La Ruta Americana: Destino, el Gran Cañón del Colorado
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La Ruta Americana: Destino, el Gran Cañón del Colorado

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Arizona. Desde Selligman sigo la Ruta 66 hasta Ash Fork, y de ahí a Williams, otro villorrio que vive de la 66 y también de ser punto de acceso al Gran Cañón del Colorado. La carretera 64, que luego se convierte en 180 para cambiar otra vez a 64, sube ahora hacia el norte. El paisaje se va aboscando, con altas coníferas que cubren una meseta a 5.000 pies de altitud. Son unos 100 kilómetros hasta el pueblo de Tusayan, que vive totalmente volcado en atender los servi­cios turísticos de la gran atracción turística que ha brindado la naturaleza a USA. Pero no me dirijo a la entrada principal, sino que tuerzo a la derecha por una pista sin asfaltar llamada Grandview y que, según las webs que he consultado, me lle­vará hasta el parque por entre los bosques y sin pasar por la puerta principal.

El recorrido es fabuloso, rodeados de árboles y surcando senderos de tierra. Me siento como un miembro de la expe­dición de García López de Cárdenas cuando llegaron aquí en 1540 y se encontraron con el gran cráter que no pudieron va­dear. Tampoco a mí me resulta fácil llegar a mi destino. Mi GPS tiene localizados estos caminos de cazadores, pero cuando me acerco mucho al parque nacional aparece una valla que dice que la carretera está cerrada para proteger la vida salvaje. Lo intento una y otra vez, pero todas las sendas tienen el mismo final.

Se ha hecho tarde y decido acampar. Mañana seguiré inves­tigando. Monto el campamento. El cielo está nublado pero, se­gún anochece, se va despejando y ofrece un firmamento estre­llado entre las copas de los árboles. Enciendo un fuego y bebo cervezas. El calor de la lumbre anima la conversación conmigo mismo y regreso un millar de años atrás. Ante la hoguera, en la oscuridad y bajo el infinito, no hay apenas diferencia con el hombre de las cavernas. No hemos cambiando apenas.

De madrugada el frío es tan intenso que me despierta dentro del saco. Hiela y el agua, la comida y el ánimo se congelan. El despertar es duro. El simple desmontaje de la tienda es dolo­roso porque las varillas están heladas y castigan los dedos con insoportable dolor.

Un tesoro

Tiritando, arranco el motor de la BMW no sin cierta dificul­tad. Vuelvo a recorrer las pistas de tierra, pero esta vez tengo suerte. Pocas millas después encuentro abierta una entrada al parque del Gran Cañón y sin pagar el ticket obligatorio en todos los parques nacionales. ¡Diablos! ¡Lo he conseguido! La Grandview Gate se me ofrece como un dulce premio al esfuerzo.

Poco después encuentro un mirador al maravilloso cráter, a ese arañazo telúrico en la superficie de la tierra. Debido a la temprana hora no hay nadie y puedo filmar a mi antojo en uno de los lugares más fabulosos del planeta. Me encaramo a un saliente y desde aquí tengo vistas privilegiadas. Este sitio no es solo un atractivo escenario natural que vivifica cualquier imagen que se tome, sino uno de los destinos ineludibles de mi documental por la historia española que encierra de exploración y de desconocimiento. El descubrimiento de este asombroso lugar corresponde a la expedición del salmantino Francisco Vázquez de Coronado, quien recorrió Arizona, Nuevo México y Colorado entre 1540 y 1542 en busca del espejismo de las siete ciudades de oro de Cíbola y Quivira. Jamás las encontró, pero un subordinado suyo, el pacense García López de Cárdenas, se topó con este inmenso agujero en la tierra. El auténtico tesoro del Oeste.

La reserva Navajo y el conductor borracho

Desde el Gran Cañón hasta el Morro es un largo viaje que lleva todo el día. Gran parte es por la aburrida interestatal 40, que no ofrece más que desolación y tráfico. Sin embargo, la cosa cambia radicalmente cuando me desvío hacia el sur por la 191, una estrecha carretera que atravesaba una reserva india de los navajos. En una recta veo un coche parado en mitad de la calzada. Me detengo y veo que el automóvil está hecho unos zorros, pero no por un accidente, sino por descuido de sus propietarios. Le falta un faro, lleva puesta la rueda de repuesto, más delgada que el resto, y aparece despintado y abollado. Dentro duerme un joven indio. En el asiento del copiloto hay una caja de cervezas. El motor del coche está encendido y suena música del aparato de radio. No sé muy bien qué hacer cuando aparece otro coche. Dentro va un indio maduro que se apena y me dice que ha llamado a la policía, y que desgraciadamente no me puedo ir porque soy testigo del hecho.

Al cabo de un rato aparece la ambulancia y el sheriff del Condado Apache. El agente es un indígena grande, rapado y con cara de pocos amigos. Sacan al conductor, que se despierta con ojos de sorpresa. Es incapaz de decir nada coherente. Lo arrojan al suelo y lo esposan con una violencia desproporcionada. Lo levantan como a un pelele y lo cachean. Luego lo meten en el coche patrulla, un inmenso 4×4 todo lleno de luces parpadeantes. Le pregunto al sheriff qué le va a pasar.

-Es un indígena y está en la reserva. Tienen su propia soberanía. Lo llevaré al juzgado tribal; pasará una noche en la cárcel y quizá pague una multa.

Me sorprende la ligereza de la sanción. Imaginaba mucho más graves consecuencias.

-Y si en lugar de ser un indígena, hubiera sido yo, ¿qué me habría pa­sado?

-Te llevaría al juzgado del condado, dependiente del estado de Arizona. Habrías pasado la noche en la cárcel, la multa la pagarías con total segu­ridad y perderías tu carnet de conducir.

Durmiendo por El Morro

Se hace de noche y avanzo a oscuras con una temperatura glacial. Cuando el GPS indica que estoy en El Morro National Monument, des­cubro una oscura silueta a mi derecha. He llegado. Ahora tengo que encontrar un sitio donde dormir. No hay moteles, pero sí un campground, o sea, un lugar habilitado para acampar. De modo que planto la tienda, enciendo el fuego y ceno unos bocadillos de carne y queso acompañados de cerveza. Cuando me acuesto dentro del saco, quedo inmediatamente dormido.

Por la noche hiela en mi tienda. De algún modo se ha metido vapor de agua dentro y se ha cubierto la tela de una fina capa de escarcha. La temperatura ha bajado muy por debajo de cero. El termómetro de la moto marca 23 grados, pero como la BMW es americana, los marca en la escala Fahrenheit. O sea, estoy a menos cinco grados Celsius. Es la madrugada más fría que he sufrido hasta ahora en el viaje. Además, el cielo está cubierto de nubes y el amanecer es feo y antipático. Recojo el campamento con el frío metido en el cuerpo y me dirijo al Morro.

El Morro es un cerro de piedra en mitad del páramo. En él hay un oasis. Es la única fuente de agua fiable en más de 60 kilómetros a la redonda. Eso lo convirtió primero en sede de una comunidad indígena que habitó su cima y luego en paso obligado para todos los viajeros españoles, me­jicanos y estadounidenses que recorrieron estas tierras. La particularidad es que los indios dibujaron geoglifos en sus paredes y los españoles sus nombres y las fechas de su estadía. El muro del Morro está lleno de inscripciones. Se han contado dos mil. La más antigua es de 1605, y fue escrita por don Juan de Oñate, conocido como el último conquistador, ya que pacificó y colonizó Nuevo México.

Fue él quien estableció en 1598 el Camino Real de Tierra Adentro desde Ciudad de México hasta Santa Fe, la ruta comercial más antigua y larga de Norteamérica, la verdadera madre de las carreteras de USA. Oñate era un hombre rico gracias a las minas de Zacatecas y, sin embar­go, lo empeñó todo en la conquista de un nuevo territorio para España que carecía de oro y solo supuso dificultades y ataques. Creo que lo hizo porque buscaba antes la gloria del héroe que la fortuna del cacique. La inscripción que dejó aquí lo demuestra: “El adelantado Juan de Oñate pasó por aquí en el descubrimiento del mar del Sur. 1605”. Persiguiendo el descubrimiento de una ruta terrestre hasta el Pacífico llegó hasta el mar de Cortes por un territorio hostil y salvaje.

Su grafiti es 15 años anterior a la llegada de los peregrinos puritanos del Mayflower. A partir de él, hay un gran número de inscripciones de otros militares españoles, siendo quizá la más importante la de don Diego de Vargas, gobernador de Nuevo México encargado de reconquistarlo en 1692 tras la revuelta de los indios Pueblo de 1680, rebelión que mató a muchos colonos españoles y supuso el retroceso español hasta la ciudad de El Paso. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

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