Operación Ararat (3ª parte): Occidente oriental…
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Operación Ararat (3ª parte): Occidente oriental…

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Enver Hoxha primero se alió con la Unión Soviética, luego la repudió para acercarse a China, con la que rompería des­pués. Estableció un órgano de propaganda internacional llamado Radio Tirana, con difusión en casi todo el mundo, y sumió el país en un delirio de pobreza, estalinismo y cerrazón al exterior que convirtió Albania en el país más pobre de Europa y también en el más surrealista.

Por todas partes se ve caos, suciedad, gallinas, puercos y perros sueltos. Se suceden las fábricas en ruinas, los puentes destruidos, la grisura y el óxido industrial de un paraíso socialista fracasado, pero también una naturaleza salvaje imposible de domeñar. Albania es uno de los países más pobres de Europa, solo por detrás de Moldavia en tan infame ranking. La ruta atraviesa unas montañas feraces, escarpadas y verdes. La carretera a veces es buena y a veces muy mala. Mucho tráfico, mucho coche lujoso, mucha moto pequeña, mucho peatón y mucha bicicleta.

Llama la atención la cantidad de gente joven que hay. Muchachos, niños, adolescentes. El albanés es un pueblo musulmán que se re­produce rápido. Hay mezquitas mas también iglesias. Los hombres pasean o toman café en las terrazas. No he oído todavía la llamada del muecín a la oración, ese lamento tan omnipresente en cualquier otro país mahometano.

Solo he visto un tipo con barba islámica y tres mujeres con pañuelo, e iban todos en el mismo vehículo. Parece que Albania por ahora se mantiene al mar­gen del integrismo que sí está penetrando en otros países de los Balcanes. Lo he visto en Kosovo y también en Bosnia. Sarajevo me sorprendió mucho por la proliferación de burkas y barbas que vi en el barrio musulmán.

La hostilidad del comunismo contra la religión y la destrucción de mezquitas e iglesias causó estragos aquí. Los albaneses parecen ser poco religiosos. Idolatran como héroe nacional a un luchador contra los otomanos, que fueron quienes les trajeron el islam. Las mujeres van descubiertas, muy ceñidas y bastante coquetas y, para terminar de dejar las cosas claras, se consume alcohol abiertamente.

Albania estaba bajo la influencia política y económica de Italia al comienzo de la 2ª Guerra Mundial. El rey Herzog I huyó en cuanto entraron las tropas italianas. Durante los primeros años de la guerra, el país se convirtió en refugio de los hebreos de naciones ocupadas. Las propias autoridades albanesas les entregaban documentos falsos. En 1943, los alemanes invadieron Albania y reclamaron la lista de los judíos residentes, más de 3.000 en aquel momento. Obtuvieron un no por respuesta. ¿Por qué lo hicieron? Los albaneses los llaman Bésa, un viejo código moral que les exige no ser indiferentes ante alguien que sufre o es perseguido.

Macedonia
 

Macedonia da la bienvenida con una vegetación exuberante a orillas del lago Orhid, la gran balsa de agua que hace frontera entre Albania y Macedonia. El lago es uno de los más antiguos del mundo y de los más profundos, con 288 metros de profundidad.

Y desde luego es de una gran belleza, pues está rodeado de altas mon­tañas y sus aguas son transparentes. Aunque esa nitidez es solo aparente. Declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco, sus frías aguas, antaño limpias, están sufriendo un grave proceso de contaminación debido a los residuos urbanos y pesticidas agrícolas.

Macedonia es un país étnicamente mixto. Gran parte de la población del oeste es de origen albanés, muchos de los cuales reclaman la secesión para formar la Gran Albania, que sería el territorio en el que hay mayoría de pobla­ción albanesa. Este país estuvo al borde de la guerra civil durante la guerra de Kosovo, al acoger 360.000 refugiados albaneses que alteraron el inestable equilibrio étnico.

En 1991 se independizaron de Yugoslavia sin guerra. Grecia impuso san­ciones económicas cuando se autodenominó República de Macedonia por considerar que usurpaba un nombre que le correspondía históricamente. Para evitar el castigo, el recién nacido estado lo cambió ante las instituciones in­ternacionales por el de Antigua República Yugoslava de Macedonia. Aunque, evidentemente, nadie la llama así.

Las casas están deterioradas, las fachadas de cemento de los grises blo­ques de vivienda parecen al borde del colapso, los viejos edificios oficiales es­tán abandonados, hay abundantes coches de la época yugoslava tiznados de óxido. Y sin embargo, veo a mucha gente feliz, satisfecha, despreocupada en sus quehaceres. Los ancianos están sanos, no supuran esa hostil infelicidad que tantas veces descubro en mi propia ciudad. A pesar de los problemas, estas sociedades de Europa oriental me resultan todavía humanas.

En Orhid está la iglesia ortodoxa donde en el siglo ix se inventó el alfabeto cirílico por los santos Cirilo y Metodio. Hoy ese alfabeto lo utilizan los serbios, búlgaros, bielorrusos, uzbecos, turkmenos, macedonios o rusos, y fue usado para difundir la biblia entre los pueblos eslavos.

Los eslavos son un pueblo de Europa oriental, originario de los montes Cárpatos, un gran sistema montañoso que forma un semicírculo de 1.600 kilómetros de largo y se extiende por los actuales países de Austria, Chequia, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Serbia y Hungría. De esta amplia re­gión se expandieron a partir del siglo VI los eslavos tras la caída del Imperio romano. Ocuparon los Balcanes y darían lugar a los serbios, macedonios, montenegrinos, croatas y búlgaros.

La cristianización de estos eslavos del sur a partir del siglo ix fue un asun­to político y el alfabeto cirílico su instrumento. Los paganos eslavos habían llegado a las fronteras del Imperio bizantino en gran número. El único modo de desactivar su amenaza era integrarlos, civilizarlos. Para ello se necesitaba cristianizarlos y alfabetizarlos en su propia lengua. Hoy la iglesia cristiana católica apostólica ortodoxa tiene 300 millones de fieles en todo el mundo y se extiende desde el extremo oriental de Rusia hasta la mediterránea isla de Chipre.

La última frontera
 

Grecia es considerado un país europeo cuando en el fondo es un país oriental. Geográficamente está muy alejado de Europa occidental. No tiene contigüidad con ningún país verdaderamente europeo. En tiempos del Telón de Acero todas sus fronteras tenían por vecinos a enemigos políticos de Occidente: Albania, Yugoslavia, Bulgaria y Turquía. Y sin embargo, se la con­sideró inmediatamente como socio de pleno derecho de la OTAN, del Mer­cado Común y luego de la Unión Europea. Con la excusa de que había sido el origen de la cultura grecolatina, Grecia podía ser utilizado como bastión militar, político y económico contra el comunismo. Vamos, la última frontera.

Esa interesada ilusión de antaño ha causado los graves problemas econó­micos de hogaño, porque los griegos no son europeos ni tienen su organizada mentalidad. Considerarlos siquiera cercanos culturalmente a los europeos del sur como españoles, portugueses e italianos es más la expresión de un de­seo que una realidad: los griegos son griegos y punto, y creo que eso es así porque aquí no ha habido catolicismo, reforma, contrarreforma y sobre todo porque han desconocido el Renacimiento y la Ilustración tras la Edad Media.

Aquí se mantuvo vivo el imperio Romano de Oriente hasta la invasión oto­mana en el siglo xv. Grecia pasó directamente del oscurantismo bizantino imperial al oscurantismo islámico sin solución de continuidad. No hubo ideas liberales. Los turcos convirtieron Grecia en un solar de expolio y arbitrariedad durante dos siglos hasta la intervención de las potencias europeas, que les consiguieron la independencia en 1828. En 1898, el nuevo estado griego ya estaba en bancarrota y aceptó las demandas de una autoridad financiera internacional para pagar sus deudas.

La ruta se accidenta en montañas y túneles. Ascendemos a los montes y la lluvia aumenta, es como una cortina, como una ducha. El traje amarillo impermeable acaba calando y me empapo completamente, aunque no puedo parar ni detenerme. No serviría de nada y acabaría incluso más mojado. Hay que seguir, apretar el culo, los dientes y seguir.

Una vez en la cima, comienza el descenso. Es vertiginoso y casi no veo debido a la niebla. Túneles y caída en picado. Intento ir despacio, controlar la marcha de la Gorda. Sueño con terminar esta pesadilla, con tomarme una cerveza y comer algo, con estar caliente y seco. Sueño con el paraíso, con dejar de conducir, con descansar, con no tener un accidente en este maldito y lluvioso monte griego.

No obstante, ese sueño parece lejano todavía. Casi inalcanzable. Estoy en mitad de unas montañas, se hace de noche, hay niebla y nadie puede ayudarme. Tampoco puedo ceder, renunciar, gritar que basta ya. No puedo hacer más que seguir conduciendo y soñar con el paraíso, con una cerveza y algo de comer.

Ninguna luz en el horizonte indica que haya un claro o una tregua en la lluvia. Ya no solo estoy cansado y frío. Estoy asustado. Paso miedo, tengo húmeda hasta la ropa interior y siento en los huesos la gelidez de este invier­no adelantado. La carretera es de curvas, mi faro apenas alumbra, la visera del casco está empañada, no veo nada y siento que puedo irme al suelo en cualquier viraje.

Tras el vaho de la pantalla del casco veo algunas luces titilantes a lo lejos. No es un espejismo, ni los faros de un coche. Son casas. ¡Por fin! Son ape­nas unas viviendas dispersas. No se trata de un pueblo de verdad, es tan solo una aldea. Pero hay restaurantes, gente con paraguas a quienes preguntar y la esperanza de encontrar un hotel. Los vecinos no hablan inglés pero nos dirigen a una casona que resulta ser el tan ansiado hotel.

Es el paraíso con el que soñaba. Descargo mis bártulos y apenas puedo cargar con ellos. Estoy entumecido. Hago un esfuerzo sobrehumano y subo las cosas por las escaleras. Entro en el dormitorio, me quito la ropa empa­pada, entro en el baño y abro el grifo. Milagro, sale caliente. Recupero la temperatura de un ser humano vivo con una ducha, me pongo ropa de civil seca y voy a cenar.

Apuro media botella de un largo trago. La cerveza está fría y reconfortante. La vida vuelve a mí. Al primer bocado de queso feta mi cansancio ha desa­parecido. Se me olvida todo el sufrimiento de apenas media hora atrás y ya soy feliz de nuevo, intensamente feliz. Creo que nunca he sido más feliz en mi vida. Así de sencillas son las cosas para el viajero en moto.

Ensalada griega
 

A orillas del Egeo descubro una cosa extraña. El paseo marítimo está lleno de terrazas con toldos, mesas y sillas de madera azul. No las recogen ni las atan. Largas hileras de mobiliario se despliegan sin nadie que las cuide ni proteja; nadie salvo la conciencia social de los propios vecinos. Es la decencia de un pueblo civilizado, aunque desorganizado, lo que mantiene esas sillas y mesas ahí. Y es que yo creo que hay una diferencia esencial entre pueblos civilizados y organizados.

Los pueblos latinos estamos civilizados, porque la civilización la trajo la ro­manización. Los pueblos nórdicos están muy organizados, pero no necesa­riamente civilizados.

Cuando los organizados alemanes entraron en Atenas durante la 2ª Guerra Mundial, comenzaron a aplicar la incivilizada e inhumana solución final con los judíos griegos. El entonces cónsul general de España, un joven Romero Radigales, decidió intervenir. Rescató un decreto de Primo de Rivera, pro­mulgado en 1924, por el que se concedía la nacionalidad española a los hebreos de origen sefardita. Romero Radigales consiguió liberar del campo de Bergen Belsen a 365 judíos, o incluso sacar in extremis a 150 más de un tren italiano ya en marcha.

Quien salva una vida, salva el universo. Es una frase del Talmud. El judaísmo inventó un término para los gentiles que se comportaban de modo recto: Justo entre las Naciones. Cuando se constituyó el Estado de Israel se recuperó ese título para distinguir a quienes dedicaron sus esfuerzos a salvar a los judíos de los campos de exterminio. La declaración conlleva el más alto honor civil israe­lí. El cine ha hecho famoso a uno de estos condecorados: Oskar Schindler.

Romero Radigales, nuestro hombre en Atenas, fue también declarado Justo entre las Naciones.

Para mí, Radigales era un hombre civilizado.

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