No todo acaba mal
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No todo acaba mal

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Todo lo que hace referencia a agentes de la ley siempre suele finalizar con multa al canto. Y ello nos llega por un amigo, un conocido o un familiar –por no hablar de las veces que lo hemos vivido en nuestras propias carnes–. Lo malo siempre tiene más propaganda que lo bueno.

Pero hay excepciones. El otro día, un amigo me contaba que había un atasco tremendo en una carretera, provocado por un accidente, y que visto el panorama, decidió dar media vuelta y volver por donde había venido. Y claro, la carretera tenía línea continua… Los agentes de la ley que venían justamente en ese momento lo vieron y lo pararon. Lo pararon, le pidieron la documentación, vieron que todo estaba en regla, comprendieron la situación del atasco y valoraron el hecho de que la maniobra siempre se efectuó sin provocar una situación de peligro para el resto de los conductores. Resultado: lo dejaron partir solamente con una advertencia verbal. Por una vez en su vida no lo habían multado. Eso sí, nunca hubo malos modales por ninguna de las dos partes y mi amigo siempre se mostró solícito a cooperar. Eso es un detalle importante a tener en cuenta.

A mí me pasó algo semejante. Circulaba por ciudad y me despisté un par de segundos. Cuando me quise dar cuenta, el semáforo cambió de naranja a rojo justo cuando estaba sobre la línea. Frené pero al tener un coche enfrente, para evitar el golpe, lo esquivé y aceleré para evitar un posible accidente, pero ya era tarde… Justo tras de mí circulaba un agente de la ley en moto… ¡Ya es casualidad! Evidentemente me detuve de inmediato. Me saqué el casco y esperé la multa. Presenté toda la documentación –todo en regla– y el agente me preguntó si sabía lo que había hecho. Evidentemente le dije que sí, que había sido una maniobra muy peligrosa, que había puesto en peligro mi vida pero que era fruto de un despiste. Le dije que tenía toda la razón y le conminé a que hiciera lo que creía correcto. La sorpresa fue total cuando el agente me devolvió la documentación y me echó una bronca en tono amigable invitándome a que prestara más atención. Él había asistido a toda la maniobra y comprendió mi explicación. Podía haberme multado, y con razón, pero prefirió dejarme ir. Otra historia que acaba bien, sin multa, pero que podría haber acabado mal… con multa y ¡en el hospital!

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