La ruta del miedo: castillos, cementerios y alienígenas
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La ruta del miedo: castillos, cementerios y alienígenas

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 Reitero mi respeto por aquellas personas que creen; hasta este mo­mento yo no creo, soy un escéptico convencido que se divierte buscando fantasmas. Siempre insisto en que el día que vea algo lo suficientemente fuerte como para hacerme dudar, entonces me quedaré en casita y me olvidaré de estos coqueteos con el misterio. Lo cierto es que, siendo sincero, ya he visto y oído algunas cosas extrañas de difícil explicación. En el túnel de La Engaña, entre Burgos y Cantabria, apareció una cara en una fotografía de alguien que allí no estaba y una sicofonía grabada en un vídeo en la habitación 510 de un hotel de Za­ragoza, en el que una voz metálica femenina me invitaba a marcharme del único sitio en el que he pasado miedo de verdad.

Si a un niño, e incluso a un adulto, le preguntamos dónde buscar fantasmas, la gran mayoría nos diría que en un castillo antiguo y el resto probablemente contestaría que en un cementerio. Pues eso precisamente es lo que espero encontrarme en el castillo del siglo XIII en el que pasaré la primera noche de esta nue­va ruta del miedo, espero que sea sin excesivos sobresaltos. Una experiencia única, recorrer a oscuras y solo to­das sus estancias, escaleras y pasillos, será divertido.

No ha sido fácil conseguir el permiso. Imaginaos la cara de quien escuchaba mis locos argumentos y tenía que dejarse convencer para concederme la autorización.

El castillo

Llego bien entrada la noche bajo una lluvia intensa al castillo de Torrelobatón, provincia de Valladolid. Sobre mi corcel negro avanzo por sus desiertas calles. Una débil luz intenta iluminar, sin conseguirlo del todo, la torre del homenaje de 40 m.

El faro de la Rieju espanta a una desprevenida pareja que dentro de su coche, supongo, habla del Gobierno. ¿No? Al mismo tiempo que la pareja huye del lugar llega mi ama de llaves. Me ofrece encender las luces interiores de la fortaleza, me niego, la luz de mi linterna me ofrecerá más emoción.

Me quedo solo y sin perder tiempo empiezo a recorrer estrechos pasillos, interminables escaleras, altas torres y amplias estancias de mi castillo.

No espero encontrarme con fantasmas ni espíritus del más allá, busco sensaciones distintas y experiencias fuertes, poner a prueba mis nervios. Pero según pasan los minutos, lejos de sentir nervios o inquietud, lo que mis sentidos perciben es la sensación de tranquilidad. Simplemente disfruto.

Subo la interminable escalera que lleva a lo alto de la torre prin­cipal, en ese camino hay que atravesar dos salas en las que la linterna saca de las tinieblas varias figuras que reposan en cua­dros y lienzos, como el rostro de Juan Martín Díez, el Empecinado. Vallisoletano ilustre que combatió con bravura contra las tropas invasoras francesas durante la Guerra de la Independencia de principios del siglo XIX. Asciendo a lo alto de la torre. A cada paso que doy, una paloma levanta el vuelo junto a mí, rozándome literalmente. Durante unos minutos contemplo, como un rey, las calles y plazas iluminadas de Torrelobatón.

La madrugada avanza. Al bajar por las estrechas escaleras, un murciélago negro como el carbón, en su huida, espantado por la luz de la linterna, casi se golpea contra mi cara. Aunque el en­cuentro fue efímero, pude ver su cara. ¿Sería un vampiro? No tuve tiempo de preguntarle, huyó escaleras arriba más asustado que yo. Ya no quedan vampiros como los de antes.

El señor del castillo

En un rellano frente a las oscuras escaleras de la torre, extiendo el aislante y el saco en el duro suelo. Llega el momento de intentar dormir mientras espero que algo o alguien se aparezca ante mí.

Dos horas después sólo he sido capaz de dar varias cabezadas. Sigo vivo, la experiencia es brutal, muchas sensaciones, ruidos desconocidos de todo tipo, perros que aúllan como lobos, aves que gritan como si las degollaran, sombras, crujidos… Las gotas al caer hacen un sonido similar a pisadas de seres que no existen. Pero mis ojos se cierran para no abrirse hasta las primeras luces del día. Afortunadamente no he sido testigo de nada que no sea normal en el más acá.

Galita, mi moto, espera fuera ajena a todo lo que he sido capaz de sentir dentro del castillo medieval. Con una leve insinuación en el botón pone en marcha su pequeño pero fuerte motor. Ponemos rumbo hacia nuestra segunda noche de canguelo.

Copiando el trazado que el río Duero describe en su lento pero constante avance, recorro kilómetros que en su mayor parte transcurren entre un paisaje adornado de verdes viñedos. Dejo la N-122 poco después de pasar el desvío a Calatañazor, giro a la izquierda dirección Vinuesa, pero antes atravieso Abejar y Molinos de Duero. El destino es el cementerio abandonado de La Muedra. Una pista que bordea la orilla del embalse de la Cuerda del Pozo, encajada entre miles de pinos silvestres, nos lleva hasta donde se sitúa, o mejor dicho, se situaba el pueblo de La Muedra, hasta que en 1941 las aguas del embalse ahogaban la historia de este pueblecillo. 90 familias fueron obligadas a abandonar sus hoga­res. Se cuentan historias que inevitablemente comienzan en los lugares que sufren una circunstancia trágica para sus habitantes como ésta. Personas de La Muedra que murieron de pena por perder sus vidas, sus hogares, sus raíces. De La Muedra sólo queda la torre de la iglesia, que en ocasiones asoma sobre las aguas resintiéndose a morir ahogada en el olvido, y el cementerio, que a unos centenares de metros ladera arriba, sucumbe al paso del tiempo. Por aquí le llaman el cementerio sin pueblo.

El cementerio

Los muros, verjas, varias cruces, trozos de lápidas y una especie de panteón con una inquietante cruz de piedra encima junto a un árbol desnudo, recrean un escenario digno de cualquier película de terror.

Gris, triste, olvidado, decadente, gótico, dejado de la mano de Dios y, aun así, es bello. No tarda mucho en caer la noche, antes dedico un tiempo a pasear por la orilla del embalse en busca de la torre emergente de la iglesia. La encuentro, me siento en una gran roca, mientras poco a poco la torre desaparece de mi vista al mismo tiempo que el día da el relevo a la noche. La oscuridad toma posesión de lo que durante unas horas le pertenece.

Con la noche, el camposanto adquiere un ambiente y aspecto más misterioso si cabe. Con la oscuridad, los sentidos se agudi­zan, todo lo que percibimos se multiplica, se exagera en nuestro cerebro provocando eso que llamamos miedo, pero ¿miedo a qué? ¿A los muertos? Es ridículo; los muertos, muertos están.

Cada pocos minutos, a veces segundos, escucho movimientos de ramas que chascan, veo ojos que brillan al dirigir la linterna ha­cia el lugar de donde provienen los ruidos. No consigo relajarme, busco un emplazamiento más protegido dentro del cementerio para tirar el saco de dormir, me entretengo leyendo lo que queda legible en las cruces y lápidas. Decido tumbarme en la hierba de la entrada, dentro la exuberante maleza no ha dejado ningún hue­co para dormir cómodamente. Intento dormir, pero sólo consigo breves sueños. No hay manera, no es por miedo, los continuos ruidos de lo que quiero pensar que son animales cotillas,no me dejan pegar ojo. Me lo tomo con calma confiando en que el sueño gane esta particular batalla.

A las cuatro de la madrugada me doy por vencido, los curiosos vecinos han podido conmigo, mañana tengo varios cientos de kilómetros por delante y no puedo estar sin dormir. Levanto el campamento improvisado para buscar un lugar tranquilo. En un pradillo cercano a Vinuesa, entre furgonetas camper por fin con­sigo descansar unas pocas horas.

La ermita

El destino de hoy es un pueblecito turolense enclavado en la co­marca de Gúdar-Javalambre. La N-234 me servirá de camino casi hasta Rubielos. No busco historias de misterio espectaculares o las más conocidas, me gustan las leyendas curiosas y sencillas también, la única condición que me pongo cuando busco en libros e Internet es encontrar relatos de personas que hayan tenido y contado una experiencia terrorífica, una experiencia pacagalse. En la Puebla de Valverde abandono la N-234, ya queda poco, unos 25 km para llegar a Rubielos de Mora. Allí existe una ermita levantada en honor de Santa Ana –que data del año 1659–. Los testimonios de personas que han pasado aquí noche han notado, sentido, visto presencias, manos inexistentes que les han tocado. Algunos cuentan que se han sentido enfermos y lo más curioso es que todos coinciden en que alguien les tiró del pelo. Cuando lo leí me partí el ojete imaginando la cara del espíritu intentando tirar de mi frondosa melena…

Sentado bajo el pórtico espero a algo que para nada quiero ver.

Peeeeeeroooooo, llegó, sí, llegó y envuelto en luces extrañas y potentísimas. Y no eran extraterrestres sino mi amigo Jaime (a partir de ahora el fantasma toloco), que sabiendo desde hace días que iba a caer cerca del pueblo de sus padres se ha presentado sin avisar. Ha caído la temperatura vertiginosamente y la humedad se mete en los huesos. Nos metemos en los sacos, tirados junto al muro lateral. Las sombras ya no son amigas, los sonidos pasan a ser ruidos inquietantes, el reojo juega malas pasadas, la imaginación no obedece, el viento gime, las hojas de los árboles susurran palabras, las gotas que caen del tejado simulan pisadas. Al final consigo dormirme.

Recibo con alegría y mucho sueño al mismo tiempo la luz de la mañana. Parece ser que hemos sobrevivido a los tirones de pelo de los espíritus locales. Después de un buen desayuno despido a Jaime toloco y dirijo mis cansados huesos hacia Tivissa, en Tarragona, donde me encontraré a mi buen amigo Grau.

Destino alienígena

En Tivissa, el 16 de agosto, un hombre, Juan, trabajando en su huerto, vio una luz muy brillante; era un objeto semicircular, que se hallaba suspendido a un metro del suelo. Acto seguido, del extraño objeto salieron unos seres que parecían pulpos pero tenían solamente cuatro brazos de tonalidades claras. Cuando fueron sorprendidos por Juan, estos extraños seres corrieron de nuevo hacia el artefacto y abandonó la zona. Juan regresó muy nervioso y se lo contó a su esposa y ésta se lo contó a su hermano.

Al día siguiente en el lugar del incidente había dos circunferencias negras en el suelo y restos de hierba quemada. Y cuando regresó de ver los manchones quemados, el reloj se le había parado.

En los años 80 y 90, Tivissa se convirtió en destino de curiosos e investigadores ufológicos. Aquí, prácticamente todos los habitantes del pueblo tienen experiencias que contar, incluso de apariciones de la chica de la curva en un tramo de una carretera cercana a Tivissa o historias del misterioso pueblo abandonado de Fatxes, donde dicen que ocurrió una masacre.

Me cuesta mucho creer nada de esto y me dirijo a la carretera que sube de L’Hospitalet de L´Infant hasta Tivissa en busca de la dama de blanco… pero nada de nada.

Ahora toca deambular por las vacías calles de Fatxes. Avanzamos linterna en mano por las calles oscuras y desoladas. En algunas casas todavía se pueden ver escenas de vida cotidiana. En una de ellas, dos sillones permanecen frente a la chimenea como queriendo buscar un calor inexistente. En otra sin tejado, hay ropas raídas tiradas por el suelo. No vimos nada extraño. Nos vamos, los Ovnis nos esperan.

Me aconsejan la ermita de Sant Blai, el mejor lugar para observar el cielo. Pasan aviones fácilmente reconocibles. Pasan las horas. Pasan un par de estrellas fugaces. Pero lo que es normal y más probable sucede, nada, no pasa nada.

No siempre se tiene suerte, qué le vamos a hacer, en esta tercera ruta del miedo, afortunadamente, no me he encontrado con nada anormal… ¿o sí?

¿Qué es normal? Y ¿qué no lo es?, ¿están camuflados entre nosotros?, ¿los fantasmas no me ajuntan?, ¿seré yo un espíritu y no me he enterado?, ¿a qué huelen las nubes?

Con todas esas preguntas en la mente cierro los ojos y duermo. Duermo hasta el año que viene, que despertaré para la siguiente Ruta del Miedo.

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