Connect with us
Publicidad

Rutas

Los Coraceros MC de Madrid celebran su sexto aniversario

Publicado

el

Los conocidos moteros de Coraceros MC de Madrid estaban de aniversario y, para celebrar su sexta edición, volvieron a celebrar una gran fiesta motera por todo lo alto y rodeados de amigos.

La sede de los Coraceros MC de Madrid, en la sala 3TRECE (Humanes de Madrid), volvió a ser el punto de encuentro. Este año se contó con la participación del Moto Club Drones, venidos desde Lanzarote, y también con presencia de representación internacional. El conocido moto club portugués de Mangualde no se quiso perder la jornada y asistió acompañado de los toledanos Biker Bell.

Combatimos el frío con una paella gigante que elaboró nuestro amigo Jorge, de los Biker Bell. Mientras se terminaba de hacer la paella, se procedió a la entrega de regalos y distinciones para los Coraceros MC, entre ellos, un embrague de moto a modo de figura. Tampoco faltaron las placas conmemorativas y los detalles de parte del Moto Club Drones de Lanzarote, de los Coraceros MC de Blanes, de los Vipers y del  Moto Club de Mangualde.

Nos hicimos una foto todos juntos para el recuerdo, para pasar a degustar después la deliciosa paella.

El día continuó entre charlas, música y amigos, mientras seguían llegando asistentes por la tarde. Los grupos Dirty Rules y Funeraria amenizaron la jornada con un concierto de rock para terminar la reunión de la mejor manera.

Hay que felicitar a los Coraceros MC por su sexto aniversario y por la buena organización y desarrollo de la fiesta. Agradecer a su presidente, Samu, por las atenciones y trato recibido y por dejar siempre las puertas de su sede abierta para todos los visitantes.

Nos vemos en Coraceros MC.

Saludos y ráfagas.

Rutas

Travesía Ducati Dos Mares: de Donosti a Roses

Publicado

el

Ducati Dos Mares

Este año, la travesía Ducati Dos Mares nos llevó desde Donosti hasta Roses. Del Cantábrico al Mediterráneo o la que se puede considerar la madre de todas las travesías.

En Ducati, que apuestan por los Pirineos como su escenario favorito, organizaron una Dos Mares en línea con su forma de entender un evento de este estilo. Y acertaron.

Los amantes de los viajes y rutas sobre dos ruedas sabemos bien lo que significa la Dos Mares. En esta casa fue toda una referencia, puesto que el equipo de RPM fue de las primeras agencias en organizar una travesía que se convirtió en todo un fenómeno en el ambiente del 4 x 4.

Ducati Dos Mares 2018_5

Lógicamente hay muchos y variados recorridos para unir el mar Cantábrico y el Mediterráneo, o bien hacerlo en sentido inverso, pero lo cierto es que resulta muy gratificante sea por la ruta que sea.

En Ducati decidieron hace un par de años que necesitaban un evento al estilo de otras marcas, y su particular apuesta ha sido, en las dos primeras ediciones, hacerlo en Los Pirineos.

El año pasado la primera edición se organizó en el mes de octubre y se hizo en sentido inverso, es decir, desde Girona hasta San Sebastián. Sin duda, una apuesta ganadora debido a la belleza del paisaje, variedad de rutas con miles de curvas, trazados, puertos de montaña, ríos, valles, bosques y, cómo no, aire puro, gastronomía y buenos caldos.

La pregunta es… ¿podrá la Dos Mares permanecer con el planteamiento de cruzar los Pirineos? Pues la verdad es que con la cantidad de rutas que hay yo creo que sí.

Ducati Dos Mares 2018_6

No será fácil repetir algunos tramos, pero la organización tiene conocimientos y recursos para seguir sorprendiendo al personal. Para qué ir más lejos si tenemos los Pirineos aquí mismo, se cuestionó la gente de Ducati.

Una travesía agradable

La proliferación de eventos sobre dos ruedas en asfalto parece imparable. Los hay competitivos, largos, larguísimos, duros, durísimos. Estresantes, relajados. Multitudinarios, selectivos…

En este caso, la filosofía es muy clara: ruta no competitiva, cada uno a su aire, guiado solo por un road-book electrónico o manual, que facilita la organización.

Motos a partir de 250 c.c. y abierto a todas las marcas. Inscripción limitada a cien participantes con mayoría absoluta de Ducati (50%) y motos de lo más variado.

Ducati Dos Mares 2018_7

Buenos hoteles, cuidada gastronomía y buen ambiente… ¡lo consiguieron! Así que nos plantamos en San Sebastián para, después de formalizar inscripciones y hacer noche en el Hotel del Monte Igueldo, salir al día siguiente sin hora de salida y con la incógnita se saber por dónde nos llevaría el rutómetro hasta Panticosa, final de la primera etapa.

Después de cruzar San Sebastián nos dirigimos al País Vasco francés. Entramos en España por el paso de Somport para pasar a Huesca y llegar a Panticosa. En total fueron unos 298 kilómetros. Buen hotel, relax, buena cena y a reponerse para afrontar la segunda etapa.

Segundo día: Panticosa-La Collada

Amaneció con una ligera lluvia y con 380 kilómetros de recorrido por delante, para acabar en un hotel de la famosa Collada de Toses. La cuestión es que todo apuntaba que en el tramo con más altura, el Port de la Bonaigua, probablemente llovería, y en un momento dado se planteó la posibilidad de ir desde Pont de Suert hasta Sort y evitar la Bonaigua.

Ducati Dos Mares 2018_1

Pero a la hora de la verdad, la meteorología nos respetó y pudimos disfrutar de un día perfecto, incluyendo el Port del Cantó. Los que llegamos pronto a La Collada no nos mojamos y algunos sí sufrieron un pequeño chaparrón antes de llegar al hotel, aunque la mayoría lo supo evitar poniéndose a resguardo. La sorpresa llegó poco antes de cenar…

¡Nieve!

La verdad es que era difícil de imaginar la llegada de una nevada como la que cayó el pasado 12 de mayo. Cuando nos despertamos por la mañana con -2º de temperatura, un manto blanco cubría absolutamente todo, motos incluidas. Algunos pensaron que la Dos Mares se acababa en La Cerdanya. Pero de eso nada.

Los planes se cambiaron para ganar tiempo y poder sacar las motos del aparcamiento completamente nevado, retirar dos y tres palmos de nieve de las motos, esperar a que subiera la temperatura y poner las motos en marcha.

Ducati Dos Mares 2018_3

Todas arrancaron sin problemas, lo que me parece un éxito teniendo en cuenta que, entre otros componentes, los conmutadores, piñas, mandos y demás estaban absolutamente congelados…

La Collada estaba completamente nevada, pero una máquina quitanieves limpió la carretera y, al llegar a Ribes de Freser, el ambiente ya era más cálido. Atrás quedó la nieve y en la mente de todos unas imágenes tan blancas como imborrables.

Hasta Roses algunos siguieron el plan establecido, pasando por Francia, en una ruta de 260 kilómetros. Otros optaron por desviarse hacia Campmany y de allí a Roses, donde lucía el sol.

Hubo quien prefirió conocer Cadaqués y comer en tan fantástico escenario. Y la gran mayoría llegó al hotel La Almadraba de Roses, donde acabó esta segunda edición de la travesía Ducati Dos Mares que organiza y controla Ducati y el equipo de O2riders.

Ducati Dos Mares 2018_2

La satisfacción de los participantes y la sensación de haber pasado tres días intensos y muy gratificantes se reflejó en el rostro de la inmensa mayoría. La experiencia de cruzar los Pirineos por buenas rutas y con la seguridad y buen talante de la organización garantizan el éxito a esta versión de la madre de las travesías. Entre dos aguas.

Gente y motos…

A pesar de ser un evento organizado por Ducati, en la Dos Mares se puede participar con modelos de cualquier marca, con un límite de cien motos inscritas para conservar el control y cierto aire de familia.

En la variedad está el gusto y, entre las mayoritarias Ducati, también vimos algún Honda X-Adv o una exótica Triumph Thruxton… ¡ambiente!

Pero… ¿Cómo lo vivieron algunos de los participantes? Mejor que os lo cuenten ellos.

Seguir leyendo

Rutas

Desafío África VI: Ciudad del Cabo

Publicado

el

sexta etapa del Desafío África

Tras un día ajetreado, nos ganamos un merecido descanso antes de seguir nuestro camino e iniciar la sexta etapa del Desafío África que nos llevará hasta Ciudad del Cabo, nuestro destino final.Pero no nos libramos de salir temprano para evitar otra tormenta. Las nubes negras se acumulan a un lado de uno de los picos. Si nos damos prisa llegaremos al Sanipass sin problemas, nos queda aún cruzar todo Lesotho.

Comenzamos el ascenso, cascadas, enormes camiones que en las subidas casi van parados, hombres con burritos y un asfalto delicioso. Mi Ducati Scrambler se lo está pasando bomba curveando.

Las bajadas con los valles al fondo impresionan, somos capaces de hacer carreras con el motor apagado (que por otro lado nos viene bien, ya que no queremos comprar combustible aquí).

Desafio-africa-VI-ciudad-del-cabo_8

La sensación de libertad, de poder hacer estas cosas que ya están prohibidas en nuestro país, hace que nos sintamos mejor aún. Cuando llegamos a la cumbre, una enorme niebla lo tapa todo. No vemos el otro lado del paso y decidimos esperar en el bar más alto de África mientras entramos en calor con una sopa.

Poco a poco va abriendo y aprovechamos entre nube y nube para comenzar el descenso. La primera parte es tan empinada y hay tanta piedra suelta que tengo que pedir ayuda, no soy capaz de avanzar sin miedo a caerme por una de las cornisas.

Pero a los 7 km la pista deja de tener tanta caída y el ritmo de bajada es un poco más alto. Llegamos a la base, donde está la frontera, tan solo con un percance: la rueda delantera de la Ducati Desert Sled está pinchada.

Volvemos a pasar por una frontera casi sin tráfico y llenamos con aire comprimido el neumático pinchado. Esta es la diferencia con el resto de África, si hay un pueblo cerca, habrá un taller de motos. Así es. Cambiamos la cámara sin problemas y continuamos camino.

Lesotho es el paraíso de las pistas, pero tenemos que comenzar a acercarnos a la costa. La Wild Coast es increíble, agua cristalina, llena de oleaje, azul.

Pasamos varios días durmiendo en “Back Packers”, como denominan a los albergues, situados en los acantilados de esta costa, desde los que podemos observar delfines saltando todas las mañanas.

Es increíble que la selva llegue hasta las orillas, que las vacas campen a sus anchas y que las playas, de arena blanquísima, sean kilométricas y estén vacías… La comida en este país es básicamente carne hecha en la parrilla, barbacoas que ellos llaman aquí Braai.

Desafio africa VI ciudad del cabo_7

De la Wild Coast hacia el sur vamos enlazando preciosos pueblos con casas típicas sudafricanas, paredes blancas y techo de brazo, carreteras impecables y pistas magníficas.

Ciudad del Cabo

La carretera para llegar hasta Ciudad del Cabo es espectacular. Pueblos como Hermanus o cabo Agujas nos hacen entender cómo fue la llegada de los barcos portugueses hasta estas costas, y después cómo millares de holandeses y alemanes tomaron una de las mejores tierras del continente africano, con agua, montañas, mar y ríos.

Desafio africa VI ciudad del cabo_3

Tierras ricas en recursos y vida salvaje. Las poblaciones de blancos se suceden, parece que estamos en Europa. Las construcciones cada vez se parecen más a otras conocidas y el idioma, el afrikaans, recuerda al neerlandés porque proviene del holandés antiguo.

Es curioso ver que la población negra sigue en sus pequeños guetos, en sus barrios o pueblos, cada vez más evidente según nos acercamos a Cape Town. Una ciudad blanca, pegada al mar, que comenzamos a ver desde las alturas.

La Table Mountain protege a Ciudad del Cabo de vientos y nubes, algo que ahora les está provocando una de las mayores sequías de la historia. Pero no he – mos venido a beber agua; aquí tienen bodegas por todas partes y nuestros días en Ciudad del Cabo sirven como prospección para uno de los viajes que organizo cada año con El País Viajes: esta vez será Ciudad del Cabo en Vespa, visitando los viñedos.

Una ruta preciosa, con paradas para ver los apestosos pingüinos de la costa, degustar los caldos sudafricanos y disfrutar de playas increíbles. Todo aderezado con mucha pista y caminos, por eso de disfrutar en moto.

Rodar por esta zona es seguro, divertido y con la posibilidad de recorrer viñedos, mercadillos y pequeñas poblaciones donde siempre hay mercados donde comer rico y barato.

Las excursiones a parques nacionales que están rodeando Cape Town son una delicia para ir en moto. La costa es impresionante; con lagos de agua salada, entradas de mar, cabos, curvas y muchos cortados.

Las carreteras están perfectas y las pistas siguen estando en muy buen estado. Los días en Cape Town se suceden con salidas para conocer la zona y paseos por una ciudad en la que la gente joven lo inunda todo, con tiempo siempre para después del trabajo tomar unas cervezas (por cierto, cada pueblo produce la propia de manera artesana), cenar o ver algún espectáculo de misiva en directo.

Ciudad del Cabo me resulta una ciudad perfecta para vivir, con un clima mediterráneo y gente amable. Eso sí, no se ven casi negros y los que están en la ciudad o tienen una posición social muy elevada o viven al margen, saliendo en la noche para pedir, robar y buscarse la vida. Las dos caras de la misma moneda.

Desafio-africa-VI-ciudad-del-cabo_15

Pero todo lo bueno se acaba, como este viaje, y tenemos que empezar a organizar la carga de las dos Ducati Scrambler al avión. Gracias a la eficacia de Ethiopian Airlines, los pasajes para nuestras monturas están preparados; Ducati South Africa nos brinda unos embalajes para las motos.

Ahora solo nos queda llegar hasta Addis Abeba, la capital de Etiopía, desde la que hace ya cuatro meses aterrizamos y con una pequeña escala, llegar hasta Madrid.

África no es peligrosa

En resumen, este viaje no ha sido peligroso. Pese a que sé que Africa lo puede llegar a ser sin darte cuenta, con un mínimo de cuidado hemos rodado más de 15.000 km sin problemas.

Hemos pinchado dos veces, cruzado varios puertos sin asfalto, arena, barro, lluvia e incluso hemos embarcado las motos en sendas barcazas para cruzar ríos en Malaui.

Desafio-africa-VI-ciudad-del-cabo_16

Hemos rodado junto a jirafas, cebras y ñus en Kenia, visitado las mejores playas de Mozambique, hemos comido carne a la brasa en Kenia, Tanzania y Sudáfrica, visitado bosques de baobabs inundados por las lluvias y probado todo tipo de vinos en Sudáfrica.

Un viaje en el que he recaudado 5.000 euros para la construcción de pozos de agua en Etiopía, de mano de la ONG Amigos de Silva, un viaje de recuento de viajeros, de millones de anécdotas.

Con nuestras motos gracias a los vuelos directos de Ethiopian Airlines Madrid-Etiopía y su disponibilidad para cargar las motos en sus bodegas. Un viaje por siete países del sur de África, donde solo se puede disfrutar de la moto, del paisaje y de la historia que todo lo rodea. Por eso os animo a que viajéis por la costa este de este continente y disfrutéis como yo lo he hecho. Si queréis más información de estos países, podéis visitar mi blog.

Texto y fotos de: Alicia Sornosa

Seguir leyendo

Rutas

Ruta de la Seda (1ª parte): Una moto en un mar perdido

Publicado

el

Ruta de la Seda

Fue uno de los mayores desastres ecológicos causados por la mano del hombre, en concreto por la mano de la antigua Unión Soviética y sus plantaciones de algodón, el oro blanco, que desviando los ríos Amu Daria y Sir Daria para regarlas, terminaría secando al mar de Aral y convirtiendo la zona en desértica, sometida a fuertes tormentas de arena, polvo y ántrax que hace que sus habitantes, los pocos que quedan, sufran graves enfermedades respiratorias.

Como en viajes anteriores, se hace necesario atravesar Italia, Grecia y Turquía, la eterna Turquía, para adentrarse en Georgia y Azerbaiyán. Cruzo estos países rápidamente, ya los conozco.

El objetivo es ganar tiempo para recorrer la zona uzbeka y kazaja del mar de Aral, así como las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

Estamos en pleno corazón de la misma. Pero viajar en moto es una película cuyo guion se escribe día a día, así que se fueron sucediendo un montón de historias alegres, tristes, de agotamiento, estresantes y un sinfín de ellas que hacen cada viaje único. Dos personas pasando por el mismo lugar lo vivirán de diferente forma. ¡Es la grandeza y la riqueza del viaje!

Paso la noche en Batumi (Georgia), frontera con Turquía. Bajo una incesante lluvia y una máxima de 8 grados atravieso el país con la intención de dormir en la villa olímpica que hay tras la frontera de Azerbaiyán, a unos 70 km. Esta vez voy por una carretera de montaña que al final se complicó bastante por haber muchos tramos cortados.

Llego tarde y cansada a la frontera. No presto atención a que llevo la bandera armenia en la moto, ni me acuerdo, estoy agotada. Guardo cola tras un coche de alta gama y destartalado que hay delante de mí. Cuando llega mi turno, en la ventanilla de inmigración, empiezo a escuchar voces. Un militar con una navaja golpea mi maleta.

¡Me doy cuenta rápidamente de lo que está sucediendo! “Big problema, big problema”, me grita una cara endiablada. Intento hacer que no sé de qué va todo aquello, pero me hace ir hasta allí para señalar con desprecio una bandera, la de Armenia. ¡Soy tan solo una viajera, no entiendo nada más!, le dije, pero con aquella navaja la rayaba, ¡Me puse sería e hice un gesto de basta ya con la mano!

Me llevaron a una pequeña garita y vino un jefe con muchas estrellas. Gritaba y gritaba en azarí. Revisando encuentran los sellos de Armenia del año anterior. No me dejaban entrar en el país y ya empezaba a trazar un plan B.

Nuevamente me conducen a la moto y les digo que si el problema era esa pegatina, la quitaba. Tiré de ella y se la día a un militar, que rápidamente me indicó que la de la otra maleta también. Las cogió, arrugó entre sus manos, tiró al suelo y pisoteó para terminar con ellas en el cubo de la basura. Y así, de esta manera, tras más de dos horas en la frontera, pude finalmente entrar en el país.

Una ruta muy dura

“Maybe tomorrow”. Esa era la respuesta que recibí durante tres días en el puerto de Alat, al sur de Bakú (Azerbaiyán). Tras comprar el billete, te explican que no saben con certeza cuándo llega el barco. Al parecer, el mar Caspio es muy traicionero y tan pronto está en calma como una fuerte tormenta pone en peligro a los navegantes, ¡eso me dijeron!

Después de 3 días y 10 horas, consigo embarcar en un carguero, que estaba literalmente para el desguace, pero allí viajaban cientos de camiones para Kazajistán, al puerto de Aktau.

Casi dos días de travesía. Cuando llegamos al puerto, era de noche. Subieron un montón de militares kazajos que nos hicieron ponernos a todos en fila para revisar nuestro equipaje. Eso y un enorme pastor alemán, que lejos de la “sutileza” de los perros policía que conocemos, olisqueaba y desperdigaba todo.

Se subía a las personas ante la atenta mirada de estos militares que nos hicieron bajar del barco por una escalerilla y volvernos a poner en fila para registrarnos otra vez con los perros. En una pequeña furgoneta, nos trasladaban en grupos de 12 hasta la oficina de inmigración alejada de la zona y a la que tuvimos que volver caminando. Una vez la moto fuera, otro registro, sacar todo de las maletas y nuevamente el perro. Si al puerto llegamos a las 23.00 h, cuando llegué al hotel eran la 06.30 h de la mañana.

Me lo habían dicho, era una carretera muy dura. Conocía experiencias de otros viajeros que literalmente, terminaron con los tornillos en la mano. Imagino, que me había mentalizado tanto de la dureza, que al final, aunque lo fue y mucho, sentí que no era para tanto.

Beyneu, Nukus, dos ciudades con una frontera en medio de la nada entre Kazajistán y Uzbekistán. Más de 500 km, sin gasolineras, sin nada. Solo desierto, el de Kyzyl Kum, cambiante y que, cuando lo atravesé, tenía unos impresionantes bancos de arena que pusieron a prueba a la moto y a mí. Los primeros 167 kilómetros son fuertes, después, hasta completar los 550 totales, la cosa se suaviza un poco, pero la carretera está tan rota que la moto va saltando constantemente con esa sensación de que se rompe, entre camellos y caballos salvajes que te vas encontrando.

La frontera entre Kazajistán y Uzbekistán es, digamos, muy peculiar. Te hacen atravesar un enorme charco de agua antes de entrar en la parte kazaja, y esto es en todas las fronteras así, como comprobaría más tarde.

Llego cubierta de polvo, una enorme caravana de coches cargados hasta casi no verse están delante de mí. Bajo de mi moto y me acerco a preguntar a un militar que está a lo lejos. Enseguida, como ocurre siempre, mi moto desaparece rodeada de un montón de hombres que la tocan, miran y remiran. El militar me indica que me acerque con la moto. Entre todos aquellos coches atravesados por aquí y por allí, llego y empieza el papeleo y el típico “Madrid o Barcelona”. La cosa pinta bien, y va todo de una forma sorprendentemente ágil para todo aquel caos que habían montado en mitad del desierto.

Muchos viajeros me comentaron que suelen hacer el tramo en dos días, pero decido quitármelo de encima lo antes posible y, tras vaciar los 11 litros de gasolina extra que llevaba en las garrafas, llego ya de noche a Nukus, donde duermo.

Cementerio de barcos

La señal de la era soviética todavía da la bienvenida a la gente en esta parte uzbeka del mar de Aral, con un pez que simboliza lo que en su día fue la riqueza de aquella zona; un importante puerto pesquero convertido hoy en cementerio de barcos.

Lo había visto muchas veces en fotografías y vídeos, pero aun así impresiona ver aquellos barcos oxidados en medio de un desierto que fue fondo marino. Decenas de miles de personas vivían antes allí, con importantes industrias conserveras. No solo la ciudad murió, sino muchos de sus vecinos, debido a enfermedades en los pulmones por el polvo, contaminación de fertilizantes y lo que allí in situ descubrí en la parte kazaja, el ántrax.

Aparqué mi moto y me senté junto a ella, observando aquella desoladora imagen y a algún turista bromeando cual pirata subido en los barcos abandonados. Un niño en bicicleta se acercó a mí, supongo que atraído por la moto, pero en cuanto vio mi cámara entre las manos, me gritó: “Turist no, photo no”. Y no me extraña; era su forma de vida y ahora para algunos era un atractivo turístico. Hasta gente de fuera ha montado allí una especie de restaurante para quienes visitan el cementerio de barcos.

Intenté hablar con la poca gente que queda en Moynaq, pero no hubo forma, se dan la vuelta, no quieren saber nada. Si te paras a hacer una foto, enseguida se esconden.

Localicé una antigua fábrica de conservas en mitad de unas calles desérticas y al fondo había una señora que rápidamente se metió en su casa.

Es triste y desoladora la imagen. Ante mí, una importante y próspera ciudad de Uzbekistán que ha quedado reducida a polvo. Aquel desierto con barcos varados aquí y allí hace que nadie hubiese imaginado un guion tan dantesco.

A las afueras, algunas comunidades científicas han trabajado para recuperar la zona, pero francamente creo que nada se puede hacer ya. Al menos, han conseguido que pueda haber vida en las piscinas que hay rodeando la ciudad y sus gentes puedan pescar en ellas.

Me voy de allí, con esa mezcla de sentimientos de alegría por haber llegado con mi moto y de pena por ver lo que la mano del hombre es capaz de hacer.

Queda todavía la parte de Kazajistán de este mar, este mar perdido, así que continúo ruta y aprovecho para visitar las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

En el corazón de la Ruta de la Seda

Giva-Khiva, la ciudad de las mil y una noches. Preciosa ciudad por la que paseé a diferentes horas del día y de la noche. Esa ciudad que esconde la triste historia de haber sido uno de los principales mercados de esclavos hasta 1865. Se dice que las murallas de su ciudad fueron construidas en tan solo 30 días por multitud de presos.

Pero si algo destaca de Giva, es su enorme cilindro Katal Minor, cubierto con dibujos en azulejo que se sitúa entre madrasas. Minarete inacabado y que te deja con la boca abierta. Cientos de turistas entre sus calles y más de 200 monumentos que visitar. Es una ciudad como las que podríamos ver en Afganistán o en Irán; de hecho a mí me recordaba constantemente a este último país que recorrí en moto en 2016, solo que debido a la sovietización y con ello prohibición de las religiones, desde sus minaretes no hay llamadas a la oración y dentro de sus mezquitas y madrasas hay mercados. Me pregunto una y otra vez qué pensarán los vecinos de estos países tan estrictos con su religión.

Me voy a un mercado local con un chófer que se dedica al turismo a comprar unas tarjetas para mi cámara, que por algún motivo no funcionan, y aprovecho para cambiar dinero en el mercado negro, algo prohibido en estos países. Compré música uzbeka y aquel hombre y yo atravesamos la ciudad sonrientes, con las ventanillas bajadas y el volumen bien alto.

Reconozco que al principio me costó mucho coger confianza. Quizás la apariencia de sus gentes. Pero ha llegado ese momento mágico en el que llamas tú la atención y entonces eres el motivo de las miradas. Paseo tranquilamente entre la gente que me para hacerse fotos conmigo.

Dejo esta ciudad tras visitar minaretes, madrasas, paseos entre sus calles, para continuar ruta hacia Buhara.

Las carreteras en Uzbekistán están rotas, ¡no hay socavones, hay pozos! en la carretera y tienes que ir buscando el menos profundo. En uno de estos y sin posibilidad de esquivarlo por un camión, enseguida me di cuenta. ¡He pinchado, pensé!, sin mirar, abrí mi maleta y saqué el kit de pinchazos para ponerme manos a la obra, pero la cosa era más grave, la llanta estaba rota.

Arrastro la moto hacia un tendejón que había visto al pasar. Me parecía buen sitio para buscar soluciones. Un chico que se presentó como Hasmin me ayudó en el último tramo. El hombre metió aire en mi rueda pero nada, y con un martillo se lió a golpes para enderezar la llanta, pero el problema era grave, y no había forma. Necesitaba encontrar a alguien que soldara aquello y estábamos a unos 40 km de Buhara, unas dos horas en coche. No me entendían, nadie habla inglés en aquella zona, así que terminé dibujando un camión en una libreta.

En la ciudad no encontrábamos a nadie, hasta que di con un taller y un chico que me soldó aquella llanta, que no volvió a perder aire y gracias a él terminé mi viaje.

El día tenía que terminar bien y, a pesar de que entré en Buhara de noche, el hotel que encontré estaba en el mismo corazón y, para rematar, un grupo de españoles que me reconoció vino a las puertas del hotel a saludarme. Ahora tocaba llegar a Samarcanda.

Continuará…

Galería

Texto y fotos: María Elsi

Seguir leyendo
Publicidad
Publicidad
Publicidad ¡Suscríbete a Solo Moto y llévate esta súper oferta!
Publicidad
Publicidad
Publicidad

Facebook

Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad

Solo Moto Nº: 2.032

Suscripción en papel: https://www.quierounarevista.com/solomoto Descargar la revista o suscripción digital en: kioscoymas

Los + leídos