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Himalayan Challenge: La cordillera más extrema

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Nada más pisar India nos dimos cuenta de que es un país complicado, con una pobreza y suciedad palpable en todos los rincones, y eso que nosotros lo hicimos en Chandigarh, una ciudad de poco más de un millón de habitantes en el Punjab, pero aun así es agobiante, caótica, y con un alto grado de contaminación que se extiende por todo el norte del país.

Queríamos salir de la rutina, conocer la realidad, y lo hicimos a lo bestia, nada más subirnos en las Himalayan. Eran las 6 de la tarde de nuestro segundo día en un país que te advierten que es difícil para conducir y que ni se te ocurra hacerlo de noche, pero decidimos salir hacia Shimla porque eran “solo” 120 km de una carretera, en teoría, buena. Nunca te creas lo que te dicen y el concepto de “buena” es muy relativo.

A los 30 km, la carretera nos la encontramos cortada “a medias”, lo que quiere decir que está hecha un asco por un derrumbamiento, pero la gente pasa sin más porque no hay ningún control que lo impida. Nos hicimos unos 90 km de carretera sin asfalto en más de la mitad y cuando había era roto o en muy mal estado. Encima se puso a llover, se hizo la noche, un barrizal, congestionada, y teníamos que conducir por la izquierda con vehículos de frente con las luces largas. Fruto de dicho caos, Edu se encontró de frente con un camión e instintivamente se fue a la derecha, mientras el atónito conductor demostró la pericia e improvisación de los conductores indios y evitó la tragedia. Pasamos por momentos de mucho estrés, en los que no veíamos nada y, como llegamos a las 22 horas a Shimla, estaba todo cerrado y no encontramos nada para comer, ni para dormir. Por fin dimos con un cuchitril a las afueras habitado por tres tíos que nos colocaron unos camastros en el comedor, por llamarlo así. Primera noche de India en su pureza.

De Shimla a Sarahan

La ruta para ir a Spiti Valley parte de Shimla y el primer día lo normal es dormir en Sharahan, para ello se toma la ruta 5, que como todas la carreteras principales en el noroeste de India están siempre congestionadas por un tráfico que hace difícil disfrutar de un viaje en moto, por ello resulta gratificante desviarse por lugares de los que no hay información, porque ni el turismo ni los habitantes de la zona se adentran en ellos, solo pertenece a las rudas gentes de las montañas. Hay que aventurarse por pistas en las que no hay letreros de ningún tipo, tan solo de vez en cuando un indicador con el nombre de un pueblo. Preguntar a los lugareños es la mejor manera de ir haciendo camino, perderse lo normal, pero siempre encuentras alguna salida.

En Narkand decidimos internarnos en las montañas por unas pistas construidas hace poco para unir aldeas aisladas, que después de varias horas de enduro nos llevaron de nuevo al asfalto en Duttnagard. Unos kilómetros de asfalto y en Rampur de nuevo por pistas hasta Sarahan. Nos llevó todo el día, cuando por carretera son unos 130 km en cuatro horas, pero es una aventura absolutamente recomendable, con la precaución del depósito lleno.

Spity Valley

El antiguo reino tibetano de Spiti conserva la pureza del budismo, ya que India no ha destruido la cultura y sigue intacto el territorio. Es un valle en altitudes por encima de los 3.500 m y está rodeado por impresionantes montañas de más de 6.000 m. Solo tiene dos entradas, una en el este de 4.000 m que pasa por el pueblo de Nako y otra por el oeste que es mucho más larga y peligrosa, ya que hay que franquear los puertos de Kunzum y Rohtang, que significa “montón de muertos” en tibetano, debido a la cantidad de gente que ha perdido la vida tratando de cruzarlo; en moto se tarda unas diez horas en superarlo.

Los accesos a Spiti están cerrados en invierno, ya que desde noviembre hasta junio la nieve lo impide. Si se pretende ir en los meses de verano, hay que tener en cuenta los atascos que se producen, ya que hay larguísimas filas de camiones que llevan suministro después del largo invierno y que hay un nú- mero limitado de entrada de vehículos. Nosotros fuimos en el mes de octubre, algo totalmente recomendable, ya que no hay tránsito y es una pasada poder exprimir la Himalayan por unos parajes de extraordinaria belleza con impresionantes vistas a glaciares y picos, a la vez que precaución por la estrechez de las pistas, los barrancos, las bajas temperaturas y la dificultad del terreno.

En Spiti no hay que limitarse a la carretera principal que une las dos entradas, lo mejor es hacer centro de operaciones en Kaza, el único lugar donde repostar, y de allí fuimos al más desconocido Pin Valley, una ruta de ida y vuelta espectacular hasta el remoto poblado de Mud. Al día siguiente hicimos una ruta circular que pasa por el monasterio de Key y los poblados de Kiber (a 4.300 msnm) y Komic, que con sus 4.587 m de altitud es el asentamiento humano situado más elevado del planeta. Este día nos encontramos con los participantes del Raid del Himalaya, que este año ganó Suresh Rana a bordo de un Suzuki Grand Vitara y no pudimos reprimirnos de seguirlos un rato “a saco”. Fueron cinco días de experiencias inolvidables sobre una moto.

Los peligros de Sach Pass

En la lista de carreteras peligrosas, una candidata al primer puesto es Sach Pass, un puerto de montaña que une el valle de Chamba con el valle de Pangi, que solo está abierto tres meses, ya que abre hacia finales de junio y cierra en la primera semana de octubre. Como llegamos la tercera semana de octubre, nos aconsejaron no ir, porque siempre hay una gran posibilidad de que se cierre en cualquier momento debido a la lluvia, los deslizamientos de tierra o la nieve, que puede caer desde finales de septiembre. Nos comentaron que si emprendíamos la marcha, estaríamos en “modo temerario” , ya que todas las Dhaba-walas (asistencias) se habrán ido. Si tienes una avería o te bloquea la nieve, nadie te va a ayudar y la temperatura por la noche caerá a un frío glacial.

Salimos muy temprano con un cielo despejado, conscientes de que podía empeorar en cualquier momento, pero el placer de circular en soledad por estas inmensas montañas supera con creces el temor a lo desconocido. Tardamos seis horas en cubrir los 160 km hasta Killar, una dura prueba para superar los 4.420 m del Sach Pass por una pista en muy mal estado, con una bajada con mucha pendiente, enormes piedras y un amenazador precipicio. Si tienes la suerte de que esté abierto, la circulación en esta época es nula y la sensación de aventura es inmensa, aunque hay que ser consciente de que se asume un gran riesgo.

El cañón del Chenab

Desde Killar hay una aislada vía que comunica el Himalchal Pradesh con el Kashmir. Hay otras rutas para ir a Jammu y Cachemira y nadie va por la terrorífica pista que sigue el cañón del río Chenab durante 120 km. Es un camino tallado en el lado de un acantilado, angosto, ventoso, sin protección y con vistas al valle en una caída vertical de cientos de metros. Nos encontramos rocas colgando, otras obstruyendo el paso, cascadas de agua y hasta un tajo en el camino que provocó la caída de Carlos Rubio; la rueda delantera quedó a escasos centímetros de un altísimo precipicio. Es un terreno peligroso y difícil, lo que significa que el área está aislada del turismo y tan solo la usan algunos escaladores, que la han apodado Almost Killer Road, para ir al campo base de Kishtwar Kailash, una montaña de 6.451 m. No encontramos ni un solo vehículo en los primeros 80 km y los habitantes de las montañas nos miraban con curiosidad.

El verano de 2016 se intensificó la tensión bélica entre India y Pakistán por el control del agua del río Indo, ya que India quiere construir una presa que disminuiría el caudal de la principal arteria hídrica de Pakistán, y esto llevó a la prohibición a los turistas de visitar el Kashmir. Y nosotros llegamos a un control militar en Kishtwar por el cañón del Chenab, un acceso ¡que no usa nadie! Encañonados nos obligaron a llevar las motos al interior del cuartel. Esta vez sí que teníamos miedo, hasta que nos recibió el coronel con mucha amabilidad y nos explicó que estábamos en una zona en guerra y que en Kishtwar había terroristas, por lo que un turista era presa codiciada y que debíamos abandonar la zona. Era tarde y buscamos un hotel en Kishtwar con bastante recelo, aunque por la noche salimos a cenar y encontramos gente muy amable y buena comida.

A salir de Kisthwar

Lo del terrorismo no era broma y nos lo confirmaron los del hotel, por lo que a las 7 de la mañana estábamos dispuestos a salir. ¡Pero la Himalayan negra no arranca! ¿Qué pasa? Visitamos hasta tres mecánicos arrastrando la moto con una cuerda entre la caótica circulación y durante cinco horas no hubo manera de saber qué pasaba.

Estábamos pasando mucha tensión, cargados de nervios y rodeados de gente cuando eran ya las dos de la tarde. Mientras esperábamos una pick-up para cargar la moto, un mecánico descubrió la avería: ¡había gasoil en el depósito! No podíamos creer que el gasolinero pusiera a dos motos gasolina y a la tercera gasoil. Por fin a las 4 de la tarde salimos de una ciudad de 200.000 habitantes aislada del turismo en una remota zona de Cachemira, pero que nosotros la recordaremos toda la vida.

Punjab y Rajasthan

Dejar las desiertas, limpias y frías montañas de aquella zona del Himalaya y llegar a las calurosas, polucionadas, sucias y congestionadas planicies del Punjab es un impacto emocional que te hace instantáneamente odiar aquel sitio, pero todo se pasa cuando llegas a Amritsar y visitas el famoso Templo Dorado de los Sikh, una magnífica obra por su valor religioso, artístico y cultural, inundado de gente amable vestida con llamativos colores y los famosos turbantes.

Rumbo a las ciudades más visitadas del Rajasthan nos integramos rápidamente en la forma de conducir de los indios. No hay normas, impera la ley de la selva, donde caben dos, caben tres y las vacas tienen preferencia. Para alguien como nosotros que nos gusta la agilidad de la moto y esquivar a los policías, esto es una maravilla, además hay que decir que saben conducir muy bien; eso sí, el mas grande tiene preferencia.

Vale la pena perderse en los salares que hay por la zona. Entras gas a fondo en línea recta, derrapando en círculos, lo que quieras, como esquiar en moto, genial. También visitar Jaisalmer, donde hicimos unos pinitos por la arena en el desierto de Thar. El mayor placer en Rajasthan fue disfrutar de la fascinante arquitectura en las principales ciudades, los palacios ancestrales de riquísimos marajás convertidos en modernos alojamientos, a los que no accedimos por la “pasta” y porque preferimos los hoteles más modestos en el meollo de la ciudad, donde pudimos recorrer esos mercados repletos de gente, tenderetes, comida callejera y monumentales atascos que le dan al viaje una dimensión aventurera.

Delhi, Agra y el Taj Mahal

Delhi es probablemente una de las ciudades más congestionadas y polucionadas del planeta. Conducir aquí es tentar al peligro cada segundo, hay que estar atento al 100 %, ninguna distracción y lo mejor es contratar a un tuc tuc para que te guíe al centro y comprender lo que significa vivir aquí, donde se encuentran lo más lujoso y lo paupérrimo.

Para ir a Agra decidimos ir por la carretera que atraviesa Faridabad, que es una enorme ciudad industrial unida al extremo de Delhi, donde vivimos el mayor atasco que hemos visto jamás, debido a las continuas obras que obligaban a desviarnos y pasar entre los infinitos tenderetes de los abigarrados suburbios.

Después de 100 agotadores kilómetros y ya cerrada noche paramos a descansar en Palwal. Pero de descanso nada, porque acabamos en una animada boda a la que nos autoinvitamos. Agra y su Taj Mahal es una maravilla, pero para salir de lo normal, nos fuimos a la ribera opuesta del río para hacer unas fotos con las motos y la silueta del monumento al fondo. Todo prohibido, pero decidimos “sobornar” a un policía con la ayuda de un chaval al que se unieron dos personajes más al olor del dinero y nos llevaron a una explanada donde hacer unas fotos que con la contaminación no se veía prácticamente nada. Habíamos quedado con el chaval en una cantidad que se multiplicó por diez al llegar allí y el asunto se puso muy feo cuando dijimos que nos íbamos. Salimos gas a fondo y más que asustados. Como extraño colofón a la aventura, cubrimos así los 230 km de vuelta a Delhi… ¡por la autopista!

Texto: Edu Cots / Carles Humet / Carlos Vives

Rutas

Ruta de la Seda (1ª parte): Una moto en un mar perdido

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Ruta de la Seda

Fue uno de los mayores desastres ecológicos causados por la mano del hombre, en concreto por la mano de la antigua Unión Soviética y sus plantaciones de algodón, el oro blanco, que desviando los ríos Amu Daria y Sir Daria para regarlas, terminaría secando al mar de Aral y convirtiendo la zona en desértica, sometida a fuertes tormentas de arena, polvo y ántrax que hace que sus habitantes, los pocos que quedan, sufran graves enfermedades respiratorias.

Como en viajes anteriores, se hace necesario atravesar Italia, Grecia y Turquía, la eterna Turquía, para adentrarse en Georgia y Azerbaiyán. Cruzo estos países rápidamente, ya los conozco.

El objetivo es ganar tiempo para recorrer la zona uzbeka y kazaja del mar de Aral, así como las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

Estamos en pleno corazón de la misma. Pero viajar en moto es una película cuyo guion se escribe día a día, así que se fueron sucediendo un montón de historias alegres, tristes, de agotamiento, estresantes y un sinfín de ellas que hacen cada viaje único. Dos personas pasando por el mismo lugar lo vivirán de diferente forma. ¡Es la grandeza y la riqueza del viaje!

Paso la noche en Batumi (Georgia), frontera con Turquía. Bajo una incesante lluvia y una máxima de 8 grados atravieso el país con la intención de dormir en la villa olímpica que hay tras la frontera de Azerbaiyán, a unos 70 km. Esta vez voy por una carretera de montaña que al final se complicó bastante por haber muchos tramos cortados.

Llego tarde y cansada a la frontera. No presto atención a que llevo la bandera armenia en la moto, ni me acuerdo, estoy agotada. Guardo cola tras un coche de alta gama y destartalado que hay delante de mí. Cuando llega mi turno, en la ventanilla de inmigración, empiezo a escuchar voces. Un militar con una navaja golpea mi maleta.

¡Me doy cuenta rápidamente de lo que está sucediendo! “Big problema, big problema”, me grita una cara endiablada. Intento hacer que no sé de qué va todo aquello, pero me hace ir hasta allí para señalar con desprecio una bandera, la de Armenia. ¡Soy tan solo una viajera, no entiendo nada más!, le dije, pero con aquella navaja la rayaba, ¡Me puse sería e hice un gesto de basta ya con la mano!

Me llevaron a una pequeña garita y vino un jefe con muchas estrellas. Gritaba y gritaba en azarí. Revisando encuentran los sellos de Armenia del año anterior. No me dejaban entrar en el país y ya empezaba a trazar un plan B.

Nuevamente me conducen a la moto y les digo que si el problema era esa pegatina, la quitaba. Tiré de ella y se la día a un militar, que rápidamente me indicó que la de la otra maleta también. Las cogió, arrugó entre sus manos, tiró al suelo y pisoteó para terminar con ellas en el cubo de la basura. Y así, de esta manera, tras más de dos horas en la frontera, pude finalmente entrar en el país.

Una ruta muy dura

“Maybe tomorrow”. Esa era la respuesta que recibí durante tres días en el puerto de Alat, al sur de Bakú (Azerbaiyán). Tras comprar el billete, te explican que no saben con certeza cuándo llega el barco. Al parecer, el mar Caspio es muy traicionero y tan pronto está en calma como una fuerte tormenta pone en peligro a los navegantes, ¡eso me dijeron!

Después de 3 días y 10 horas, consigo embarcar en un carguero, que estaba literalmente para el desguace, pero allí viajaban cientos de camiones para Kazajistán, al puerto de Aktau.

Casi dos días de travesía. Cuando llegamos al puerto, era de noche. Subieron un montón de militares kazajos que nos hicieron ponernos a todos en fila para revisar nuestro equipaje. Eso y un enorme pastor alemán, que lejos de la “sutileza” de los perros policía que conocemos, olisqueaba y desperdigaba todo.

Se subía a las personas ante la atenta mirada de estos militares que nos hicieron bajar del barco por una escalerilla y volvernos a poner en fila para registrarnos otra vez con los perros. En una pequeña furgoneta, nos trasladaban en grupos de 12 hasta la oficina de inmigración alejada de la zona y a la que tuvimos que volver caminando. Una vez la moto fuera, otro registro, sacar todo de las maletas y nuevamente el perro. Si al puerto llegamos a las 23.00 h, cuando llegué al hotel eran la 06.30 h de la mañana.

Me lo habían dicho, era una carretera muy dura. Conocía experiencias de otros viajeros que literalmente, terminaron con los tornillos en la mano. Imagino, que me había mentalizado tanto de la dureza, que al final, aunque lo fue y mucho, sentí que no era para tanto.

Beyneu, Nukus, dos ciudades con una frontera en medio de la nada entre Kazajistán y Uzbekistán. Más de 500 km, sin gasolineras, sin nada. Solo desierto, el de Kyzyl Kum, cambiante y que, cuando lo atravesé, tenía unos impresionantes bancos de arena que pusieron a prueba a la moto y a mí. Los primeros 167 kilómetros son fuertes, después, hasta completar los 550 totales, la cosa se suaviza un poco, pero la carretera está tan rota que la moto va saltando constantemente con esa sensación de que se rompe, entre camellos y caballos salvajes que te vas encontrando.

La frontera entre Kazajistán y Uzbekistán es, digamos, muy peculiar. Te hacen atravesar un enorme charco de agua antes de entrar en la parte kazaja, y esto es en todas las fronteras así, como comprobaría más tarde.

Llego cubierta de polvo, una enorme caravana de coches cargados hasta casi no verse están delante de mí. Bajo de mi moto y me acerco a preguntar a un militar que está a lo lejos. Enseguida, como ocurre siempre, mi moto desaparece rodeada de un montón de hombres que la tocan, miran y remiran. El militar me indica que me acerque con la moto. Entre todos aquellos coches atravesados por aquí y por allí, llego y empieza el papeleo y el típico “Madrid o Barcelona”. La cosa pinta bien, y va todo de una forma sorprendentemente ágil para todo aquel caos que habían montado en mitad del desierto.

Muchos viajeros me comentaron que suelen hacer el tramo en dos días, pero decido quitármelo de encima lo antes posible y, tras vaciar los 11 litros de gasolina extra que llevaba en las garrafas, llego ya de noche a Nukus, donde duermo.

Cementerio de barcos

La señal de la era soviética todavía da la bienvenida a la gente en esta parte uzbeka del mar de Aral, con un pez que simboliza lo que en su día fue la riqueza de aquella zona; un importante puerto pesquero convertido hoy en cementerio de barcos.

Lo había visto muchas veces en fotografías y vídeos, pero aun así impresiona ver aquellos barcos oxidados en medio de un desierto que fue fondo marino. Decenas de miles de personas vivían antes allí, con importantes industrias conserveras. No solo la ciudad murió, sino muchos de sus vecinos, debido a enfermedades en los pulmones por el polvo, contaminación de fertilizantes y lo que allí in situ descubrí en la parte kazaja, el ántrax.

Aparqué mi moto y me senté junto a ella, observando aquella desoladora imagen y a algún turista bromeando cual pirata subido en los barcos abandonados. Un niño en bicicleta se acercó a mí, supongo que atraído por la moto, pero en cuanto vio mi cámara entre las manos, me gritó: “Turist no, photo no”. Y no me extraña; era su forma de vida y ahora para algunos era un atractivo turístico. Hasta gente de fuera ha montado allí una especie de restaurante para quienes visitan el cementerio de barcos.

Intenté hablar con la poca gente que queda en Moynaq, pero no hubo forma, se dan la vuelta, no quieren saber nada. Si te paras a hacer una foto, enseguida se esconden.

Localicé una antigua fábrica de conservas en mitad de unas calles desérticas y al fondo había una señora que rápidamente se metió en su casa.

Es triste y desoladora la imagen. Ante mí, una importante y próspera ciudad de Uzbekistán que ha quedado reducida a polvo. Aquel desierto con barcos varados aquí y allí hace que nadie hubiese imaginado un guion tan dantesco.

A las afueras, algunas comunidades científicas han trabajado para recuperar la zona, pero francamente creo que nada se puede hacer ya. Al menos, han conseguido que pueda haber vida en las piscinas que hay rodeando la ciudad y sus gentes puedan pescar en ellas.

Me voy de allí, con esa mezcla de sentimientos de alegría por haber llegado con mi moto y de pena por ver lo que la mano del hombre es capaz de hacer.

Queda todavía la parte de Kazajistán de este mar, este mar perdido, así que continúo ruta y aprovecho para visitar las principales ciudades de la Ruta de la Seda.

En el corazón de la Ruta de la Seda

Giva-Khiva, la ciudad de las mil y una noches. Preciosa ciudad por la que paseé a diferentes horas del día y de la noche. Esa ciudad que esconde la triste historia de haber sido uno de los principales mercados de esclavos hasta 1865. Se dice que las murallas de su ciudad fueron construidas en tan solo 30 días por multitud de presos.

Pero si algo destaca de Giva, es su enorme cilindro Katal Minor, cubierto con dibujos en azulejo que se sitúa entre madrasas. Minarete inacabado y que te deja con la boca abierta. Cientos de turistas entre sus calles y más de 200 monumentos que visitar. Es una ciudad como las que podríamos ver en Afganistán o en Irán; de hecho a mí me recordaba constantemente a este último país que recorrí en moto en 2016, solo que debido a la sovietización y con ello prohibición de las religiones, desde sus minaretes no hay llamadas a la oración y dentro de sus mezquitas y madrasas hay mercados. Me pregunto una y otra vez qué pensarán los vecinos de estos países tan estrictos con su religión.

Me voy a un mercado local con un chófer que se dedica al turismo a comprar unas tarjetas para mi cámara, que por algún motivo no funcionan, y aprovecho para cambiar dinero en el mercado negro, algo prohibido en estos países. Compré música uzbeka y aquel hombre y yo atravesamos la ciudad sonrientes, con las ventanillas bajadas y el volumen bien alto.

Reconozco que al principio me costó mucho coger confianza. Quizás la apariencia de sus gentes. Pero ha llegado ese momento mágico en el que llamas tú la atención y entonces eres el motivo de las miradas. Paseo tranquilamente entre la gente que me para hacerse fotos conmigo.

Dejo esta ciudad tras visitar minaretes, madrasas, paseos entre sus calles, para continuar ruta hacia Buhara.

Las carreteras en Uzbekistán están rotas, ¡no hay socavones, hay pozos! en la carretera y tienes que ir buscando el menos profundo. En uno de estos y sin posibilidad de esquivarlo por un camión, enseguida me di cuenta. ¡He pinchado, pensé!, sin mirar, abrí mi maleta y saqué el kit de pinchazos para ponerme manos a la obra, pero la cosa era más grave, la llanta estaba rota.

Arrastro la moto hacia un tendejón que había visto al pasar. Me parecía buen sitio para buscar soluciones. Un chico que se presentó como Hasmin me ayudó en el último tramo. El hombre metió aire en mi rueda pero nada, y con un martillo se lió a golpes para enderezar la llanta, pero el problema era grave, y no había forma. Necesitaba encontrar a alguien que soldara aquello y estábamos a unos 40 km de Buhara, unas dos horas en coche. No me entendían, nadie habla inglés en aquella zona, así que terminé dibujando un camión en una libreta.

En la ciudad no encontrábamos a nadie, hasta que di con un taller y un chico que me soldó aquella llanta, que no volvió a perder aire y gracias a él terminé mi viaje.

El día tenía que terminar bien y, a pesar de que entré en Buhara de noche, el hotel que encontré estaba en el mismo corazón y, para rematar, un grupo de españoles que me reconoció vino a las puertas del hotel a saludarme. Ahora tocaba llegar a Samarcanda.

Continuará…

Galería

Texto y fotos: María Elsi

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Rutas

Los Black Ravens calientan motores en Robledo

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La sierra oeste de Madrid, conocida por sus sinuosas carreteras y paisajes de montaña, volvía a acoger un evento motero organizado por el joven grupo Black Ravens, que eligió como ubicación la población de Robledo de Chavela, próxima al conocido puerto de montaña de La Cruz Verde.

La Plaza de España acogió esta primera jornada motera de los Black Ravens en una fría mañana de invierno. Allí se instaló un escenario, barras de bar, tiendas de souvenirs del Puerto de La Cruz Verde, un mercadillo motero, grandes coches clásicos americanos de película y se preparó una exposición de motos clásicas, entre las que no faltaron las míticas marcas de motos Derbi y Montesa.

Esta era la primera edición y, aun así, hubo una gran cantidad de motos y moteros venidos de todas partes, por lo que coincidimos con muchas otras caras conocidas. A media mañana se realizó una ruta turística para ver y disfrutar de los famosos Dragones de Robledo, un conjunto de impresionantes pinturas medievales del siglo XV dibujados en las bóvedas de la iglesia de Robledo de Chavela.

El ambiente seguía en la plaza con cerveza gratis para todos hasta que, a la una de la tarde, se procedió al acto oficial de inauguración de esta primera concentración de los Black Ravens, con corte de cinta incluido por parte del alcalde. Aprovechó para dedicar unas palabras de apoyo tanto a los organizadores como a los asistentes, a los que también agradeció la visita a este primer evento que, viendo el éxito de la primera edición, se convertirá muy probablemente en un punto de partida de muchas matinales moteras más.

La jornada se remató con el concierto de rock del conjunto DrZAS y con el sorteo de regalos. En definitiva, un gran día motero en buenísima compañía en la que todos disfrutamos muchísimo. Aprovecho para felicitar a los Black Ravens por su trabajo, entusiasmo y organización.

Os esperamos en Robledo de Chavela.

¡Saludos y ráfagas!

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Rutas

Asociación Harlista de España y Dedines: juntos por una buena causa

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Un año más, la capital motera del sur de Madrid – Getafe – volvía a celebrar el maratón por la discapacidad. La Asociación Dedines, organizadora del evento, volvió a contar con la presencia de las motos, entre ellos, la Asociación Harlista de España y el Vespa Club Alcalá de Henares, que asistieron con un numeroso grupo de Vespas, desde las más antiguas a las más modernas y acompañadas por la moto de seguimiento de Dani Gárgoles.

A las diez y media se congregaron todas las motos en la cabeza de carrera del maratón. Después de la mañana de acción, todavía quedaba un montón de actividad por delante, como visitar la carpa de la Asociación Harlista de España o subir a sus voluptuosos modelos. También se pudo disfrutar del carismático Vespa Club de Alcalá de Henares y realizar actividades relacionadas con la seguridad vial, como un circuito de educación vial de karts con la colaboración de la Policía Local de Getafe. Los asistentes también tuvieron a su disposición todo tipo de señales de tráfico, escuela de conducción y una exposición de los nuevos vehículos de la Guardia Civil de Tráfico, entre los que se encontraban sus modernas BMW o las polivalentes Yamaha XT del Servicio de Protección de la Naturaleza.

Tampoco se perdieron la cita los vehículos del Ejército de Tierra, de seguridad y emergencia, ni algunos coches de competición. Al terminar el maratón, la Asociación Dedines otorgó a la agrupación harlista un merecido cuadro diploma de agradecimiento por su ayuda y su aportación a la labor solidaria.

Un gran día de motos con el que no solo disfrutas, sino que sientes que con tu presencia has podido hacer tu particular aportación a una buena causa, como es la de los niños con discapacidad y necesidades especiales Nos vemos en Getafe… ¡Hasta la próxima edición!
Saludos y ráfagas

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