Preparando el asalto a Filipinas con Miquel Silvestre
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Preparando el asalto a Filipinas con Miquel Silvestre

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(Lee la primera parte AQUI)

Es una pelea perpetua, un tira y afloja continuo. El hombre contra la vegetación. Localizo un hotel a la salida de Lawas. Quieren cobrarme unos 30 euros. Demasiado dinero. Estoy casi por aceptar debido al cansancio cuando aparece un joven occidental. No parece un turista. Se acerca y me habla en español. Ha visto la matrícula de la moto.

—¿En este hotel tienen cerveza? —le pregunto antes siquiera de saludar.

—No, pero si quieres cerveza y una comida buena y barata, vete al hotel Borneo. Está muy cerca y se come muy bien. Yo vivo aquí, pero esto me lo paga la empresa.

—Gracias por la información. Señoritas —les digo a las recepcionistas mientras recojo mi casco y me encamino hacia la salida—, encantado de haberlas conocido, y a ti te veo a las siete y media allí, que nos vamos a tomar unas cuantas y me explicas qué diablos haces aquí.

En los bajos del Borneo hay dos restaurantes. Son lugares abiertos, sin paredes para que circule el aire. Siempre llenos, uno abre por la mañana y sirve fideos para desayunar, sin cerdo, porque son musulmanes, y el otro un poco más tarde y sirve cerveza, pescado y marisco.

El hotel está en los pisos superiores. El cuarto es pequeño pero sumamente confortable. Aire acondicionado, un baño limpio, una cama grande, una mesa de trabajo y hasta un calentador de agua. Por doce euros, el paraíso. Me atrinchero, dejo toda la impedimenta, me cambio de ropa y trabajo un rato gracias a una wi-fi que funciona de maravilla.

Llega la hora y bajo al restaurante. Pau ya está esperando delante de un cubo con hielo y latas de cerveza Carlsberg. Dejo que sea él quien pida. La comanda consiste en arroz, vegetales y unos cangrejos enormes tipo centollo que sirven con una espesa salsa picante. Todo resulta delicioso, pero la conversación lo es más. Pronto me doy cuenta de que mi anfitrión en un chaval de 31 años valiente, despierto y observador.

Es geólogo oriundo de Tarragona. Debido a la falta de trabajo en España, decidió buscarse la vida allende nuestras fronteras. Marchó a Australia y allí se hizo un experto trabajando con los mejores. Intentó un regreso a Europa pero su extraordinaria formación era sistemáticamente despreciada por las compañías nacionales, siempre más favorables al amiguismo y al hijo de, mientras que las empresas australianas lo reclamaban con ansia. Decidió aceptar esas ofertas, pero no para trabajar en Australia. Desde entonces ha rodado por las selvas africanas, de Mozambique a Kenia, y ahora supervisa un proyecto en la jungla de Borneo para construir una presa que evite las cíclicas inundaciones de la región.

—Sin embargo, yo pago mis impuestos en España. Podría evitarlo abriendo una cuenta en un paraíso fiscal, pero eso no va conmigo. Por eso no te puedes imaginar lo que me jode enterarme de los casos de corrupción en nuestro país. Para ganar ese dinero yo tengo que andar entre cocodrilos, serpientes y arañas, desbrozando la jungla y sudando a mares, y todo para que el 20 % de mi esfuerzo se lo gasten unos chorizos en coche oficial. Se me llevan los demonios.

La trampa

Al día siguiente salgo de viaje. Me interno en las montañas. El camino es una pista de tierra que usan los camiones que transportan madera tropical. Borneo es el mayor exportador del mundo de esa preciosa materia prima. Es constante el tráfico de trailers de varios ejes cargados con enormes troncos. Van a toda velocidad, el polvo que arrancan a la tierra me cubre enteramente cuando se cruzan en mi camino. De hecho, en las pistas forestales cambian las normas de circulación. Estos convoyes tienen preferencia y siempre cogen las curvas por su lado exterior. Hay que andarse con mil ojos, aunque el escenario es tan bello, que es difícil no distraerse mirando esta selva inmensa. No obstante, se ven grandes claros en las laderas y maquinaria pesada trabajando en el camino. Hay algunos puestos de control para evitar saqueos de madera ilegales. También abundan campamentos miserables de los trabajadores de las explotaciones madereras. La senda se encrespa según sube las montañas. Están cubiertas de espesas nubes. Gruesos nubarrones de color plomo.

De pronto se desata la tormenta más salvaje que haya visto nunca. Es como si hubieran abierto las compuertas del cielo. Todo el horizonte es una nube compacta y terrible. Un aliviadero del cielo, un desagüe de los monzones fuera de temporada, un asco, vamos. La senda está sumamente resbaladiza. El polvo se convierte en un barro espeso como tarta de nata.

Subiendo una cuesta pronunciada, en el cambio de rasante aparece un camión. No rueda, sino que se desliza colina abajo sin control. Yo estoy metido en mi rodera, si me salgo, adiós. Pero el tipo viene directamente hacia mí. Intenta evitarme y se cambia de rodera; peor aún porque entonces baja patinando sin tracción ni dirección. Directo a por mí. Tengo que salirme de mi carril. Detengo la moto, intento meterla de nuevo en su sitio, pero al apoyar el pie resbalo y me voy al suelo en una posición complicada. El camionero ha frenado cien metros más abajo y observa. Necesito ayuda pero no me la presta. No estoy acostumbrado a esto. En cualquier país del mundo, cuando una moto se va al suelo, se la auxilia. Este tipo, no. Cierra la puerta y sigue mi camino, mientras yo me desgañito llamándole de todo menos guapo.

El suelo es como aceite. Se escurren los pies en cuanto fuerzo un poco. Empiezo a agotarme. Quito las maletas para aliviar el peso. Giro la moto con enorme dificultad. Lo vuelvo a intentar pero me resbalan las manos. Jadeo, el pecho me va a estallar, los brazos, la espalda y los hombros duelen. Pero tengo que salir de aquí. Llueve sobre mí. Me pongo los guantes y lo vuelvo a intentar. Lo consigo, me subo, arranco y poco a poco consigo salir de la trampa de fango.

Lo conseguiré

Estoy empapado en sudor y en agua de lluvia. No vale la pena ya ponerme el mono de agua. Sería peor, guardaría la humedad. Así que con el traje calado sigo pista hasta desembocar en la carretera nacional. Ha sido una odisea. Sigue lloviendo pero es asfalto. Me quedan muchos kilómetros, pero no tengo donde parar a descansar. Al atardecer me recibe la pequeña localidad de Beaufort. Está en la desembocadura de un gran río y un puente metálico une las dos orillas. Llueve a cántaros y decido quedarme aquí. Un corto recorrido por el pueblo revela una población islámica. Mujeres con velo y hombres con tocado musulmán. Sin embargo, el hotel es barato y confortable. Meto la bolsa amarilla, mis botas y el traje de agua para quitarles el barro con la manguera que tienen aquí los retretes a modo de bidé portátil.

Despierto y ya no llueve. Salgo a toda prisa. No sé dónde voy a ir pero mientras no llueva, conduciré. Y eso hago. 500 kilómetros casi del tirón incluyendo cruzar Kota Kinabalu, la capital de la región. Supero unas altas montañas. Sería un sitio precioso si no lloviera y no hiciera esta niebla puré de guisantes. Tras muchas situaciones de riesgo, desciendo a un llano deforestado y surtido de plantaciones de palma. El tráfico enloquece debido a los lentísimos camiones cisterna que llevan el aceite al puerto de Sandakan.

Cuando estoy a 20 kilómetros decido quedarme en un sencillo Bed&Breakfast muy barato y cercano al parque de los orangutanes. Es un sitio acogedor y tranquilo. Construido en madera, la instalación es muy básica pero es suficiente para descansar. Pero lo primero es localizar el modo de salir hacia Filipinas. Si no hay barco o el barco no acepta motocicletas estaré metido en un buen lío. Las informaciones que recibo son siempre indirectas. Pregunto a las chicas de la recepción. Una saca un periódico local. En la sección de anuncios hay un pequeño recuadro de una naviera que hace Sandakan, Zamboanga, Sandakán. Llamo al número de teléfono. Una voz femenina confirma en un inglés rudimentario que aceptan la moto y que ellos se hacen cargo del papeleo de aduanas. Viajaré dentro de cuatro días.

Cuelgo y no me lo acabo de creer. ¡Es posible llegar a Filipinas en moto! Después de todo este desmesurado esfuerzo lo voy a conseguir. Me tiembla el pulso de emoción. Me sentía muy cansado, casi agotado, al límite de mis fuerzas por el duro trabajo que estoy haciendo, por el calor, la humedad, la lluvia, las muchas cervezas, el poco sueño, la comida deficiente, la falta de descanso, de vitaminas, de energías. Y de pronto todo eso desaparece. Voy a llegar. Arribaré a Filipinas como había planeado, siguiendo la ruta correcta, sin meter la BMW en un contenedor, isla a isla, kilómetro a kilómetro. Estoy nervioso, excitado, feliz. Ya no siento cansancio ni pesar. Voy a llegar a Filipinas en moto y seré el primer español en conseguirlo. Para mí es mi pequeña gran conquista. Algo de lo que siempre estaré orgulloso. A eso se le llama abrir una ruta. Eso es explorar. Ahora lo puedo decir: voy a ser un auténtico explorador.

 

Información útil
Requisitos entrada Moto: carne du passage expedido por el RACE.
Personales: Brunei y Malasia visado en frontera.
Alojamiento Lawal: Hotel Borneo, barato y limpio.
Sandakan: Bed and Breakfast Sepilok, en el centro de rehabilitación de orangutanes Sepilok.

 

Por Miquel Silvestre

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