Operación Ararat (4ª parte): La puerta de Oriente
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Operación Ararat (4ª parte): La puerta de Oriente

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Entramos en Turquía, lo que siempre supone una alegría y una gran emoción por cuanto supone penetrar en el Oriente oficial. A mí este país me apasiona. Me gusta su cultura, su gente, su geografía y su muy agitada historia. Turquía no fue siempre turca. De hecho, los turcos fueron lle­gando a la gran península de Anatolia desde Asia central al­rededor del siglo IX. Eran tribus nómadas de las estepas del Turkestán que se unieron a los ejércitos del califato abasí en su lucha por imponer el islam en el territorio dominado por el Imperio bizantino.

En el tira y afloja entre abasíes, bizantinos y mongoles, los turcos se hacen con un pequeño estado en Asia Menor que, a partir del xiv y bajo el gobierno de Osman I y su sucesor Orhan I, comienza una rápida expansión que acabó consolidando un gran imperio. Conquistaron Constantinopla y llegaron a amenazar la propia Europa al poner sitio a Viena en un par de ocasiones.

El Imperio otomano sucumbió por su propia corrupción al acabar la Primera Guerra Mundial, cuando el prestigioso general Kemal Attaturk (Padre de los Turcos) estableció la República de Turquía y asignó al Ejército la labor de velar por su carácter aconfesional. Desde entonces, el país se debate entre la tradición y la modernidad, que lo convierten en uno de los lugares más interesantes de conocer.

Ciudad de regreso
 

Estambul es donde siempre se vuelve. La ciudad del regreso. He veni­do en cuatro ocasiones y cada vez lo he hecho por un camino diferente. Siempre he permanecido más de una semana aun cuando planeaba quedarme menos tiempo. Es lo que llamo un agujero negro; uno de esos lugares en los que es tan fácil estar como difícil irse.

El viajero demora siempre un día más la partida. Este fenómeno también ocurre en Nueva York o Ciudad del Cabo. Igual que esas otras ciudades, Estambul es una república en sí misma, un país muy diferente a Turquía, como Nueva York no es Estados Unidos o Cape Town no es Sudáfrica. Estambul es un país maravilloso y complejo que huele a zumo de naranja recién exprimido, a basura, a azúcar derritiéndose, a caos circulatorio, a perfume de mujer, a incienso y a cerveza.

Podría quedarme aquí indefinidamente, callejeando, escuchando sus miles de voces, acentos y sonidos. Podría cruzar cien, mil veces de Europa a Asia. Siempre me parecería un territorio desconocido pero familiar al mismo tiempo, solar milenario en historia y eterno en futuro, una isla multiforme donde las minifaldas más sexys se alternan con los velos islámicos y donde unas chicas beben cerveza, fuman y otras van a las mezquitas a rezar. Estambul, patria de todos, hogar de extremismos religiosos y laicidad, solar propiedad exclusiva de nadie.

Estambul no tiene una sola historia sino muchas, es como el Alpeh de Borges, se multiplica en todos los puntos de vista posibles. Obligado a escoger una, me decanto por la de la Compañía Aragonesa, una tropa de unos 8.000 mercenarios almogávares creada a comienzos del XIV por el caudillo Roger de Flor, antiguo caballero templario en las cruzadas, que fue expulsado de la orden por irregularidades contables. En 1303 llegaron a Constantinopla reclamados por el emperador bizantino Andró­nico II Paleólogo. Su llegada irritó a Génova, gran potencia comercial y política en la zona. Roger de Flor cortó por lo sano en lo que se llamó “la masacre de los genoveses” y limpió la ciudad de 3.000 de ellos.

Roger de Flor combatió a los otomanos y liberó la importante ciudad de Filadelfia. Fue la suya una campaña feroz y sin cuartel, se llegó a decapitar a los capitanes bizantinos que habían rendido sus fortalezas a los turcos. Sus soldados, indisciplinados y terribles, asolaban todo a su paso y, aunque eran recibidos como libertadores, pronto se hacían odiosos por sus saqueos, pues eran peor que los turcos.

Tras dos años de victorias, el poder de Roger de Flor amenazaba al propio imperio. El hijo del emperador ordenó su asesinato. Las conse­cuencias de la celada fueron desatar la furia de los almogávares, quie­nes se hicieron fuertes en Tracia y Macedonia y desplegaron la llamada “venganza catalana”, cuyos efectos perdurarían en el imaginario popular griego hasta el punto de que los monjes del monte Athos, una especie de estado religioso independiente, prohibieron la entrada de catalanes has­ta el año 2000.

Los restos de la compañía tomaron los ducados de Atenas y Neopatria para la corona de Aragón, y allí establecieron un régimen feudal, hasta que fueron vencidos por la Compañía Navarra, que los mantuvo hasta la conquista definitiva por el Imperio otomano en la segunda mitad del siglo XV.

La Capadocia
 

Viajo hacia el este durante muchos kilómetros. A partir de Gërede nos desviamos al sur en un giro casi de 90 grados. El paisaje cambia. Más seco, más arenoso, más ocre, menos boscoso. Las horas pasan, los kilómetros se consumen en una autopista de tres carriles de buena fac­tura. Paro a tomar un café en una moderna estación de servicio grande donde venden de todo, aunque los servicios apestan de modo inhumano.

En Turquía se combinan así sus dos almas, la de país desarrollado y la de país en desarrollo. Yo amo esta contradicción. Turquía me parece el mejor país de los que he visitado, después de España, por supuesto. En Europa mantenemos una prepotencia absurda respecto a los turcos. Nos equivocamos, son honrados y trabajadores, crecen a velocidad de vérti­go, consiguen llevarse medio bien con todos sus problemáticos vecinos y, sobre todo, son absolutamente vitales para la seguridad y estabilidad de Europa. Si se desestabilizase Turquía, sería el fin de la paz en nuestro mundo occidental.

Dejamos a un lado la gran urbe de Ankara, la fea capital, que se despa­rrama en barrios periféricos por el páramo marrón. Es una ciudad imposi­ble. No hay un gran llano donde extender el urbanismo que su crecimiento desenfrenado necesita. Aquí solo hay altos montículos y hondas depresio­nes. Es una orografía irregular y jodida. Los edificios nuevos de muchos pisos de apartamentos parecen aterrizados aquí y allá, como lanzados desde helicópteros para aprovechar el poco espacio disponible.

Me sorprende la limpieza urbana en Turquía. Funcionan los servicios públicos y la gente se comporta con un civismo impensable en los países musulmanes. Los turcos no son árabes. No podemos confundirles con el resto de los habitantes de las naciones circundantes. Para muchos árabes, los turcos no son buenos musulmanes, son, por así decirlo, de­masiado flexibles.

Para mí, por el contrario, son un perfecto ejemplo de Entro en una iglesia subterránea. Observo que los frescos de las paredes están dañados voluntariamente. A todos los santos les han acuchillado el rostro para que no tengan facciones. Ni ojos, ni boca, ni nariz. Buscaban que no tuvieran humanidad. Este ataque deliberado pudo haber ocurrido en época otomana, con el advenimiento del islam, pero también podría haber ocurrido en la propia etapa bizantina, durante el período iconoclasta que prohibía la representación de seres humanos como contraria a Dios.

Muchas obras de arte bizantinas fueron destruidas durante ese período comprendido entre el 726 y el 843. El Imperio bizantino fue entonces desgarrado por luchas inter­nas, cuyo principal síntoma fue la iconoclastia, que en realidad escondía el enfrentamiento entre el poder terrenal y el religioso. Acabó asentándose la autoridad imperial, que a partir del siglo XI debió enfrentarse a un poderoso enemigo que venía del Este: los turcos selyúcidas. La capital del Imperio, Constantinopla, caería en 1453 y con ello se acabaría la Edad Media europea.

Después vamos a Orchisar. Se trata de una formación rocosa elevada que sirvió en tiempos de castillo. Una gran bandera roja turca cubre un lateral en­tero. Dicen que la fortaleza es romana, pero sin duda fue bizantina para luego ser turca. La otomanización de esta zona fue tardía, siglo XV, y la expulsión de los griegos por tanto ha sido reciente. ¿Qué son cinco siglos para la edad geológica del planeta? Nuestro paso es tan efímero que me parece una pre­sunción injustificable considerarnos dueños de ningún territorio.

Esto me hace pensar en lo inútiles que son a largo plazo los títulos de propiedad. ¿Dónde están los derechos de los hititas, propietarios originales de estas tierras? No queda nada de ellos ni tampoco de sus títulos. Y así sucesivamente. Quien se consideró amo de la Capadocia dejó de serlo para que vinieran otros que también se consideraron sus dueños.  

No te pierdas los 3 capítulos anteriores de la Operación Ararat de Miquel Silvestre:

Capítulo 1: La Gorda

Capítulo 2: La tierra trémula

​Capítulo 3: Occidente oriental

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