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Pruebas

India en moto: Una gran aventura

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Después de una hora en aquel frágil bote de madera, llegamos al otro lado de la laguna costera más grande de la India y la segunda mayor del mundo. Descargamos las Royal Enfield, con dificultad, pues iban cargadas hasta los topes.

Y tras unos cuantos kilómetros, por fin llegamos a Puri, donde nos espe­raba Neneta Herrero. Alguien me había hablado de ella. Neneta es una mujer española que se trasladó a Orissa para abrir una escuela. Comenzó su proyecto en el año 2000, cuando, tras un ciclón que devastó Orissa, decidió volcar todo su tiempo y energía en crear una escuela para los más desfavorecidos.

La escuela María Soliña tiene hoy más de 350 chavales, a los que no solo se les ofrece ayuda escolar, sino también alimentación, e incluso, a algunos de ellos, un techo para dormir.

Al vernos llegar, los niños nos rega­laron el mayor recibimiento que yo he vivido nunca. Todos y uno a uno vinieron a saludarnos. Ellos, fascina­dos por nuestras motos y nuestro viaje; nosotros, deslumbrados por sus enormes sonrisas y su curiosidad. Durante una semana, compartimos nuestras experiencias con ellos y conocimos mucho mejor a algunos de aquellos chicos que desprendían unas increíbles ganas de vivir. Fue una verdadera lección de humanidad. 

Al mismo tiempo, mi moto, pasó por “quirófano” para someterse a una reparación de motor, y quedó en unas condiciones óptimas para continuar el viaje a Nueva Delhi. Ya habíamos recorrido más de 4.000 kilómetros. Volver era un mal necesario. Lo que no podía imaginar era de qué manera lo iba a aprovechar.

Pusimos rumbo al oeste. Cruzamos uno de los estados más pobres de India, Jharkand. Pocos coches, pocas motos, allí todo el mundo se mueve en bicicleta, en carros tirados por bue­yes, o en tractores. Las casas están fabricadas con adobe y los techos están cubiertos de hojas. La vida, el trabajo y la economía son como hace cien años, con la salvedad de que ahora la mayoría tiene un teléfono móvil. Vadeamos algún río, pues nos encontramos con puentes derrumba­dos que nadie ha vuelto a poner en pie. Las grandes crecidas producidas por los monzones hacen estragos en las maltrechas infraestructuras.

La capital de Jharkand, Ranchi, nos conmovió. Es una frenética ciudad, con una gran comunidad musulma­na. Desde nuestro alojamiento, con vistas a la ciudad, divisamos centena­res de mezquitas que comenzaron, al atardecer, una masiva llamada a la oración, entremezclándose entre ellas. Nos quedamos fascinados por su magnitud.

Días más tarde llegamos a Bodhga­ya, lugar de culto entre los budistas. Cuenta la historia que un joven prín­cipe comenzó un largo viaje en busca de sí mismo. Se quedó bajo un árbol, meditando durante tres días y tres noches. Consiguió llegar al Nirvana. Pasó a llamarse Buda.

Eran días señalados para los budistas, que, en una gran peregrinación, se acercan a Bodhgaya. Una vez más, estaba siendo testigo de algo más grande que yo mismo. Y sentía un cosquilleo en el estómago, al obser­var un lugar de culto para “otra” gran religión. Yo solo observaba fascinado, intentando quedarme con esa sensa­ción dentro de mí.

Unos días más tarde, continuamos la ruta hasta Varanasi, una de las ciuda­des más significativas y de obligado paso para todo viajero que pretenda conocer India. Sus calles y avenidas no admiten más tráfico. Las maletas de mi moto nunca antes habían sufri­do tanto roce. A duras penas llegamos a las orillas del río Ganges, donde encontramos alojamiento.

Sobre esta ciudad se ha escrito mucho. Es famosa por la costumbre que tienen los hinduistas de quemar y arrojar a sus muertos al río. Las mul­titudinarias Pujas (rezos), a las orillas del río, es para mí un fabuloso espec­táculo, una invitación para sentarse, observar y reflexionar sobre la vida y la muerte. De nuevo, el cosquilleo en el cuerpo y en el alma.

De casualidad (o tal vez no tanto) di con otra ONG, llevada por otra mujer española, María Bodelón. María dirige Semillas para el cambio y, como Neneta, dedica su vida a los demás. Visité con ella los proyectos que está llevando a cabo, y su iniciativa fue, nuevamente, una lección de humildad y solidaridad.

La suerte seguía de nuestro lado. A pocos kilómetros de allí, en la cercana ciudad de Allahaba, se celebraba la más multitudinaria Kumbhamela de los últimos doce años. Conseguimos un contacto para pasar allí varias noches y vivir, de primera mano, ese acontecimiento único.

Considerada la mayor peregrinación del mundo, se calcula que más de 70 millones de personas se dan cita allí. Peregrinos de toda India se encuen­tran para bañarse en la confluencia de los ríos Jamuna y Ganges. Y nosotros estábamos allí. En medio de aquella locura. Conducir en esas circunstan­cias fue una dura prueba de paciencia, al atravesar un tráfico desbordado.

Aquello era un gran campamento. A ambas orillas de aquellos ríos (veni­dos a menos por la estación seca), grandes playas daban alojamiento a auténticos templos hechos de bambú y lonas de colores. Diferentes gurús (maestros), llegados de todas partes, ofrecían sus charlas y oraciones a sus seguidores y a otros curiosos como yo. Miles de sadhus (religiosos que viven al margen de la vida material) viajan desde todos los rincones de la India, abandonando sus bosques y montañas, donde viven aislados de la civilización, solo para vivir la Kumbha­mela. Algunos sadhus tienen largas rastas que les llegan hasta los pies, y otros iban completamente desnudos, cubiertos únicamente de ceniza.

En India, se les permite vivir fuera de la espiral del consumo, y son gente muy respetada. El día que me des­pedí de Allahabad, hacía mis últimas fotos del río abarrotado de gente, y en un momento pasé de retratar a ser partícipe de aquella fiesta. Me quité la ropa y me zambullí en aquellas frías (y seguramente contaminadas) aguas. No pensé en las consecuencias que podría tener aquel impulso sobre mi salud, pero tiempo después recordaría aquel momento como una especie de bau­tizo. Mi bautizo consciente de adulto. Lo único que todavía no sé muy bien a qué religión pertenezco.

Cuando por fin llegué a Pushkar, mi campamento base en India, tras 8.000 kilómetros, necesité un tiempo para asimilar todas las experiencias vividas en tan poco tiempo. No me considero una persona religiosa, pero lo que ha­bía vivido me hizo plantearme muchos nuevos conceptos.

Nacía un nuevo objetivo, movido por no sé muy bien qué. Tiempo después visité las otras tres ciudades (además de la ya conocida Allahabad en Uttar Pradesh), donde se celebra, alterna­tivamente, cada tres años, esa fiesta inconmensurable llamada Kumbhame­la: Ujjain en Madhya Pradesh, Nasik en Maharashtra, Haridwar en Uttaranchl.

El viaje más deseado
 

Más adelante ponía rumbo a la carre­tera más alta del mundo, en el corazón de los Himalaya, con sus 5.600 metros de altura. En esta ocasión, me acom­pañaban tres buenos amigos, Sergio, Jorge, y Alfredo, este último repetía aventura conmigo.

2.500 kilómetros en tres semanas. Salimos de la capital, Nueva Delhi, y conduje a mis nuevos compañeros por carreteras ya conocidas para mí. Cruzamos Jalori Pass que, a pesar de no ser un puerto de gran altitud (sin despreciar sus 3.150 metros), volvió a ponerme a prueba. Un camión grúa que cortaba completamente la carrete­ra, intentando rescatar a otro camión que había caído por la cuneta, y poco más tarde, la lluvia torrencial hizo acto de presencia cuando estábamos coro­nando el puerto, y nos obligó a buscar refugio para pasar la noche.

La lluvia nos seguía. Llegamos a Ma­nali, situado a 2.000 metros de altitud, y allí tuvimos tiempo para disfrutar de aquel bello lugar, aprovechando también para poner a punto nuestras motos. Por fin coronaba aquel puerto y dejaba atrás Rohtang Pass (4.000 m), donde años atrás había tenido que dar la vuelta, resignado, por culpa de la nieve. Una vez superado el puerto, el paisaje cambia totalmente. Los bosques dan paso a un paisaje lunar, árido y duro, donde el valor de la vida tiene un alto precio, pues los continuos desprendimientos dejan a los valles ais­lados durante larguísimas temporadas.

La primera noche en ruta la pasamos en Zinzinbar, un campamento creado con piedras y lonas, para camioneros y viajeros ocasionales, que transitan esta carretera en los meses en los que estas permanecen abiertas. A 4.000 metros de altitud, sentimos claramente la falta de oxígeno, que cada uno de nosotros vivió a su manera, aclima­tándonos poco a poco, superando sus distintas fases.

El frío atenazaba nuestros cuerpos, pero entrábamos rá­pidamente en calor al arrancar nuestras motos, a base de patadas. También nos sentíamos mareados, al consumir más oxígeno del que realmente dispo­níamos. Aún con todo esto, seguimos deslizándonos por los enormes puer­tos, que superaban los 5.000 metros de altitud.

Tras pasar otra noche en ruta, junto al lago Tso Kar, a más de 4.400 metros de altitud (donde mi cena fue una torti­lla de ibuprofenos), llegamos a Leh. Allí pasamos varias noches, para después subir a Khardungla, llegando al punto más alto que jamás hubiera imaginado alcanzar. Descubrimos que la altitud que marcaba el GPS era un poco me­nor que la que figuraba en los mapas y carteles, pero esta se quedaba en los nada despreciables 5.378 metros.

Sentimos una gran satisfacción al llegar allí. Yo, especialmente, rodeado de buenos amigos y compañeros de viaje con los que estaba compartiendo una aventura más en India. Pero tocaba volver. Y no queríamos hacerlo por el mismo camino. Íbamos a completar un viaje circular, cruzando por la convulsa Kachemira. Esta región quiere inde­pendizarse de India, para adherirse al estado de Pakistán. De ahí el motivo de la existencia de esta carretera tan especial.

Es una cuestión militar. Una vez más, me encontraba a escasos kilómetros de la frontera con Pakistán. 2.500 kilómetros al sur se encuen­tran los salares de Gujarat, luego el desierto del Thar (que tanto me gustó), y finalmente las cumbres de los Hima­laya, que ponen a prueba a cualquiera que se atreva a visitarlas. Puedo dar constancia de que esta frontera es una auténtica barrera natural, donde los ejércitos de India y Pakistán se despliegan en una especie de guerra fría que ya dura décadas y que, lamen­tablemente, parece no tener fin.

Nos encontrábamos, a priori, en la parte fácil de la ruta, pero los impre­vistos nos pusieron a prueba una vez más. Ni rastro de gasolineras. Íbamos comprando litros de gasolina que nos vendían los lugareños de sus reservas. Y conseguimos juntar algunos litros para repartir entre las cuatro motos. En nuestro afán de reducir el consumo al mínimo, bajábamos los puertos con los motores apagados, con el riesgo que eso conlleva. Uno de mis compa­ñeros sufrió una caída en una curva, sin consecuencias físicas para él, pero sí para su moto, pues esta cayó por la ladera de la montaña. La imagen de la moto allí abajo todavía retumba en mi cabeza.

En ese momento, pensé que seríamos incapaces de rescatarla, pero más de veinte personas corrie­ron en nuestra ayuda. La mayoría eran trabajadores de la carretera, que hicieron un esfuerzo enorme para ayudarnos a rescatar la maltrecha moto, teniendo en cuenta que estábamos a más de 4.000 metros de altitud. Y gracias a la generosidad de aquellas personas, que no pidieron nada a cambio del rescate, pudimos terminar nuestro viaje.

Tras más de 50.000 km, he podido recorrer más de 17 de los 29 estados que componen actualmente India y he podido apreciar las grandes diferen­cias y similitudes que tienen. India, para mí, es un país perfecto para vivir una gran aventura, donde todos tus sentidos y convicciones vivirán una gran transformación.

En estos últimos años, he comen­zado una nueva andadura. Creo que cualquiera que tenga pasión por la aventura puede hacer un viaje a India a lomos de una moto. Por eso, ahora, yo mismo me dedico a guiar a otros moteros para que puedan vivir la experiencia conmigo.

Aprovecho y animo a todo el mundo a que le echen un vistazo a mi blog: In­diaenmoto.com, así como a mi página de Facebook: indiaenmoto, y se den una vuelta conmigo. La aventura está asegurada.

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