La inmensidad del Todo, navegando por la Nada
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La inmensidad del Todo, navegando por la Nada

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La Nada a veces es una perfecta representación del Todo… Enfrentado al universo infinito, lo que uno halla es la finitud personal de los miedos y las incertidumbres que se arrastran desde la infancia. Es un fenómeno que en la Tierra sólo ocurre con los desiertos. No hay nada más diverso que un desierto. Sus paisajes son cambiantes de continuo. Ofrece el Todo cuando se supone que es la Nada.

Encuentro mi ser más íntimo en la soledad de los desiertos. He cruzado muchos de los más famosos del mundo. El Sahara occidental y el oriental, el de Atacama, el del Colorado, el Mojave, el Kalahari… en todo ellos me sentí más yo que nunca, mecido entre la euforia y el pánico, detectando cada brusco cambio del terreno, de las dunas a los pedregales, de las quebradas a los enlosados de barro cuarteado, de los barrancos a las llanuras. Nada hay más diferente a un desierto que un desierto.

Por eso tenía tantos deseos de encontrarme ante el salar de Uyuni, el desierto de sal más grande del mundo. Todos los viajeros que lo recorren lo describen como si fuera un lugar de otro mundo, como si en realidad fuera otro planeta.

Y allí llegué y me sentí de nuevo ante lo Absoluto en la más absoluta Nada. El suelo blanco del salar estaba cuarteado en losetas octogonales que semejaban un puzzle y en el horizonte sin promontorios se apreciaba la curvatura del planeta que dedujo Eratóstenes. Ya no era época de lluvias, pero aún quedaban algunos charcos de ese agua que semeja ser un espejo del cielo. El reflejo de las nubes difuminaba la línea real que nos separa del firmamento. Desorientado, confuso y feliz circulé sin rumbo siguiendo el instinto del ciego o el borracho.

Las líneas fugaces que tracé en la Nada me devolvieron de nuevo la conciencia de mi verdadero yo en el Todo.

Ollagüe, el volcán que lleva al centro de la tierra

Los volcanes son chimeneas que se hunden más allá de la corteza terres¬tre. El magma es la savia incandescente del planeta. Conectan con lo telúrico y lo incontrolable. Julio Verne usó uno para su viaje al centro de la Tierra y el Principito vivía en un pequeño asteroide de volcanes y baobabs. Para tranquilizarnos, dicen en los medios de comunicación que la mayoría están inactivos. Es una mentira piadosa. Un volcán nunca se extingue. Su naturaleza lo impide. A lo sumo permanece dormido durante algunos miles de años, pero en cualquier momento puede despertar y vomitar su furia hecha lava.

La silueta cónica de los volcanes funciona como símbolos y puntos de referencia en la inmensidad. Imposible perderlos de vista. Nos vigilan y nos atraen. Tras cruzar el salar de Uyuni, me dirigía a Chile y la única noción clara que me daban los lugareños era el nombre de un volcán: Ollagüe. No señalaban pueblos o carreteras, sino una de esas montañas truncadas en el lejano horizonte a la que había que llegar por pedregosas pistas sin asfaltar que de pronto se alisaron en una durísima lengua de sal.

La jornada se eternizó entre piedras, salares y baches. Me caí varias veces. Renegué. Deseé estar en otro lugar. Todo era incierto a mi alrededor salvo la silueta creciente del Ollagüe. Cuando ya estaba exhausto y medio loco, apareció la frontera, partiendo una vía férrea donde languidecían destruidos vagones de madera. Antes de cruzar, entré en uno de ellos como Jonás en el vientre de una ballena podrida que dejara al aire sólo la enorme osamenta. A través de las ventanillas sin cristal contemplé la desolación volcánica que me rodeaba, con sus mágicos colores tornasolados del atardecer. El extremo suroeste de Bolivia se me antojaba otro planeta. Un planeta lleno de volcanes y telúrica belleza, como el asteroide B 612 de El Principito o el centro de la Tierra que describiera Julio Verne.

Atacama

Chile es un país de paisajes imposibles. El sur es tan verde y húmedo, que semeja el paraíso terrenal, mientras que su norte lo ocupa el desierto más árido del mundo: Atacama, un desierto de dimensiones gigantescas como todo en América. Y es que América sorprende por su inmensidad.

La geografía americana, que no tiene igual en el mundo. Todos los continentes tienen algo que los hace únicos. África ofrece los animales salvajes; Europa y Asia, la riqueza monumental, que se hunde en una historia milenaria, pero América es sobre todo sinónimo de grandiosidad. Los paisajes que aquí se contemplan son tan inmensos, que te dejan boquiabierto.

Recorriendo Atacama no puedo evitar comparar lo que veo ahora con otros muchos desiertos que he visto en África u Oriente Medio.
Recuerdo el Sahara Occidental, Libia, Túnez, Egipto, Jordania, Siria… y la impresión que tengo es que Atacama contiene todos esos paisajes y algunos más, como el pequeño oasis de Pica, donde paso la noche.

Un pueblecito que cultiva unas exquisitas limas para tomar con tequila y que casi cinco siglos atrás fuera refugio para un extenuado Diego de Almagro en su regreso a Perú tras la desastrosa expedición a través de los Andes en 1530. En esa durísima y gélida travesía, el explorador perdió gran parte de sus hombres y casi todos los caballos. Cuando por fin consiguió descender de esa gran cordillera que tengo a mi derecha y encontrarse con este desierto, se dio cuenta de que ninguna riqueza podría encontrar aquí.

Mientras mi retina se llena de ocres y dorados, de geoglifos milenarios dibujados en las escarpadas rocas de Atacama, recuerdo que este desierto fue escenario de uno de esos actos cargados de simbolismo y grandeza. Al llegar a Atacama y como reconocimiento al enorme esfuerzo y sufrimiento de sus soldados, encendió una fogata y en una ceremonia solemne, quemó las escrituras que documentaban las deudas que esos hombres habían contraído con él.

Perú, escenario de lo sublime y lo perverso

Perú, país dividido entre la abrupta cordillera y el desierto. En Perú se alumbraron las primeras civilizaciones amerindias, en Perú emergió el imperio indígena más poderoso, en Perú se vieron gestas de conquistadores de enorme valor y también terribles hechos criminales.

Rumbo a Machu Picchu uno no puede evitar pensar en cómo sólo 300 españoles pudieron derrotar a todo un imperio de más de 30.000 guerreros. Imputar ese éxito fenomenal a las armas de fuego o al caballo es empeñarse en no ver. Muchos otros conquistadores fracasaron antes, muchos españoles fueron derrotados. Pero Pizarro aprovechó el resentimiento indígena de los pueblos sometidos contra los incas, un poder dictatorial y despótico que se imponía a sangre y fuego. Para los pueblos del Perú, el español parecía un libertador.

Machu Picchu me admiró por su magnificencia a pesar de la ingente cantidad de turistas que la ocupaba. En todos mis viajes jamás he visto un lugar tan masificado como Machu Picchu. Otros lugares emblemáticos de Perú están vacíos, como la fortaleza de Chan Chan, segunda ciudad de adobe más grande del mundo y a la que accedí en moto en total soledad o la Ciudad Sagrada de Caral y sus pirámides de cinco mil años de antigüedad.

Las siguientes jornadas nos llevaron a Nazca a través de un vertiginoso descenso del Altiplano al nivel del mar. De ahí a la caótica y populosa Lima, una de las capitales más importantes del continente. Su primer alcalde fue el gaditano de Olvera Nicolás de Ribera, un gran desconocido incluso para sus paisanos, pero que está incluido en una de las más gloriosas listas de la exploración española en América. Nicolás es uno de Los Trece de la Fama. Cuando Pizarro abandonó Panamá con un ejército rumbo a la conquista de Perú, pasó dos años guerreando sin conseguir salir de Centroamérica y pasando grandes penalidades. Sus hombres, decepcionados por el gran esfuerzo y el nulo premio, ansiaban regresar. En la panameña isla del Gallo, Pizarro trazó una raya en la playa. Los que la cruzasen irían con él a conquistar un imperio, a ganar la gloria y a hacerse ricos. Los que quedasen del otro lado podrían regresar. Sólo trece cruzaron. Y conquistaron un imperio, la gloria y el oro.

Pero esa búsqueda del oro que alienta hechos gloriosos como éste ha provocado crímenes terribles, actos vituperables aún juzgados con los criterios morales de hace 500 años, pues el asesinato de un rehén que ha pagado su rescate es una acción abominable ahora y hace cinco siglos. Ésa es la certeza que dolorosamente golpea en mi alma mientras asciendo de nuevo al Altiplano para llegar a Cajamarca.

En 1532, Pizarro se encontró aquí con el emperador inca Atahualpa. Libraron una batalla y el inca fue capturado. Atahualpa ofreció llenar un cuarto hasta donde alcanzara su mano. Dos veces de plata y una de oro. Se considera el rescate más cuantioso de la historia, equivalente a más de 500.000 millones de euros. A pesar de haber pagado, Francisco Pizarro, convencido por sus capitanes y movido por la razón de Estado, urdió un simulacro de juicio y ejecutó al inca. El cronista Pedro Pizarro, primo del adelantado, cuenta que ese día dos hombre lloraron: Atahualpa por su vida y el marqués, porque sabía que mataba a un inocente.

Frente al Cuarto del Rescate siento la angustia del cautivo como si su espíritu siguiera aquí encadenado. He seguido durante los últimos seis años de mi vida a los exploradores españoles por todo el mundo, he defendido sus méritos y valor, incluso he justificado muchos de los actos de conquista porque creo que no podemos enjuiciar lo que pasó hace 500 años con criterios morales modernos; en aquella época el fuerte se quedaba con lo del débil. Así era para los incas y así para los españoles. Sin embargo, hechos como el asesinato de un rehén me obligan a un sentido reconocimiento.

Diario de un nómada ha venido hasta Cajamarca a pedir disculpas al espíritu cautivo de Atahualpa.

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