Operación Ararat (7ª parte): Última parada, Armenia
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Operación Ararat (7ª parte): Última parada, Armenia

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Parece el fin del mundo, aunque no lo es. Va mucho más allá. La sensación que siento es como la de estar recorriendo el mismísimo fin de la historia.

La frontera aparece al fondo entre la cortina de agua y niebla. Un cobertizo destartalado con unos policías ateridos. La tierra de nadie no está asfaltada. Encuentro enormes y profundas bañeras de agua y barro en las que se sumergen los camiones para luego emerger trabajosamente, resoplando y completamente enlodados. Mi Gor­da tiene que bucear para salir a respirar a la superficie y volver a zambullirse.

Desde la visera empañada de mi casco veo que están construyendo modernas instalaciones a los lados. Quizá sean futu­ros Duty Free, brillantes supermercados y lujosas tiendas libres de impuestos, pero por ahora esta aduana es un lodazal inmundo cuyo grado de insalubridad y abandono me deja absolutamente perplejo.

La ruta que nos lleva al interior de Armenia es alucinógena por los baches, el fango y los charcos. Aparece una aldea. Y un montón de gente salida de la película Los Santos Inocentes. Gente vestida de pana, sin dientes, fumando picadura, acompañados de ovejas, gallinas, y mulas. Pero todos son sorprendentemente simpáticos. Saludan y estrechan mi mano. Me encanta esta clase de países.

El cielo se despeja algo y puedo ver al fondo el perfil de las mon­tañas nevadas. El horizonte de repente se hace mágico, esplendo­roso, prometedor. Me lanzo a por él atravesando una tundra gélida, magnífica en su inmensidad. Ante mí se extiende un brillo dorado que el atardecer talla en la humedad de los páramos. Los pueblos, los campos, incluso las gentes me sorprenden. La vía sigue siendo una mierda pero el escenario me entusiasma. El sol intenta romper la capa de nubes y, aunque está atardeciendo, dispongo de una luz más nítida, más clara, la mejor de todo el día.

Me alegra mucho estar en Armenia. Es mi único país nuevo en toda la ruta realizada. El hecho de que Armenia tenga casi todas sus fronteras cerradas hace que no sea país de tránsito y que para visitarlo tengas que venir expresamente a él, y hasta ahora no había encontrado ocasión. En realidad, haber montado Operación Ararat ha sido solo una excusa para conocer este país.

Las carreteras armenias son infames y sus conductores, homicidas. Me habían advertido de que conducían mal. Lo tomé por exagera­ción. He conocido muchos países donde la gente conduce realmente mal y pensé que sería algo parecido a como conducen en Turquía o en Bosnia. Me equivoqué. Aquí conducen mucho peor. Los ade­lantamientos son espeluznantes. La velocidad es completamente inadecuada a la vía. Además, no he visto una sola moto. Ni grande ni pequeña. La mía es un objeto anómalo a la que adelantan a muy poca distancia, casi rozándome. Tras mis primeros kilómetros en el país, coloco a Armenia en segundo lugar tras India en demencia circulatoria.

He entrado en un auténtico territorio comanche y se nota, se respira en cada mirada, en cada gesto de la gente. No se fían. Este territorio no es Europa y los armenios no se miran en el espejo de Europa. Esto no es como Georgia, Armenia está todavía más atrasada y además parece conforme con ello. Su verdadero espejo es Rusia, la gran madre Rusia, poderosa matriarca que protege con sus tropas el pequeño país y es la que al final mantiene la independencia de facto del enclave armenio de Nagorno Karabaj.

Yereván
 

El más representativo espejo de Armenia es Yereván, la capital vigilada por el inmenso monte Ararat. Una ciudad monstruosa que probablemente hacinará a 1/3 de toda la población del país. Las capitales de las ex repúblicas socialistas han crecido diabólica y apresuradamente para acoger el éxodo de un campo miserable y sin oportunidades. Es el fenómeno de monstruosidad urbana que sucede en todo el tercer mundo: las ciudades se hacen mastodónticas, desco­munales, gigantescas, rodeadas de barrios de chabolas e infraviviendas. La gente escapa del campo, donde no pueden conseguir dinero y tratan de alcanzar un mínimo modo de vida en las urbes, aunque les suponga entrar a formar parte del lumpen, la marginación y la miseria.

Las capitales africanas, por ejemplo, se han hipertrofiado brutalmente en los últimos años con millones de campesinos sin tierra ni esperanza. Lo mismo está sucediendo en los países surgidos de la desintegración de la URSS. Antes había otras ciudades en todo el país en las que po­dría probarse suerte, ahora cada ex república solo tiene una capital que detrae a un campesinado sin esperanzas y crece, crece y crece amorfa y enfermiza. Lo vemos en nuestro viaje, la gente vende directamente los productos agrícolas en pobres puestos a pie de calzada. Para ellos tener acceso a la carretera principal es tener acceso a algo de dinero, a la vida. De lo contrario, en las comunidades campesinas del interior, sin asfalto, sin bancos, sin trabajo… ¿de qué vive la gente? Comen lo que cultivan, pero ¿qué dinero pueden conseguir?

La periferia de la capital es un asco. Comienza mucho antes de estar oficialmente en la ciudad. Se anuncia con la congestión, con el tráfico espeso, las obras y la pobreza, esa pobreza triste que solo sufren los pobres urbanos. Un campesino a caballo o en un carro no resulta mise­rable, aunque no tenga nada. Sin embargo, un hombre de ciudad que ca­mina o pedalea en una bicicleta oxidada es el vivo ejemplo de la miseria.

Al fondo de una larga y recta autopista descuellan los brillantes ras­cacielos. Y todos en manada vamos hacia la gran urbe. Las barriadas periféricas ofrecen esa decadencia soviética de colmenas apiñadas, pe­queños balcones, ropa tendida, fachadas grises, pero cuando llegamos al centro, situado dentro de lo que llaman Parque Circular, el escenario urbano resulta impresionante, monumental, absolutamente soviético. Un derroche urbanístico para acobardar, para demostrar poderío y poten­cia. Edificios emblemáticos, enormes, relucientes. La ovalada plaza de la República tiene un diámetro de por lo menos 500 metros.

Me fijo en que hay mucha policía y cada coche patrulla tiene otro coche civil parado. Eso es muy mala señal, indica corrupción. Indica que los agentes dan el alto indiscriminadamente para pedir la documen­tación y encontrar faltas que justifiquen un pago directo a su bolsillo. En las ciudades donde la policía no es corrupta, los agentes no están siempre dando al alto a los ciudadanos. Me acuerdo ahora con preo­cupación de que no llevamos seguro porque me negué a pagar otra gabela en la frontera. Si me paran y me lo piden, tendré que apoquinar.

El mejor brandi del mundo
 

Voy a la fábrica de brandi Ararat, donde aseguran que se producía el que consumía Churchill, a razón de una botella diaria. Esta fábrica era antes estatal y por supuesto monopolista. Hoy pertenece a un ciuda­dano ruso y es un auténtico oligopolio, ya que produce más brandi que todas las demás fábricas juntas.

Este licor es muy popular en Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Allí lo llaman coñac sin rubor alguno, a pesar de que tal nombre comercial solo puede ser usado por licores producidos en la región francesa de Cognac. Pero para los rusos eso son paparruchas. Ellos invocan que en 1900 esta fá­brica se ganó el derecho a llamarlo coñac en la Exhibición Internacional de París, donde se impuso en una cata ciega a coñacs auténticamente franceses. Sea como fuere, la República de Armenia tiene una denomi­nación de origen muy estricta y regulada para el Armenian Cognac, del que la fábrica donde me encuentro es el mayor productor y vende más de siete millones de botellas al año en más de 45 países.

En la conferencia de Yalta, tras la 2ª Guerra Mundial, se cuenta que Stalin le ofreció una copa de brandi Dvin a sir Winston Churchill y que le gustó tanto que se comprometió a enviarle cuanto quisiera. O sea, unas 400 botellas al año. Aseguran que bebía una diaria.

Lo curioso es que la historia tiene un peculiar colofón: habiendo no­tado Churchill un cambio en el sabor de su licor favorito, se quejó a Stalin y este averiguó que Mark Setragian, el experto en la elaboración de brandi, había sido deportado a Siberia. Ordenó que lo devolvieran de inmediato a su anterior puesto en la fábrica.

Roma en Asia
 

El templo de Garni es una reconstrucción soviética terminada en 1975, pues el original fue destruido por un terremoto en el siglo XVII. El pequeño conjunto monumental es bonito y supone una novedad pai­sajística. Lo contemplo admirado. Una explanada de losas grises lleva hasta una edificación de unos 30 metros de alto. Una fachada triangular es sustentada por seis lisas columnas. Resulta increíble que los roma­nos llegaran tan lejos en su expansión.

Es el edificio mejor conocido y conservado de la era precristiana de Armenia y su único recuerdo de la época romana. Hasta aquí alcanzó el poder de las legiones. El general Lúculo invadió Armenia en el año 1969 antes de Cristo. Más allá Roma tuvo que reconocer la hegemonía de los persas. Este templo, preci­samente, lo erigió Tiridiates I, primer rey de Armenia, entronizado por Nerón para calmar el conflicto entre ambos imperios. A partir de ese momento, los reyes armenios serían príncipes persas pero necesitarían el consentimiento de Roma para reinar.

El lugar es espectacular, con las montañas caucásicas haciendo fon­do de escenario. Apenas hay turistas aquí. Algunos rusos y armenios que parecen un poco despistados. He tenido mucha suerte y coincide mi llegada con una sesión de fotos de una modelo amateur. No es que la chica sea muy guapa, sin embargo, tiene buen tipo y su gaseoso vestido de hetaira, flameando al viento con el templo de fondo, genera unas imágenes muy sugerentes.

Todavía tengo luz, así que salgo por la ruta que bordea una gargan­ta hasta un cercano monasterio de Terghe. Es otro de esos centena­rios templos cristianos que la UNESCO protege. Hay algunos pocos turistas y muchos más vendedores de unos alargados caramelos con nueces de producción casera. Son de muchos colores y parecen muy empalagosos. La afición oriental por el azúcar es algo que nunca deja de sorprenderme.

Entro en la sencilla iglesia de piedra. Las paredes impresionan por su desnudez. Apenas hay aire en el interior. Aire sagrado y milenario, aire viejo, ahíto de aroma a cirio y a devoción. La oscuridad apenas deja ver los velados rostros de los santos grabados en los iconos de color oro. El silencio es total, absoluto, trascendente. Armenia hace gala de ser el primer país que se reconoció oficialmente cristiano en el siglo IV. Antes incluso que el Imperio romano.

Imbuido de la mansa espiritualidad de este templo, me emociona pen­sar en los años de persecución que supuso el comunismo, en el cierre de iglesias, en el encarcelamiento de los sacerdotes. Tras setenta años de obligada clandestinidad, el culto ha revivido en cuanto desapareció la bota rusa. Hoy quedan en pie muy pocas cosas anteriores a la revo­lución, incluso Garni le debe su restauración, pero quedan las iglesias y queda la fe. Como si la dictadura del proletariado solo hubiera sido un suspiro en una historia que en Armenia se cuenta por milenios. 

 

No te pierdas los 6 capítulos anteriores de la Operación Ararat de Miquel Silvestre:

Capítulo 1: La Gorda

Capítulo 2: La tierra trémula

​Capítulo 3: Occidente oriental

Capítulo 4: La puerta de oriente

Capítulo 5: En el corazón de Turquía

Capítulo 6: Rumbo a Armenia

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