La ruta del miedo: en moto por los lugares malditos de España
Connect with us
Publicidad

Sin categoría

La ruta del miedo: en moto por los lugares malditos de España

Publicado

el

Llueve, cómplice de mi temor, el cielo llora. No es la primera vez que veo llover, pero en esta ocasión parece un mal augurio. No lo pienso más, me subo a mi compañera inseparable, la Derbi Terra Adventure. Hace mucho frío, el viento, la lluvia y la niebla no ayudan mucho a entrar en calor.

Saliendo de Vega de Pas (Cantabria) en dirección al puerto de Estacas de Trueba, al otro lado del valle, tomo una pista en muy mal estado por la intensa lluvia, el barro pone a prueba mi equilibrio sobre la moto. Después de 4-5 kilómetros, cuando estaba a punto de tirar la toalla y darme la vuelta, diviso la entrada del túnel de La Engaña. Su construcción comenzó en 1942 utilizando como mano de obra a presos políticos del franquismo; muchos perdieron la vida y la mayoría enfermó de silicosis como consecuencia de las indecentes condiciones en las que trabajaban. Proyectado para unir por ferrocarril el Cantábrico con el Mediterráneo, se abandonó años después.

Desde entonces muchos son los que dicen que las almas de los que allí perecieron vagan por la oscuridad de sus siete kilómetros. Miro una última vez hacia fuera y me enfrento a la oscuridad. 3.000 metros en su interior, paro para sentir, espero tranquilo a que pase algo, no sé el qué, pero algo.

Me entretengo haciendo fotos con trípode y con mando a distancia, pero en la primera ocurre algo extraño, cuando compruebo el resultado de la foto, veo que detrás de mí, donde no debería haber nada, observo algo iluminado, una mancha, la amplío y por unos segundos casi se me para el corazón, es una cara, un rostro girado 180º. Después de unos segundos de escalofríos, compruebo que es mi propia cara, y que un extraño efecto me ha jugado una mala pasada. Dos horas después vuelvo al mundo real, mi primer objetivo en esta ruta por el misterio está cumplido.

Segundo día

Paso la noche en Vitoria. Tan sólo 14 kilómetros me separan de Ochate, en el condado de Treviño. Hace aproximadamente 140 años, Ochate quedó abandonado. A lo largo de una década su población fue aniquilada por una serie de epidemias, que según relatan no afectaron a las poblaciones vecinas. Extrañas desapariciones, apariciones fantasmales, avistamientos ovni y sicofonías ya se han convertido en habituales en la zona.

El acceso hasta Ochate se hace por una pista embarrada y con profundas roderas. Queda en pie el torreón y algunos muros de casas alrededor. En diez minutos de ascensión por un estrecho camino se llega a la iglesia, se han derrumbado el pórtico y todo el techo. Cruces invertidas y símbolos satánicos adornan los restos del antiguo templo. Paseo por los restos de Ochate esperando ver o sentir algo, pero tampoco hay suerte.

Desciendo la pista embarrada hasta Imiruri. Entre viñedos, atravieso La Rioja alavesa, curvas y más curvas sobre buen asfalto convierten la conducción en un placer casi sexual. Estas carreteras secundarias son el hábitat natural de mi moto, en ellas, la Burrita se divierte y me hace disfrutar.

Paso Logroño por la N-232 hasta tomar rumbo sur hacia Arnedo. A la entrada de una población encuentro una gran señal que dice “Novallas”. ¿Hago caso?

Desde Vera de Moncayo, con las últimas luces del día, asciendo por una estrecha y serpenteante carretera entre bosques caducos que hacen más tétrico el camino, pronto llego frente al sanatorio de Agramonte, una verja con la puerta abierta me invita a entrar, a pesar de las señales prohibiendo el acceso. La apariencia es realmente lúgubre, al igual que el resto de los objetivos de la ruta, los fenómenos paranormales son parte de su leyenda.

Un primer vistazo a la planta baja, está muy oscuro y se hacen necesarios una linterna y un casco para protegerme de los posibles desprendimientos de los techos, en el exterior una gran pintada advierte del peligro de derrumbe. Cuando vuelvo por una linterna me encuentro con una aparición terrorífica, siento miedo, un miedo real, mi cuerpo se estremece y mi vello se eriza, dos figuras estáticas me miran fijamente desde el otro lado de la puerta de la verja. “¿Qué haces ahí?”, me dicen con voz ronca, casi de ultratumba. Los espectros llevan ropas verdes y van armados, en el momento que me piden la documentación me doy cuenta de que es la Guardia Civil. Me invitan amistosamente a abandonar el lugar. Obedezco.

Habitación 510

Aparco la burrita frente a la entrada del hotel. A pesar de la profunda remodelación que sufrió el edificio tras el incendio del año 1979, cuando era El Corona de Aragón, la numeración de las habitaciones se mantiene.

El 12 de julio de 1979, un devastador incendio acaba con la vida de 78 personas que murieron calcinadas o asfixiadas. Escenas de horror se vivieron en las dependencias del hotel. Dicen que en los lugares donde ocurren este tipo de tragedias las almas y espíritus de los fallecidos quedan atrapadas impregnando las paredes del lugar, manifestándose después de diversas maneras, causando terror en los vivos que por allí pasen.

Decenas de testimonios relatan experiencias aterradoras vividas en el hotel y especialmente en la habitación 510, donde voy a pasar la noche con el fin de comprobar en primera persona qué de ciertas tienen todas esas historias. Luces que se encienden y apagan, presencias que se hacen sentir, llaman a la puerta y no hay nadie, objetos que se mueven solos.

Insisto, no creo. Pero reconozco que según avanzo por el larguísimo pasillo en busca de la puerta 510, un escalofrío recorre mi cuerpo.

En mi mente me repito “venga, valiente, esto no es nada para ti”, mi escepticismo lucha por ganarle la batalla al temor que la sugestión provoca. Registro todos los rincones de la habitación. Un enorme espejo hace de cabecero, otro con marco labrado de madera está colgado en el centro, en la pared de enfrente otro espejo más. Cada movimiento que hago es repetido por infinitos gemelos míos, cada gesto que hago provoca una sensación de que algo se mueve en mi reojo.

Me entretengo y dejo pasar el tiempo conectado al Facebook comentando con mis amigos lo que experimento allí solo.

Pasan los minutos, las horas, en este lugar no ocurre nada, mis primeros temores han desaparecido por completo.

Miro el reloj, son las cuatro de la madrugada, va siendo hora de intentar dormir un poco, mañana me esperan 700 km de ruta en moto.

Aburrido de esperar acontecimientos, mis párpados se dejan vencer por el sueño. Cuatro horas después, la alentadora luz de la mañana entra por la ventana, encuentro todo tal como lo dejé, nada se ha movido. Si alguien o algo ha pasado por aquí, ha tenido la educación de no despertarme, gesto que agradezco.

Estoy satisfecho de haber vencido al miedo provocado por la sugestión, que, en mi opinión, es lo único anormal que ocurre en estos sitios supuestamente malditos.

La Mussara

Los primeros kilómetros del día esquivan Los Monegros por el sur hasta Bujaraloz. Después de bastantes kilómetros de largas rectas y llanuras, el terreno se pliega formando pequeñas montañas que el asfalto tiene que esquivar describiendo curvas, subidas y bajadas. La monotonía se transforma en diversión.

Hoy me pongo como único objetivo misterioso, La Mussara, en Tarragona. Un pueblo abandonado desde el año 1956, famoso por la belleza de sus paisajes, sus vías de escalada y sobre todo por los misterios que le rodean. En la actualidad quedan solamente las ruinas de unas pocas casas y la iglesia. Cuentan que en este lugar se han producido misteriosas desapariciones que a día de hoy no se les ha encontrado explicación. También se encuentran relatos de avistamientos ovni en la zona, así como de alteraciones electromagnéticas que afectan a aparatos electrónicos.

Antes de que la oscuridad se apodere de todos los rincones de esta aldea voy al sitio más especial de La Mussara, junto a una de las viviendas y al borde de un precipicio hay una piedra con el número seis grabado. La leyenda dice que si la pisas, te transporta a la Villa del seis, un lugar maldito en otra dimensión.

Sobre la piedra, permanezco sentado con las piernas colgando en el vacío, maravillado por el paisaje que tengo frente a mí, la sierra del Montsant, la costa mediterránea con Reus debajo en primer plano, Tarragona detrás y el mar como horizonte al fondo.

Espero hasta que cae la noche. Si en La Mussara existen los fantasmas o los espíritus, estoy seguro de que serán buenos, en este lugar no cabe lo maligno, es demasiado bonito para estar maldito.

Aun así quiero pasar unos minutos dentro de la iglesia y el cementerio a solas, no tengo miedo, si algo o alguien se manifiesta no será terrorífico, de eso estoy seguro. Pero como va siendo habitual, nada pasa.

Desciendo hacia la costa, apenas hay tráfico en la N-340. Cerca de Oropesa (Castellón) veo un establecimiento de la cadena de hoteles Cutrotel, paro para preguntar y aunque la habitación es mucho más terrorífica que la 510, es barata y está limpia, me quedo.

El final

Me levanto a la misma hora que el sol. A través de las ventanas puedo ver al astro rey asomar la nariz por encima del Mediterráneo.

Me pongo en marcha sin dudar, consigo llegar a la A-3 dejando Valencia y el sol a mi espalda. Ya en Requena salgo de la autovía buscando una carretera secundaria que me lleve a Los Ruices. La Cornudilla no anda lejos, pero tengo que preguntar, ya que el asfalto también se olvidó de este pueblo abandonado.

Por terreno ondulado, entre viñedos y olivos, llego a lo que parecen las ruinas de varias casas. El tiempo hizo estragos en los restos, no hay más de diez o doce casas que conserven algún muro en pie. Me detengo junto a la única que permanece con cierta apariencia de vivienda habitable, pero es un espejismo, está hecha una ruina.

El misterio de La Cornudilla habla sobre extraordinarios fenómenos paranormales, principalmente poltergeist. En los años cincuenta, los cuarenta habitantes abandonaron el pueblo aterrados por dichos fenómenos. Estos hechos se daban de una manera más acentuada en la que llamaron la casa de los ruidos; según cuentan, la casa prácticamente hablaba.

Cuando me documenté para dar contenido a esta ruta del miedo, me llamó especialmente la atención esta historia. Si damos credibilidad al dato en el que dicen que los cuarenta habitantes abandonaron el pueblo, sólo puedo preguntarme qué pudo ocurrir para que dejaran sus casas, el lugar donde nacieron. A unos 500 metros está la casa de los ruidos, o mejor dicho, lo que queda de ella; uno de los muros está inclinado a punto del colapso, permanezco sentado una media hora esperando, intentando percibir algo, pero lo único que siento es el azote del viento, que hoy parece enojado con algo o con alguien.

¿Ruidos?, pues no, tan sólo el agradable sonido de las ramas del árbol que da sombra a la casa maldita. Lo que provocó hace sesenta años el pavor de los habitantes de La Cornudilla, parece haberse ido con ellos.

Se me hace tarde, quiero llegar al puerto de la Cruz Verde, en Madrid, antes de que acabe el día.

El puerto empieza en San Lorenzo de El Escorial, La Cruz Verde está entre esta localidad y Robledo de Chavela. En un viaje en moto buscando el misterio no podía faltar la muerta de la curva y en esta zona tienen a la dama de blanco. Cuenta la leyenda que una mujer que murió en las carreteras del puerto se aparece a los conductores, vestida de blanco y haciendo autostop.

Ya anocheció, no pasa nadie, espero que la dama se deje ver, tengo ganas de que alguno de los lugares malditos me muestre alguna evidencia real. Pero no es mi noche de suerte, no consigo ver a esa dama, ni a ninguna otra.

Llego a Manzanares el Real, mi objetivo, gorronear en casa de unos amigos, acepto la invitación para quedarme a dormir.

A la mañana siguiente salgo dirección Ávila. 120 kilómetros separan la gran muralla abulense de mi casa, pero antes me queda un último destino. La gasolinera de los bastones, en el límite entre las provincias de Ávila y Segovia . Lo cuento tal y como me la contaron a mí. Un trabajador de la estación, con cierta edad, se ayudaba de un bastón para caminar, murió trágicamente, y a partir de entonces los sustitutos en su puesto duraban poco tiempo, a los pocos días se despedían. Contaban que ocurrían cosas extrañas, luces que se encendían y apagaban solas, puertas que se abrían y cerraban sin una mano que las empujara y lo más característico era el sonido de un bastón al golpear el suelo. El estado de la estación abandonada es lamentable. En la estancia más grande, en el centro, una gran mesa redonda de hormigón con muchos pájaros muertos alrededor. En esta mesa, según me dijeron, se han grabado sicofonías donde se puede escuchar el golpear del bastón.

Tengo que reconocer que de todos los sitios de misterio que he visitado en este viaje, éste de la gasolinera ha sido en el que he pasado más miedo, y mucho. Cuando estaba grabando el vídeo, escuché los ladridos de dos perros enormes que venían por mí, no eran del más allá, pero daban mucho miedo. El final de mi ruta del miedo acabó con una huida desesperada de dos bestias infernales, y el equipaje lleno de escepticismo. Dejo a cada uno que tome la decisión de creer o no creer. Yo solamente pretendía vivir sensaciones nuevas.

 

No te pierdas el vídeo de la experiencia por la Ruta del Miedo.

Publicidad
Haz clic aquí para comentar

Publica un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad
Publicidad

Newsletter

Publicidad

Facebook

Publicidad

SOLO MOTO MAGAZINE Nº 2051

Descubre nuestras ofertas de suscripción en papel o en versión digital.

Los + leídos