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Fotos: Ricardo Fité

Piedra, Papel, Sidecar. Capítulo 2: El presidente de los presidentes

Piedra, Papel, Sidecar. Capítulo 1: A ocho centímetros del suelo

Existen muchos museos de la moto en el mundo y algunos de ellos presumen de ser los mejores y de tener las colecciones más exclusivas y completas. Sin duda alguna, el Barber Museum de Alabama es uno de ellos.

Pasamos mucho frío antes de llegar, incluso llegamos a ver nieve a los lados de la carretera. Intenté conducir despacio y con cuidado, pues la moto con el asfalto mojado enseguida resbalaba y se volvía incontrolable.

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El Barber Museum ocupa 21.000 m2, distribuidos en cinco plantas en las que se exhiben más de 900 motocicletas, coches de carreras y una de las mejores colecciones de modelos de la marca Lotus. En cuanto entramos por la puerta, nos dimos cuenta de que aquel era nuestro día de suerte. Estábamos en un auténtico templo del mundo del motor y en especial de las motos. No pudimos convencer a la recepcionista para que nos contactase con Mr. Barber. Mentimos sin pudor y le dijimos que veníamos de muy lejos sólo para conocerle, pero lo máximo que conseguimos fue que aceptara un papel con nuestro nombre, número de teléfono y una invitación para ser entrevistado por la revista SOLOMOTO. Mr. Barber ya tiene más de 80 años y sólo acude al museo de tanto en tanto.

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Barber Museum

Los coches de carreras que se exhiben son antiguos, de líneas elegantes, de interior rudimentario e incómodo, de neumáticos que todavía huelen a goma quemada, motores enormes y limpios, pero no cromados, como debe ser en este tipo de vehículos. Según nos contaron, todos los coches y motos están preparados para arrancar de nuevo en cualquier momento.

Las motos se reparten en diferentes plantas, con un criterio que nunca logramos entender. En cualquier caso, había desde los primeros modelos que se inventaron, hasta las últimas novedades. De todo lo que vimos hubo tres secciones que nos atraparon más que el resto.

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La primera fue la de los viajeros. Aquí, entre otras motos, vimos la BMW Amigo, con la que Ed Culberson, un exmilitar estadounidense, en los años 80 y tras mucho insistir logró cruzar el temido Tapón del Darién. Se trata de un tramo de espesa jungla entre Colombia y Panamá en el que no hay carretera, tan solo senderos, ríos y zonas pantanosas que lo convierten en un reto casi imposible. Culberson logró ser el primero en cruzarlo en motocicleta. Narra su aventura en su libro Obsessions die Hard, de momento no está traducido al castellano.

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Esta BMW tardó sólo 21 días en recorrer la Panamericana

Justo al lado, se encontraba otra BMW, en este caso era la que tenía el récord de cruzar la carretera panamericana más rápido que nadie. Su piloto, el canadiense Dick Fish, tardó 21 días en cubrir las 14.000 millas, y según pudimos leer le costó muchísimos sobornos, sufrió algunos robos e incluso serias lesiones.

La segunda sección que nos hizo quedarnos embobados fue la de competición. Los dragsters más espectaculares, con agresivos nombres como la Eliminadora, nos hacían soñar despiertos con futuros diseños para nuestra Yamaha con sidecar. En ocasiones, teniendo en cuenta lo bajito que era, pensaba en ponerle nombres como La Cortacesped o La Podadora. También, debido a la constante fuerza que tenía que hacer al tomar las curvas, imaginaba que lo mejor sería llamarla La Quebrantahuesos. Decidimos no precipitarnos y posponer la idea para más adelante.

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Por último, no pudimos evitar pararnos más de la cuenta al ver los sidecares. Había modelos BMW, Zundapp, Harley Davison y algunos más que habían sido construidos para la guerra y que ya habían estado en diferentes frentes. También vimos otros de estilo antiguo y curvas elegantes. En fin, estuvimos paseando embobados durante más de cuatro horas, aunque lo cierto es que para ver el Barber Museum, se necesitan varios días y buen calzado. Además, en el exterior han construido un circuito de casi 4kms de recorrido y que está totalmente impoluto y en activo. Allí se corren todo tipo de carreras, pero las más especiales son las de vehículos clásicos.

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Bienvenidos a Misisipí

Seguimos ruta, procurando alojarnos en casas de motoristas. La mayor parte de las veces dormíamos en lugares impolutos y de alto standing. Pero en otras ocasiones, salíamos de aquellos hogares literalmente oliendo a las diferentes mascotas que tenían nuestros huéspedes. Si cambiábamos de hogar y familia a diario durante más de dos semanas seguidas, al final me sentía como en una comedia de Woody Allen y Diane Keaton, en la que una voz en off narra lo que va sucediendo y los protagonistas se van viendo con familias de lo más variopintas.

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Después de casi dos meses de viaje, un día me di cuenta de que habíamos mejorado nuestra capacidad para mostrarnos aún más educados allá donde fuéramos. Por cortesía, aceptábamos sin apenas dudar las propuestas gastronómicas o de diferentes tipos de bebidas alcohólicas de nuestros anfitriones. En ocasiones acabábamos completamente empachados de tanto comer. En otras, totalmente mareados tras mezclar bebidas que no siempre sabían precisamente bien. Me convertí en un experto en conectar una especie de piloto automático que me hacía comportarme como el yerno ideal hacia afuera y pensar en mis cosas hacia adentro. Mientras nuestros huéspedes contaban historias de graduaciones o éxitos deportivos de sus hijos o nietos, compras o ventas de inmuebles, cambios de trabajo o cosas parecidas; yo pensaba en ajustes de suspensiones o nuevos sistemas de refrigeración para la Yamaha. Un día mientras uno de nuestros huéspedes hablaba y hablaba, miré fijamente a Liliana. Ella asentía y asentía e incluso a veces decía WOW. Pero yo sabía que ella tampoco estaba escuchando y simplemente pensaba en sus cosas.

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Aparecimos en programas de TV locales

Dimos con varios excombatientes de diferentes guerras y que ahora se dedicaban a trabajos más convencionales. Con ellos me mostraba más prudente, procurando no profundizar sobre ningún tema. Me daba miedo o incluso pereza que se pusieran demasiados categóricos en su discurso. Pero si me daban más de dos cervezas, al final les preguntaba sobre su pasado, aunque sólo de forma banal y por supuesto que no los juzgaba.

La mayor parte de los huéspedes tenían perros. Los encontramos de todo tipo, grandes y bonachones como terneros o pequeños y de mal carácter como ratas heridas. También dimos tanto con recién nacidos como con enfermos terminales. Una noche, tuvimos que entrar en una casa cuyos dueños habían salido a cenar y nos dejaron la llave bajo el felpudo de la entrada. Sabíamos que dentro nos esperaban dos chuchos de tipo callejero, multirraza, de gran tamaño y un pitbull que parecía divertirse asustándonos a todas horas. Le encantaba pasearse rozándonos las piernas, moviendo la cola con energía, gruñendo y mirándonos a los ojos. Si le aguantábamos la mirada nos ladraba desafiándonos. Tanto los dueños de la casa como Liliana me insistían en que esa era su forma de hablar, que lo ignorase, pero me era imposible. No sé si aquel musculoso animal se estaba expresando o trataba de comunicarnos algo, pero yo pasé miedo. Menos mal que Liliana había trabajado con perros durante algunos años y supo cómo calmarlos.

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Las cocinas de los restaurantes en Misisipí

Dallas

Ya estábamos en el estado de Misisipí y el paisaje había cambiado, ahora era más verde y húmedo. La gente sonreía más y debido a su fuerte acento sureño se me hacía casi imposible entender lo que me decían. Por las noches, a menudo helaba y una mañana, justo el día en que íbamos a cruzar el famoso río para ir a ver sus cocodrilos y museos, la Yamaha se negó a arrancar. Insistí tanto que al final se soltó algo dentro del motor provocando un ruido más preocupante. Una especie de shiiiiiii, shiiiiii. El motor de arranque giraba y giraba, pero allí no pasaba nada.

Conseguimos una grúa para que nos llevó a un taller americano. Nunca me gustaron los talleres limpios, donde suele haber oficinistas y trabajadores sentados frente a ordenadores. Nos atendió amablemente uno de los encargados.

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-No se preocupe Sir. Mire, aquí puede ver el esquema de su motor de arranque -dijo señalando la pantalla del ordenador. -Creemos que el problema es esta parte en concreto, pero también tendríamos que cambiar ésta, ésta y esta otra. Necesitaremos una semana para conseguir todas las piezas. La hora de trabajo cuesta 130 euros. En total les costará no menos de 1200 dólares, pero no se preocupe, Mike, nuestro mejor mecánico, ahora mismo desmontará el sidecar y se pondrá manos a la obra.

-Dígale a Mike que no se mueva. -Fue lo primero que me salió. -Esta noche haremos algunas llamadas para tratar de solucionar esto de otro modo.

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Tomando mate con los argentinos de Dallas

Fue así como llamé a Diego Godoy, un argentino afincado en Dallas que a través de las redes sociales se había ofrecido para venir a ayudarnos. Dicho y hecho. Diego tardó ocho horas en presentarse allí con una camioneta y un remolque y ocho horas más en llevarnos a su casa en Dallas. Por el camino nos contó que su empresa había crecido tanto que prácticamente funcionaba sola. Ahora intentaba disfrutar de su tiempo. Se había aficionado a los viajes en moto. Tenía 45 años, pero su energía era inagotable. Nos contó que él mismo, siguiendo tutoriales de Youtube, era capaz de solucionar la mayoría de los problemas de su moto y me invitó a que hiciéramos lo mismo con la Yamaha.

Llegamos cansados y de noche, pero a primera hora de la mañana empezó una jornada de mecánica que duró todo el día. Aflojamos con todas nuestras fuerzas tornillos oxidados. Nos arrastramos por el suelo para poder acceder a los bajos del motor haciéndonos daño en todos los huesos. Lijamos y limpiamos partes herrumbrosas. Aplicamos ácidos disolventes, grasas pastosas, productos antioxidantes y aceites lubricantes donde hizo falta. Tratamos de forma artesanal las piezas que sabíamos que no podríamos conseguir fácilmente. Encontramos que el problema de la Yamaha era tan solo un tornillo enorme del interior del motor que se había aflojado. El mayor inconveniente fue llegar a él para apretarlo, y no paramos hasta que lo logramos. La Yamaha arrancó de nuevo.

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Después fuimos a ver a José Luís, otro argentino. Éste era el dueño de un taller de coches de lujo. Según me confesó, nunca le gustó ese trabajo. Con él se cumplía aquel principio que ya había escuchado en más de una ocasión: ‘Lo peor que te puede pasar es que seas bueno en lo que no te gusta.’ Y él era muy bueno. Era capaz de arreglar desde un Ferrari hasta un Rolls Royce, sin embargo, hablaba de esos coches con total indiferencia y salvo los Toyota, los demás le parecían de mala calidad. También soñaba con escapar de la rutina y viajar en moto. Siempre es confortable encontrarse con gente con tus mismas inquietudes.

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Con los amigos argentinos en Dallas

Al igual que Diego, José Luís también se enamoró de nuestra aventura y del sidecar y se implicó al máximo en mejorarlo. Puso luces antiniebla, luces en el interior y en el maletero del sidecar. Instaló un sistema donde podríamos enchufar unas esterillas eléctricas que nos pondríamos por dentro de la chaqueta en caso de que pasáramos frío. Solucionó el problema eléctrico que hacía que la Yamaha tosiera de tanto en tanto. Al final fueron dos semanas de trabajo en las que también se implicó Jaime, un veterano ingeniero que entre otras cosas se encargó de dar vida a un amortiguador de segunda mano para el sidecar. Él mismo cambió el neumático de coche que todavía rozaba el chasis, por uno de su justa medida.

Nadie nos cobró nada y nos regalaron hasta los recambios que fuimos necesitando, además de dos cascos con intercomunicadores y unos magníficos guantes de piel. Nos costó mucho despedirnos de todos ellos, pero debíamos continuar pues mi visado estaba a punto de caducar y se acercaba una nueva tormenta.

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Visitamos el Museo de la NASA, en Houston.

Piedras negras

Siguiendo los consejos de los foros, decidimos entrar a Méjico por el pueblo de Eagle Pass (El Paso del Águila) en EEUU. Cruzaríamos el puente del Río Bravo y de ahí a Piedras Negras en Méjico. La persona de contacto que nos tenía que recibir era Don Juan Salguero. Decidí llamarle por teléfono:

-Si van a cruzar hoy a Piedras Negras, están de suerte. Yo soy el presidente de los presidentes de los motoclubes de toda la región. Somos más de cincuenta, y esta noche nos vamos a reunir todos con las autoridades, y tú estás invitado. Hoy vas a conocer a mucha gente importante. No se preocupen por el alojamiento, ya está decidido, se quedan en mi casa.

-Muchas gracias Juan -contesté.

-Estamos a la orden. -Esa es una expresión que los mejicanos utilizan mucho. -Llámenme en cuanto crucen la frontera y vendré a buscarles.

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Río Bravo, el puente a los EEUU

Salir de EEUU y entrar en Méjico fue simple y fácil. Tras cruzar el puente del Río Bravo aparecimos en Piedras Negras. Aún no sé por qué, pero esperaba encontrar cuatro casas bajas y en mal estado, además de muchos buscavidas tratando de cambiar dinero. Pero de eso nada. Estábamos en mitad de una pequeña ciudad.

Estaba anocheciendo y nos sentíamos inseguros. Estábamos serios, como preocupados o incluso pendientes de que de un momento a otro alguien nos asaltase. Mucha ignorancia y demasiados prejuicios. Decidí parar frente a una iglesia pensando que tal vez allí estaríamos más a salvo. Pasaron un par de rancheras a toda velocidad con tipos vestidos de militar y fuertemente armados en la parte de atrás. ¿A dónde iban? ¿Es que íbamos a presenciar las temidas balaceras entre bandas? ¿Estábamos en peligro o no? En qué mala hora se me ocurrió ver, justo semanas antes de empezar este viaje y de un tirón El Chapo, una serie mejicana de sanguinarios narcotraficantes. Ahora confundía las caras serias de los trabajadores volviendo a casa, con miradas de hostilidad hacia nosotros. Poco después se nos paró un coche justo al lado. Tenía los cristales tintados. Bajó la ventanilla.

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Piedras negras.

-Hola amigos, soy Juan Salguero. ¿Cómo ha ido la ruta? ¿Están bien? Síganme. Primero vamos a que vean mi taller y después les llevo a mi casa.

Juan era bajito, de tez morena, rasgos marcados, bigote bien recortado y actitud entre ocupado y amable. Nos llevó a su taller, donde a simple vista pudimos ver cómo allí pulían y pintaban cualquier tipo de vehículo. Aquello no era precisamente un servicio oficial moderno, sino más bien un auténtico planchista de vieja escuela. Como en casi todos los talleres a los que iría en Méjico, allí también se acumulaba demasiada chatarra. Por todas partes había trozos de motores y carrocerías, motos y coches medio desguazados, proyectos marcianos a medio terminar como 4×4 con suspensiones y ruedas de tamaño imposible. Juan parecía atreverse con todo, incluso con un sidecar chino, imitación de las motos rusas URAL, totalmente desguazado y oxidado. Según nos contó aquel era su próximo proyecto de restauración. Todo sobre un suelo medio asfaltado, medio arenoso y sin apenas techo. ¿Cómo son capaces de organizarse en semejante caos? Sólo ellos lo saben.

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Talleres Mejicanos

Juan nos acompañó a su casa. Liliana se quedó con la familia y a mi me llevó a la reunión de presidentes con autoridades. Fuimos cada uno con su moto. Todo estaba muy oscuro. La única iluminación provenía de pequeños colmados abiertos hasta tarde o restaurantes callejeros y negruzcos de comida casera. Teníamos que circular con cuidado, primero por las altas bandas rugosas colocadas de manera aleatoria y de tanta altura que los bajos de la moto rozaban cada vez. Segundo, por los gatos y perros vagabundos, especialmente estos últimos que o bien se cruzaban en cualquier momento o decidían atacarnos con actitud de caníbal.

Habían organizado ‘La Reunión’ en el salón de un restaurante de decoración colonial, y en el parking se nos fueron acercando y presentando los presidentes que ya habían llegado. Todos llevaban chalecos negros con los nombres de sus motoclubes: Sinvergüenzas, Forjados, La Family, Metal Riders, Bikers Sin Qué Hacer… Al poco rato llegaron las autoridades. Una chica rubia de unos 30 años, un hombre de considerable sobrepeso, casi calvo, piel grasienta y traje beige y un corpulento policía de rango alto y cara de pocos amigos. Nos hicieron pasar y nos sentamos en una mesa muy larga. El ambiente era solemne y serio.

Recordé la película El Padrino, en la escena en la que se reúnen las dos familias más poderosas. En medio se sentaron por un lado los dos políticos y el policía. Frente a ellos, tomó asiento Juan Salguero, el presidente de los presidentes. Los demás ocupamos el resto de sillas. Intenté situarme donde pudiera escuchar con claridad lo que dijeran. Tras unos segundos de silencio sepulcral, Juan comenzó a hablar.

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Caravana de motos

-¿Por dónde empezar? Hace mucho tiempo que deberíamos habernos reunido -dijo con su voz ronca de tono bajo. Me recordaba tanto a Marlon Brando que en mi cabeza empezó a sonar la banda sonora original de El Padrino.

-Tiene usted razón Juan. Tiene usted razón -dijo la chica mirándose las manos.

-Como ven no somos jóvenes jugando a ser delincuentes sino todo lo contrario -afirmó inclinándose hacia adelante. -Somos veteranos motoristas y hoy nos reunimos con ustedes para pedirles colaboración -continuó Juan.

-Estamos aquí para escucharles -contestó ella de nuevo. -Transmitiremos sus demandas a la licenciada de Piedras Negras. Adelante, por favor. -Sin duda era la cara amable del equipo político. Los otros dos se mostraban serios y distantes.

-Bien. Últimamente, como ya saben, ha habido algunos accidentes de motociclistas y empezamos a estar preocupados. Queremos que pongan señales que anuncien que ésta es una zona frecuentada por motoristas, tal como hacen nuestros vecinos los gringos. También necesitamos que nos faciliten algún lugar con condiciones higiénicas mínimas para poder reunirnos y celebrar nuestros aniversarios en buenas condiciones. Por otro lado, pensamos que es necesario que se involucren de forma más activa en algunas de nuestras actividades. Como saben organizamos desde entregas de juguetes en Navidad, hasta donaciones benéficas para las familias más necesitadas de Piedras Negras, en las que participamos todos los clubes que estamos aquí -dijo reclinándose hacia atrás y abriendo las manos al mismo tiempo, mientras los demás presidentes asentían orgullosos.

-Así se lo haremos saber a la licenciada. De hecho, traemos órdenes de transmitirle su intención de colaborar con ustedes -dijo ella de nuevo mientras sus dos acompañantes apenas se movían.

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¡¡Cuidado con el picante en Méjico!!

-Una última cosa -dijo Juan, mirando fijamente al policía mientras levantaba el dedo índice. -Cuando organizamos eventos, nos juntamos todos, celebramos y tomamos (bebemos) un poco. No queremos que nos espere un control de alcoholemia a la vuelta de la esquina como ya ha pasado alguna vez. Ya somos mayorcitos. Tenemos canas, experiencia y no nos gusta que nos controlen. -El policía lo miraba serio. -En cada motoclub, existe una figura a la que llamamos el Sargento de Armas. Su función es la de impedir que los borrachos vuelvan a casa en moto. Es elegido y respetado por todos. Todos los que estamos aquí sabemos distinguir entre un borracho que se tambalea y alguien que tan solo ha tomado un par de cervezas. -Yo no podía creer lo que escuchaba, pero ese gesto de buscar algo de humanidad en una ley me hacía sonreír. Definitivamente estábamos lejos de la estricta Europa.

La reunión terminó entre apretones de manos y promesas de tomar en consideración todas las demandas. Tras las despedidas, Juan me llevó a su casa donde pasamos unos días con su fabulosa familia. Nos consiguieron entrevistas en televisiones locales y cuando le comenté que había que levantar las suspensiones del sidecar e instalarle un cubrecárter, me llevaron a la persona ideal. Se trataba de un mecánico que enseguida vio claro lo que le necesitábamos para rodar por Méjico.

-Aquí vamos a tener que hacer una mejicanada -dijo el mecánico en cuanto vio la moto. No hizo falta que me aclarase a qué se refería con el término mejicanada. Estaba claro que aquel buen hombre trataría de hacer lo que le pedía. Se notaba que ya había hecho cosas parecidas con otros vehículos. Me invitó a verle trabajar, y si las piezas que necesitaba no existían, él mismo de forma artesanal las crearía.

Tras dos días de inventos, soldaduras, martillazos y comida casera con su familia, ya teníamos el sidecar más alto, con cubrecárter y asiento de piel de borrego. Ahora nos sentíamos más listos para las bacheadas carreteras mejicanas.

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Hubo que hacer más de una mejicanada

Para nuestro último domingo en Piedras Negras, Juan nos tenía preparada una última sorpresa. Nos llevaron escoltados en una larga caravana de motos, a la que se unieron diferentes motoclubes, hasta un pueblo llamado Guerrero. Nos recibió el alcalde y parte de su equipo. Liliana y yo fuimos tratados como verdaderas autoridades hasta tal punto que en todo momento nos acompañó una ranchera con dos policías de pie en la parte de atrás armados con metralletas. ¿Estábamos en verdadero peligro? Me costaba imaginar que así era. Por un lado, me negaba a aceptarlo y por otro, pensaba que si nos escoltaban sería por algo. La imagen de la serie El Chapo volvía a mi mente.

Nos llevaron a los lugares más emblemáticos donde orgullosos nos mostraron su humilde patrimonio. Visitamos desde una antigua iglesia hasta las ruinas de una edificación donde los franciscanos, que venían a evangelizar a los autóctonos en vano trataron de resistir.

Volvimos a casa. Esa última noche, me quede sólo con Juan frente a la chimenea y, entre cigarros y cervezas, me contó historias escabrosas de narcos que él mismo había presenciado en primera línea. Sentí miedo de verdad, pero al volver a la habitación preferí ocultárselo a Liliana. ¿Qué sentido tenía transmitirle mis miedos? Ella ya estaba dormida. Me tumbé tratando de no despertarla y entré en estado de duermevela. Estaba incómodo en cualquier posición. Ahora me venían a la mente las rancheras con sus soldados armados, los políticos y el policía de la reunión de presidentes, las historias de Juan y muchas imágenes de la serie El Chapo. A veces imaginaba a su actor principal disparándome a la cara sin piedad, otras escapando, otras mirándome a los ojos fijamente, primero serio y después riéndose de mí. Su imagen se mezclaba con el humo de los cigarros de Juan y su risa se desvanecía en puro eco. Sentí que me agarraban por el hombro y me desperté de golpe.

-Cariño. ¿Estás bien? -Era Liliana, la había despertado. -Estás sudando. -Me secó con una camiseta, me abrazó y me quedé dormido.

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La familia en Piedras Negras

Al día siguiente, nos despedimos de Juan y su familia. Subimos de nuevo al sidecar y ahora sí nos adentrábamos en territorio Mejicano. Mientras conducía, recordaba las historias de Juan. Para llevarlo mejor, me repetía la idea que, en Méjico como en cualquier lugar del mundo, estábamos expuestos a la mala suerte de dar con un perturbado. Pero nosotros no podíamos ser del interés de ningún grupo de narcos. Además, según me contaban hasta la fecha ningún motorista había sido atacado. ¿Por qué íbamos a ser nosotros los primeros? ¿Qué sentido tenía atacarnos a nosotros? Los verdaderos grupos de mafiosos luchaban entre ellos y lo más importante era no estar en medio cuando se encontrasen.

En cualquier caso, si quería tener una agradable estancia en Méjico tenía que hacer algo. Tal vez, si encontrase al actor principal de la serie El Chapo y nos tomásemos unas cervezas juntos, a partir de ahí, cuando viera tipos armados o escuchase nombres como Durango, Coahuila o Sinaloa, la sensación de miedo no sería tan intensa. Busqué por internet. Marco De La O, así se llamaba el actor en cuestión. Debía encontrarlo. Debía dar con Marco, El Otro Chapo, y abrazarlo, emborracharnos, reírnos, hacer lo que fuera juntos, sólo así lograría rodar tranquilo por Méjico.

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Méjico

 

LA RUTA (Mapa).

  • Barber Vintage Motorsports Museum, 6030 Barber Motorsports Pkwy, Leeds, AL 35094, United States
  • Aberdeen, Mississippi 39730, USA
  • Renova, Mississippi 38732, USA
  • Dallas, Texas, USA
  • Houston, Texas, USA
  • Galveston, Texas, USA
  • San Antonio, Texas, USA
  • Eagle Pass, Texas 78852, USA
  • Piedras Negras, Coahuila

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ALGUNOS DATOS

Modelo de moto: Yamaha Road Star 1600

Año: 2001

Coste: 4.500 dólares.

Equipamiento: Chaquetas Garibaldi Heritage.

Pantalones y guantes: Outletmoto Barcelona.

Cascos: Givi y LS2.

Fecha de inicio del viaje: 5 de diciembre del 2021.

Fecha prevista de finalización: Desconocida.

Lugar de inicio del viaje: Fulton, Estado de Nueva York.

Lugar de finalización del viaje: Desconocido.

Sponsors: Venta de libros y colaboraciones en Solo Moto.

 

PRINCIPALES FORMAS DE ALOJAMIENTO

Puesto que los hoteles en EUA rondan los 100 euros la noche, principalmente estamos utilizando ‘Bunk a Biker’ y ‘AdvRider’, dos grupos donde los moteros locales ofrecen sus casas a otros moteros viajeros. Para nosotros es la mejor forma de conocer la realidad de los americanos y estar en contacto con ellos aunque a veces ya nos hemos visto en situaciones al límite del reglamento.

 

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