“No me he sentido especialmente emocionado”, el frío adiós de Stoner a las carreras
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“No me he sentido especialmente emocionado”, el frío adiós de Stoner a las carreras

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Casey Stoner ha sido uno de los pilotos más grandes del motociclismo contemporáneo. Tras sólo once temporadas y a muy temprana edad, 27 años recién cumplidos, el australiano ha decidido decir adiós a los GGPP. Cualquier despedida, cualquier abandono de una actividad en la que alguien se ha volcado durante años hasta convertirse en una referencia, merece un reconocimiento máximo, y que el difícil día del adiós se convierta en un gran homenaje. Pero Stoner se marcha sin ruido, no por discreción sino por falta de emotividad por su parte. Ha cerrado la puerta como si todo lo sucedido en los once últimos años no le hubiera dejado huella. Se va despreciando un campeonato que le ha dado todo, con un tono de amargor que no refleja su plácida sonrisa, que sólo se descubre cuando lo escuchas renegar de MotoGP, sin la más mínima emotividad, con un corazón frío como el hielo que no se emocionó ni siquiera cuando la sala de prensa del Circuit Ricardo Tormo le aplaudió larga y sinceramente en la primera jornada del GP de la Comunidad Valenciana. Casey empezó muy joven en el Mundial, con sólo 15 años, pero su historia en las carreras arranca a muy tierna edad, compitiendo en carreras de dirt-track en su lejana Australia.

Para entender el porqué Stoner ha terminado harto de la vida en el Mundial, de sus idas y venidas, hay que entender el entorno en el que se inició en las carreras. Desde Southport, su localidad natal en la Gold Coast australiana, comenzó a viajar de un lado al otro de este vasto país para competir desde los 4 años en carreras de dirt-track, y cuando lo ganó todo siguió por Nueva Gales del Sur, cubriendo miles de kilómetros, hartándose de correr decenas de clasificatorias y mangas cada fin de semana de carreras. Con 13 años había conseguido 41 títulos nacionales.

 

Fueron años divertidos pero difíciles, de muchos sacrificios, renunciando a muchas cosas, acostumbrándose a una vida austera. Pero Casey no tiene recuerdos infelices de aquella época. Simplemente lo hizo porque le gustaba la moto, y sus padres, Colin y Bronwyn, decidieron potenciar al máximo el talento de su hijo hasta el punto de venderlo todo y viajar a Europa para que Casey pudiera competir en velocidad con 14 años, puesto que en Australia no podría rodar en circuito hasta los 16.

La historia de cómo Casey Stoner llegó a Europa es harto conocida, pero no por ello es menos interesante. Tras recalar en Gran Bretaña, dominó la Aprilia Superteen Challenge y disputó el Campeonato Británico de 125. Los Stoner en ocasiones vivían casi de la caridad de algunos, como Ian Newton, el promotor del campeonato, que en ocasiones alojaba al joven Stoner en su propia casa, o como sucedería poco más tarde con Alberto Puig, el hombre que le trajo al CEV, que les permitió instalar su caravana en el jardín de su finca en Cardedeu. Aquellos dos primeros años en Europa no fueron fáciles en lo que a la vida se refiere, pero en lo deportivo, el equipo Movistar dirigido por Puig puso a su disposición todos los medios que tenía a su alcance, permitiendo a Stoner debutar en el Mundial en Donington, con poco más de una temporada de experiencia en asfalto. En su segunda carrera, en Phillip Island, ya logró puntuar.

Su talento innato no pasó desapercibido. Lucio Cecchinello lo fichó en 2002 para disputar el Mundial de 250, otro salto cualitativo brutal, pero Stoner no se amilanó. Su carácter indómito y su ambición por correr hizo que no lo pensara dos veces, y se empleó a fondo sobre las Aprilia RSV 250 del LCR, a veces con duras consecuencias, porque el aprendizaje se redujo a lo mínimo. Y los resultados llegaron, colándose con frecuencia entre los seis primeros y puntuando en nueve de las 16 carreras del campeonato.

Fuera de la pista seguía siendo un chaval de 16 años que intentaba divertirse como los chicos de su edad. El domingo por la noche, después de la carrera, junto con otros jóvenes jóvenes pilotos con los que todavía guarda una estrecha relación, como Chaz Davies o Leon Camier, por entonces pilotos de 125, eternos aspirantes a promesas del motociclismo británico, Stoner merodeaba por la sala de prensa rapiñando recuerdos: una libreta apenas usada, una lata de refresco sin abrir, un bolígrafo olvidado, alguna revista sin dueño… pequeños trofeos que los compinches iban rebuscando entre las mesas vacías.

Sus padres se mantuvieron alguna temporada más a su lado, mientras que Casey iba creciendo y acumulando experiencia. En 2003 siguió con Cecchinello, pero en 125, y con el ganó su primer GP en Valencia, y en 2004 KTM lo fichó. Fue éste un punto trascendental en su carrera deportiva. Con sólo 18 años, Stoner se puso a trabajar junto a verdaderos maestros del Mundial de Velocidad, como Harald Bartol, Mario Galeotti y Warren Willing, gente con un conocimiento indudable que ayudarían a dar forma al campeón en el que Stoner terminaría convirtiéndose. Willing, australiano como él, sabía bien por la situación por la que pasaba Stoner y comprendía perfectamente sus sentimientos, porque estaba recorriendo el mismo camino que él había realizado 30 años antes, cuando era un joven piloto australiano en busca de fortuna, como Hansford o un tal Burgess, que llegaron a Europa en busca de El Dorado…

La evolución de Stoner fue notable, y quien más lo notó fue Cecchinello. En 2005 vuelve a tenerlo en sus filas, y de nuevo en 250, sobre una competitiva y afinada Aprilia RSV 250 oficial. El paso por la escuela KTM le había devuelto un Stoner mucho más preparado, con mayores conocimientos y con las ideas muy claras. Y Stoner peleó, por primera vez, por un título. Apretó todo lo que pudo a Dani Pedrosa, llegando a comerse la gran ventaja que disfrutaba el español a mitad de temporada. Pero en Phillip Island, el escenario donde tantas y tantas veces terminaría coronándose en su época de MotoGP, cometió un error, se cayó y se acabaron sus opciones, y Pedrosa ganó el título, el tercero consecutivo y el último de su carrera, por el momento.

Antihéroe

Ya por entonces Stoner tenía que lidiar con la parte menos agradable de las carreras: las relaciones públicas. Siempre detestó el lado comercial de las carreras, siempre se sintió incómodo con su faceta de héroe ante los aficionados, y no fue amigo de entrevistas ni entró en la rueda del piloto showman encarnado por Valentino Rossi. Eso le granjeó la enemistad de algunos, y su verbo directo y su falta de mano izquierda hicieron el resto. Los británicos no le tenían en un altar, precisamente. Pero no era nada nuevo. Al bueno de Graeme Crosby tampoco lo adoraron cuando llegó de Nueva Zelanda diciendo palabrotas en las ruedas de prensa o en las entrevistas en directo para la BBC. Stoner no llegó a tanto, pero cuando tenía una opinión sobre algo, fuera la que fuera, no tenía reparo en darla a conocer, sin maquillaje ni medias tintas.

Los periodistas, acostumbrados a los pilotos actuales, medidos y artificiales, siempre agradecimos su sinceridad, pero eso no quiere decir que siempre tuviera la razón, aunque él, con una terquedad innata, siempre se ha sentido en posesión de la verdad que le llevaba a pensar que el mundo se había vuelto contra él.

Esta época de antihéroe arranca precisamente de su llegada a MotoGP, y coincide con un momento de dificultades personales. Ya se encuentra instalado en Europa. Se mantiene en LCR y con el equipo de Cecchinello debuta en MotoGP a lomos de una Honda RC212V en 2006. Durante una época intenta vivir en Montecarlo, como Cecchinello, pero abandona el principado incómodo con un ambiente tan alejado de su carácter. Vive solo, aunque ya ha iniciado su relación con Adriana, con la que se casaría en 2007. Y esa soledad acrecienta su aislamiento del mundo y su desconexión. Pero sigue compitiendo con la determinación que le caracteriza, disfrutando al máximo con la potencia de la MotoGP. Terminó en octava posición en su primera temporada, un resultado excelente, sólo mejorado por el quinto puesto de Pedrosa, el mejor debutante de ese año.

Pero antes de que termine la temporada ya conoce su destino: Ducati. En 2007 llegó a la firma boloñesa en sustitución de Sete Gibernau, y su entrada en escena fue impactante: ganó la primera carrera en Qatar y ganaría diez carreras más proclamándose campeón del mundo de MotoGP, antes de cumplir los 22 años. Con Ducati ganó 23 carreras y terminó viviendo una relación de amor-odio que acabó con su salida del equipo en busca de nuevos aires.

De esa época arranca su visceral enfrentamiento con Valentino Rossi, a quien derrotó con claridad en 2007. Hay quien quiere restar méritos a Stoner hablando de la ventaja que le concedían sus neumáticos Bridgestone. Rossi quiso anular esa teórica ventaja rompiendo con Michelin y corriendo él también con las gomas japonesas en 2008. La lucha entre ambos fue muy cruenta, durísima, y el episodio de Laguna Seca es el que refleja de un modo más literal la tensión entre ambos, una tensión y un distanciamiento acrecentado durante las siguientes temporadas. Pero siempre, sin perder su sonrisa, esa cara de ángel con la que soltaba uno de sus agudos comentarios irónicos, como aquel inolvidable “tu ambición ha podido más que tu talento”, que le soltó a Rossi en Jerez, después de que el italiano cometiera un error y le derribara en 2011.

Con el paso de los años, Stoner ha sido testigo de la evolución y la transformación del Mundial, y lo que ha visto no le ha gustado, y no ha dudado en airear abiertamente sus críticas. Eso también le ha granjeado la antipatía de muchos, más que nada por el tono de desagradecimiento que ha mostrado hacia el campeonato que le ha dado todo. Su paso a Honda en 2011 le proporcionó las herramientas adecuadas para demostrar su capacidad, y volvió a arrasar en MotoGP de un modo similar al de 2007. Esta vez ya nadie pudo decir que su ventaja estaba en los neumáticos. La mejor herramienta de Stoner siempre ha sido él mismo, su autenticidad y esa forma de conducir indómita y sin freno.

Pero a pesar del éxito y la fama, que poco le importaba, Stoner no estaba contento con esa vida de feriante que tienen los grandes campeones, con sus viajes continuos, de un lado al otro del planeta, sus compromisos comerciales, toda esa servidumbre a la que uno se ve obligado cuando es un atleta profesional.

Stoner parece como sacado de otra época, cuando los equipos de relaciones públicas y los jefes de prensa no interferían en la relación entre el periodista y el piloto. Poco amigo de los actos sociales, ha creado un núcleo invulnerable alentado por la sobreprotección de HRC, pero siempre ha tenido un celo profesional sobre el que no se le puede poner un pero: accesible por el conducto reglamentario y amable, Stoner respondía siempre a todas las preguntas, y se ha caracterizado por sus respuestas sinceras y comentarios de interés, lejos del piloto-robot estandarizado, al que difícilmente se le arranca una palabra poco convencional. Para los periodistas, ha sido un regalo del cielo; para los fotógrafos, también, porque no dio una sola vuelta en toda su vida mareando: siempre iba gas a fondo y por faena.

El nacimiento de su hija Ally y ese descontento creciente terminó por ahogar su deseo de continuar en el Mundial. Cumplió su segundo año de compromiso con Honda porque así lo tenía firmado, pero ya antes de empezar el Mundial 2012 tenía claro que iba a ser su última temporada. Honda intentó hacerle cambiar de opinión, sin éxito, y así, prematuramente, Stoner se ha despedido de las carreras. Ha sido un adiós frío, que no ha estado a la altura de lo que un piloto de su categoría se merece, pero es así como él lo ha querido: “No me he sentido especialmente emocionado en la última vuelta por ser el final de mi carrera. Quizás tendré que esperar a los próximos días o semanas para sentir algo, pero ha sido una buena sensación verme en el podio en mi última carrera”, dijo el domingo en Cheste. Al día siguiente pasó por el circuito a recoger el resto de sus pertenencias y sólo tuvo un detalle de cierta emotividad con Jorge Lorenzo, con quien se intercambió el casco. Se subió al coche y se fue, rumbo a Australia, poniendo fin a trece años como nómada de los circuitos.

Por Juan Pedro de la Torre

 

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