España-Japón con Alicia Sornosa: 1ª parte
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España-Japón con Alicia Sornosa: 1ª parte

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 No vamos a entrar en detalle en la parte fácil, las primeras etapas de este viaje, básicamente por­que se realiza todo por carretera desde Barcelona hasta llegar a Kazajistán, donde estas se comien­zan a deteriorar y convertir en grandes lenguas de asfalto “minadas” de agujeros.

Eso sí, unos pequeños apuntes: llegar con tiempo a Varsovia tras el atracón de carreteras francesas y alemanas fue un acierto, ya que esta capital merece la pena una visita, sobre todo la parte antigua, que fue destruida en la II Guerra Mundial por el Ejército nazi y vuelta a poner en pie por los polacos que sobrevivieron.

Letonia sorprende por sus ciudades ordenadas y tranquilas, de clásico estilo señorial. Con una única incidencia, unas pequeñas oscilaciones de manillar que aparecieron súbita­mente, solucionadas al revisar la presión de aire en la rueda delantera, en menos de dos semanas llegamos a Moscú. La grandeza de esta ciudad merece pasar una noche en ella y vagabundear por las bellas paradas de metro, donde pode­mos aprender la historia de este gigantesco país. Descan­samos un poco de nuestra montura y reponemos fuerzas para emprender la marcha hacia el sur y estrenarme en la carretera transiberiana rumbo a Kazajistán.

Se trata de una enorme extensión de terreno que antes perteneció a la antigua Unión Soviética, con dos idiomas oficiales: ruso y kazajo. Este país tiene como curiosidad que su territorio ocupa una parte de Europa y otra de Asia, por lo que ya puedo decir que he cambiado de continente.

Carácter propio
 

Las diferencias con Rusia son enormes: la gente es mucho más risueña y hay una especial mezcla de razas, encon­tramos conviviendo en armonía caras asiáticas, mongolas, caucásicas, rubios y morenos, ojos claros y oscuros. Los kazajos (cuyo nombre significa ‘espíritu libre’) han sido un pueblo nómada completamente vinculado al caballo.

La travesía, que ha finalizado en la frontera al este con este país, ha sido muy dura por las temperaturas, que no han bajado de los 30 grados; las largas rectas, el infernal tráfico de camiones y el asfalto triturado o inexistente en muchas de las vías. Es donde realmente comienzo mi viaje semiso­litario, ya que los dos coches que forman parte del equipo de Héroes del Gobi llevan otro ritmo totalmente diferente al mío, por lo que continúo con todo mi equipaje en la moto y nos vamos reencontrando al final de las jornadas, en los lugares donde pasar la noche.

El siguiente paso es cruzar de nuevo la frontera rusa en Semay- Kolyvanskoe y prepararse para el mejor de los caminos: el paso por la región de Altai, montañas, curvas y mucho off-road, un pequeño aperitivo de lo que va a ser la travesía por el desierto del Gobi. La belleza de esta república es inmensa. Comenzamos a ver otro tipo diferente de gente, con rasgos asiáticos y la curiosidad y hospitalidad de las personas está asegurada. La BMW F 700 GS que monto, bautizada “Ulán” (‘rojo’ en mongol) continúa sin problemas mecánicos, como era de esperar.

Tramo extenuante
 

Esta parte del viaje supone el ecuador de la travesía antes de llegar a Ulan Bator. En estos días he podido comprobar la belleza natural de los paisajes del Altai, una basta región donde comienzan las montañas y se parten por los anchos ríos, en cuyas riveras se crían caballos y ganado y la agri­cultura se basa en pequeñas huertas familiares y enormes extensiones de cereales. El camino hasta la frontera ha sido muy duro, con etapas de más de 800 km de asfalto y una parte de 200 km de pistas de variado terreno (desde gran­des piedras hasta deslizante arena), sumando después los 400 km de curvas hasta el pueblo anterior a la frontera con Mongolia. Once horas en un día sobre la moto deja muerto a cualquiera, pero te preparan para lo que viene: las etapas más duras, los 900 km de off-road cruzando ríos y arenales en el desierto del Gobi hasta llegar a la capital, Ulan Bator.

La entrada en Mongolia resulta divertida, es la misma vía que utilizó Ewan McGregor en su “The long way round”, donde además nos encontramos con algunos coches del Rally Mongol, que comienzan a llegar al desierto.

Así emprendo la parte más dura del viaje: las carreteras cada vez más viejas y estropeadas dan paso al puro off-road por más de setecientos kilómetros. Grava, piedra y mucha arena en la parte final del Gobi, con el cruce de varios riachuelos y un río muy crecido por las fuertes lluvias de hace unas semanas. Para el paso entre agua brava he tenido que echar mano de un tractor y su precario remolque; tras unos mi­nutos de tensión estaba en la otra orilla. El Gobi es un lugar mágico donde está permitido acampar. Muchas veces aca­bas compartiendo campo con reses y caballos salvajes que quedan extrañados al vernos en sus lugares de pastoreo.

Reponer fuerzas
 

La llegada a Ulan Bator me permite unos días de descanso y la necesaria revisión de los pequeños desperfectos que el odioso “toulé ondulé” ha provocado en el equipamiento de la BMW. Al revisar me doy cuenta de la pérdida de mate­rial, como gafas de sol, una de mis cámaras Midland y una red de seguridad que me cedió la tienda del viajero Hum­boldt de Madrid. Respecto a mi equipamiento Touratech, tengo que soldar una pieza de la sujeción de las maletas y cambiar filtro y aceite en Ulan, aunque pese al camino tan duro y la carga, está respondiendo perfectamente. ¡En breve os cuento el resto de la aventura!

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