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Rutas

Lápices moteros: Repartiendo ilusión y sonrisas en el desierto marroquí

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Hacía bastante tiempo que un grupo de colegas mote­ros veníamos barajando la posibilidad de poder cruzar el estrecho, y visitar todos juntos el vecino país de Marruecos. Algunos ya lo habían visitado antes, otros no, para unos supondría su primer gran viaje; para otros, no… La cuestión es que la idea fue tomando forma y finalmente el grupo quedó definido, cómo no, entre las risas de una concentración invernal.

Finalmente en junio pondríamos rumbo al desierto nueve personas y siete motos; Pedro J.(R 1150 GS), Francis (R 1200 GS), Jaime (V-Strom), y Fico (Dyna Street Bob) saldrían de Talavera de la Reina; Dani y Maribel (R 1200 GS Adventure) desde Alovera (Guadalajara) y finalmente desde Ná­quera (Valencia), Roberto y Rebeca (R 1150 R Rockster), y Julio (R 1150 GS) desde La Pobla de Vallbona.

Durante la conversación y la planifica­ción de la ruta, a alguien se le ocurrió la feliz idea de que pudiéramos llevar con nosotros algunos lápices y material escolar para poder regalarlos a los niños de aquella zona. Según experiencias anteriores de algunos de nosotros, sabíamos que este tipo de material era muy apreciado y decidimos aprovechar nuestro viaje y colar entre nuestro equipaje algo que allí pudiera ser muy útil. Una cosa llevó a otra y elaboramos un proyecto que enviamos a multitud de empresas y asociaciones para ofrecer la posibilidad de que, quien así lo deseara, pudiera colaborar aportando el material que considerara oportu­no.

Nos pusimos en contacto con la ONG Caminos al Sur, que nos orientó acerca de lo necesario, abrimos un blog con nuestro proyecto y coloca­mos puntos de recogida en colegios, librerías, etc., donde la gente a nivel individual y anónimo también reali­zaba sus aportaciones. Fue en aquel momento cuando el objetivo del viaje cambió por completo; la meta se convirtió en poder llevar la mayor cantidad posible de material escolar sobre nuestras motocicletas a las escuelas de Merzouga, una població al sur de Marruecos en las puertas del desierto, junto a la frontera argelina.

De Córdoba a Chaouen
 

La primera fase del proyecto resultó un rotundo éxito, todos los miembros de la comitiva estábamos desbor­dados de kilos y kilos de material escolar solidariamente donado por una infinidad de personas que nos apoyaban de manera incondicional. Cada uno, desde su punto de partida, peleábamos con nuestras motos para cargar la mayor cantidad de lápices, libretas, pinturas, etc., aprovechando el más mínimo espacio. Las jornadas previas resultaron intensísimas y, no sin esfuerzo, logramos cargar en total casi 700 kilos de ilusiones que recorrerían más de 1.700 km hasta su destino.

El día 6 de junio llegó por fin y, con él, se puso en marcha la caravana de los Lápices moteros. Cada cual desde su punto de origen y cargados hasta lími­tes insospechados, partimos rumbo a la meta de la primera jornada; Baena, espléndida ciudad cordobesa donde estaba previsto reunirnos los nueve componentes de esta locura. Posible­mente fue el azar o la inconsciencia, pero lo cierto es que fue Córdoba, capital del antiguo califato omeya, la que nos proyectó a la comitiva entera rumbo a tierras musulmanas. El calor que sufrimos aquel día no era sino la antesala de lo que nos esperaba en tierras africanas.

Al día siguiente fue cuando realmente se iniciaba el viaje. A priori nos iba a ser complicado desplazarnos las siete motos, con un cargamento que rozaba lo demencial y sobre todo por tierras marroquís, pero el empuje de nuestros corazones al ritmo de los motores de nuestras máquinas nos hizo iniciar la jornada rumbo a Algeci­ras, donde debíamos embarcar con destino a Tánger. Puntuales, a las 12 del mediodía, nos encontrábamos en el lugar de embarque; el retraso del ferry ya nos obsequió con más de tres horas de espera bajo un sol justiciero y, finalmente, tras asegurar concien­zudamente las motos en su interior, comenzamos a cruzar el estrecho con nuestras monturas cargadas de tan preciado tesoro.

Resultaba curioso admirar las costas de los dos con­tinentes, tan cercanos en distancia y tan alejados en sus culturas… En poco más de hora y media, nues­tros pies y nuestras ruedas estaban pisando suelo marroquí. Es un tópico hablar de la tranquilidad con que todo se desarrolla en los países islámicos, pero rápidamente pudimos comprobar que todos los tópicos tienen una base real, cuando los trámites burocráticos en la aduana se alargaban de manera agotadora.

Finalmente pusimos rumbo a la ciudad de Cheff Chaouen, lugar donde pernoctaríamos y donde nos esperaban Rafa y Yolanda, los primos de Julio, que de una manera muy hospitalaria nos alojaron en su casa. Llegamos casi caída la noche y fuimos testigos al entrar en aquella ciudad de que ya nos habíamos trasladado a un mundo totalmente diferente del nuestro; calles entramadas, escaleras, el color azul predominante, música en la calle…


Rumbo a Merzouga

El tercer día prometía ser el más duro, iniciamos la marcha a las 7.30 y nos esperaban más de 600 km rumbo al sur hasta Merzouga, lo que, teniendo en cuenta que rodábamos por carreteras marroquíes, multiplicaba el esfuer­zo de manera exponencial. Fueron kilómetros de vías sin arcenes, algún que otro traicionero socavón, pero, eso sí, de parajes espectaculares. Tras doce horas agotadoras llegamos al fin y el azar quiso llevarnos al hotel Nomad Palace, donde su propieta­rio Driss nos recibió con los brazos abiertos, uno de esos personajes de los que se conocen pocos en la vida y que te marcan para siempre. Nos acompañó durante la cena, especta­cular por cierto, donde le expusimos la razón de nuestro viaje y donde nos contó, con su manera tranquila y em­belesadora de hablar, cosas especta­culares de la vida del desierto.

Teníamos previsto la entrega del material en dos colegios de aquella localidad, pero tras nuestra conver­sación con Driss, decidimos también reservar una parte para las familias nómadas de la zona.

Fue al día siguiente cuando, a través de un contacto de la ONG, hicimos la entrega del material en los dos centros previstos, clase por clase y directamente a los alumnos de todas las edades. Aquellas sonrisas dieron por fin sentido a nuestro esfuerzo y provocaron en todos nosotros una satisfacción difícil de explicar.

En aquel momento, los cuadernos, lápices, acuarelas, etc., de personas que decidieron colaborar estaban en las manos de quien realmente los necesitaban. Aquella misma tarde, Driss nos llevó en dos todoterrenos al desierto puro y duro; resultaba totalmente imposible usar nuestras motos. Allí repartimos el material restante, familia por familia. Finalmen­te dejamos el resto en una escuela construida para los niños nómadas. Con la sensación de un trabajo bien hecho, finalizó aquel día agotador.

El quinto día tocaba iniciar el retorno. Tras una emotiva despedida pusimos nuestras motos en marcha con mu­chísimos kilos menos. Nos dirigimos hacia las gargantas del Todra, con espectaculares paisajes; amplísimas llanuras, oasis exuberantes, monta­ñas impresionantes… Llegamos al río Dades y su fantástico entorno, según dicen es una de las diez carreteras más espectaculares y peligrosas del mundo, y dimos por finalizada la jornada. Al día siguiente teníamos previsto llegar a Marrakech.

Así lo hicimos, para ello cruzamos el Atlas en una travesía intensísima a través de una carretera de montaña impresionante y con un tráfico muy peculiar; desde ciclistas hasta camio­nes llenos de paja, los clásicos taxis Mercedes con ovejas en la baca…

Ya solo nos quedaba pasar por las grandes ciudades: Marrakech, Casa­blanca y Rabat, lugares intensos y con un tráfico caótico, antes de volver a embarcar en Tánger y decir adiós a un viaje espectacular.

Este es nuestro balance final: 4.000 km recorridos, 1.800 litros de gasolina quemada, una pata de cabra partida y lo más importante… un montón de sonrisas arrancadas e innumerables satisfacciones vividas.

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