Operación Ararat (6ª parte): Rumbo a Armenia
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Operación Ararat (6ª parte): Rumbo a Armenia

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La autopista es de un suavísimo firme. Contrasta esta moderna infraestructura de país desarrollado con la ancestral anarquía de los burros y vacas cruzando libremente sobre el asfalto.

Me acompañan decenas de camiones con matrícula iraní. Viejos y humeantes, cargan gigantescas cisternas llenas de crudo. A pesar de las sanciones internacionales, estos TIR petroleros entran libremente en Turquía. Unos irán a las refinerías turcas y otros se dirigen a Georgia, mi destino.

El paisaje es bellísimo. Esto es pura taiga. Sin un árbol, sin gente. Los pueblos son pobres. Veo casas excavadas en la roca, pero están vacías. He visto algunas aldeas de viviendas nuevas, idénticas y construidas en serie, concedidas seguro por el Gobierno a los habitantes más miserables de esta miserable y abandonada región.

Desde mi posición veo el país vecino al otro lado de una profunda garganta donde se yerguen torres de vigilancia.

Al poco rato paso por Kars, donde se firmó el humillante tratado de cesión del Ararat que supone una vergüenza histórica para el pueblo armenio. En 1921 se celebró ante la nueva Gran Asamblea Nacional de Turquía (luego República de Turquía), nacida tras la desaparición del Imperio otomano, y las Repúblicas Socialistas de Georgia, Armenia y Azerbaiyán, que luego formarían parte de la URSS. En ese acuerdo se fijaron las fronteras actuales entre el comunismo bolchevique y el nacionalismo modernizador turco de Mustafá Kemal Attaturk, el victorioso oficial del sultán que apuntilló el caduco orden imperial otomano y fundó un estado oriental laico y de vocación occidentalista.

Entrando en la URSS

Lluvia. Lluvia. Lluvia. Temo que persista durante horas. La carretera asciende una montaña poblada de coníferas y el resbaladizo asfalto brilla de humedad. Al otro lado, ya se advierten los encrespados picos de Georgia, el maltratado país de casi 4 millones de habitantes que los romanos llamaron Iberia caucásica. Llegamos a la frontera. El lado turco se pasa sin problemas. La burocracia aduanera turca es siempre sencilla. La georgiana es otra historia. Aquí ya no cubre mi seguro, no imperan las normas sociales occidentales y esto es ya antigua Unión Soviética. El control de pasaporte y papeles de la moto está informatizado y no tarda más de cinco minutos. En Georgia están haciendo un tránsito decidido hacia Occidente y su administración pública intenta derogar los alambicados procedimientos soviéticos. Sin embargo, no lo consigue del todo, como compruebo cuando intento pasar al otro lado de la barrera.

Los aduaneros se toman su trabajo en serio. Me hacen llevar todo el equipaje al interior del edificio oficial. Lo revisan minuciosamente.

Y eso lleva tiempo. El funcionario es un tipo algo obtuso que no habla inglés. Examina cada pastilla, cada caja, cada bote de mi botiquín.

Detecto esa obcecación del funcionario soviético, siempre temeroso de que se cuele un espía, un contrabandista, un enemigo.

Las cosas no son nunca lo que parecen, les decían en las academias y escuelas. “Desconfiad, desconfiad de todo y de todos. Los traidores pueden ser vuestros amigos. Cada persona que viene de Occidente es el mal. Intentará engañaros. Intentará destruir nuestro país, nuestro sistema, nuestro pueblo”.

Georgia supone entrar en el territorio de la perfecta indefinición: ni Oriente ni Occidente. En tiempos griegos era la Colquis, famosa por el relato del Jasón y sus argonautas en busca del Vellocino de Oro.

Los romanos dibujaron una división entre la occidental Cólquida y la oriental Iberia, reinos que ya en el siglo iv reconocieron el Cristianismo, religión que mantendrían firmemente a pesar de verse rodeados de vecinos musulmanes, como persas, otomanos y mongoles, que los invadieron y sojuzgaron hasta casi aniquilar a los georgianos.

En el siglo xviii, los rusos se aprestaron a defenderlos de los persas, lo que supuso su anexión al imperio del zar. Tras la Revolución Bolchevique, Georgia vivió un corto sueño de independencia democrática de 1918 a 1921, año en la que fue invadida por el Ejército Rojo, incorporada la Unión Soviética y obligada a ceder territorio a todos sus vecinos: Turquía, Armenia, Azerbaiján y Rusia.

En 1991, tras el colapso de la URSS, declaró su independencia, pero la intervención prorrusa provocó una guerra civil que duró hasta 1995 con episodios de limpieza étnica de georgianos en Abjasia y Osetia del Sur. Rusia bombardeó Tiflis todavía en 2008 y la artillería solo cesó con la visita sorpresa a la capital georgiana de Nicolás Sarkozy, entonces mandatario francés, único personaje de relieve internacional que tuvo cojones para hacer algo ante la pasividad del mundo entero.

Kapucinski observó que los habitantes del Cáucaso tienen en la mente archivado un mapa distinto al que veríamos al examinar la cartografía clásica, muy diferente al que nos ofrece Google Maps. Es el mapa de la supervivencia, el de los amigos y los enemigos. Este los advierte de donde vive cada miembro de su tribu o clan y de donde viven los que pertenecen al contrario. “Ojo, que en esta casa vive un osetio, aquel es un pueblo abjacio, ese sendero lo controlan los checheno”. El Cáucaso es un mosaico de clanes, grupos, tribus, familias, y este fragmentado universo étnico solo lo entienden los que forman parte de él.

Para el perspicaz observador polaco, la región del Cáucaso es muy remota, inaccesible, montañosa y escarpada. Y a que está rodeada de países primitivos y feroces: Irán, Rusia y Turquía. “El contacto con el pensamiento liberal y democrático de Occidente era imposible”.

Seguimos nuestra ruta por un país sembrado de ruinas, como si estuviera convaleciente de una guerra. Los únicos edificios nuevos en todo el país son las comisarías y los cuarteles. Y también parecen nuevos los castillos medievales, completamente reconstruidos y restaurados. Georgia se mira en la edad media para rescatar su orgullo nacional castigado por los rusos.

La época en la que el país fue grande y poderoso fue en el siglo xii, en tiempos de la reina Tamar. Y desde entonces hasta hoy, a pesar de la decadencia, de las invasiones mongolas, persas y rusas, el georgiano recuerda con nostálgico orgullo aquella época mítica y a su querida reina, canonizada por la Iglesia Ortodoxa Apostólica Georgiana, poderosa institución renacida tras la caída del comunismo, que ha convencido a los georgianos de que su país fue elegido personalmente por la Virgen María para bendecirlo por encima de todos los demás.

El fin de la historia

Veo fábricas convertidas en escombreras, negocios miserables, gente fea y gris, seres humanos de aspecto antipático, hosco, malhumorado.

Ese malhumor ambiental se me contagia por culpa de la fealdad general y este húmedo clima inhóspito y desapacible. Cuando todo a tu alrededor es feo, tu humor empeora de modo inevitable, fatalmente. Contemplar fealdad te afea el alma, igual que contemplar belleza la embellece.

Es algo que los motoristas conocemos muy bien, pues nuestro cuerpo desprotegido forma parte del paisaje que recorremos sin una barrera que nos aísle. Cada estímulo visual, auditivo o aroma penetra en ti como el agua del río a través de un cedazo.

Es terrible lo que ha hecho aquí el comunismo, y también su caída. El nuevo capitalismo es soez y cruel, en eso estoy de acuerdo con los anticapitalistas, pero no se me olvida de quién es la responsabilidad última de lo que ocurre aquí: del socialismo soviético que en setenta años de infamia aniquiló la humanidad, la iniciativa y hasta la íntima libertad de pensamiento.

Lo he leído en Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn y también en el Imperio de Kapucinsky, y también lo he visto con mis propios ojos en Ucrania, en Rusia, en Kazajistán, Uzbekistán y Azerbaiyán. Países devastados socialmente, asolados por el feísmo industrial. Basta comparar el desarrollo socialmente amable que disfruta Turquía con esta decadencia atroz que no ofrece apenas esperanzas. En los años 50 y 60 posiblemente Turquía fuera un país más pobre y atrasado que la URSS. Los turcos partían desde más abajo, estaban fuera del Mercado Común y eran mirados con desconfianza por Europa. Turquía podría ser hoy un país tan pobre socialmente como Siria o Jordania. Y sin embargo, resulta todo lo contrario. Es una nación pujante.

El museo del asesino

Gori. Colmenas grises de infraviviendas, muros desconchados, pobre ropa tendida, esqueletos oxidados de coches abandonados, pandillas de jóvenes de cabeza rapada, hombres en camiseta de tirantes, botellas de vodka. Es como una película, pero yo estoy dentro de ella. En la almendra central de la población recorro una larga avenida llamada de Stalin, que lleva a una amplia plaza también llamada de Stalin. Y es que Stalin nació aquí. Por eso en Gori le siguen considerando una especie de hijo predilecto.

En un extremo de la plaza se encuentra el museo de Stalin. De piedra y mármol, la entrada es señorial y lo primero que encontramos es una tienda de merchandising de Stalin: camisetas, tazas, mecheros, chapas…

Para ver la exposición hay que subir unas dobles escalinatas de mármol blanco. En el rellano del primer piso ya encontramos una gran escultura del mismo mármol reluciente con un Stalin sereno y lleno de autoridad. Subiendo un poco más aparece un magnífico retrato al óleo de cuerpo entero que nos muestra un afable Stalin vestido de uniforme militar verde oliva, comandante supremo del Ejército Rojo que ayudó a crear, y luego a purgar. Y cuando entramos en la sala principal nos hallamos ante decenas, cientos de retratos de Stalin que nos observa desde todos los puntos cardinales.

En las primeras décadas del siglo xx, entre los marxistas existía una tendencia divinizadora, tendente a crear, sobre la base del marxismo leninismo, una religión proletaria pero sin Dios. Un Dios omnipotente y omnisciente, gracias a las delaciones, al espionaje y al control social absoluto. Ese credo lo asumió Stalin, que se colocó él mismo en el papel del más terrible y temible Dios. Y este museo es sin duda el último templo vivo consagrado a su culto.

Stalin, hijo único y cruelmente maltratado por un padre alcohólico, gobernó la Unión Soviética con mano de hierro desde 1929 hasta su muerte en 1953. Aupado por Lenin a un cargo político aparentemente hueco, fue maniobrando hasta hacerse con el poder absoluto. Lo usó como un depredador despiadado en busca de su supervivencia a toda costa. Deportó pueblos enteros y purgó a cualquiera del que sospechara desafección.

La exposición incluye el vagón de tren personal del dictador con sus aposentos personales, sobriamente principescos. Paseando por el interior, observando los delicados cueros y maderas con los que se regalaba Stalin, pienso en que hay algo en todo este sencillo lujo que me recuerda a Graceland, la mansión de Elvis Presley en Memphis. Él también tenía su propio y particular modo de transporte, aunque en su caso era un avión a reacción llamado Liza Marie, con las hebillas de los cinturones de seguridad hechas de oro macizo. Con dos cojones. Le comento a la guía georgiana este paralelismo y adopta expresión de no entender a qué carajo me puedo estar refiriendo al comparar al camarada Stalin con un rockero americano, aunque el hecho cierto es que al menos sí sabe quién fue Elvis Presley.

Algo es algo. No todo está perdido en Gori.

 

No te pierdas los 5 capítulos anteriores de la Operación Ararat de Miquel Silvestre:

Capítulo 1: La Gorda

Capítulo 2: La tierra trémula

​Capítulo 3: Occidente oriental

Capítulo 4: La puerta de oriente

Capítulo 5: En el corazón de Turquía

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