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Piedra, Papel, Sidercar. Capítulo 0: La mitocondria

El regreso de África fue tan duro como esperaba o más. Por más que me había advertido de la típica depresión que solía invadirme tras los viajes, la bofetada de amarga realidad que recibí al llegar al aeropuerto de Estocolmo resonó con fuerza en todo mi ser.

Pensaba que ya había madurado lo bastante como para dejar de sentir esos golpes de soledad, pero en momentos así me daba cuenta de que mi infraestructura mental seguía sin estar preparada. Llevaba seis años viviendo en Suecia y aquellas iban a ser mis últimas semanas antes de volver a trasladarme a Barcelona donde trabajaría como profesor de inglés. Resultaba interesante el hecho de que esos seis años no habían sido suficientes para adaptarme a la vida escandinava. Los suecos, tan altos, guapos y correctos podían resultar atractivos y admirables para otros pero a mí siempre me hicieron sentir sólo. Tampoco me entusiasmaba la idea de volver a Barcelona, pues la mayoría de mis amigos se habían casado y tenían hijos. Ahora, al hablar con ellos sentía sus preocupaciones muy lejos de las mías y en comparación todavía me veía inmaduro. Quería volver a verles y emborracharme con ellos, pero la situación había cambiado y nuestra evolución había sido tan diferente que nos había separado, en algunos casos definitivamente.

Recuerdo que un día escuchando una entrevista al cantautor argentino Atahualpa Yupanki, éste dijo: un amigo eres tú con otro cuero. Pasé unos días con aquella frase dando vueltas en mi cabeza. Me daba cuenta que a menudo hablando con mis amigos intentaba modificarles o sentía que ellos trataban de hacerlo conmigo. Una auténtica lucha por cambiar al otro, para ganar en complicidad y así sentirnos más cómodos. Pero resultaba imposible y eso sólo nos llevaba a la frustración y nos alejaba aún más. Entonces me quedaba sólo. Al principio cuando me decía a mí mismo que ya no tenía amigos como antes, me sentía triste, pero lo cierto era que prefería la soledad a los intentos por ser modificado. Claro que echaba de menos la complicidad de la juventud, pero con el tiempo acepté la situación, aunque nunca logré acostumbrarme del todo a ella. A las personas nos gusta hacer lo que hacíamos antes cuando ya no podemos.

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Amistad y amor son conceptos muy cercanos y a menudo confusos entre ellos. Reconozco que en más de una ocasión me había sentido enamorado de alguno de mis amigos. La complicidad entre nosotros era altísima, sólo nos faltaba mantener relaciones sexuales. Pero aunque me lo planteé seriamente, nunca me decidí a dar el paso. Había algo demasiado rudo en el cuerpo de los hombres que me impedía hacerlo. Quién sabe, tal vez soy un homosexual reprimido o un homosexual asexual. Además por lo general mis relaciones heterosexuales no me proporcionaban la diversión de la amistad y de forma frecuente me sentía sólo, frustrado y aburrido. Muy aburrido. Sobre todo cuando estaba con mujeres que de un modo u otro reclamaban mi papel de hombre en la pareja. Me parecía machista y decadente. Querían que las abrazase en mi pecho para sentirse protegidas y yo simplemente odiaba ese papel. Yo no quería ser el capitán de nada. ¿Cómo iba a proteger a nadie si no sabía ni cómo cuidar de mí mismo? Por mi parte, nunca me he sentido listo para satisfacer ese tipo de necesidades.

Tampoco puedo asegurar que tuviera mucha paciencia con mis parejas. Lo cierto era que en lugar de escucharlas, prefería contarles mis anécdotas de viajes o comentar los libros de aventureros que estuviera leyendo en aquel momento. De lo contrario pasaba del aburrimiento a la ansiedad en pocos minutos. Así que me hartaba de marihuana y me convertía en una especie de entretenimiento por tal de no dejarme llevar a un terreno que no me interesase lo más mínimo.

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Se avecinaban cambios, lo sentía y no sólo en el tema de las relaciones de pareja. Ya estaba cansado de vivir demasiadas horas del día en el terreno de la deshonestidad. Trabajar en lo  que no me gustaban para comprar cosas que no necesitaba, sólo hacía que confirmar mi estado de baja autoestima y lo único que lograba era avivar aún más mi caos emocional. A menudo, me sorprendía obedeciendo a jefes crueles y déspotas. No quería que aquellos exitosos hombres de negocios me mirasen con decepción y poco a poco me acababa comportando de forma torpe. Entonces me miraban con condescendencia lo cual no deja de ser una forma de desprecio como otra cualquiera.

Si trabajaba en aquello que no me gustaba, sentía que me marchitaba, pero si dejaba los trabajos para hacer lo que me hacía feliz, sufría de ansiedad. Un profundo sentimiento de culpa me perseguía allá donde iba. Daba igual que fuera a sentarme al sofá del comedor o que huyera en  moto a Mongolia o África, el superyó me encontraba allá donde estuviera. Pensándolo bien, no era normal la forma de viajar que había llevado hasta ahora. De prisa, siempre deprisa. Nunca era capaz de quedarme en un sitio sintiéndome libre. Siempre me invadían los nervios y éstos se acababan traduciendo en una absurda e inventada necesidad de avanzar. Daba igual que viajase sólo o acompañado, cerca o lejos, al final volvía la sensación de que no podía relajarme y hacer puramente lo que me diera la gana. No había manera de encontrar la verdadera paz interior. Me sentía como un adolescente que decide relajarse en casa, pero pendiente de quien pueda entrar y me recordase que debería estar trabajando duro o estudiando. Al final había interiorizado tanto los antiguos valores, que ahora me era muy difícil desprenderme de ellos. Incluso empecé a pensar en el título de mi primer libro: “No le digas a la mama que me he ido a Mongolia en moto”.  Al principio me hacía gracia, ahora me parecía triste. Que no se enteren de que estoy siendo feliz, no sea que me riñan. ¿Hasta cuándo pensaba seguir viviendo de forma reprimida?

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Pasé tres años de riguroso psicoanálisis. Estaba decidido a enfrentarme a ese sentimiento que me impedía despegar de una vez por todas.  ¿Porqué pasaban los años y ante el deseo me sentía nervioso? ¿Por qué sentía vergüenza al expresar en público mis inseguridades? ¿Por qué todavía tenía pesadillas en las que aparecían ratas? ¿Por qué me seguía autoproclamando profesor aún sin haber trabajado en el aula más de tres meses en toda mi vida? ¿Por qué, por ende, me resistía a abandonar el colegio? Me sentía perdido en mi particular laberinto existencial y el minotauro de la culpa me perseguía en una carrera infinita. O mejor aún, era como una especie de Dr. Jekill y Mr. Hide. El reprimido y el osado en constante enfrentamiento.

– He decidido que ya no quiero ser profesor –dije aún con la boca pequeña a mi psicoanalista.

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-Ah! ¿Por fin te has decidido a abandonar el colegio?

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-No empieces con tus preguntitas metafóricas por favor.

-¿Desde cuándo querías ser profesor?

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-No lo recuerdo. De hecho ya tengo más de 45 años y hasta ahora sólo he estado en un aula tres meses de mi vida, fue horrible. Lo demás han sido clases particulares o monitor de natación. Y siempre he odiado hacerlo. Siempre mirando el reloj deseando que las horas pasasen rápido. Otra forma de maltratarme. Ojalá no fuera tan inquieto, así sería más fácil tener una vida normal.

-Claro, y así estarías más cómodo. En lugar de escoger, prefieres obedecer. ¿Hasta cuándo vas a seguir ocultando tu verdadero deseo? ¿Hasta cuándo vas a seguir escondido?

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-¿Qué quieres decir? Ya he publicado dos libros y se han vendido unos 5 mil ejemplares. No está tan mal, ¿no? –dije con la boca pequeña.

-Son cincuenta mil los que deberías vender, Ricardo. ¡Que no te enteras! –aquel psicoanalista a veces era directo y apasionado en su discurso.

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-Creo que tengo dificultades en interiorizar y entender la esencia de lo que dices.

-No es que no lo entiendas, más bien es que te resistes a entender.

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-Mi deseo es dejarlo todo y viajar en un sidecar. Hace años que me persigue esa idea.

-¿Y hasta cuándo piensas seguir huyendo?

-No lo sé, espero que no mucho más.

-Y, ¿Qué beneficio te proporciona no cumplir tu deseo? –preguntó de nuevo.

-De momento ninguno.

-Ni te lo proporcionará. Moverte por el mundo haciendo lo que los demás esperan de ti nunca te ha llevado a nada –sentenció.

Con este diálogo en mente salí de una de mis últimas sesiones. Por fin el discurso de la vieja escuela se iba desmoronando. Las sesiones de psicoanálisis daban sus frutos. Fue así como  decidí dejar de seguir cavando a la búsqueda de algo que a buen seguro no quería encontrar. Ahora dirigía mis pensamientos principalmente hacia mí deseo: Viajar en un sidecar sintiéndome feliz, sin pensar en nada más y dejando atrás aquellos sentimientos que de una forma u otra, por muy sutil que fuera, estuvieran relacionados con la culpa. Había decidido, por fin, dejar de traicionarme.

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Aquel invierno mantuve reuniones con diferentes marcas, asegurándoles que si me apoyaban en la compra de un sidecar y en un viaje con éste por el mundo, su imagen sería vista por millones de personas. No logré convencer a casi nadie. De hecho lo máximo que logré fue caerle en gracia a una señora dueña de una agencia de publicidad que me prometió que iríamos a comer con un par de importantes ejecutivos de unas empresas punteras, pero justo esas semanas el coronavirus alcanzó su punto más álgido y nos confinaron a todos. Mi esperanza de despertar interés en alguien poderoso se vino abajo.

Por aquel entonces oficialmente vivía en casa de un amigo, pero lo cierto es que pasaba la mayor parte del tiempo en un local que había alquilado y en el que había instalado desde un escritorio hasta una cama para poder quedarme a dormir. Afortunadamente no estaba sólo, desde hacía un año había formalizado mi relación con Liliana, una chica estadounidense 23 años más joven que yo. Desde el primer día que nos conocimos nos gustamos. La complicidad era muy alta. Teníamos un sentido del humor muy parecido y Liliana escuchaba mis proyectos y aceptaba mis propuestas con ilusión lo que me hacía relajarme y disfrutar de mi personaje. Ya no tenía que defenderme o mejor dicho, por fin estaba ante alguien que me invitaba a ser yo mismo.

Liliana había sido la aupair de mi sobrina de 11 años. Había venido dos años antes desde Nueva York para vivir la experiencia de trabajar en Europa durante unos meses. Nos enamoramos y aunque en un principio regresó a su país para ir a la universidad, en Navidades regresó a Barcelona y consolidamos aún más nuestra relación. Unos meses más tarde, en Semana Santa, saltaron las alarmas por la pandemia del Corona Virus y fue entonces cuando vino a Barcelona y decidió quedarse. Ya no quería volver.

Pasábamos las horas en el local, escuchábamos el ruido de las tuberías y los desagües de los vecinos. Algunos de ellos protestaron acusándonos de estar viviendo de forma ilegal, sobrevivimos a invasiones de cucarachas y hormigas, también a varias inspecciones de las autoridades pero nada nos importaba. Finalmente todos dejaron de molestarnos.

Mientras Liliana estudiaba a distancia, yo seguía insistiendo en la idea del sidecar. No paraba de llamar y enviar proyectos a diferentes empresas pero o no me contestaban o banalizaban mi idea.

-¿De qué me sirve que yo te pague todo ese dinero? ¿Esto a mi qué me va a reportar? ¿Para qué quiero que vaya alguien por los desiertos del mundo con un sidecar pintado con los colores de mi marca?

Pero yo no me rendía y para mí la idea era muy buena. Si en publicidad se buscaban impactos visuales estaba convencido de que todos se quedarían embobados al ver el sidecar cargado de maletas dando la vuelta al mundo.

Llegó un momento en que me incomodaba explicar en público mis osadas intenciones, pues casi siempre recibía respuestas tan desalentadoras como castradoras:

-Deberías pedir menos dinero.

-Eso que tú quieres es muy difícil.

-¿Por qué no empiezas con algo más pequeño? No sé, algo como más local. ¿Tal vez una ruta por España?

A veces escuchaba que para las grandes marcas lo que yo pretendía no supondría ningún problema, pero lo cierto era que por un motivo u otro no lo estaba logrando. Me desesperé tanto que empecé a pensar que estaba dispuesto a mentir y robar si fuese necesario. Lo que fuera por tal de viajar, esta vez sin billete de vuelta.

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Entonces dejé de ver a amigos, conocidos o familiares pues aunque necesitaba su apoyo no quería que me desalentaran. No aceptaba que especulasen con lo negativo previniéndome de malas noticias. Entendí que lo que yo quería hacer era visto como un escándalo y lo mejor que podía hacer era dejar de buscar la complicidad de los demás.

Incluso un día me llamó por teléfono un chico que había sido Guardia Urbano en la ciudad de Barcelona. Le habían contado mi historia. Me dijo que era un experto en pasar procesos de selección de personal y oposiciones, y que sobretodo se le daban muy bien las últimas entrevistas, esas en las que un grupo de retorcidos psicólogos intentan que los candidatos entren en contradicciones. Las pasaba todas. Me sugirió que me podría ayudar a preparar mi forma de exponer, que analizaría mis gestos y mi vocabulario. Acepté encantado, vino a casa y estuvimos un rato intentando mejorar mis formas pero al final acabamos bebiendo vino y riéndonos de la situación.

Tampoco obtuve consejos extraordinarios ni fórmulas magistrales de un profesor de marketing de la Universidad de Barcelona. Cuando me escuchó, su primera respuesta fue reducir las pretensiones económicas y la duración del viaje ya que él no creía en campañas de marketing demasiado largas. Finalmente me recomendó buscar pequeños colaboradores, pero en este caso era yo quien no lo veía claro. Ya estaba cansado de ir pidiendo cosas a los demás y que me mirasen con cara de desconfianza. Así fue como aquel día al llegar a casa le propuse a Liliana que se implicase conmigo en todo este proyecto, que tradujésemos mis libros al inglés,  que los publicásemos por cuenta propia y que nos arregláramos con la mitad del presupuesto que tenía pensado. Lo cierto es que tenía muchos motivos para tomar esa decisión. El proyecto del sidecar era muy ambicioso y difícil de llevar a cabo sólo por mí mismo, necesitaba ayuda de todo tipo. A veces me imaginaba emprendiendo el viaje sólo y la imagen de separarnos me parecía triste. Así que le planteé un viaje por América en sidecar durante un mínimo de un año. ¿Puede haber algo más romántico? ¿Cómo iba a dejar a Liliana sin vivir una experiencia así? Además era una compañera de viaje excelente, que lejos de amedrentarse casi siempre se mostraba feliz ante mis propuestas. Esta vez me pidió que le dejase unos días para acabar de tomar la decisión, pero lo cierto es que no le costó mucho dar el paso y en un par de semanas ya estábamos trabajando juntos. Decidimos que apostaríamos los pocos ahorros que teníamos. Iríamos costase lo que costase. Crearíamos nuestra propia editorial y en lugar de pintar el sidecar con los colores de otra marca, lo haríamos con los títulos de mis libros y de ideas que surgiesen en un futuro.

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Ya estábamos en marcha y  con los preparativos volvía a tener aquella sensación de que el viaje había empezado. Esta vez estaba decidido a hacer algo diferente. No quería que nos moviésemos por el continente americano siguiendo sólo fotos de paisajes espectaculares e incluso rutas y destinos recomendados por otros viajeros. Estaba decidido a saciar otras inquietudes. Quería visitar lugares sobre los que había leído en algunos libros o que había visto en películas que me habían marcado.

Por ejemplo para  América del Norte, surgió una lista de hoteles de visita obligada: En Nueva York quería ir a ver el Hotel donde se rodó la película La Semilla del Diablo y el Hotel Theresa cuyo dueño se ofreció en dar alojamiento a Fidel Castro durante unas de sus visitas a EEUU en plena Guerra Fría. También me llamaba mucho la atención el Hotel Overlook en cuyos exteriores se rodó la película El Resplandor.

Cuanto más investigaba, más puntos interesantes encontraba en el mapa. Desde la ciudad donde se rodó la película de Los Goonies hasta el lugar donde mataron a Billy el niño en pleno desierto en estado de Nuevo Méjico. Todo eso sin tener en cuenta carreteras famosas, parques naturales, exposiciones de arte, concentraciones de motoristas y un largo etcétera.

Para Sudamérica pasaba lo mismo y de entrada había tres personajes que desde pequeño me llamaron la atención. El primero era Henri Charriere, también conocido como Papillon, un francés que en los años 30 fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad por un crimen que no había cometido. Desde Francia fue enviado a la Guayana Francesa, concretamente a las Islas de la Salvación. Su historia fue llevada al cine y Steve McQueen interpretó de manera magistral algunas de las aventuras de Papillon antes de lograr escapar definitivamente para convertirse en un hombre libre. Papillon vivió tantas aventuras que fue imposible concentrarlas todas en una sola película. Afortunadamente él mismo escribió un libro en el que sí se narran todas ellas con más detalle. Ahora estaba decidido a ir a visitar las Islas de La Salvación, a 40 kilómetros de la costa de la Guayana Francesa. También quería ir a visitar un punto del mapa en Colombia donde éste había convivido un tiempo con unos indios y donde supuestamente había dejado en cinta a dos hermanas con las que había formalizado su relación. Quién sabe si tal vez podría conocer a sus descendientes.

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En otro episodio de sus fugas fue ayudado por unos leprosos que vivían en una isla, ésa también se había convertido para mí en visita obligada. Había visto la película infinidad de veces y aunque ahora estaba leyendo el libro por tercera vez, en ocasiones era tan intenso y emocionante que tenía que renunciar a leerlo por las noches pues en lugar de relajarme, acababa tan estresado que después me era imposible conciliar el sueño.

El siguiente personaje que me llamaba tanto la atención como para querer ir a visitar los lugares por donde había pasado era Ernesto Che Guevara. Aunque no me considero comunista, había sitios que aparecían en la película Diarios de Motocicleta y en sus libros de viajes, que simplemente quería ir a verlos. Casualmente se trataba de otra isla de leprosos, aunque en este caso eran dos, la real y la que usaron en la película como escenario. La primera está medio abandonada y ocupada por gente pobre. La segunda se encuentra en buen estado de conservación y en ella han construido un complejo turístico.

Por supuesto que también quería ir a La Higuera un pequeño pueblo situado en las montañas de Bolivia donde acabaron con su vida. Había visto videos de otros motoristas viajeros que habían llegado hasta allí siguiendo una difícil ruta y me preguntaba si Liliana y yo con el sidecar  seríamos capaces de lograrlo. De hecho, al parecer hay unas cuevas donde El Che se escondía con su ejército de guerrilleros, pero incluso para los locales éstas son bastante difíciles de encontrar.

Otra historia que me tenía atrapado desde que la leí era la del avión de los uruguayos. El caso es que en 1972 un avión en el que viajaba un equipo de rugby con sus acompañantes, sufrió un accidente en la Cordillera de Los Andes. En el libro titulado ¡Viven!, la tragedia de Los Andes, su autor narra el relato de esta historia de supervivencia. Actualmente se puede ir a visitar el llamado “Valle de las Lágrimas” donde aún se pueden ver los restos del avión. Tenía intención de llegar hasta allí, de hecho también quería ir hasta la casa de los primeros campesinos que vieron con vida a Nando Parrado y Roberto Canesa dos de los supervivientes que desesperados y jugándose la vida habían decidido ir a buscar ayuda.

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Viéndome cómo buscaba información sobre estas escabrosas historias, pensé que tal vez estaba tratando de encontrar el modo de escapar de mi vida anterior como Papillon. A lo mejor me sentía identificado con el Che antes de empezar su viaje por Sudamérica  y yo también quería ver mundo y estar con la gente local.

Sobre el modelo de moto, puedo decir que desde que empecé a viajar en moto, siempre me sentí atraído por los sidecars, pero las eternas dificultades económicas y la falta de espacio hicieron que descartase esa idea. Fue con la aparición de Youtube cuando descubrí las motos URAL, pero al ser los inicios de este canal, veía los mismos vídeos una y otra vez. De hecho me enamoré tan apasionadamente de estos modelos, que averigüé dónde estaba la fábrica y 15 años más tarde fui a visitarla dos veranos seguidos. Se encontraba en Irbit, un pueblo a 100kms de Ekaterimburgo en plena Siberia. Sin embargo, por muy románticas que pareciesen, la mayor parte de los comentarios sobre estas motos solían ser negativos. Todos hablaban de los frecuentes y graves problemas de mecánica que sufrían. Leí historias sobre averías de todo tipo, desde que el motor se calentaba tanto que habían llegado a soldarse los cilindros con los pistones, hasta cardanes literalmente desintegrados. Pero yo estaba tan enamorado que me daba igual lo que la gente dijera y ya empezaba a visualizar una lista de recambios que pensaba llevar: discos de embrague, pistones, juntas y pegamentos.

Me costaría unos cuantos meses más aceptar que viajar con aquella moto rusa no era una buena idea. Creo que me acabé de decidir el día que vi un video de un motorista que viajaba por Estados Unidos con una de ellas. Aquel viajero estaba tan cansado de sufrir averías, que en un arrebato de justicia urbana se presentó en un desguace y pidió que machacaran su moto con sidecar incluido. Por supuesto que a los trabajadores americanos les pareció una gran idea acabar con una moto rusa, así que dejaron todo lo que estaban haciendo y la destrozaron en un santiamén. Por último le pegaron fuego al amasijo de hierros restante. Fue así como fui desamorándome de las motos rusas y empecé a buscar anuncios de motos japonesas con sidecar en los EEUU.

Viajar, conocer, investigar y aprender. En cualquier caso este viaje ya había empezado y ahora lo que más sentíamos era un deseo irrefrenable de partir cuanto antes.

ALGUNOS DATOS

Modelo de moto: Yamaha Road Star 1600

Año: 2001

Coste: 4.500 dólares.

Equipamiento: Chaquetas Garibaldi Heritage.

Pantalones y guantes: Outletmoto Barcelona.

Cascos: Givi y LS2.

Fecha de inicio del viaje: 5 de diciembre del 2021.

Fecha prevista de finalización: Desconocida.

Lugar de inicio del viaje: Fulton, Estado de Nueva York.

Lugar de finalización del viaje: Desconocido.

Sponsors: Venta de libros y colaboraciones en Solo Moto.

 

PRINCIPALES FORMAS DE ALOJAMIENTO

Puesto que los hoteles en EUA rondan los 100 euros la noche, principalmente estamos utilizando ‘Bunk a Biker’ y ‘AdvRider’, dos grupos donde los moteros locales ofrecen sus casas a otros moteros viajeros. Para nosotros es la mejor forma de conocer la realidad de los americanos y estar en contacto con ellos aunque a veces ya nos hemos visto en situaciones al límite del reglamento.

 

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