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Mi primera carrera de motos, con lo puesto

Mi primera carrera de motos fue una experiencia inolvidable, no por el resultado sino por el torrente de adrenalina que llenó mis venas…

La pasión puede más que la razón, las ganas de hacer una carrera pueden con todo… Ahí estaba con 18 añitos, el carnet A recién sacado y la licencia de la Federación Motociclista aún calentita en el bolsillo. ¡Había ganas de carreras!

Y es que había asistido como espectador a algunas carreras en cuesta locales cerca de casa, disfrutando con el petardear de las motos de 2T de enduro y cross convertidas a motos de asfalto.

El principal cambio eran las llantas, que pasaban a ser de 18 pulgadas y con neumáticos de carretera. Por el resto conservaban el manillar alto, las suspensiones -aunque algo recortadas- y su aspecto off road.

Eran las primeras supermotards y me parecían simplemente excitantes…

Los pilotos locales eran los héroes: Pepe el Loco, Josep Pladevall, Antoni Font, Carlos Kotnik… Este último participaba con una Yamaha 500 de cross de 2T con horquilla y llantas de Yamaha FJ1100… ¡Un pepino!

Esta Yamaha 500 era tan potente que para efectuar la salida tenía que poner la segunda velocidad, porque en primera se le encabritaba tanto la moto que era imposible… Y tenía tanto dinero que usaba slicks, y estrenaba un juego el domingo -para una carrera de 4 kilómetros…

Yo soñaba con aquello, con aquellas supermotard tan especiales, pero no tenía dinero para comprarme una, pero sí que podría participar…

Así que decidí apuntarme al campeonato regional de Carreras en cuesta sobre asfalto, tan de moda en los 80.

Como no tenía dinero para comprar una montura competitiva, participaría con mi vetusta y querida moto de calle, sin preparar, mi Ducati 160 Sport, sí, la misma con la que me iría a la mili.

Casco ya tenía, mi Nava 3, también tenía botas y guantes, pero no tenía mono de cuero, así que busqué uno de segunda mano.

En un anuncio de Solo Moto de 1983 encontré un mono Boeri de una pieza, usado en un par de relevos de las 24 Horas de Montjuich.

El vendedor era un tal Juan Cano, un piloto habitual del Nacional de Velocidad de la época que también era comercial y distribuidor de componentes de moto. ¿Os suena?

En aquella época los monos de cuero no tenían deslizadores de rodilla, algo impensable hoy en día… En su lugar en las rodillas Juan había colocado unas viseras de casco usadas pegadas con cinta americana.

Y es que eso de arrastrar la rodilla por el asfalto no era lo habitual. Yo las dejé tal cual.

Ya con la equipación al completo y la moto preparada (no le hice absolutamente nada), busqué el calendario de Carreras en cuesta en Catalunya.

La primera cita en la que podía participar era la Carrera en cuesta de Orrius, una pequeña población en medio del monte, de la provincia de Barcelona, organizada por el Moto Club Iluro, si no recuerdo mal.

Ya conocía la carretera y ya había asistido como espectador, por lo que corría “en casa”. Estaba a unos veinte kilómetros de donde vivía.

Me inscribí en la categoría de 125 (con 9 CV mi Ducati 160 S no era competitiva frente a las 2T rivales, como las Bultaco Streaker) y el día de la carrera (los entrenamientos eran el sábado y la carrera el domingo), asistí montado en mi Ducati, con el enorme depósito lleno de gasolina…

Con unos neumáticos de calle, duros como la piedra, unos Pirelli Mandrake, y el resto absolutamente de serie, la única preparación de la moto consistió en colocarle una placa portanúmeros que yo mismo fabriqué, y con el dorsal pintado a mano…

Y llegó la hora de la salida a los entrenamientos. En las carreras en cuesta los pilotos no salen al mismo tiempo, sino separados 30 segundos.

Nervioso, llegó mi turno… Con 9 CV al puño no podría hacer mucho, así que debería intentar mantener el gas abierto el máximo tiempo posible, maximizando la velocidad de paso por curva.

Pronto descubrí que las estriberas eran demasiado largas, eran fijas y que estaban demasiado bajas… Era una moto antigua…

Así que decidí descolgarme lo máximo que pude para intentar no inclinar demasiado la moto, intentando evitar el roce de las estriberas. Los espectadores me veían como un «peliculero» imitador del estilo de Randy Mamola, pero yo simplemente aplicaba física a mi conducción…

Fui hilando las curvas hasta llegar a meta. No me había caído, lo que ya era mucho, así que estaba contento… Ahora tocaría hacer una segunda pasada y mañana sería la carrera.

El domingo me levanté muy nervioso, pero con ganas de velocidad -era un decir-.

Al llegar al lugar donde se celebraba la carrera mi corazón se aceleró al ver los remolques aparcados en las cunetas, escuchar las motos calentando motores y percibir el olor a aceite de ricino.

Todas las motos eran de dos tiempos, excepto la mía y la Ducati Vento 350 del simpático pelirrojo Francesc Bonjorn, que años más tarde sería jefe de taller de Ducati Barcelona, además de estar en equipos de competición de alto nivel.

Precisamente Francesc, sin conocerme de nada, me echó un cable ya que antes de salir tuve un pequeño problema eléctrico que solventó. Lo de ser mecánico lo lleva en la sangre…

Y llegó la hora de la salida… Bandera y ¡gas! Hice lo que pude, finalicé la carrera y el consuelo fue ¡que no fui el último clasificado!

Contra una legión de rabiosas motos de 2T defendí el pabellón de las cuatro tiempos con dignidad… Esta fue mi primera carrera y no sería la última, aunque decidí que debería comprarme una moto más competitiva para la siguiente temporada…

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