Miedo a volar
Connect with us
Publicidad

Sin categoría

Miedo a volar

Publicado

el

Hacía viento el domingo; no tanto como el día antes en el circuito, durante los entrenamientos, pero había que andar con cuidado. Por suerte, el aplomo de la K 75 S en las largas rectas de la autopista me permitía mantener sin problemas una velocidad suficientemente alta para no ser adelantado por la manada de máquinas que zumbaban, gruñían, chillaban y roncaban desde lo más íntimo de sus motores. En cada peaje la riada humana de pieles negras y cascos coloreados retumbaba como una fuerza telúrica durante el instante que los operarios tardaban en abrir las barreras. Era un raro domingo en el que las motos tenían el paso franco. El destino eran las carreras del Superprestigio en Calafat: la concelebración masiva del ritual de la gasolina quemada, la pasión por la máquina y la vida veloz. Canturreaba ‘La Bamba’ mientras llevaba la BMW a más de 140 hacia el circuito del mar. La vieja canción volvía a estar de moda gracias a la versión de Los Lobos para la banda sonora de la película sobre la vida de Ritchie Valens, que se había estrenado hacía poco.

Era el 18 de octubre de 1987, y aquellas emociones mal contenidas presagiaban que el juicio y la voluntad nos quedarían afectados por lo que íbamos a vivir en el circuito. Aristóteles no defraudó a nadie aquella mañana: la pasión es una categoría de la substancia, que existe por si misma, individualmente. Sobre el asfalto salado de mar y mistral, Joan Garriga pilotó la Yamaha blanca y azul con la facilidad de los héroes de las antiguas epopeyas motociclistas de adolescencia: Jarno Saarinen, Phil Read, Chas Mortimer, Ago…. Con aquel valor épico ganó dos carreras remontando desde atrás, pasando a uno y otro en cualquier curva del angosto circuito hasta imponerse al gran rival, Sito Pons, en medio del paroxismo de los aficionados. El Pac-Man de su casco polarizó la voluntad del público apretujado en la pelouse hacia un único sentimiento: la pasión.

Después de aquella hazaña no había ninguna prisa en volver a casa. La autopista era un concierto de saludos a toque de claxon. Los amigos se reencontraban en alguna área de servicio, se quitaban los cascos y se abrazaban felices de haber vivido aquel día. Habíamos entendido que el campeonato del mundo de 250 cc del siguiente año sería patrimonio inmaterial de los que habíamos gritado hasta la afonía aquel domingo, y que los prodigios de aquellos seres divinizados por la horda humana que había invadido la carretera de motos una mañana ventosa de otoño, formarían parte de forma intrínseca de la leyenda de sus vidas. Aquello que el tiempo magnifica y la memoria dilata.

Este 2015, el 18 de octubre también cayó en domingo y apenas hubo nadie corriendo por el asfalto de Calafat. Ningún griterío, ni rugir de motores, ni aquella vieja y conocida olor a goma quemada, gasolina y aceite. El poema de las acciones heroicas de juventud es ahora un cuento antiguo empañado por penas y desengaños. La vida nos ha pasado por encima y nos ha roto algunos huesos; la zozobra de las pasiones nos da pánico. Tenemos miedo a volar. A algunos el zumbido de la moto todavía nos emociona, pero siempre con la angustia que, mecidos por el dulce murmullo, nos durmamos y no despertemos jamás.

Entonces pienso en Renzo Pasolini, en Joey Dunlop o en Mingo Parés. Cuando despierto es de noche y la cama está húmeda y huele a hierba. En el saco de dormir se está confortable, o sea que me incorporo un poco sacando la cabeza. Entre el estruendo miro a mi alrededor y descubro que estoy en el parterre del interior del viraje del Museo Etnológico, en Montjuïc. Es la noche más larga de julio de 1985. Me restriego los ojos, tomo un sorbo de la cantimplora y miro el reloj. ¿Quién debe hacer el relevo de las 3 de la madrugada? ¿Quién tiene el pulso suficientemente templado para pilotar la Ducati 750 en este instante en que el horizonte de la vida es una tenue línea negra sobre fondo negro y a penas punteada de lucecitas amarillentas y rojas? Segundos después pasa a dos metros de mi lecho una tempestad grave de caballos domada por un casco azul y amarillo: es Min Grau. Quique De Juan y Joan Garriga descansaban. Se habían caído el sábado por la mañana en una carrera complementaria y preferían no jugársela a aquellas horas de la madrugada; ellos, que estaban hechos para el coraje, que no pensaban en otra cosa, que no hablaban de otra cosa cada vez que se encontraban en el Sant Vicenç de Sarriá.

Ganaron, sí; como lo habían hecho el año anterior y como lo volvieron a hacer, con Carles Cardús substituyendo a De Juan, el desgraciado 1986, cuando la noche fue más larga que nunca, y ya no fue de julio, y mi cama de hierba era tan gélida que la pena se hizo insoportable. Empezaba a aprender que la fortaleza de los héroes en el sufrimiento, por mucho que nos robe la voluntad hasta convertirla en pasión, no es suficiente para vivir. Pero cuando la épica ha envenenado un cuerpo joven no existe razón ni lógica capaz de contrarrestar el dulce narcótico. Todavía hoy me confieso un yonqui con las venas inflamadas por la velocidad y la mente embotada por el viento en la cara. En algo así pensaba también hace veintiocho años  cuando, embutido en un autobús roñoso y lleno de cuerpos sudorosos y tan embriagados de epopeyas como el mío, y bajo un sol de justicia, el septiembre de 1987 me dirigía de Madrid al circuito del Jarama. Como el número de adictos a la moto en un país de gentes melancólicas como los lusitanos era entonces casi inexistente, el gran premio de Portugal se corría en España.

El 13 de septiembre los responsables de aquel gran premio fantasma se aferraban a los restos del desarrollismo para sobrevivir: ni el circuito, viejo, destartalado y sin servicios adecuados; ni la organización, desbordada por la mala planificación; ni la incapacidad para entender por qué tanta gente había ido a ver aquellas carreras, apaciguaron un clamor unánime: había una generación de pilotos jóvenes y cosmopolitas que empujaban para conquistar un lugar en la mente de los aficionados. Y estos, tan cansados de la historia en blanco y negro como ellos, habían respondido unánimemente y con ilusión. Ni la terrible sed que pasé en el Jarama, con peleas entre la gente por un pedazo de hielo de los bares, vacíos y sin bebidas, ni aquel autobús sucio y claustrofóbico, ni la pensión de mala muerte de la calle de la Montera, cerca de las ruinas humeantes de los Almacenes Arias incendiados unos días antes, me han hecho desistir nunca del momento en el que me embarqué en aquella peripecia de ir al circuito madrileño.
Porqué allí vi comenzar el futuro.

En el yermo del Jarama, mientras Joan Garriga, que había conseguido la pole pero había salido mal, asediaba al mismo Anton Mang, campeón del mundo y con veinte años más de experiencia que él, entendí que el relato del futuro que anhelábamos debía tener unos personajes principales con tres condiciones fundamentales: temple, sabiduría y riesgo. Lo contrario eran imágenes rancias de caballeros errantes del No-Do, tal y como parecía que habían querido reproducir los organizadores de aquel lamentable gran premio.

Joan Garriga y Sito Pons tenían las condiciones para convertirse en protagonistas de los nuevos tiempos. Estaban llamados a ser deidades paganas para un existir que se divisaba libre y moderno; sin seres supremos a quien agradecer las limosnas. Y así los consagramos. Aquel día nadie tenía miedo a volar, todavía. Al contrario: todos volábamos; por eso bajamos a Calafat cortando el mistral y a toda velocidad.

*****

Bajo la égida de los nuevos héroes entronizados, el año 1988 vivimos peligrosamente. A falta de circuito las motos plegaban más que nunca en las curvas del Montseny. Unas cuantas K y GS, una Metralla que dejaba pedazos de tubo de escape a cada curva, una Yamaha XJ 650, dos XS 400 y una XT 500 Trail formaban la estrafalaria parrilla donde todo el mundo era bienvenido, siempre y cuando tuviese la suficiente firmeza de ánimo frente al peligro de los coches, el guardaraíl y el asfalto resbaladizo y gastado. Algunos venían de viejas Impala, otros de la Ducati 24 horas y los más jóvenes habían limado las planchas de las Vespa Primavera hasta arrancar chispas de fuego al asfalto. Era una escuela de gas y calor. El resto iba a juego: chaquetas de piel compradas en los talleres de las Ramblas, tejanos, algún barbour y pesados cascos con las pantallas tan ralladas y empañadas que, de noche o con lluvia, obligaban a conducir de oído.
 

Había grupos con unas pintas muy destartaladas, los domingos en aquellas carreteras de gran premio: Arrabassada, Collformic, Sant Grau, donde nos arriesgábamos emulando la estela fulgurante de Pons y Garriga.

Pero a la hora de las carreras todos estábamos frente al televisor escuchando los comentarios de Valentín Requena. Sito Pons hizo dos segundos en Japón y en los Estados Unidos y ganó en el Jarama. Su mente calculadora y racional sabía que la mejor forma de ganar la batalla, y después perdurar en la memoria, era dosificando las pasiones. Pero en Jerez (Portugal, sic!), se levantó de nuevo el fuerte vendaval blanco y azul que había batido el desierto del Jarama y el polvo calcáreo de Calafat el año anterior. Garriga había hecho dos modestas clasificaciones en Japón y en Estados Unidos, pero se sobrepuso quedando segundo en el GP de España y ganando en el falso portugués.

Con tres terceras plazas en Imola, Nürburgring y Salzburgring (detrás de Pons), se plantó en Assen, la catedral, con la intención de poner la primera piedra para convertirse en un mito. Y lo hizo. Tenía la moto más lenta (el resto eran Honda) y tuvo que soportar ver desde atrás durante toda la carrera el duelo entre Sito Pons y Dominique Sarron. Además, Jaques Cornú se burlaba de él constantemente. Anímicamente era duro. Pero tenía su lugar: la entrada del último viraje a la izquierda que hay antes de llegar al estrechamiento que precede a la recta de meta. Forzó la frenada hasta el agotamiento y superó al suizo limpiamente. Unos metros por delante, casi no lo vio, Sarron tiró a Pons. Él entró vencedor y le hizo un corte de mangas a Cornú, por reírse del nuevo líder del mundial, del mito naciente.

Joan Garriga se convirtió en un personaje absoluto. Con aquella carrera el piloto pasó a ser un elemento central del sistema de narraciones y creencias que fundamentan la cultura popular de las motos. Joan Garriga se convirtió en un relato donde el contenido y la historia se mezclan de forma inseparable hasta convertirse en representaciones alegóricas de todo un sistema de pensamiento y de fe.

Sito Pons respondió con dos victorias en Bélgica y Yugoslavia. Spa 1988 fue la carrera de su vida en el circuito más vertiginoso del mundo, con curvas a fondo en quinta donde pasaba rozando el guardaraíl con el casco; un lugar mitológico. Aquel fue el escenario del duelo definitivo con el campeón Anton Mang. Lo venció en su terreno, cerrándose en la frenada y impidiéndole el paso en la aceleración. Mang tenía mejor moto, Pons ambición y riesgo. El estadio heroico había quedado superado; el futuro campeón era ya una leyenda. En Honda lo entendieron.

En aquel momento, y gracias al hipnótico duelo que escenificaban cada domingo y con las transmisiones en directo por televisión, les hacía traspasar el estadio humano, la afición a las motos alcanzó la edad adulta, el cosmopolitismo y la modernidad que a penas unos meses antes miles de sedientos aficionados les reclamaban gritando con la garganta seca en el Jarama. El 1988, entre Assen y Spa, Joan Garriga i Vilaresau y Alfons Pons i Esquerra se convirtieron en explicación de un fenómeno de masas y legado cultural a la vez.

Llegaba julio, y todo hacía prever un verano caluroso: el verano peligroso, lo titulé en un artículo para el semanario El Temps. En aquella época a los medios de comunicación catalanes generalistas no les interesaban lo más mínimo las motos. Eran cosa del populacho de deportes, pasatiempos de juventud con poco juicio; ellos estaban por cosas más elevadas como la política. Pero al finalizar la temporada Pons y Garriga fueron recibidos por el alcalde Maragall y el presidente Pujol. La plaza de Sant Jaume se llenó de gente que coreaba sus nombres, y el campeón anunció a los motards presentes que el presidente de la Generalitat le había confirmado que las obras para un nuevo circuito de alta competición comenzarían en pocos meses. La prensa, sabia y descreída tuvo que poner atención al tiempo nuevo que se iniciaba.

Los grandes temas de la mitología: el origen del universo, de las sociedades o de las costumbres y hechos nacionales caudales, se habían cumplido. No cabía ninguna duda del carácter legendario de los dos personajes. Eso sí, el sistema de creencias que crearon fue politeísta. Los partidarios de uno rabiaban cuando ganaba el otro. Y en Suecia, en pleno ferragosto, los dioses descargaron toda su ira.

Pons llegaba a Anderstop seis puntos por delante de Garriga, y la larga recta en la parte de atrás del circuito favorecía la potencia superior de las Honda. Pero el de Yamaha suplió la inferioridad técnica con valor y riesgo. Todo lo que perdía en la recta lo tenía que recuperar frenando más tarde que el resto, todo Honda. El único plan posible era llegar en grupo y atacar en las últimas curvas antes de meta: un estrechamiento y dos curvas a la derecha. Garriga entró primero en el último viraje pasando por fuera y forzando a Pons a ajustar tanto la frenada que tuvo que ceder. Pero en la aceleración el de Honda cerró la trazada y se tocaron. Él mismo confesó que no le podía dejar pasar; el campeonato del mundo estaba en juego. El verano se incendió de golpe. Viejos amigos, partidarios de uno u otro, dejaron de saludarse cuando se cruzaban por la carretera. Las cartas al director de las revistas echaban chispas, las cervezas con los colegas eran discusiones de alto voltaje. La fraternidad motera se rompió.

Pero los seres superiores no se quejan, demuestran que lo son. En Brno, muy exigente en cuanto al pilotaje, Garriga venció. Pero las carreras de Argentina se suspendieron y cayó en Brasil. En igualdad de valor y sabiduría, la mala suerte de uno y la fortuna del otro otorgaron el cetro a Sito Pons. El primero.

Pero el título ya no era lo más importante. La gloria no se halla en un diploma enmarcado ni el latón de una copa; la gloria es ser protagonista de la narración popular de unos hechos sorprendentes, insólitos e imposibles de ser alcanzados por el resto de seres humanos. Así lo había relatado en 1959 Ernest Hemingway en El verano peligroso. El premio Nobel había asegurado que no volvería a España mientras Franco gobernase, pero la revista Life le ofreció la posibilidad de convertirse en narrador de una epopeya, y él no se supo negar.

Antonio Ordóñez y su cuñado Luís Miguel Dominguín, los mejores toreros en años, se enfrentarían en una serie de corridas por todo el país, y la revista americana le pidió a Hemingway, gran aficionado a la fiesta y enamorado de España, que lo explicase. Ordóñez y Dominguín (que retornaba a los ruedos tras haberse retirado) fueron los protagonistas de una nueva tradición épica. Superando el umbral de los héroes, sobradamente alcanzado a lo largo de sus carreras, aquel verano peligroso los dos toreros entraron en la memoria popular. Sus enfrentamientos pasaron a formar parte de la cultura popular.

Así mismo, entre finales de 1987 y de 1988, girando por medio mundo y con la televisión como testimonio global, Joan Garriga y Sito Pons se convirtieron en mitos contemporáneos; protagonistas de la construcción de un relato en el que el contenido y la historia se entrecruzan voluntariamente para confirmar un corpus cultural y popular que perdura en el tiempo y las generaciones. Todavía hoy resuena el griterío de aquellos miles de aficionados que llenaron Montjuïc, Jerez, el Jarama o Calafat.

En otoño callaron los motores. El verano peligroso había pasado dejando atrás la añoranza de los días vividos en plenitud, del sol en el zenit y de las noches de insomnio y bochorno. El día 1 de octubre de 1989 cuarenta mil personas fueron al remodelado Calafat para despedir el tiempo de la épica moderna. Cambio de época, todos lo sabíamos. Garriga ganó la general sin vencer ninguna carrera, Jordi Pujol dio una vuelta en moto al circuito para anunciar al país que “hoy sí que toca” hablar de carreras, y un nuevo héroe presentó su candidatura a mito: Àlex Crivillé.

El monumental colapso de motos a la salida del circuito indicaba claramente que todos tenían prisa por llegar a casa.

* * *

Fue un frenazo en cadena en las Rondas y yo no tuve tiempo. Tres costillas, el pie hinchado, rascadas por medio cuerpo, y un verano sin moto. No es la primera, claro, ni la última, probablemente. Tengo 55 años y la pasión por la máquina todavía me anula la voluntad que se debe considerar necesaria para tener juicio. Los motards somos gente de piel dura, que remedio. Pero he aprendido que la fortaleza en el sufrimiento no es suficiente para vivir.
 

No tengo miedo a volar, lo necesito para seguir respirando; pero llega un día que las acciones heroicas de otros tiempos solamente son quimeras. Los mitos quedan siempre lejos de nosotros, intocables en sus leyendas y gestas venerables que conforman aquello en lo que creíamos. En aquel momento son sustituidos por otros más nuevos y próximos. Pons y Garriga acabaron con el reinado de Nieto; Crivillé los destronó, y a él le han eclipsado Lorenzo y Márquez.

Y lo que queda después es el comportamiento de las personas. Por eso me dolía el Joan Garriga hombre, débil y sin rumbo. Él sabía que aquella pena no acabaría bien. Lo decía. Y fue justo el día de mi aniversario, con el cuerpo todavía dolorido por la reciente caída, con la substancia de mi ser frágil y pequeña, que otro accidente se proyectó hasta el infinito de la memoria de una época; la deriva de este hombre convertido en héroe. Aquello que el tiempo magnifica y la demencia dilata.

Preso todavía por la pasión, sin razón ni lógica, que le vamos a hacer, el dolor es ahora inmenso: en las costillas rotas, en todos los huesos fracturados de tanto volar por las carreteras de la vida, y en la mente siempre embotada por las ideas que nos trae el viento que sopla de frente.

Todos sabemos que esto no acabará bien. La gloria es potente y la existencia leve. Demasiadas venas inflamadas por la velocidad, demasiados días perdidos por circunloquios del pensamiento, demasiadas historias olvidadas y tantos personajes frágiles extraviados en ellas.

Tengo que volver a Calafat, al Montseny, a Sant Grau o a Montjuïc, y rescatar los fragmentos del pasado que todavía están esparcidos por el arcén, como los restos de cristales, metal y plástico que conforman el rastro de una caída: héroes, leyendas, mitos, epopeyas. Los necesitamos siempre para recordar quienes somos y, así, poder alzar el vuelo.

Publicidad
Haz clic aquí para comentar

Publica un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad
Publicidad
Publicidad

Facebook

Publicidad

SOLO MOTO MAGAZINE Nº 2055

Descubre nuestras ofertas de suscripción en papel o en versión digital.

Publicidad

Solo Auto

La mejor información del mundo del automóvil la encontrarás en Solo Auto.

Los + leídos