Isla de Man (3 de 4): King of the mountain
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Isla de Man (3 de 4): King of the mountain

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En 2013 vivimos una experiencia única en la Isla de Man… Ahí va la tercera entrega de esta apasionante aventura.

Son las 8 a.m., esta mañana vamos a dar nuestra primera vuelta completa al Mountain Circuit. Estoy ligeramente nervioso y no quiero empacharme, así que no puedo tomarme un desayuno tan pesado: en vez de huevos revueltos con triángulos de patata, salchichas y bacon me limito a unos huevos fritos (en algún aceite que, por supuesto, no es de oliva) con estos adictivos triángulos de patata. De acuerdo, sigue sin ser el desayuno de los campeones, pero es que la gastronomía inglesa no destaca por ser especialmente saludable ni ligera.

 

Ya hemos hablado del tramo de montaña, unos 20 km en los que –durante los quince días que dura el TT– se circula en una sola dirección y podemos aprovechar todo el ancho del asfalto, pero es esta mañana cuando voy a darme cuenta de lo impresionante y bello que resulta andar en moto por esta carretera. ¿Y aquí dónde se frena? Pues la verdad es que casi en ningún sitio… Y menos a las velocidades que andábamos nosotros, que nada tenían que ver con las espeluznantes medias de los pilotos del TT. Para ellos la cuestión es relativamente sencilla: mantenerse siempre cerca de la línea central que divide los dos carriles y hacerlo con el máximo de gas posible. Claro que trazan y se descuelgan de la moto, pero lo hacen al estilo inglés – más defensivo– descolgando el culo y manteniendo la cabeza detrás de la cúpula (un poco al estilo del australiano Mick Doohan, para que nos entendamos).

Déjate llevar

Al inicio del tramo de la montaña me dio tiempo a leer un cartel que decía: “Go with the flow”, algo así como “Sigue la corriente” o “Déjate llevar”. Aunque a mí me sonó más a un “Be water, my friend” o el galáctico “Que la fuerza te acompañe”. Frases todas muy inspiradoras cuando uno circula por una carretera desconocida a suficiente altura como para ver el mar a lo lejos, sin nada que entorpezca la vista excepto extensísimos valles de pendiente amenazadora. Ante todo, mucha calma. Bajo esta consigna, sin buscar para nada los límites pero sin perder el ritmo, nos fue posible gozar de la esencia de conducir en moto. Acostumbrados como estamos a tener que circular entre demasiados coches, estar pendientes de todo tipo de radares y, para colmo, tener que soportar la horripilante visión de los quitamiedos acechando a derecha e izquierda, ir en moto por la carretera de un solo sentido en la Isla de Man fue como un renacer motociclista. Volvimos –como ocurre algunas veces en contadas carreteras despejadas de nuestro país– a quedarnos solos, moto y motero, envueltos en el sonido del escape, desplazándonos de un lado a otro, atentos a la carga de tracción en el neumático trasero, con la mirada planeando sobre lo que está a punto de venir, agazapados, trazando maravillosas parábolas imaginarias sobre el asfalto en un continuo fluir de sensaciones dinámicas. Sí, allá arriba sentirse uno con la moto fue lo más natural, y pudimos experimentar eso que don Paco Bultó llamaba equilibrio dinámico.

La seguridad es un tema fundamental en la Isla de Man, también para los visitantes. Es por ello que en el ferry nos encontramos con un hombre de la organización que repartía un completo kit para que nuestros días en la isla fueran más cómodos y seguros. Además de folletos informativos con la normativa más elemental para evitar sorpresas y un mapa situando los diversos campings, también nos regaló unas toallitas húmedas para limpiar la visera (a los mosquitos pa¬rece encantarles esta isla) y un plástico duro con la forma del Mountain Circuit que sirve como base para meterlo debajo del caballete lateral cuando aparcamos la moto en terrenos blandos. La organización, como veis, se preocupa para que los 40.000 moteros que visitarán la isla durante estas dos semanas estén siempre a gusto y a salvo. 40.000 visitantes es una cifra a tener muy en cuenta y que obliga a una buena planificación para una isla con poco más de 80.000 habitantes. Ni que decir tiene que 40.000 turistas son un caramelo muy codiciado por el Departamento de Turismo y el Departamento de Desarrollo Económico de la Isla de Man, organizador (junto a la Auto-Cycle Union) y patrocinador principal del TT, respectivamente.

En busca de un rey

Pero volvamos a la montaña, el tramo más querido por los pilotos del TT y en el que los pilotos más legendarios de esta competición siempre han sabido imponer su ley. Los mejores siempre triunfan aquí y se les conoce como King of the Mountain; honorable título que actualmente ostenta el gran John McGuinness. Aquí, a 396 metros sobre el nivel del mar, acostumbra a so¬plar un viento poderoso capaz de traer la brisa salada hasta lo alto de la montaña. Quien haya visto a McGuinness en éste, su territorio, filmado desde un helicóptero, entenderá enseguida lo que digo si afirmo que aquí la belleza de la velocidad encuentra su entorno ideal. En este entorno la velocidad expresa toda su plasticidad dinámica. Aquí no hay muros pegados a la carretera, la vista expande sus horizontes, hay menos tensión visual que en las zonas donde las casas y las sombras de los árboles impiden mirar lejos, y los pilotos pueden exprimir un poco más sus máquinas. Aquí no hay pueblos ni bordillos, los pilotos están más cerca del cielo. Se dice que en la montaña es donde se gana o se pierde la carrera. El peligro sigue estando ahí, pero tiene otra cara, una cara que parece más amable. Aunque, honestamente, todo el mundo sabe que el peligro es el mismo, y si no que se lo pregun¬ten al héroe local, Conor Cummins, que en 2010 se cayó en la entrada de la curva Verandah a 257 km/h cuando lideraba la carrera reina, la Sénior TT. Volvió y, a pesar de que en 2012 un choque en la NorthWest 200 con Gary Johnson le arruinó el TT (que se celebra la semana siguiente), este año Cummins, que posee la segunda vuelta más rápida del Mountain Course, vuelve a estar en forma y es piloto del Milwaukee Yamaha Shaun Muir Racing.

Fortaleza mental

Todos los pilotos del TT demuestran una gran fortaleza mental y muchos cargan en sus carnes y memoria las cicatrices de accidentes que obligarían a replantearse la vida a la mayoría de los mortales. Ellos también lo son, pero aquí en la isla las cosas –dudo que alguien sepa por qué– son diferentes: McGuinness comentó que mientras pilota nunca piensa que le pueda pasar nada malo, que de alguna forma se siente inmortal. Cummins se rompió cinco vértebras en esa caída en 2010, en una carrera que se reanudó a menos vueltas porque Guy Martin había sufrido un accidente que lo envolvió en una bola de fuego y le causó varías lesiones en la espalda.
Entonces… ¿por qué pilotos que ya han ganado como Ian Lougher (49 años, 10 victorias), Bruce Anstey (44 años, 9 victorias) o John McGuinness (41 años, 19 victorias) siguen compitiendo un año detrás de otro? McGuinness asegura que no es por los récords, que le gusta lo que hace y que cuando empiecen a ganarle dejará de tomar parte en la competición. Sí, está claro que la edad también es un estado mental, pero no olvidemos que las pruebas del TT son largas y que para aguantar esa tensión durante los casi 400 km que dura una carrera hay que estar muy en forma. Aunque a priori nadie afirmaría esto del gran McGuinness, a quien apodan “Forty, Fat and Fast”…

Ver para creer

Por la tarde fuimos a ver los entrenamientos desde Bray Hill, encontramos sitio en una grada más o menos improvisada a escasos kilómetros de la salida. Los pilotos se lanzan por esta bajada a 270 km/h, tienen que apuntar muy bien la S rápida para mantenerse en el lado izquierdo y así cortar lo mínimo en el momento en que llegan al punto donde la carretera empieza a subir, ahí tumban a derechas y el amortiguador se comprime al máximo y las quillas de los más rápidos golpean contra el bordillo derecho. Los que mantienen bien la línea durante la bajada de Bray Hill casi no cortan gas y parece que floten, las motos serpentean de forma escalofriante y el cambio a derechas a tanta velocidad les obliga a apalancarse bien en los semimanillares para poder hacer fuerza. Cuesta transmitirlo con palabras porque, además, lo que resulta más estremecedor es oír cómo revientan los motores en la bajada y cómo ondulan las revoluciones cuando remontan, justo antes de Ago's Leap, donde coronan controlando un caballito de altos vuelos. Todo esto ocurre pocos segundos después de haber arrancado, ya van a 270 km/h y algunos pilotos comentan que bajar por Bray Hill es como si fueras a caer por el final de la Tierra. Por eso dicen que en carrera enseguida te pones las pilas, no hay tiempo para el tanteo.

Aquel día había llovido y el asfalto tenía parches húmedos, era la primera vez que veíamos a los pilotos en acción, y la verdad es que el espectáculo superó nuestras expectativas. Los más rápidos bajaban con la moto retorciéndose sin parar y los otros pasaban cada uno por donde podía. Las diferencias entre pilotos resultaron evidentes y a medida que se fue secando la pista se hicieron todavía mayores. Estábamos tan excitados, que ni siquiera tuvimos en cuenta que aquella grada no era un lugar especialmente seguro. Días más tarde, un piloto de Supersport perdería el control en la bajada de Bray Hill e impactaría contra el muro que separa la grada de la carretera. El accidente se saldó con siete espectadores heridos.

Terraza con vistas

La tarde siguiente fuimos a una curva en la montaña, Greg Ny Baa, un lugar muy popular presidido por un bar mítico con una terraza que ofrece unas vistas espectaculares. Se trata de una curva amplia de 90 grados con algo de peralte, aparentemente sin complicaciones, que los pilotos superan a 80 km/h. Este punto marca el final del tramo de la montaña y enlaza dos rectas muy largas que obligan a frenar con cuidado para poder aprovechar bien la salida y no perder velocidad hasta Brandish, una rápida que los más valientes pasan en quinta a 225 km/h. Encontramos sitio en la terraza del primer piso del bar y pudimos ver largas y espectaculares frenadas, teníamos una panorámica perfecta tanto de la entrada como de la salida de la curva. En esta zona un montículo de hierba separa la carretera del campo verde, por lo que la línea blanca que marca el límite del asfalto queda pegada a la hierba. Tengo grabada la imagen de un piloto, que no alcancé a reconocer, que pudimos ver claramente cómo se abría hasta superar la línea blanca y rozaba la hierba con su pierna izquierda. Muchos llegaban hasta el límite de la línea blanca, pero sólo este valiente eligió superarla antes que cortar gas y perder velocidad. Esto nos convenció de que debíamos verlo más de cerca.

Bajamos hasta allí y nos situamos justo detrás del montículo, junto a un montón de expertos aficionados que estaban tumbados con la cabeza casi encima del asfalto. Adoptamos esa misma postura y pudimos sentir, además del delicioso olor a gasolina de competición, los golpes de aire en la cara cuando los pilotos pasaban, empalmando marchas y con la rueda delantera flotando, a un palmo de nuestras cabezas. Incluso pudimos recibir el saludo de uno de los pilotos, que nos hizo un gesto moviendo los dedos de la mano del embrague; eso sí, sin soltar la palma del semimanillar.

Detalles únicos

Pasarán los meses y los recuerdos del viaje a la Isla de Man se confundirán, la mayoría quedarán diluidos en el olvido, pero sé que momentos como los que pasamos ahí tumbados se quedarán conmigo. Si te gustan las motos, te gusta disfrutar de las carreras y seguir la evolución de los pilotos, la emoción de tal o cual campeonato… Pero también está el goce mismo de las trazadas, de ver al piloto bregando encima de la bestia mecánica y las reacciones de ésta al ser exprimida al máximo. Esto último es lo que normalmente vemos de lejos, eso que tan difícil resulta de apreciar por televisión y que últimamente las cámaras superlentas nos dejan ver en magníficas repeticiones, pero verlo en directo a una distancia insensata… Esto no lo puedes hacer en demasiados sitios del planeta. Ahí, tumbado sobre la hierba manesa, pude ver cómo el neumático delantero se despegaba ligeramente del suelo mientras el trasero se deformaba y dejaba su pegajosa huella negra sobre el asfalto. Pude ver el pie de los pilotos actuando sobre la palanca de cambio con un movimiento corto y seco. Pude ver los ojos abiertos, decididos, luchadores y llenos de energía de estos valientes que se preparan todo el año para pasarse quince días sumidos en una sola preocupación: ir más y más rápido, hasta que la velocidad se convierta en un estado natural donde no habite el miedo.

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