Isla de Man: Viaje a la meca del motorista
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Isla de Man: Viaje a la meca del motorista

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Han pasado más de 15 años desde que mi buen amigo Eugeni me explicase con todo lujo de detalles su experiencia en la Isla de Man, “…tienes que ir, tío. De hecho, todo aficionado a las motos debería pasar por Man al menos una vez en la vida. Tío, es la meca del motorista, no hay nada con lo que se pueda comparar”. Pues bien, hace apenas dos meses recibíamos en la redacción de Solo Moto una invi­tación de Dunlop para asistir a los dos últimos días de carreras en La Isla; creo que no tardé más de un cuarto de hora en coger el teléfono: “¡Eugeni, que me voy a la meca!”.

Por supuesto, yo ya había oído hablar de la carrera más peligrosa que se puede disputar sobre una moto, y también había visto infinidad de vídeos en los que los pilotos se juegan algo más que el orgullo para terminar una carrera que recordarán el resto de su vida. No hace demasiado leí que el rider que sale a pista en la Isla de Man tiene muy claro que su primer error sobre la moto puede ser el último que cometa en su vida, y me parece una definición perfecta de lo que allí se vive.

Todo lo que antes de este viaje me había imaginado de cómo sería la experiencia al pisar aquella pequeña isla situada en el mar del norte, entre Irlanda e Inglaterra, se multiplicó por cien, o por mil, en el momento en el que el avión tocó tierra en el aeropuerto de Douglas, su capital. A partir de ese momento, el estómago se encoge y todo lo que puedes ver desde las ventanas del monovolumen que te lleva al hotel te parece mágico. ¡Mira, aquí es donde los riders van a saludar a los duendes del bosque para que les traigan suerte el día de la carrera!”, nos decía Sergio Romero casi con la misma emoción con la que nosotros le escuchábamos, y eso que él ha corrido cuatro años en la Isla de Man.

Hotel en el paddock

El hotel que Dunlop escogió para alojarnos a los tres periodistas españoles que viajamos hasta La Isla no podía tener mejor ubicación. Estuvimos en el Snoozebox, unas instalaciones modulares y portátiles propiedad de David Coulthard, el ex piloto de F1, que traslada a los diferentes eventos deportivos, principalmente en Inglaterra, en los que el alojamiento escasea y la afluencia de público se prevé mul­titudinaria. En este caso, el Snoozebox en la Isla de Man está pegado al paddock, a escasos 100 metros de la línea de salida y el pit lane.

Llegados al hotel, nos faltó tiempo para soltar la maleta e irnos directamente a la zona de paddock. Allí el ambiente ya estaba en las últimas, eran más de las seis de la tarde, pero nosotros teníamos ganas de marcha y todo lo que veíamos nos parecía digno de fotografiar o comentar: la tienda oficial de merchandising TT Man; la de Duke vídeos, que tantas alegrías nos ha dado; la zona de picnic, azafatas vestidas con los colores de marcas que nunca antes habíamos visto… Nos encontramos con una guapa moza que promocionaba un protector de asiento para los días de lluvia, que en estos lares son más frecuentes que los soleados, bajo el eslogan “Cover your ass” (‘Protege tu culo’). En la carpa de Dunlop estaban expuestos y certificados con tiza los neumáticos con los que Bruce Anstey había logrado el récord de la vuelta más rápida jamás dada a La Isla apenas unos días antes; justo un par de días antes había recibido en mi correo electrónico el comu­nicado donde se anunciaba esta hazaña y… ¡ahora estaba frente a los neumáticos que empleó para llevarla a cabo!

Después fuimos a la sala de prensa, para recoger acreditaciones y escuchar las recomendaciones que Dave Dew, uno de los responsables del área de prensa en el TT y con el que además coincidimos a menudo en eventos por toda Europa, él organizándolos y nosotros dándoles cobertura. Y ya con el pase colgado del cuello nos dirigimos a ver la zona de pit line y los boxes.

Como en un documental

La sensación al ver por primera vez la zona de pit line y la recta de meta es similar a la que se siente cuando te cruzas con un famoso, pero con uno de verdad, del estilo Tom Cruise o Woody Allen. Se me entiende, ¿no? Es una sensación extra­ña. Había visto tantas veces en los vídeos esa recta de meta que no me daba la sensación de estar contemplando algo especial, pero sólo hasta que reflexionaba sobre el lugar en el que me encontraba y me daba cuenta que lo que estaba vien­do lo registraban mis ojos y no una cámara de TV. Uno de mis primeros recuerdos, sin duda, será el momento en que vi los marcadores, unas pizarras en las que los niños, autóctonos de Man, cuentan las vueltas de cada uno de los pilotos en carrera y apuntan la media de velocidad con la que han pasado esa vez por meta. Y es que en ese momento exacto fue cuando me di cuenta de dónde estaba realmente. También en el podio, en el que se han subido y se suben nombres tan ilustres como Joey Dunlop, McGuinness, Hailwood, McCallen, Agostini, Phil Read, Ian Hutchinson, Geoff Duke, John Surtees,… y tantos y tantos otros que se me quedan en el tintero; no olvidemos que el TT fue una prueba puntuable para el Mundial de Velocidad durante casi 30 años –desde 1949 hasta 1976.

Todo, absolutamente todo lo que se puede ver desde la tribuna de meta parece sacado de uno de los documentales sobre el TT. Es exactamente como te lo imaginas si has visto unos cuantos. Desde esa tribuna se puede ver la recta de meta, donde se ubica la salida para todas las categorías –en el TT se sale de uno en uno con una diferencia de 10 segundos entre piloto y piloto–. Y desde ese mismo sitio también puedes ver el cementerio Municipal de Douglas, que es de aquellos en los que todas las tumbas están en el suelo, señaladas con lápidas, no hay nichos, así que la imagen de la salida con el cementerio de fondo resulta un tanto macabra tratándose de una carrera que cada año se cobra alguna vida (en esta edición han sido tres fallecidos: dos pilotos y un periodista).

Los ‘boxes’

Después de flipar un rato con esa extraña mezcla de sensaciones en la tribuna de meta nos dirigimos a la zona de “boxes”. Éstos están divididos en dos zonas: los de los equipos buenos, con posibilidades de hacer algo importante en la clasificación final, que están muy cerca de la zona de pit line, y los otros, los más modestos y con menos recursos, que se tienen que conformar con algo menos de espacio y que están algo más alejados de la zona de homologaciones y el pit line.

Caminando por ambas zonas te puedes encontrar a Conor Cummins (segundo clasificado en la senior TT) charlando distendidamente con un grupillo de aficiona­dos, o a McGuinness sentado en una silla dentro de una carpa que no es ni la de su equipo, y cuando te acercas para preguntarle si le puedes hacer una foto, se levanta y te pregunta dónde se pone. Después de hacérsela es él el que curiosea y quiere saber de dónde somos y si nos lo estamos pasando bien. Y es que en el TT el ambiente que se respira entre bambalinas nada tiene que ver con ninguna otra competición a la que haya asistido antes. Sin ir más lejos, esa misma tarde nos encontramos con Bradley Smith… estuvimos charlando con él como si nos conociésemos de toda la vida. Nos contaba que al día siguiente tenía que dar una vuelta al circuito y le preguntaba a Sergio Romero si era muy complicado, ya que le habían dicho que fuese con cuidado y que no arriesgase nada. De hecho, supimos que días antes Scott Redding había declinado la misma invitación porque, entre unos y otros, le habían metido el miedo en el cuerpo, y por lo visto eso no sentó demasiado bien entre la afición inglesa.

Noche de fiesta

Todas las noches, durante los días que dura el TT, la tradición manda ir a cenar a la zona de Villa Marina, en la línea de costa de Douglas, donde las atracciones, los restaurantes y los bares musicales, algunos con música en directo, amenizan una velada en la que algunos aprovechan para reponer fuerzas y otros, la mayoría, para dar rienda suelta a su lado más salvaje. En ese ambiente te puedes encontrar con algunos de los pilotos que ese mismo día se han jugado la vida sobre el asfalto manés y equipos enteros disfrutando de un ambiente motero al más puro estilo concentración; todos son colegas y todos se respetan.

Paseando tras la cena, de camino al hotel, nos encontramos con una galería de exposiciones en la que desde fuera ya se podía ver que el tema era Mike Hailwood. Entramos y chafardeamos, nos hicimos fotos y hablamos con el propietario, que muy amablemente nos explicaba cada una de las fotos y los objetos que esta­ban expuestos. Pero la sorpresa vino cuando se presentó: ¡Era el hijo de Mike Hailwood! Casado con una malagueña, hablaba un perfecto español que nos dejó a todos atónitos. Compartimos con él unos minutos y salimos de la galería alucinando con lo que acabábamos de vivir. Cosas como ésta son las que hacen que la estancia en La Isla durante el TT sea tan especial.

Las carreras

Tras un sueño reparador de no más de 6 horas, al día siguiente nos espe­raban en la carpa de Dunlop para darnos el resto de las acreditaciones que nos darían acceso al pit line para presenciar la salida de la primera de las dos categorías que se iban a disputar: Lightweight TT y Senior TT. Tan pronto las tuvimos en nuestras manos, nos dirigimos hacia allí cámara en ristre y con el corazón acelerado. Por el camino, mientras cruzábamos el paddock, nos dimos cuenta de que el ambiente estaba mucho más vivo que durante la tarde del día anterior. Los pilotos ya no estaban tan a la vista y la gente inundaba cada centímetro cuadrado. Aún pudimos ver a Steve Parrish –ex-piloto profesional muy apreciado en el Reino Unido y metido a presentador de TV– entrevistando a algún protagonista, o a Peter Hitman saludándonos de camino a su box; Peter terminó este TT como el mejor newcomer (novato). También nos cruzamos con Keith Flint, el cantante del grupo Prodigy, que tiene un equipo en el TT y que no busca precisamente pasar desapercibido cuando las circunstancias se lo exigen, aunque tampoco se prodiga dema­siado en público.

Una vez tuvimos acceso a la línea de pit lane buscamos un buen sitio en el que presenciar la salida de las Lightweight TT, casi una copa monomarca de las Kawa­saki ER-6f. Emocionante el momento en el que, situados en la línea de salida uno a uno, ordenados en fila india, los pilotos reciben un golpecito en el hombro por parte del comisario encargado, que significa que ya puede soltar el embrague y lanzarse calle abajo en busca de recortar la distancia al piloto de delante. No podía dejar de imaginarme la tensión que se debe pasar sobre la moto en ese momento. El piloto tiene claro que la carrera que va a afrontar es una de las más peligrosas del mundo, y que cualquier error puede terminar en tragedia, pero también es consciente de que hay otro piloto 10 segundos por delante. Así que estoy con­vencido de que se encuentran con la disyuntiva de pensar “vale, es muy jodido, pero, si aprieto los dientes al principio y consigo recortarle distancia hasta tenerlo de referencia antes de cada curva, seguro que viajo más seguro y le resto tiempo en la clasificación”. Todo mi respeto para cualquier piloto que es capaz de ponerse en esa situación, sea cual sea la categoría en la que participa y su resultado final.

El Senior TT

Vimos la carrera de Lightweight TT desde varios sitios, todos ellos cercanos a la zona de la recta de meta. Ver las farolas protegidas con poco más que colchones de espuma y los cantos vivos de los muros que guardan cada una de las casas a pie de pista estremece. ¡Y eso que las seis y medio de la categoría Lightweight pasan a 220 km/h por donde las Senior TT lo iban a hacer a más de 260!

Para la categoría más importante, la Senior TT, teníamos prevista una tribuna de excepción. Un fotógrafo manés, amigo de Sergio Romero, nos había dicho un sitio secreto desde el que se podía ver pasar las superbikes a más de 280 km/h y haciendo un wheelie. Para acceder teníamos que entrar en un jardín de una casa privada, pedirle permiso a la dueña de la casa y… “Nos dejará, nos dejará”, decía Sergio convencido de que su contacto era fiable al cien por cien.

Llegamos a la casa en cuestión y un cartel que rezaba: “Mantenga la puerta cerrada” nos daba la bienvenida. No lo dudamos, las motos ya llevaban un par de vueltas y la idea de deshacer lo andado no nos pareció acertada. Entramos y buscamos a la dueña para pedirle permiso. Nuestra sorpresa fue comprobar que la mujer no sólo nos daba permiso para pasar, sino que además nos azuzaba para que corriésemos porque la carrera ya había empezado.

El lugar no podía ser más impresionante. Unos 10 metros antes de llegar oímos pasar la primera moto… “¡Pero que ha sido eso! ¿Un misil?”. Las motos pasaban a menos de un metro y medio, en algunos casos con la rueda delantera todavía en el aire, a unos 280 km/h. Grabé un vídeo y lo envié por WhatsApp al típico grupo de quemadillos que todos tenemos en el móvil. Ya os podéis imaginar la reacción.

Me supo a poco

Aquí nos quedamos, siguiendo las posiciones de los pilotos a través de la radio (con ese objetivo La Isla pone en marcha una emisora específica). Cada vez que pasaba una moto el suelo temblaba y, dos segundos más tarde, el rebufo que provocaba te embestía con cierta violencia. Vimos pasar a todos en tres y hasta cuatro ocasiones: Michael Dunlop, Conor Cummins, Guy Martin, Bruce Anstey, James Hillier, John McGuinness,… Y cuando terminó la carrera recuerdo que pen­sé: “Maldita sea, me ha sabido a poco. Voy a tener que volver”.

No soy capaz de sacarme de la cabeza la vuelta al circuito que dimos con Sergio en un coche que le “robamos” al responsable de comunicación de Dunlop Inglaterra. Y más que el trazado en sí, lo que me llamó la atención fue la manera en que Sergio tenía memorizado el circuito. “Mira, para hacer bien este cambio de rasante tienes que apuntar con la rueda delantera hacia la chimenea de esa casa. ¿Ves? Así encaras la siguiente curva y puedes hacer estas tres curvas sin cortar gas” o “En esta curva es importante abrir gas rápido, porque ahora vienen unas enlazadas a fondo que si no has hecho bien esta curva no llegas con suficiente velocidad y palmas un montón de tiempo” o “Ni Ballaugh Bridge ni leches, este si que es un salto bestial. Por aquí pasas a 260 y te marcas un caballito de no sé cuantos metros. Parece que la rueda no quiera volver a tocar el asfalto, y cómo no puedes cortar porque pierdes tiempo… ¡Espectacular!” Cuando llevábamos la mitad del circuito le pregunté. “Sergio, ¿cómo narices haces para acordarte de todo esto? Estamos hablando de 37 millas de circuito. ¿Cuántas vueltas has tenido que dar para aprendértelo tan bien?” Su respuesta no tiene desperdicio: “Esto me lo enseño un tío de aquí (de la Isla de Man) que había corrido varias veces y te aseguro que se me quedó grabado a fuego. Tío, se te queda. Seguro. Te va la vida en ello.”

 

 

 

 

 

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