Isla de Man (4 de 4): Convertirse en leyenda
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Isla de Man (4 de 4): Convertirse en leyenda

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Y con mucho pesar, llegamos a la última entrega. Espero que disfrutéis leyendo el último reportaje de nuestra vivencia en la Isla de Man.

En nuestros últimos días en la isla pudimos ver dos carreras: Sidecares el sábado y Superbike el domingo. La del sábado la ganó la pareja Tim Reeves/Daniel Sayle, con un tiempo de 59'42.957, mientras que la del domingo la ganó Michael Dunlop, que completó las 6 vueltas en 1:45'29.980. Esto es, 33 segundos más rápido que la de 2012, ganada por John McGuinness. Aunque aquel 2012 la emoción estuvo en la primera carrera de Supersport, que ganó el australiano Bruce Anstey por 0,7 segundos sobre su compatriota Cameron Donald. Mientras que este 2013 la nota histórica la puso, una vez más, el bestial John McGuinness, que estableció el récord absoluto con una vuelta de 17'11.572 a 131.671 mph (210.82 km/h) de velocidad media. Y nosotros estuvimos ahí y lo vimos. Fue en la sexta y última vuelta de la carrera de Superbike, cuando McGuinness defendía el tercer puesto y dejaba al impetuoso Guy Martin fuera del pódium por sólo 7 segundos.
El día antes, como decía, vimos la carrera de Sidecares desde la grada de la línea de meta, justo enfrente del tradicional y vetusto sistema de cronometraje del TT. Cómodamente sentados, comiendo patatas fritas con una salsa indescriptible, presenciamos la arrancada de esos artefactos de tres ruedas que empalmaban marchas sobre el bacheado asfalto antes de lanzarse por Bray Hill.

Madera y pintura

El sistema de cronometraje es un homenaje al mundo analógico. Es cierto que desde 2003 el cronometraje se hace como en el resto de las carreras del mundo, con transponders (transmisores del tamaño de una cajetilla de tabaco pegados a la moto), pero ese año todavía prevaleció el sistema manual de cronometraje porque el otro tuvo problemas técnicos. El tradicional funciona gracias a los cronometradores que, desde la torre de control, toman los tiempos por vuelta de cada piloto con diferentes cronómetros para minimizar o eliminar el margen de error. Con transponder o sin él, los tiempos se escriben a mano en papel y estos papeles pasan a manos de unos niños que, como pequeños Hermes, los llevan hasta la parte trasera del enorme panel de cronometraje y los pasan por unos agujeros a los niños que están delante del panel –al otro lado de la grada– y se encargan de poner la información para que el público pueda verla.

El tablero mide unos 30 metros de largo, está pintado de negro y encima tiene clavada una cuadrícula hecha con listones rojos. Hay dos bloques de 100 columnas, una para el dorsal de cada piloto, en la fila superior los chicos pegarán, perdón, clavarán con clavos, las hojas que nos indicarán en qué vuelta se encuentra cada piloto. A medida que vayan pasando las vueltas arrancarán un papel tras otro. En las filas inferiores podremos leer sus velocidades medias. Además, en cada extremo hay otra tabla con información más detallada de los seis pilotos que van por delante en la carrera: tiempo, velocidad media general y velocidad media de cada vuelta. Todo esto lo escribe, con un bote de pintura blanca en una mano y una brocha en la otra, un chaval más crecidito (para que pueda llegar donde los otros niños no alcanzan) a medida que avanza la carrera. Realmente estos maneses aman la tradición, respetan el pasado, algo que también pudimos apreciar en la cantidad de motos de los años 70 y 80 que nos encontramos en la isla, todas en perfecto estado y limpias hasta en su último rincón como si acabaran de salir del concesionario.

La carrera de SBK

El domingo fue un día muy emocionante desde el principio. Sabíamos que la carrera no empezaba hasta las dos y cuarto de la tarde, no obstante por la mañana decidimos salir con las motos a buscar un buen sitio para verla. Teníamos nuestras preferencias, ya habíamos estado en un par de lugares, enfrente de curvas relativamente lentas, donde habíamos podido tomar buenas fotos. Lo que queríamos para este domingo era encontrar una curva de más velocidad que nos pusiera los pelos de punta y, a poder ser, donde las motos se despegaran del suelo. Esto último no fue posible porque antes nos encontramos con una S en subida, con la salida ciega, y un inglés afincado en la isla tuvo la amabilidad de dejarnos aparcar enfrente de su casa. Una de las motos la habíamos dejado al lado del muro pegado a la carretera, pero el dueño de la casa, con una sonrisa, nos recomendó apartarla de ahí. Entonces vimos que al muro le faltaban un par de piedras y el dueño nos comentó que el sábado un par de sidecares habían golpeado justo ahí, por lo que no le parecía un sitio demasiado seguro para aparcar una moto.

El hombre esperaba a sus amigos para ver la carrera, pero movió su coche para hacer un hueco para nuestras motos y, como no podía ser de otra forma, nos invitó a tomar un té mientras nos dejaba "comprar" a su hijo atiborrándole con chocolatinas. Dejamos ahí las motos y andamos unos 100 metros hasta la curva de salida de la S, cuyo muro de piedra estaba protegido con unas defensas rojiblancas. Nuestro sitio estaba detrás de ese muro, en el campo. Hicimos montículos con unas piedras para alcanzar a ver más lejos, nos repartimos bocadillos y cervezas y un servidor se preparó el pinganillo con la radio del TT. Además, cada uno tenía preparada su cámara de fotos o vídeo para inmortalizar a los valientes subidos en sus aerodinámicas bestias de motores comprimidos y suspensiones exquisitas.

Tres cuartos de hora antes de la salida cortaron la carretera y los marshalls se pusieron en sus sitios. Durante un buen rato no oímos nada, la carretera vacía tenía un aire extraño, como si también ella estuviera en tensión por lo que iba a soportar las dos horas siguientes. A derecha e izquierda teníamos aficionados en sus puestos, con sus gorras del TT, sus cámaras de fotos y, la inmensa mayoría, varias latas de cerveza cerca. A medida que se acercaba la hora, la gente se iba quedando en silencio, todo el mundo quería ser el primero en oír la llegada de las motos. Lo primero que oímos fue la R1 del marshall, que hace una vuelta para comprobar que no hay nada peligroso en la pista. Poco después empezó la fiesta y, por delante nuestro, algunos abriéndose hasta muy cerca de las defensas, empezaron a pasar Dunlop, McGuinness, Anstey, Cummins, Martin, Donald, Lougher, Brookes… Seguir la carrera no es tarea fácil, la información me llegaba por el pinganillo en un inglés ultrarrápido y emocionado y lleno de ruidos, pero nuestros ojos vieron el espectáculo en primera fila. Lo cierto es que el lugar era espectacular,… y no estaba exento de peligro, pues las motos aceleraban y se abrían justo hacia el punto detrás del cual nosotros, emocionados, sacábamos la cabeza. Cada vez que veíamos venir a un piloto, acelerando y luchando para mantenerse en los límites del asfalto, un cosquilleo de miedo se adueñaba de nuestros estómagos.

Dueños de su destino

Gracias a la película “Closer to the Edge”, Guy Martin, con 13 pódiums y 0 victorias, es el piloto más mediático del TT. Y no sólo por la película, pues Guy, con sus enormes patillas y su rapidísimo hablar casi ininteligible, es todo un personaje. A día de hoy es seguramente el piloto con más ganas de ganar una prueba del TT, todos creen que se lo merece, pero lamentablemente este 2013 tampoco fue su año. Sin embargo, en uno de sus vídeos que corren por la web encontramos una perla que podría responder a la pregunta que nos hacíamos en la primera entrega de esta crónica. Guy lo tiene muy claro, le gusta competir en carreras en carretera por el peligro que conllevan, porque le gusta la idea de que si te equivocas, estás muerto. ¿Un poco extremo, no? John McGuinness, en cambio, cuando habla de las carreras en carretera dice que son como una droga, algo difícil de abandonar. Y parece simplemente una forma de hablar, pero quizás no lo es, porque hace casi medio siglo, en “Las puertas de la percepción”, Aldous Huxley explicaba que cuando generamos adrenalina (y ni que decir tiene que esto es algo que les ocurre a todos los pilotos que compiten en el TT), acto seguido ésta se descompone y nuestro cuerpo, espontáneamente, produce adrenocromo, cuya composición química es similar a la mescalina, una droga con un bajo grado de toxicidad que altera el estado de la conciencia.

Éstas son sólo las palabras de dos pilotos del TT, sea como fuere, lo cierto es que ningún piloto es capaz de explicar lo que siente durante las casi dos horas que dura cada prueba del TT. Las sensaciones, sentimientos, intuiciones e imaginaciones que pasan por su mente son, en última instancia, incomunicables. Algo que queda fuera del alcance de las palabras. Algo que los iniciados habitualmente quieren repetir.
¿Y quién no quiere sentirse inmortal? Si la moto es símbolo de libertad, pilotar en el TT es creer en la inmortalidad del cuerpo (al menos mientras se está encima de la moto). Sin pensar en las consecuencias, atreverse a ir más allá de los propios miedos y, como los místicos, trascender la propia persona. Uno no participa en el TT por soberbia, hace un acto de fe.

Está en la naturaleza del hombre actuar como si realmente hubiera dioses o ángeles, o loque sea, de nuestro lado. De¬mostrar con acciones inauditas que somos capaces de pilotar nuestro destino, viajar en el filo de la suerte a medias de 200 km/h.

Claro… errar es humano y la arrogancia de dejarse sentir inmortal puede pagarse con dolores crónicos o la muerte. Pero los hom¬bres que dibujan la trazada perfecta sobre el asfalto de la isla no quieren serenidad, lo que piden a gritos es un careo con la vida. Nada de ir empujando los días. Cada año, cuando se aproximan las fechas del TT, cortan el césped y arreglan la casa, por si una corte de periodistas tiene que ir a visitar a la viuda. Los inconformistas siempre cuidan hasta el último detalle, esto es lo que puede marcar la diferencia entre superarse o fallar. La cuestión es que en una carrera de este tipo (y el TT es “la carrera” de este tipo), los pilotos experimentan el presente al 100 % porque se juegan lo único que, en el fondo, tenemos: la vida. Una prueba de este tipo supone estar totalmente concentrado en el ahora, convertirse en la línea mágica que permite ir lo más rápido posible. Hacerlo todo bien, sin posibilidad de error, desafiando el destino de tal forma que el miedo se convierte en entusiasmo. No se trata de vivir al límite como un temerario, se trata de vivir “el” límite, experimentarlo, dejarse mecer por el instinto de la velocidad, bestializarse hasta eliminar todo pensamiento. Y así, animal sediento de km/h, experimentar con tus acciones encima de la moto la definición del límite. Al final el piloto no es más que un científico que desafía las leyes de la física poniéndose a sí mismo como sujeto del experimento. En lugares como el TT es donde nacieron las carreras de motos y es aquí donde encuentran su definición natural.

Los grandes del TT han grabado a fuego la jugada perfecta, los gestos precisos que produce la magia del récord, una proeza que los destaca entre sus semejantes. Suben el listón, alertan a las nuevas generaciones haciendo más digno el reto de ser los mejores. Como hicieron los caballeros medievales con sus aventuras bélicas, los grandes del TT tienen fama porque los otros conocen sus actos meritorios, atesoran gloria porque la historia les aloja en su seno. Albergan la fuerza y el saber, y, premiados por su valor y sus virtudes, conquistan el honor de convertirse en leyenda.

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