La ruta de los exploradores: Más allá del Tapón del Darién
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La ruta de los exploradores: Más allá del Tapón del Darién

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Makará es una pequeña villa ecuatoriana sumida en la montañosa selva andina que hace frontera con Perú. La población parece vivir en el letargo permanente. Calles sin pavimentar. Edificios de dos plantas, hechos de madera y con soportales sostenidos por estrechas y alargadas columnas de las que hay colgadas hamacas. En ellas hay tumbados tipos tocados con sombrero panamá. Nada más encontrar un modestísimo hotel se desata un diluvio. Estamos en época de lluvias en el Trópico y cada atardecer de ahora en adelante se anunciará con un violento chaparrón.

El viaje a Quito depara agradables sorpresas. La primera es la majestuosidad de los paisajes montañosos. Los valles verdísimos se advierten al fondo entreverados de nubes. Otra sorpresa es la extraordinaria factura del asfalto con la que está hecha la carretera. Está perfecta. Ni un bache, adecuados peraltes, y además han desaparecido los badenes que tanto abundan en Perú y que convierten la conducción en un suplicio. La tercera es la limpieza. El país está limpio. No hay rastro de la espantosa basura que afea arcenes y vías de los países vecinos.

Quito

A 2.800 metros sobre el nivel del mar, el centro de Quito es Patrimonio de la Humanidad. Lo fundó Sebastián de Benalcázar el 6 de diciembre de 1534. Allí se dieron cita dos hombres que protagonizarían una de las más desastrosas expediciones en busca de riqueza, pero que acabaría, sin pretenderlo en sus inicios, en un fabuloso descubrimiento y en una extraordinaria gesta exploratoria.

En 1541, Diego de Almagro y Francisco de Orellana encabezaron una partida en busca del país de la Canela, especia con la que pensaban hacerse ricos, y se aventuraron hacia el este. Sigo sus pasos casi 500 años después y lo primero que hago es toparme con una sierra abrupta coronada de niebla, nubes y lluvias torrenciales. El descenso me precipita contra una tupida selva en la que los expedicionarios estuvieron a punto de perecer de hambre. No había canela, pero tampoco alimentos. Y aun así, siguieron avanzando con sus petos y corazas y su insensata determinación.

Me lleva horas de tórrido calor y espesa humedad alcanzar el punto en el que confluyen los ríos Napo, Coca y Pañamiño. A los expedicionarios les costó veinte terribles días en los que perdieron 140 de los 220 españoles que componían la tropa. Me recibe una fea población que hoy vive del petróleo amazónico y que se llama Puerto Orellana. Aquí se separaron los dos capitanes. Francisco de Orellana construyó un bergantín y se lanzó al agua a buscar alimentos. Pero Orellana nunca regresó. Incapaz de remontar río arriba, decidió seguir. Encontró el Amazonas, navegó 4800 kilómetros y siete meses después llegó al Atlántico. No encontró riquezas pero había pasado a la historia. Por cierto, el nombre del río se lo dieron porque fueron atacados por mujeres guerreras.

Bogotá

Colombia es una enorme e interminable obra. Las carreteras estrechas y bacheadas están siendo renovadas todas a la vez. Los trabajos en la vía son constantes, con incesantes paradas y miles de camiones a los que llaman mulas como herencia de las acémilas con las que los antiguos arrieros transportaban las mercancías de los puertos a los pueblos.

En Bogotá encuentro uno de los más descomunales atascos en la capital de Colombia. No me gustan las grandes ciudades por el tráfico, la delincuencia y la prisa, pero esta vez no me quedaba más remedio que entrar en una urbe que representa bien lo que significó el raro momento de la colonización de un nuevo mundo donde las aspiraciones de gloria y riqueza de aguerridos aventureros se solapaban a la reglamentación burocratizada de una monarquía absoluta. La empresa de América fue hecha por tipos indomables, pero bajo el rígido imperio de la ley castellana.

El que primero llegó fue Gonzalo Jiménez de Quesada desde Santa Marta, a orillas del Caribe. En agosto de 1538 realiza la fundación de facto de Santa Fe de Bogotá en el lugar que hoy se asienta la plazoleta de El Chorro de Quevedo. Pero el mito del Dorado era demasiado atractivo como para que llegara solo.

Poco después aparecerían Sebastián de Benalcázar desde Ecuador y un alemán llamado Nicolás Federman desde Venezuela, donde la familia Welser había obtenido derechos de Carlos I por la ayuda prestada para su entronización. Discutieron sobre quién tenía justos títulos reales para gobernar. Intentando no liarse a tortas, convienen en realizar una fundación jurídica en abril de 1539. Acto seguido marcharon a España para buscar el favor real para sus respectivas pretensiones. El éxito que tuvieron fue dispar, resultando peor parado Federman, ya que acabó muriendo en prisión por unos pleitos con los Welser.

Cartagena de Indias

La ciudad es una verdadera joya arquitectónica bien restaurada y un fabuloso reclamo turístico. Cientos de miles de visitantes recorren su casco histórico amurallado. Muchos de ellos son madrileños, pero es seguro que la mayoría ignora que el tipo que les vigila desde la alta peana de la estatua de la plaza del Reloj es paisano suyo. Don Pedro de Heredia, fundador de Cartagena en 1533, es uno de los madrileños más ilustres de la historia de la Conquista y tiene una gran escultura en el centro de la ciudad y una enorme e importante avenida, pero en su pueblo tiene una calle de cuatro manzanas bastante modesta.

El verdadero héroe de Cartagena de Indias es el almirante Blas de Lezo, cuya estatua, apoyada sobre una pata de palo, antecede el magnífico castillo de San Felipe de Barajas. Le llamaban Medio Hombre porque había perdido en acciones de guerra un brazo, una pierna y un ojo. Aun así se le considera uno de los mejores estrategas españoles por la derrota que infligió a la Armada inglesa, muy superior en fuerzas, al intentar invadir Cartagena en 1741. Tan seguros estaban los británicos de su victoria, que por adelantado acuñaron unas monedas conmemorativas de la toma de la ciudad que nunca pudieron poner en circulación.

Cruzando el Darién

América no se puede cruzar en moto. Hay un paso infranqueable. Es la selvática frontera entre Colombia y Panamá, territorio pantanoso propiedad de narcos, paramilitares, bandidos y guerrilla llamado el Tapón del Darién. Hubo un tiempo en que se habla de que algunos osados lo lograron pero no se conoce que nadie lo haya conseguido recientemente. De modo que la moto hay que mandarla por avión desde Bogotá hasta Panama City, o subirla en velero desde Cartagena hasta las costas de San Blas.

El viaje en velero es más lento, más barato, es ilegal y muchísimo más interesante. Se navega cinco días entre arrecifes y atolones de arena blanca y cocoteros. Ninguna autoridad parece tener competencia sobre estos barcos, los aduaneros colombianos desconocen que sacamos vehículos por ahí y al llegar a Panamá desembarcamos en la selva y nadie nos dará un permiso de importación. ¿Pero qué importa eso? Estamos en territorio pirata. Somos treinta mochileros y cuatro motos en un barco con cuarenta años a cuestas, cuatro cuartos de baño, cucarachas y un capitán lunático de tempestuoso genio. Cada noche es una fiesta en la playa y cada día una larga jornada de sol y resaca. El espacio es muy reducido, la higiene inexistente, la comida regular pero se hacen buenos amigos y la experiencia es inolvidable.

Panamá

Cruzo el istmo de Panamá y entro en una moderna ciudad que parece copia de Miami. En el paseo marítimo encuentro la estatua de Vasco Núñez de Balboa, nacido en Jerez de los Caballeros. Es a él a quien vengo a rendir mi más sentido homenaje. Llegaría a América en 1500. Establecido en La Española intenta la agricultura, pero se endeuda y no consigue prosperar. En 1509, para librarse de sus acreedores en Santo Domingo, se embarca como polizón en una expedición ajena, se mete en un barril con su perro, Leoncico.

El 1 de septiembre de 1513 navega desde Santa María hasta las tierras del cacique Careta. Los indígenas le informan de la existencia de un mar al otro lado. Esa noticia le entusiasma más que la búsqueda de oro. Comienza una expedición de más de 20 días a través de una selva impenetrable. Es una travesía terrible, pero él sabe que pasará a la historia. Lo que me llama la atención de Balboa es que es ya un hombre moderno, es uno de nosotros, le preocupa la fama, la gloria, el nombre que dejará. El 25 de septiembre ordena a sus hombres que se detengan y sube solo a una cima. Desde allí contempla el mar en una cuidada escenificación. Quiere que el relato que se haga sea el de un auténtico descubridor.

El 29 toma posesión del nuevo océano en nombre de Carlos I con el agua hasta las rodillas, la espada en una mano y el estandarte con la Virgen María en la otra. Lo llamó Mar del Sur. Tras el descubrimiento del continente, es el hallazgo más importante en la época de los descubrimientos, pues supone reconocer que América era un nuevo continente y que, efectivamente, la Tierra era redonda, como muchos otros comprobaríamos después que él.

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