Operación Ararat (5ª parte): En el corazón de Turquía
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Operación Ararat (5ª parte): En el corazón de Turquía

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Según la leyenda, los habitantes de la Frigia buscaban un rey y consultaron el oráculo, y este le dijo que instituyeran rey al primero que entrara por la puerta del este con un cuervo sobre su carro. Resulta que el que entró fue un pobre hom­bre llamado Gordio. Su única posesión era un carro. Instituyeron rey a Gordio y ofrendó el carro al templo de Zeus y lo ató con un nudo muy complicado. La leyenda decía que quien desatara ese nudo se convertiría en el dueño de Asia. Cuando Alejandro Magno, el gran general macedonio, pasó por aquí le presentaron el nudo, y la solución que tomó fue directamente cortarlo con su espada y resolver así el problema. Con la sentencia tanto monta cortar como desatar. ¿Sabéis dónde se inscribió posteriormente este lema? En el escudo de Fernando el Católico.

Erzurum es la principal ciudad de Anatolia oriental. Era una po­blación de la Armenia antigua, pero ese reino se dividió entre el Imperio persa sasánido y el Imperio romano de Oriente a finales del siglo IV. Erzurum, llamada entonces Karin, pasó a manos ro­manas, quienes fortificaron la plaza y la llamaron Teodosiopolis en honor a Teodosio I.

A comienzos del siglo VIII fue conquistada por los árabes para el califato Omeya. En el siglo x, los bizantinos reconquistaron la plaza, expulsaron a los árabes. Repoblaron con griegos y arme­nios. Pero la ciudad ya no disfrutaría de paz en los siguientes siglos. Fue asediada, conquistada y reconquistada en sucesivas ocasiones por selyú­cidas, bizantinos, georgianos, otomanos y, a finales del XIX y comienzos del XX, por los ejércitos del zar de Rusia. Tras varias tomas por los rusos, pasó definitivamente a control turco en 1918 tras el tratado de Brest Litovsk. Quienes peor lo pasaron fueron los armenios. Se calcula que a comienzos del XX había 20.000, cuando los rusos entraron en 1916 no quedaban vivos más de un centenar. Así de movida y convulsa ha sido la historia de esta región lindante con el Cáucaso.

Todos estos sucesos tienen su reflejo en la ecléctica arquitectura his­tórica de Erzurum: las murallas bizantinas, las iglesias armenias converti­das en mezquitas, las suntuosas tumbas otomanas, la madrasa de doble minarete… La población tiene un impresionante casco histórico, aunque completamente degradado por el abandono, la pobreza de sus modernos habitantes y las obras de rehabilitación. La zona parece salir de una gue­rra, con solares sembrados de ruinas, basura y cascotes. Pero el resto de la ciudad es bastante moderno y presentable. Erzurum, situada a 1.700 metros sobre el nivel del mar, vivió su época de gloria con los Juegos Uni­versitarios de Invierno en 2011, evento internacional que todavía recuerdan descoloridos carteles, y vive volcada en su estación de esquí.

El arca
 

Es un largo viaje hasta Dogubaycit, distante más de 400 kilómetros. Hay tramos de todas las categorías, algunos realmente malos. También los pai­sajes comienzan a cambiar. Más agrestes, más salvajes y más montaño­sos, también más pobres y despoblados, más militarizados. Nos cruzamos numerosas tanquetas de la Gendarmería. Esta región es lo que el pueblo kurdo llama Kurdistán, la tierra de los kurdos, que se extendería por zonas limítrofes de Siria, Irán e Irak. Pero los turcos, sirios e iraníes niegan que exista tal territorio. Solo en Irak se ha creado una región autónoma llamada Kurdistán a consecuencia de la caída de Saddam Hussein.

Llegar aquí nos ha costado un mes de viaje. Este era uno de los destinos esenciales de Operación Ararat porque aquí fue donde tomé la fotografía que desencadenó la aventura. Pero el cielo no es justo y no premia mi esfuerzo. El monte que tanto buscamos está cubierto de nubes. Tendría que haberlo visto desde decenas de kilómetros de distancia, pero no he divisado nada a través de esta atmósfera glauca y espesa.

Esta estampa brumosa no es la que quería conseguir. La que buscaba era una parecida a la de aquella fotografía: la de un cono de roca viva, surcado de estrías musculosas y una copa nívea y limpia. Sin embargo, no se distingue la cima perpetuamente nevada, ni siquiera la misma montaña se puede adivinar en el horizonte, solo veo una base grisácea, fea, amorfa. Puede ser una montaña bíblica o un gigantesco montón de estiércol. El tiempo tiene visos de empeorar. La previsión que consulto por Internet advierte de que las lluvias persistirán varios días. No tengo varios días para estar aquí. Sé que tengo delante el Ararat, mas si no lo puedo filmar es como si no existiera.

Decido que al menos iremos a visitar el presunto Arca de Noé. He visto una señal que decía Nüh Ark a pie de carretera. Los turcos llaman así al navegante porque así está mencionado en el Corán, que también recoge la leyenda del diluvio y el arca. Tomo la desviación. La senda pasa delante de un cuartel y luego trepa a un monte convertida en enrevesado camino de cabras. Antes de coronarlo comienza a llover furiosamente. Desde una loma vemos completo el sitio arqueológico de Durupinar, lo que algunos dicen que es el arca petrificada. Imposible decir que eso sea un barco y es del todo punto imposible que allí cupiera una pareja de cada animal. Lo que no entiendo es que siendo científicamente falso que un barco pudiera contener una pareja de cada animal para asegurar su supervivencia, se siga insistien­do por algunos en que existió el arca y aterrizó tan lejos de ningún mar. Por espacio físico no cabían pero también es imposible que una sola pareja de procreadores permitiera sobrevivir una especie entera sin diversidad genéti­ca. La historia del arca es un cuento chino, eso es evidente para cualquiera.

Noé, enfadado
 

Salvo para algunos iluminados seguidores de Ron Wyatt, arqueólogo aficionado que dedicó su vida a localizar restos bíblicos tan dispares como las verdaderas Sodoma y Gomorra, el Arca de la Alianza, la Torre de Ba­bel y hasta la piedra que golpeó Moisés para hacer brotar agua. Y por supuesto, el barco de Noé y hasta las anclas que la sujetaban a la tierra sumergida por la cólera divina. Los científicos con títulos aburridos, de esos que expiden las universidades oficiales tras varios años de estudio, refutan los maravillosos hallazgos de Wyatt, muy celebrados por otro lado entre los fundamentalistas cristianos que afloran en Estados Unidos. Estos hallazgos son, sin embargo, aceptados por las autoridades turcas. Curioso pero comprensible desde un punto de vista estratégico.

Existen en el mundo dos posibles lugares según las fuentes sagradas cristianas y musulmanas para el aterrizaje del arca de Noé/Nüh. Uno es el Ararat y otro el Cudi, monte de 2.000 metros enclavado en una región turca próxima a la frontera de Siria, Turquía e Irak. Hacia ambos se han dirigido tradicionalmente los peregrinos y arqueólogos. Pero ambos montes son igualmente conflictivos geoestratégicamente y resulta molesto que pere­grinen a esas zonas peligrosas e inestables centenares de extranjeros cada año en busca del maldito barco de Noé. De modo que se puede considerar sumamente conveniente que en 1959 un aviador turco descubriera los restos petrificados de un barco precisamente aquí donde me encuentro, lugar que sigue respetando los textos sagrados pero no molesta a nadie.

Lo que yo veo desde la altura es una formación rocosa ovalada, como si fuera un establo gigante hecho de lajas de piedra. Eso es a la que Wyatt adjudicó el honor de ser restos fósiles del armazón náutico de Noé. Y aunque su forma es ciertamente curiosa, vagamente similar a un casco de barco, no parece bastante grande para una pareja de cada ser vivo en la Tierra. En cualquier caso, yo no me pronuncio sobre si es o no es el arca porque mi trabajo consiste solo en llegar hasta ella en moto, filmarla y contar su historia a los lectores.

La historia de un diluvio enviado por Dios y de un barco en el que un hombre elegido metiera una pareja de cada especie animal para empezar de nuevo la creación aparece en el Corán y en el Antiguo Testamento, pero también en muchas otras tradiciones que van desde los masai africanos hasta el poeta romano Ovidio, quien pudo tomarla de aquel. Sin embargo, lo curioso es que ya en el siglo xix se demostró que el texto bíblico lo había tomado a su vez de un relato muy anterior. Del babilónico poema del Gilgamesh, concretamente de su tablilla XI, descifrada en 1872 por un estudioso del museo británico. Posteriormente se supo que la fuente era incluso anterior al mencionado poema y que podría haberse apoyado en una gran inundación realmente acaecida al desbordarse los ríos Tigris y Éufrates unos 2.900 años antes de Cristo.

Desciendo hasta el presunto arca por los campos de los kurdos que ha­bitan la aldea. Los niños que me ven deciden acompañarme a todo correr. No hay un camino abierto, sino que circulo campo a través hasta el mismo muro oscuro que se supone fue casco de nao. Subo hasta un promontorio y se me ocurre proclamar a voz en cuello una atroz blasfemia.

—¡Soy Noé!

En ese mismo momento se desata un diluvio de viento y agua furiosas. Un vendaval que pretende tirarme al suelo. Miles de pequeñas agujas líquidas arañan mi rostro con rabia. Ha sido tan sorpresivo y violento el azote de la húmeda ventisca que me deja sin saber cómo reaccionar. No tengo donde esconderme sino detrás de mi propia moto.

No puedo quedarme bajo la lluvia contemplando el paisaje. Estoy tan confundido por la repentina tormenta que casi no puedo conducir. El firme se ha vuelto blando y resbaladizo. Las ruedas de la moto patinan. Estoy sobre la Gorda peleando contra la lluvia y el fango y bramo que lo voy a conseguir a pesar de la ira de Noé.

Cuando consigo salir a la carretera, estoy empapado y congelado. Es el castigo merecido por mi escepticismo, por haberme reído del venerable anciano hebreo que salvó a la creación de las terribles inundaciones que envió un Dios muy enfadado con nosotros por desviaciones morales y osadías como la que yo acabo de hacer. Sin embargo, algo hemos ganado desde entonces. En aquellos tiempos estuvimos al borde del apocalipsis total, hoy solo me he jugado un potente resfriado.

Ay, Ron Wyatt, reírse del Arca tampoco es hoy lo que era.
 

No te pierdas los 4 capítulos anteriores de la Operación Ararat de Miquel Silvestre:

Capítulo 1: La Gorda

Capítulo 2: La tierra trémula

​Capítulo 3: Occidente oriental

Capítulo 4: La puerta de oriente

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