Marruecos - Senegal (Ida): El sueño de Senegal
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Marruecos – Senegal (Ida): El sueño de Senegal

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Así que empecé con los preparativos, con los tediosos preparativos, porque a mí no me gustan lo que doy en llamar V dobles: Visados y Vacunas. Los primeros, obligatorios; las segundas, recomendables. Viajes a San Sebastián y a Madrid, llamadas telefónicas, correos, agujas y tampones.

Llegaron las dudas a la hora de elegir los neumáticos. La nueva BMW, más potente, desgasta más goma que los modelos anteriores y tampoco había mucha información al respecto. Necesitaba llevar tacos porque algunos amigos las playas, algunas pistas, unos cuantos faros y alguna multa, me presenté en Tan-Tan sin haberme encontrado ninguna moto grande, salvo una. Resultó ser un húngaro, Kulik Käroly, que venía desde su casa y quería dar la vuelta en Dakar, a ser posible acompañado.

“No me sigas, estoy perdido también”, rezaba una pegatina que decoraba su top case. Me resultó simpático, así que accedí a recorrer algunos kilómetros con él para ver qué pasaba, aunque, si te soy sincero, no me gusta viajar con nadie cuando viajo solo.

Y comenzaron los kilómetros me recomendaban que evitara la corrupta frontera de Rosso entre Mauritania y Senegal y que fuera por la de Djama, con el inconveniente de que hay que recorrer una pista de unos 75 kilómetros que se pone muy fea cuando llueve. Y agosto, en esas latitudes, es plena temporada de lluvias. Finalmente opté por llevar los TKC-80 de continental, pero los pondría y quitaría en Algeciras y así evitaba hacer con ellos 2.000 kilómetros, toda la península de ida y vuelta.

Una vez en el África, la idea era enfilar el sur sin separarme de la costa, así que sin grandes distracciones, entre incursiones por rodeado de arena, arena y más arena. Blanca, roja, en explanadas, en dunas… arena. ¡Ah, y los famosos controles de policía del Sáhara!

Yo quería parar en Tarfaya, lugar en el que estuvo destinado Saint-Exupéry, autor de “El Principito”. El pueblo está rodeado por un muro, no diría yo muralla, para protegerse de las tormentas de arena.

A pesar de eso, las calles son de arena. Qué feliz iba yo por allí con mis tacos mientras Kulik, con mixtas, se reía menos.

Me pareció un lugar tranquilo, con mucha energía, muy buen rollo, de buena gana me habría quedado allí varios días.

Empezamos a ver barcos varados en el litoral, empezamos a sufrir el fuerte viento, empezamos a disfrutar de la gasolina subvencionada.

Las poblaciones van desapareciendo mientras van apareciendo los campamentos saharauis. Podríamos decir que ya estamos metidos de lleno en un mundo distinto.

A pesar del fuerte sol, el viento hace que las temperaturas no suban demasiado. Hasta el momento solo hemos pasado los 30º en Andalucía. A estas alturas del viaje, se me ha quemado la cara. Bueno, la parte de cara que no tapa el casco. Parezco un puzle.

En tierra de nadie

 

Llegamos a Daklha de noche. Hay muchos negocios con nombres en castellano que no hacen sino acentuar la decadencia del lugar, puesto que generalmente son los más antiguos. Es una de las capitales mundiales de kitesurf, sí, pero eso es en la bahía, que dista más de 20 km de la población.

De vez en cuando, la arena se apodera del asfalto. Hay algo parecido a nuestros quitanieves que, allí, quitan arena. Pasamos el simpático trópico de Cáncer y hacemos noche en el archifamoso Barbas, un lugar fuera de contexto en el desierto muy a mano para llegar a la frontera a primera hora de la mañana.

Y así, casi sin darnos cuenta, nos encontrábamos circulando por la tierra de nadie que hay entre Marruecos y Mauritania, sorteando vehículos quemados, baches gigantescos, camiones casi atascados. Esta lengua de tierra no pertenece a nadie, allí no hay ley, cualquier cosa puede pasar. A pesar de eso, a mí no me daba mal rollo circular sin ley.

La frontera mauritana es otra cosa. Las mujeres con niños se cuelan en las colas mientras sus maridos duermen en los coches. Las mesas de las oficinas están llenas de arena que nadie se molesta en quitar. Los militares son serios y tienen la tez muy oscura. Yo te aviso, un militar negro acojona aunque, también te aviso, todos nos trataron muy bien. Prejuicios…

Mola estar en Mauritania. Hay casas, casetas más bien, literalmente tumbadas por el viento, omnipresente viento, que como da de culo casi todo el rato nos permite autonomías muy optimistas.

Aunque, en general, no hay nada, me gusta mucho estar allí en medio de nada. Contra todo pronóstico sigo rodando con Kulik, que demuestra ser un tipo encantador.

A pesar de eso, ya he decidido que debo continuar mi viaje en solitario, yo solo. Me gusta estar solo en medio de la nada y es muy diferente esa sensación a estar viendo otro casco continuamente. Además, Mauritania no me parece un lugar peligroso, que era uno de sus miedos, así que en Nouakchott dejé que su viaje continuara como cuando lo encontré, en solitario, aunque la idea no le gustara demasiado.

A pesar de mostrarse serios, los mauritanos son amables y sonrientes en cuanto les diriges la palabra o en cuanto ven que estás buscando el cruce de Djama. Desde sus puestos de carne llenos de moscas te indican amablemente.

La pista, que empieza con una carretera que estrena asfalto, resulta no ser demasiado complicada.

Apenas ha llovido este año y facilita la cosa. De todas formas, agradezco la ayuda de los tacos. El paisaje, poco a poco, se va tornando verde y la vida animal va asomando a la ruta en forma de facóqueros, reptiles gigantes y coloridas aves.

Llegada a Senegal

 

Finalmente llego a la orilla del río Senegal, a la frontera. A lo lejos se observa una pared negra que llega hasta el cielo. Es una tormenta de arena, me advierten con tranquilidad, que se aproxima rápidamente. Pago 20 euros por entrar en el parque nacional, 16 euros por cruzar el puente, tres veces 10 euros para que me pongan tres sellos. Cuando me niego en uno de los pagos, retienen mi documentación y me expulsan de la oficina para que me relaje. Malditos corruptos. Y si en vez de 10 euros piden 100 euros, ¿qué sucedería? (ya me enteraré a la vuelta).

Llega la tormenta de arena. Primero todo es naranja, luego rojo y, finalmente, se hace de noche a pesar de ser las 12 de mediodía. Una mujer me ha cogido del brazo y me ha resguardado en unos soportales donde los buscavidas se protegen con normalidad. Finalmente empieza a llover. Nunca imaginé que mi entrada en Senegal fuera mojado y apesadumbrado a partes iguales.

Aunque feliz.

Cuando llego a St. Louis ha dejado de llover. Esta ciudad es un caos magnificado por la lluvia. Las calles son de arena y tierra. De barro hoy. Entre las famosas y preciosas barcas de colores hay millones de bolsas de plástico. Los niños chapotean en el agua. Algunas mujeres bañan a sus cabras. Casi todos los varones llevan camisetas de fútbol, predominando las del Barcelona.

Cruzo los 500 metros del puente de Faidherbe, de la escuela de Eiffel, aunque no suyo.

Me meto por una callejuela de arena muy blanda que llega hasta una gigantesca playa. Definitivamente, Senegal vive en la calle. Permanezco en silencio un buen rato, absorto en el bullicio, niños jugando entre barcazas, basura y burros. Qué distintas son las playas europeas.

Finalmente, un niño con una camiseta de la selección española se acerca y me pregunta que de dónde vengo. A mi respuesta continúa, ¿y qué haces aquí? La respuesta, en un lugar tan fantástico en el que se mezclan pobreza, alegría y suciedad, me da vergüenza.

Sigo mi viaje hasta el cercano Zebrabar, donde me doy un respiro. Es un hotel que montó una pareja de holandeses en un parque nacional sin igual. Hago la colada con vistas a un río, que parece un mar, mientras escucho el cántico alegre de centenares, o tal vez miles, de pájaros. Coincido con la dueña en un chapuzón y me explica que esa idea mía de llegar al Lago Rosa por la playa no es buena. Hay mucha luna y eso influye en la marea, que estará muy alta en la bajamar, por lo que apenas habrá arena húmeda, dura, por la que circular.

La velada transcurre tranquila, compartiendo mesa con el resto de los huéspedes y sus aventuras. Finalmente llego al Lago Rosa. Llegaba advertido de que no era tan espectacular como histórico para los amantes del motor, así que no me llevé ningún chasco. Además, ya sabía de lo daltónico de su nombre.

Me pareció muy emocionante estar allí. Muchos nombres pasaron por mi cabeza, muchas imágenes.

Como la de todos aquellos vehículos con los que me cruzaba al volver de mis vacaciones de Navidad cuando era niño, que llenos de dorsales y patrocinadores tenían este lugar como meta; como la de todos aquellos que se quedaron por el camino; como la de tantos héroes, muchos famosos, algunos anónimos, como mi amigo José María García, que levantó aquí los brazos en señal de victoria hace algunos años.

Celebré el momento con la mejor de mis sonrisas. Uno de mis sueños se había hecho realidad y aquel mapa del norte y occidente de África que durante años decoraba mi casa de Ibiza, ahora estaba en mi bolsa sobredepósito… a orillas del Lago Rosa.

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