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He descubierto que no me gustan las motos

Mirad con atención esta fotografía. La podríamos titular “El factor Carmelo”.

Habrá quien solo vea en ella al CEO de Dorna, rodeado de veinte de los pilotos que este fin de semana van a participar en el GP de Indonesia de MotoGP.

Veinticinco años después de la última vez, el Mundial vuelve a este país absolutamente loco por las motos.

Indonesia tiene más de 250 millones de habitantes, y antes del coñazo este del Covid allí se vendían más de ¡ocho! millones de motos cada año. Habéis leído bien, sí: ocho millones; es decir, que por cada coche que se despacha en ese mercado, se venden seis motos. Toma ya.

No hace falta insistir en la importancia que ese mercado de las dos ruedas tiene para la industria mundial de la moto. Por ello, algunos de los principales fabricantes poseen factorías inmensas en ese territorio. Así pues era lógico, de cajón, que recuperaran su Gran Premio, como sucediera en el pasado.

Pero, a veces, no hay una casuística tan directa entre los valores macroeconómicos y la realidad. Si Indonesia recupera las motos no es únicamente por eso, que también.

En ese enclave de Asia el seguimiento que tienen los GP es fantástico, empezando por el propio presidente de la nación -Joko Widodo- que es un auténtico friki de las motos. Ya lo vimos en la carrera del Mundial de Superbikes del año pasado (dio una vuelta al circuito al manillar de su Kawa) y esta vez de nuevo con la recepción que ofreció esta semana a una nutrida representación de pilotos, encabezada por los grandes héroes de MotoGP. Departió con ellos, demostró un profundo conocimiento de nuestro deporte, de la situación de cada uno en el campeonato, e incluso les dio el banderazo de salida en el desfile que hicieron por las calles de Jakarta ante una multitud entusiasmada por su presencia.

Igualito, igualito que… Dejémoslo.

pasión de carmelo ezpeleta
MotoGP es mucho más que un negocio para Carmelo Ezpeleta: es su pasión.

El propio Márquez confesó haber quedado maravillado por la acogida y, sobre todo, por la proximidad y conocimientos del ‘presi’ del país.

Pero, vayamos más allá. Miremos de nuevo la fotografía, y fijémonos otra vez en la imagen de Carmelo Ezpeleta -al manillar de una Honda, casco Nolan y chaquetilla Alpinestars-. Quiénes le conocen saben de su elocuencia, de su efusividad, para lo bueno… y para lo malo. El ‘jefe’ suele ser un torrente desbocado: capaz de soltar las risotadas más sonoras y las broncas más lacerantes. Y suele tener siempre la razón. No solo porque sepa mucho de esto, sino porque, sobre todo, le apasiona.

El ‘jefe’ suele ser un torrente desbocado: capaz de soltar las risotadas más sonoras y las broncas más lacerantes. Y suele tener siempre la razón

Observad lo poco que se ve de su rostro: los ojos. Carmelo está riéndose debajo de la mascarilla. Se lo está pasando chupi. Porque va en moto -si oyerais sus relatos de los viajes de ida y vuelta que hacía de Barcelona a Madrid para competir con su Impala, con el tubarro racing colgado a la espalda, os romperíais la caja-, porque está junto a sus otros “niños” -los pilotos-, y porque sabe que ha devuelto a ese país un espectáculo que les hace felices, en una época que todos necesitamos cosas bonitas, palabras cariñosas, pasarlo bien con lo que más nos guste.

Ezpeleta podría haber escogido la «pole» de ese desfile, situarse en cabeza de toda la formación. Al fin y al cabo, es el gran baranda de eso, pero no: escogió rodar en un lateral del escuadrón motorizado. Un poco por detrás de ‘La Bestia’ -que llega como líder a Mandalika- y ligeramente avanzado a Dovizioso. Pero absolutamente pegado a la valla, para sentir el entusiasmo de los miles de aficionados que han agotado las entradas de este fin de semana; no como en Catar, donde sienten la misma pasión por las motos que por el jamón.

No hay duda que a Ezpeleta le entusiasman las motos. ¿Qué es su negocio? Pues claro. Pero por encima de todo es también su obra, su creación, su pasión.

Y viendo tal derroche de amor por algo, uno se siente pequeño, minúsculo, ínfimo ante tal hemorragia de entusiasmo por algo.

Y es que a Carmelo no es que le gusten las motos: le entusiasman, las ama. Como a los aficionados indonesios, como tu y, ya me perdonaréis, como yo.

No me gustan las motos… ¡me vuelven loco!

 

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