticas que recuer­dan la famosa Calzada del Gigante de Irlanda del Norte. No en vano, geológicamente se trata del mis­mo fenómeno. Es un lugar cuya belleza es digna de contemplación. Y de ser fotografiada, claro.

Nuestra siguiente parada era la laguna de Jökulsárlón, formada al final del mayor glaciar de Europa, Vatnajökull. Enormes bloques de hielo se van desprendiendo del glaciar formando icebergs que ter­minan derritiéndose en el mar.

El lugar es sencillamente espec­tacular, pero la relativa masifica­ción de turistas consiguió que nos decepcionara un poco. No obstan­te, es visita obligada cuando uno viaja a Islandia.

Abandonamos el lugar un poco apesadumbrados cuando, allí, en mitad de la nada, encontramos un surtidor de gasolina. Sin nada más, un surtidor. Juan intentó repostar, pero lo convencí de que no lo hicie­ra, era un surtidor feo. Así que nos fuimos. Y Juan se quedó sin gaso­lina… justo cuando llegábamos a una gasolinera. Bufff. Al menos, era una gasolinera bonita.

El último día transcurrió sin mayo­res anécdotas. De vez en cuando el asfalto desaparecía y circulábamos por alguna divertida pista; de vez en cuando bordeábamos algún fiordo, de vez en cuando asomaba algún volcán con su cima nevada, de vez en cuando miles de aves migratorias sobrevolaban nues­tras cabezas. Lo malo es que nos habíamos acostumbrado a tanta belleza, aunque eso también era lo bueno.

Cuando un par de días más tarde el mismo ferry nos devolvió al con­tinente en el mismo puerto danés del que habíamos partido, Juan regresó a España para atender sus obligaciones y yo decidí aprovechar que estaba en Escandinavia para hacer algunos kilómetros por allí, así que me fui a Noruega, haciendo una primera parada a los pies del Preikestolen adonde subí poniendo a prueba la capacidad de transpi­ración de mi traje de moto. El par de horas que hacen falta para subir hasta el púlpito bien merecen la pena, puesto que la vista desde arriba es difícilmente igualable. Me llamaba la atención la gente tan variopinta que concurría allí: jóve­nes, ancianos, niños, montañeros en forma, paseantes fondones… Lo que queda claro es que la subida tiene su miga.

Llegar a Bergen tuvo su emo­ción. Lo había intentado un par de años antes, cuando pretendí llegar hasta Cabo Norte en otoño y una carretera helada me lo impidió a 400 kilómetros de la famosa bola metálica. Tampoco pude pasar de Oslo a Bergen. Juan me había hablado mucho de este lugar por el que su padre sentía una especial atracción. Ciertamente, es una ciudad hermosa. Si no se coincide con un crucero recién llegado lleno de españoles, tiene que serlo más aún.

Un magnífico colofón

Seguí hacía el norte, a través de los divertidos fiordos y sus enlaces en todo tipo de embarcaciones. Los has visto en los viajes de un millón de amigos, pero no te can­sas de cruzar uno y otro y otro.

También bajé por la carretera de los Trolls pero debo confesar que, viniendo de Islandia, esa carrete­ra asusta poco. Sin embargo, el entorno, la cantidad de curvas y la famosa cascada que cae junto a la carretera hacen que su fama sea más que merecida.

Pero una de las razones princi­pales de mi incursión por el oeste de Noruega era poder rodar por la famosa Atlantic Road, la que sale en los anuncios y catálogos de coches y motos. Sabía que a más de uno le había decepcionado pero… a mí me entusiasmó circular por aquella carretera imposible. Y cuando cruzaba el retorcido puen­te, daba la vuelta y lo volvía a cruzar, y así una y otra vez.

Aunque miré de reojo la carretera que continúa hacia el punto más al norte del continente, preferí ir hacia el sur, a las cercanías de Copenhague, donde vive mi amigo Eddy, que me había prometido un café cortado (después de muchos kilómetros intentando tomar uno). Según lo degustábamos, me indicó que podía acercarme a visitar la casa en la que vivió Karen Blixen, protagonista y autora de “Memorias de África”, donde descansan sus restos. Me pareció buena idea, así que fui y paseé tranquilamente por los hermosos jardines. Cuando ter­miné entré en la casa, espectacular casa. Después de un rato, se acer­có una señora para preguntarme qué quería. Respondí que estaba dando una vuelta y replicó, muy educadamente, informándome de que la casa que buscaba era la del jardín contiguo… ops, ¡qué ver­güenza!

La visité, pero ya no fue lo mismo.

Aún aproveché la vuelta a casa para asombrarme en Berlín junto a los restos del muro, para visitar el castillo del Rey Loco, para bordear el lago de Como… espectaculares lugares que no hicieron sino poner colofón a un viaje maravilloso, que yo nunca pude haber imaginado aquel día, cenando en casa de mi amigo Deme, cuando prometí que visitaría aquella hermosa cascada negra del país de los volcanes, de los glaciares, de los elfos, de la naturaleza en estado salvaje de la isla del agua, de Islandia.

 

Puedes acceder la primera parte del viaje a Islandia con una BMW R1200GS Adventure.

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