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Rutas

Desafío África 2018 V: Paisajes, cervezas y motos

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quinta etapa del Desafío África 2018

A tan solo un mes de finalizar, en la quinta etapa del Desafío África 2018 nos encontramos con otro viajero, Polo Arnaiz. Con él descubriremos los primeros paisajes sudafricanos antes de llegar a sus viñedos y a una ciudad, Ciudad del Cabo, de la que es difícil olvidarse.

Salir de Mozambique fue muy sencillo, tan solo tuvimos que pagar el último peaje de la ruta de Mozambique hacia la frontera con el Parque Natural Nacional Kruger, en Sudáfrica.

A hora y media de la capital mozambiqueña, el paisaje vuelve a cambiar. De la costa a las llanuras, y de estas, tras una barrera levadiza, los grandes espacios y sus montañas, estamos bordeando una de las zonas de mayor vida salvaje: el parque Kruger.

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Justo al adentrarnos en el Parque Nacional Kruger empezamos a ver avisos de que es territorio donde reinan los animales salvajes.

Por fin estamos en Sudáfrica. Pasar la frontera con las motos ha sido sencillo, no hay problemas para llegar a esta parte final del continente africano. Nada más cruzar los últimos metros de carretera impecable, los enormes almacenes de alcohol y víveres se mezclan en la autopista con diferentes señales que hacen que no nos olvidemos de que estamos en una zona salvaje.

Peligro con los leones, cocodrilos, hipopótamos y todo tipo de antílopes, los carteles metálicos nos vuelven a recordar que estamos en África.

Johannesburgo

Llegamos a la capital de Sudáfrica con la intención de hacer muchas visitas, museos, localidades como Pretoria y una gran cita: el concesionario de Ducati estrena modelos y al evento también asisto, contando en un penoso inglés mi experiencia por el mundo.

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El equipo al completo de Ducati Sandtown nos quiso dar la bienvenida.

Pero sin duda lo que más ilusión me hace es reencontrarme con Polo Arnaiz, con el que ya viajé por los Himalayas indios, otro rider de “vuelta al mundo” que nos descubrirá la riqueza etnológica de Ciudad del Cabo.

En esta localidad cambiamos neumáticos gracias a las gestiones realizadas por Pirelli España; llevamos más de 10.000 km acumulados con los MT60 y los dibujos han empezado a desaparecer. Han durado más de lo que pensaba; han cubierto miles de kilómetros de tierra, pista, asfalto… y con la moto cargada. Unos neumáticos mixtos con los que hemos pasado barro, arena y todo tipo de terreno, estamos (ambos pilotos de las Scrambler) muy contentos con este resultado. Nos quedan unos 5.000 km hasta Ciudad del Cabo.

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Nos encontramos con Polo Arnaiz, algo que nos alegró y mucho el resto de la ruta.

Una vez con todos los deberes hechos en la ciudad de Sandton, una de las zonas financieras, milla de oro y la ciudad más cara de la capital, nos dirigimos hacia Lesotho, pero antes pasaremos por lugares increíbles que esconde este enorme país del sur de África.

El interior y el biltong

El interior de Sudáfrica es enorme, lo mismo estás cruzando un desierto como el Karoo, como tan pronto las montañas y los cañones te rodean.

Nuestra primera localidad de paso es Underberg, un pequeño pueblo entre colinas donde la forma de vida se centra en la ganadería, los caballos y el queso.

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Me llama la intención el tipo de construcciones, casas de dos plantas tipo cabañas, fabricadas con grandes troncos para sus paredes y unos tejados a dos aguas muy inclinados, lo que me dice que el invierno es duro, con tejas de piedra.

También me sorprende que haya un gran centro comercial con tiendas de todo tipo, atestado de coches tipo pick-up. Mientras compramos la comida suficiente para pasar dos días en una de esas cabañas, comienzo a notar lo que diferencia esta parte del continente de sus hermanas del norte.

Hemos dejado de ser “raros”, ya no nos miran ni se amontonan rodeando mi moto. La gente pasa impasible por delante de nuestras monturas. Estamos rodeados de blancos.

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Desde hace varios días me llaman la atención unas pequeñas tiendas llenas de fiambres. Es donde venden una de las comidas típicas de Sudáfrica, algo que usaban ya los boers y blancos que llegaban para ocupar las tierras y sobrevivir: el biltong.

Se trata de una suerte de solomillo que se seca, con aspecto parecido a la cecina, pero hecho con diversas carnes y perfecto para viajar en moto: se corta en rodajas, es una buena fuente de proteínas y se guarda fácilmente.

Tras acopiar víveres para varios días nos dirigimos a una granja en Underberg. Los caballos y las vacas están por todas partes y los quesos que venden en las granjas son deliciosos.

Clarens

Las carreteras en Sudáfrica están muy bien. El asfalto es bastante bueno, tienen señalización y arcenes. Incluso por las que nos movemos nosotros que son comarcales están bien mantenidas.

Pero lo que más me gusta no es esto: es que hay millones de pistas. Pistas de tierra compactada, las que usan entre las enormes fincas donde crían kudus, antílopes y avestruces.

Unas pistas anchas por las que vuelan con sus pick-up… y nosotros con las motos. La sensación de libertad en este continente siempre es tremenda.

Llegamos a Clarens, ya muy cerca de la frontera con el siguiente país, Lesotho, un pequeño punto puntiagudo que sobresale en la enorme Sudáfrica.

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Entrada al parque denominado Golden Gate, también en Clarens.

La montaña que esconde la única estación de esquí de esta parte del mundo, la más al sur. Nosotros subiremos hasta allí, AfriSki, y bajaremos por una de las pistas más complicadas: el Sanipass.

Subir ha sido increíble, la carretera nueva, un asfalto perfecto con unas enormes líneas amarillas a los lados. Curva tras curva, subida tras subida disfrutando de la montaña en su más puro estado. No me puedo creer que este pequeño país aislado, montañoso, tenga este tipo de carretera.

Sus pobladores viven de la industria textil, sacando lana de sus magníficas ovejas, dicen que una de las mejores del mundo. Hace frío y el cielo nos regala chaparrón tras chaparrón. Cuando sale el sol, aún nos queda una hora hasta llegar a la estación de esquí.

Allí podremos dormir para continuar por la mañana hasta el “Stelvio” de Lesotho, una bajada en cornisa, sin asfaltar… y con mucha piedra, ya que estas lluvias afectan al estado de la tierra, el famoso Sanipass.

Cuando llegamos es aún de día, pero no hay habitaciones en ninguno de los dos hoteles de la estación. Tenemos que dormir en el albergue, que por otra parte, está vacío. La respuesta a este misterio la encontramos después de cenar: seis Porsche 911 Carrera 2018, con sus pegatinas para disimular, están aparcados en la entrada del hotel.

Delante de nosotros, más dinero en coches del que jamás soñaría cualquier habitante de este pequeño país montañoso. Ahora entiendo lo bien que están estas carreteras, sin población, sin radares, con altitud… Un lugar perfecto para probar coches.

Texto de: Alicia Sornosa

Rutas

Ruta de la Seda (1ª parte): Una moto en un mar perdido

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Ruta de la Seda

Fue uno de los mayores desastres ecológicos causados por la mano del hombre, en concreto por la mano de la antigua Unión Soviética y sus plantaciones de algodón, el oro blanco, que desviando los ríos Amu Daria y Sir Daria para regarlas, terminaría secando al mar de Aral y convirtiendo la zona en desértica, sometida a fuertes tormentas de arena, polvo y ántrax que hace que sus habitantes, los pocos que quedan, sufran graves enfermedades respiratorias.

Como en viajes anteriores, se hace necesario atravesar Italia, Grecia y Turquía, la eterna Turquía, para adentrarse en Georgia y Azerbaiyán. Cruzo estos países rápidamente, ya los conozco.

El objetivo es ganar tiempo para recorrer la zona uzbeka y kazaja del mar de Aral, así como las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

Estamos en pleno corazón de la misma. Pero viajar en moto es una película cuyo guion se escribe día a día, así que se fueron sucediendo un montón de historias alegres, tristes, de agotamiento, estresantes y un sinfín de ellas que hacen cada viaje único. Dos personas pasando por el mismo lugar lo vivirán de diferente forma. ¡Es la grandeza y la riqueza del viaje!

Paso la noche en Batumi (Georgia), frontera con Turquía. Bajo una incesante lluvia y una máxima de 8 grados atravieso el país con la intención de dormir en la villa olímpica que hay tras la frontera de Azerbaiyán, a unos 70 km. Esta vez voy por una carretera de montaña que al final se complicó bastante por haber muchos tramos cortados.

Llego tarde y cansada a la frontera. No presto atención a que llevo la bandera armenia en la moto, ni me acuerdo, estoy agotada. Guardo cola tras un coche de alta gama y destartalado que hay delante de mí. Cuando llega mi turno, en la ventanilla de inmigración, empiezo a escuchar voces. Un militar con una navaja golpea mi maleta.

¡Me doy cuenta rápidamente de lo que está sucediendo! “Big problema, big problema”, me grita una cara endiablada. Intento hacer que no sé de qué va todo aquello, pero me hace ir hasta allí para señalar con desprecio una bandera, la de Armenia. ¡Soy tan solo una viajera, no entiendo nada más!, le dije, pero con aquella navaja la rayaba, ¡Me puse sería e hice un gesto de basta ya con la mano!

Me llevaron a una pequeña garita y vino un jefe con muchas estrellas. Gritaba y gritaba en azarí. Revisando encuentran los sellos de Armenia del año anterior. No me dejaban entrar en el país y ya empezaba a trazar un plan B.

Nuevamente me conducen a la moto y les digo que si el problema era esa pegatina, la quitaba. Tiré de ella y se la día a un militar, que rápidamente me indicó que la de la otra maleta también. Las cogió, arrugó entre sus manos, tiró al suelo y pisoteó para terminar con ellas en el cubo de la basura. Y así, de esta manera, tras más de dos horas en la frontera, pude finalmente entrar en el país.

Una ruta muy dura

“Maybe tomorrow”. Esa era la respuesta que recibí durante tres días en el puerto de Alat, al sur de Bakú (Azerbaiyán). Tras comprar el billete, te explican que no saben con certeza cuándo llega el barco. Al parecer, el mar Caspio es muy traicionero y tan pronto está en calma como una fuerte tormenta pone en peligro a los navegantes, ¡eso me dijeron!

Después de 3 días y 10 horas, consigo embarcar en un carguero, que estaba literalmente para el desguace, pero allí viajaban cientos de camiones para Kazajistán, al puerto de Aktau.

Casi dos días de travesía. Cuando llegamos al puerto, era de noche. Subieron un montón de militares kazajos que nos hicieron ponernos a todos en fila para revisar nuestro equipaje. Eso y un enorme pastor alemán, que lejos de la “sutileza” de los perros policía que conocemos, olisqueaba y desperdigaba todo.

Se subía a las personas ante la atenta mirada de estos militares que nos hicieron bajar del barco por una escalerilla y volvernos a poner en fila para registrarnos otra vez con los perros. En una pequeña furgoneta, nos trasladaban en grupos de 12 hasta la oficina de inmigración alejada de la zona y a la que tuvimos que volver caminando. Una vez la moto fuera, otro registro, sacar todo de las maletas y nuevamente el perro. Si al puerto llegamos a las 23.00 h, cuando llegué al hotel eran la 06.30 h de la mañana.

Me lo habían dicho, era una carretera muy dura. Conocía experiencias de otros viajeros que literalmente, terminaron con los tornillos en la mano. Imagino, que me había mentalizado tanto de la dureza, que al final, aunque lo fue y mucho, sentí que no era para tanto.

Beyneu, Nukus, dos ciudades con una frontera en medio de la nada entre Kazajistán y Uzbekistán. Más de 500 km, sin gasolineras, sin nada. Solo desierto, el de Kyzyl Kum, cambiante y que, cuando lo atravesé, tenía unos impresionantes bancos de arena que pusieron a prueba a la moto y a mí. Los primeros 167 kilómetros son fuertes, después, hasta completar los 550 totales, la cosa se suaviza un poco, pero la carretera está tan rota que la moto va saltando constantemente con esa sensación de que se rompe, entre camellos y caballos salvajes que te vas encontrando.

La frontera entre Kazajistán y Uzbekistán es, digamos, muy peculiar. Te hacen atravesar un enorme charco de agua antes de entrar en la parte kazaja, y esto es en todas las fronteras así, como comprobaría más tarde.

Llego cubierta de polvo, una enorme caravana de coches cargados hasta casi no verse están delante de mí. Bajo de mi moto y me acerco a preguntar a un militar que está a lo lejos. Enseguida, como ocurre siempre, mi moto desaparece rodeada de un montón de hombres que la tocan, miran y remiran. El militar me indica que me acerque con la moto. Entre todos aquellos coches atravesados por aquí y por allí, llego y empieza el papeleo y el típico “Madrid o Barcelona”. La cosa pinta bien, y va todo de una forma sorprendentemente ágil para todo aquel caos que habían montado en mitad del desierto.

Muchos viajeros me comentaron que suelen hacer el tramo en dos días, pero decido quitármelo de encima lo antes posible y, tras vaciar los 11 litros de gasolina extra que llevaba en las garrafas, llego ya de noche a Nukus, donde duermo.

Cementerio de barcos

La señal de la era soviética todavía da la bienvenida a la gente en esta parte uzbeka del mar de Aral, con un pez que simboliza lo que en su día fue la riqueza de aquella zona; un importante puerto pesquero convertido hoy en cementerio de barcos.

Lo había visto muchas veces en fotografías y vídeos, pero aun así impresiona ver aquellos barcos oxidados en medio de un desierto que fue fondo marino. Decenas de miles de personas vivían antes allí, con importantes industrias conserveras. No solo la ciudad murió, sino muchos de sus vecinos, debido a enfermedades en los pulmones por el polvo, contaminación de fertilizantes y lo que allí in situ descubrí en la parte kazaja, el ántrax.

Aparqué mi moto y me senté junto a ella, observando aquella desoladora imagen y a algún turista bromeando cual pirata subido en los barcos abandonados. Un niño en bicicleta se acercó a mí, supongo que atraído por la moto, pero en cuanto vio mi cámara entre las manos, me gritó: “Turist no, photo no”. Y no me extraña; era su forma de vida y ahora para algunos era un atractivo turístico. Hasta gente de fuera ha montado allí una especie de restaurante para quienes visitan el cementerio de barcos.

Intenté hablar con la poca gente que queda en Moynaq, pero no hubo forma, se dan la vuelta, no quieren saber nada. Si te paras a hacer una foto, enseguida se esconden.

Localicé una antigua fábrica de conservas en mitad de unas calles desérticas y al fondo había una señora que rápidamente se metió en su casa.

Es triste y desoladora la imagen. Ante mí, una importante y próspera ciudad de Uzbekistán que ha quedado reducida a polvo. Aquel desierto con barcos varados aquí y allí hace que nadie hubiese imaginado un guion tan dantesco.

A las afueras, algunas comunidades científicas han trabajado para recuperar la zona, pero francamente creo que nada se puede hacer ya. Al menos, han conseguido que pueda haber vida en las piscinas que hay rodeando la ciudad y sus gentes puedan pescar en ellas.

Me voy de allí, con esa mezcla de sentimientos de alegría por haber llegado con mi moto y de pena por ver lo que la mano del hombre es capaz de hacer.

Queda todavía la parte de Kazajistán de este mar, este mar perdido, así que continúo ruta y aprovecho para visitar las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

En el corazón de la Ruta de la Seda

Giva-Khiva, la ciudad de las mil y una noches. Preciosa ciudad por la que paseé a diferentes horas del día y de la noche. Esa ciudad que esconde la triste historia de haber sido uno de los principales mercados de esclavos hasta 1865. Se dice que las murallas de su ciudad fueron construidas en tan solo 30 días por multitud de presos.

Pero si algo destaca de Giva, es su enorme cilindro Katal Minor, cubierto con dibujos en azulejo que se sitúa entre madrasas. Minarete inacabado y que te deja con la boca abierta. Cientos de turistas entre sus calles y más de 200 monumentos que visitar. Es una ciudad como las que podríamos ver en Afganistán o en Irán; de hecho a mí me recordaba constantemente a este último país que recorrí en moto en 2016, solo que debido a la sovietización y con ello prohibición de las religiones, desde sus minaretes no hay llamadas a la oración y dentro de sus mezquitas y madrasas hay mercados. Me pregunto una y otra vez qué pensarán los vecinos de estos países tan estrictos con su religión.

Me voy a un mercado local con un chófer que se dedica al turismo a comprar unas tarjetas para mi cámara, que por algún motivo no funcionan, y aprovecho para cambiar dinero en el mercado negro, algo prohibido en estos países. Compré música uzbeka y aquel hombre y yo atravesamos la ciudad sonrientes, con las ventanillas bajadas y el volumen bien alto.

Reconozco que al principio me costó mucho coger confianza. Quizás la apariencia de sus gentes. Pero ha llegado ese momento mágico en el que llamas tú la atención y entonces eres el motivo de las miradas. Paseo tranquilamente entre la gente que me para hacerse fotos conmigo.

Dejo esta ciudad tras visitar minaretes, madrasas, paseos entre sus calles, para continuar ruta hacia Buhara.

Las carreteras en Uzbekistán están rotas, ¡no hay socavones, hay pozos! en la carretera y tienes que ir buscando el menos profundo. En uno de estos y sin posibilidad de esquivarlo por un camión, enseguida me di cuenta. ¡He pinchado, pensé!, sin mirar, abrí mi maleta y saqué el kit de pinchazos para ponerme manos a la obra, pero la cosa era más grave, la llanta estaba rota.

Arrastro la moto hacia un tendejón que había visto al pasar. Me parecía buen sitio para buscar soluciones. Un chico que se presentó como Hasmin me ayudó en el último tramo. El hombre metió aire en mi rueda pero nada, y con un martillo se lió a golpes para enderezar la llanta, pero el problema era grave, y no había forma. Necesitaba encontrar a alguien que soldara aquello y estábamos a unos 40 km de Buhara, unas dos horas en coche. No me entendían, nadie habla inglés en aquella zona, así que terminé dibujando un camión en una libreta.

En la ciudad no encontrábamos a nadie, hasta que di con un taller y un chico que me soldó aquella llanta, que no volvió a perder aire y gracias a él terminé mi viaje.

El día tenía que terminar bien y, a pesar de que entré en Buhara de noche, el hotel que encontré estaba en el mismo corazón y, para rematar, un grupo de españoles que me reconoció vino a las puertas del hotel a saludarme. Ahora tocaba llegar a Samarcanda.

Continuará…

Galería

Texto y fotos: María Elsi

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Rutas

Los Black Ravens calientan motores en Robledo

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La sierra oeste de Madrid, conocida por sus sinuosas carreteras y paisajes de montaña, volvía a acoger un evento motero organizado por el joven grupo Black Ravens, que eligió como ubicación la población de Robledo de Chavela, próxima al conocido puerto de montaña de La Cruz Verde.

La Plaza de España acogió esta primera jornada motera de los Black Ravens en una fría mañana de invierno. Allí se instaló un escenario, barras de bar, tiendas de souvenirs del Puerto de La Cruz Verde, un mercadillo motero, grandes coches clásicos americanos de película y se preparó una exposición de motos clásicas, entre las que no faltaron las míticas marcas de motos Derbi y Montesa.

Esta era la primera edición y, aun así, hubo una gran cantidad de motos y moteros venidos de todas partes, por lo que coincidimos con muchas otras caras conocidas. A media mañana se realizó una ruta turística para ver y disfrutar de los famosos Dragones de Robledo, un conjunto de impresionantes pinturas medievales del siglo XV dibujados en las bóvedas de la iglesia de Robledo de Chavela.

El ambiente seguía en la plaza con cerveza gratis para todos hasta que, a la una de la tarde, se procedió al acto oficial de inauguración de esta primera concentración de los Black Ravens, con corte de cinta incluido por parte del alcalde. Aprovechó para dedicar unas palabras de apoyo tanto a los organizadores como a los asistentes, a los que también agradeció la visita a este primer evento que, viendo el éxito de la primera edición, se convertirá muy probablemente en un punto de partida de muchas matinales moteras más.

La jornada se remató con el concierto de rock del conjunto DrZAS y con el sorteo de regalos. En definitiva, un gran día motero en buenísima compañía en la que todos disfrutamos muchísimo. Aprovecho para felicitar a los Black Ravens por su trabajo, entusiasmo y organización.

Os esperamos en Robledo de Chavela.

¡Saludos y ráfagas!

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Rutas

Asociación Harlista de España y Dedines: juntos por una buena causa

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Un año más, la capital motera del sur de Madrid – Getafe – volvía a celebrar el maratón por la discapacidad. La Asociación Dedines, organizadora del evento, volvió a contar con la presencia de las motos, entre ellos, la Asociación Harlista de España y el Vespa Club Alcalá de Henares, que asistieron con un numeroso grupo de Vespas, desde las más antiguas a las más modernas y acompañadas por la moto de seguimiento de Dani Gárgoles.

A las diez y media se congregaron todas las motos en la cabeza de carrera del maratón. Después de la mañana de acción, todavía quedaba un montón de actividad por delante, como visitar la carpa de la Asociación Harlista de España o subir a sus voluptuosos modelos. También se pudo disfrutar del carismático Vespa Club de Alcalá de Henares y realizar actividades relacionadas con la seguridad vial, como un circuito de educación vial de karts con la colaboración de la Policía Local de Getafe. Los asistentes también tuvieron a su disposición todo tipo de señales de tráfico, escuela de conducción y una exposición de los nuevos vehículos de la Guardia Civil de Tráfico, entre los que se encontraban sus modernas BMW o las polivalentes Yamaha XT del Servicio de Protección de la Naturaleza.

Tampoco se perdieron la cita los vehículos del Ejército de Tierra, de seguridad y emergencia, ni algunos coches de competición. Al terminar el maratón, la Asociación Dedines otorgó a la agrupación harlista un merecido cuadro diploma de agradecimiento por su ayuda y su aportación a la labor solidaria.

Un gran día de motos con el que no solo disfrutas, sino que sientes que con tu presencia has podido hacer tu particular aportación a una buena causa, como es la de los niños con discapacidad y necesidades especiales Nos vemos en Getafe… ¡Hasta la próxima edición!
Saludos y ráfagas

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Solo Moto Nº: 2.032

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