Operación Ararat (2ª parte): La tierra trémula
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Operación Ararat (2ª parte): La tierra trémula

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Rumbo a Mostar hay que seguir el fértil curso del Neretva, un caudaloso río que nace salvaje y frío en los Alpes Dináricos de Bosnia y muere cansado y caliente en el Adriático de Croacia. Los agricultores de la vega croata venden en el arcén los productos que cultivan en pequeñas huertas de árboles frutales.

Es esa economía de subsistencia que permite la carretera y que he visto en todo el planeta. La calzada, el mer­cado más grande del mundo desde el tiempo de los romanos. En las carreteras se vende la mejor fruta, la que da la tierra en cada región. En los países menos desarrollados, tener fácil acceso a una ruta principal significa sobrevivir.

En cuanto entro en Bosnia, veo una gran pintada en recuerdo de los muertos de la ciudad croata de Vukovar, una de las poblaciones más castigadas en la guerra. Allí se perpetraron terribles crímenes de guerra contra la población civil por el Ejército yugoslavo y las fuerzas paramilitares serbias. La guerra de Bosnia fue la más cruenta de todas las acontecidas tras la desintegración de Yugoslavia. Duró de 1992 a 1995. Costó cien mil muertos y un millón y medio de desplazados. Evidentemente, el recuerdo sigue vivo y no hay interés en que se olvide.

La ruta sigue el curso del río. Es una carretera suave, pacífica, bella aunque de tráfico endemoniado. Al cabo de un breve recorrido llego a Mostar, la mítica ciudad atravesada por el río Neretva, sobre el que se eleva el puente otomano del siglo XVI y cuya destrucción y reconstruc­ción se ha convertido en símbolo del conflicto y también de la paz. Al entrar en el casco urbano surgen las inequívocas señales de la guerra. Edificios heridos por la metralla que nadie ha rehabilitado o recons­truido.

El centro está restaurado y bulle de vida. Hay bazares, tiendas, restau­rantes, hoteles… la reconstrucción aquí ha sido total, completa, inmen­sa. La guerra se ha convertido en reclamo turístico. En los mercadillos venden todo tipo de recuerdos bélicos y souvenirs de la antigua Yugo­slavia. Casquillos, cascos, insignias, granadas, emblemas. Pero tan solo unos metros más allá, el horror bélico aparece. Edificios en ruinas, agujeros de bala, pintadas, cascotes, quemaduras.

Mostar es para los españoles el punto de referencia en el conflicto de finales del siglo xx. Encontramos la plaza de España con el monumento a los caídos españoles. La plaza está en el centro, es bella, ajardinada y tranquila. Hay una corona de flores, aunque no están muy frescas. La inscripción contiene 23 nombres. Vinieron a cumplir con su deber y merecen respeto y memoria.

República Srpska, el refugio de los serbios de Bosnia. Su estatus jurídico es bastante complejo. Autonomía para el Gobierno bosnio y la comunidad internacional, auténtico país independiente para los serbios. Los Tratados de Dayton solo pudieron firmarse respetando esta entidad que voluntariamente se adhirió a un estado de Bosnia con forma jurí­dica de República Federal. No hay una aduana, ni una barrera, pero sí un gran cartel que dice “Dobrodosli Republica Srprska” y una enorme bandera blanca, azul y roja. Los mismos colores que los de la bandera rusa. Los colores de los pueblos paneslavos.

Lo primero que recorro es una especie de túnel abierto en un espeso bosque de matorral y zarzas. No hay nada más. La república de los ser­bios de Bosnia es más pobre y más aislada internacionalmente que el resto del país, del que forman parte a su pesar. Aquí no llega la ayuda europea con tanta alegría. Su único apoyo extranjero es Rusia, madre del pueblo eslavo. Aquí gobiernan los ultranacionalistas, quienes recla­man sin cesar la secesión para unirse a Serbia.

Montenegro, poco más de 600.000 habitantes. El nombre del es­carpado país se lo dieron los venecianos debido al color de la espesa vegetación de los Alpes Dináricos que se veían desde el mar. A dife­rencia de Croacia y Eslovenia, no estuvo sometido al Imperio austro­húngaro, sino que no sin dificultad mantuvo su independencia como reino frente al Imperio otomano, que realizaba periódicas incursiones.

Los montenegrinos se aliaron a los rusos y serbios en 1877 contra los turcos, quienes fueron vencidos por Rusia, y eso les proporcionó calma y prosperidad hasta la 1ª Guerra Mundial, pero entonces se aliaron de nuevo a Serbia y fueron derrotados por los austrohúngaros hasta que la guerra terminó con la debacle de estos y Serbia se lo anexionó. En 1918, los montenegrinos formaron parte del reino de serbios, croatas y eslovenos.

Durante la 2ª Guerra Mundial fue invadido por Mussolini hasta que, tras el descalabro del Eje, surgió la República Federal Socialista de Yugoslavia. Desde entonces y, a pesar de la secesión de Croacia, Eslovenia y Bosnia, se mantuvo unido a Serbia en los restos de Yugoslavia, hasta que por los bombardeos de la OTAN, dirigida por el español Luis Solana, y por las sanciones económicas que empobrecieron el país, decidió independizar­se también en 2006.

Fue entonces cuando alguien se dio cuenta de que Montenegro estaba en guerra con Japón y se firmó la paz de un conflicto que nunca existió. Desde que existe como moderno país independiente, intenta con fuerza ser parte de la Unión Europea, algo que no ha conse­guido todavía, aunque su moneda oficial, o al menos oficiosa, sea el euro.

Los habitantes de Herceg Novi son muy amables y, cuando les pregunto por Tvrdava Spanjola, todos conocen dónde se encuentra el viejo y aban­donado castillo, tomado por la vegetación salvaje, una familia de gatos y dos cabras.

Una agreste maleza se come el interior del patio de armas. Camino entre los muros combados. No se oye más que mis pasos y un silencio muy antiguo. Siento que la emoción retorna al ponerme en la piel de los com­patriotas que murieron aquí hace cinco siglos.

A comienzos del xvi, el Imperio otomano suponía una gravísima amenaza para la Cristiandad. Los turcos habían invadido Austria y se les había de­tenido a las puertas de Viena. Tan seria era la situación, que protestantes y católicos aparcaron sus guerras y constituyeron la Santa Liga con un gran Carlos I de España y V de Alemania como cabeza cimera. Sin embargo, las disensiones internas se mantenían, y eso se pagó caro en la defensa del Mediterráneo.

Conquistada Castelnuovo por las tropas españolas del Tercio Viejo de Nápoles, la posición fue cercada por tierra y mar por los otoma­nos. El comandante Francisco de Sarmiento se enfrentaba con ape­nas 4.000 hombres a 50.000 enemigos. Las promesas de reforzar la posición nunca se cumplieron. Conminado a la rendición por el líder turco Barbarroja, la respuesta fue tan tajante como letal: “que vengan cuando quieran”.

Y fueron. Y los españoles les dieron para el pelo. Y los turcos se retiraron a sus posiciones y empezaron a bombardear el fuerte hasta reducirlo a escombros. Y el combate cuerpo a cuerpo fue terrible. Y los españoles no se rendían. Y mataron a muchos adversarios. Pero los turcos tenían tropas en número inagotable.

Y el asedio se mantenía y poco a poco los españoles fueron cayendo y cuando las murallas desaparecieron apenas quedaban vivos 700 y tampoco se rindieron. Y los turcos los aniquilaron y a los pocos supervivientes los mandaron a Estambul para ser vendidos como esclavos. Y hoy nada aquí recuerda esa terrible epopeya y ninguna institución española, ni de izquierdas ni de derechas, ni civil ni militar, ni pueblerina o ciudadana ha puesto aquí una puñetera placa.

Hago kilómetros y kilómetros a través de impresionantes viaductos que salvan enormes gargantas. Aparecen los bosques, las gargantas, las montañas. Me admira esta geografía tan accidentada. Viajando por los Balcanes uno comprende algo de la fuerza telúrica que construyó los continentes. Estos montes y acantilados brotaron de pronto de la corteza terrestre cuando se arrugó y fracturó por el choque de las pla­cas tectónicas. Me hipnotiza observar la caprichosa inclinación de los estratos y las grietas que han excavado los torrentes en la pared rota de las montañas. Cada una de esas líneas paralelas de tierra comprime miles de años.

Cerca de la frontera con Albania me meto por un camino de tie­rra. Lo sigo un par de kilómetros y llego a la costa. El sendero está flanqueado por cañizos. No hay casas, resorts, ni edificaciones. No hay nada. Es puro, virgen y solitario. He aprendido a reconocer los buenos lugares de acampada. Tienen que ser indetectables desde el camino pero ofrecerte a ti una buena visión general. Tú tienes que ver sin ser visto.

Encuentro un punto así en la orilla del mar. Desde el camino se ve una duna y el agua a bastante distancia, de modo que al descenderla tiene que haber arena seca y llana. Meto la Gorda en la arena y aun­que queda pronto atrapada, insisto empujando y consigo superar la duna. No hay un alma y el suelo está seco. Hay por lo menos treinta metros de ancha playa hasta el punto donde lamen las olas. Un per­fecto lugar de acampada que sería ilegal en España.

Monto la tienda y ya tengo el hogar. Enciendo mi cocina portátil. La bóveda celeste es mi techo, el ronroneo del mar es la música y la temperatura es fresca aunque agradable pues tengo el calor del fuego. Esto es para mí el mejor ejemplo de sencillez mediterránea. No necesito nada más.

Despierto al amanecer, salgo de la tienda de campaña y contemplo un furioso y apresurado Génesis en llamas creando el mar, el firma­mento, la tierra y a todas sus criaturas. Sirvo un poco de café soluble en mi taza de latón, me siento en la silla plegable y dejo que la crea­ción termine de poner el mundo delante de mí. La gran bola de fuego se eleva hacia la bóveda celeste. El fulgor escarlata va diluyéndose en el azul metálico de un cielo inusualmente limpio. Sobre mí vuelan las gaviotas sin una maldita nube en las que esconderse y tengo la impresión de que vamos a tener otro gran día.

Próximo destino: Albania

 

Revive la primera parte de la Operación Ararat de Miquel Sivestre.

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