Escapada motera por Navarra e Iparralde
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Escapada motera por Navarra e Iparralde

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 En esta ocasión, me plan­teé la ruta como una gran U, empezando por el valle del Roncal, bajando a las foces de Lumbier y Arbayún, y finalizando en el valle del Baztán.

No empecé con buen pie esta ruta: el acceso al valle del Roncal por la NA-2000 está bloqueado por un desprendimiento de rocas. Es una barricada de poco más de cien metros que un endurero habría superado con una mano, pero yo no tengo ni la capacitación ni la moto adecuada. Al otro lado del desprendimiento, un enlatado a bordo de un Citroën C4 se rebela ante el incidente: su derecho a la libre circulación se está viendo coartado, por lo que decide atra­vesarlo a la brava. Le bastaron apenas cincuenta metros para reventar el cárter.

Doy media vuelta y me voy de allí, dejando al dominguero desquicia­do junto a su coche malherido.

Por fin estoy en el valle, aunque en el extremo sur. Me inscribo en el primer hostal que veo en el camino, en Roncal. Descargo el equipaje y continúo cabalgando en dirección a Francia. Sin equi­paje que me lastre, la Bandit rueda con alegría por una carretera casi perfecta, el verde me rodea por todas partes, la temperatura sube a 20 grados, los pueblos tienen una arquitectura cuidada… Todo estaba en su sitio, hasta que volví a tropezar con la misma piedra: el paso a Francia está cortado por obras. No hay mal que por bien no venga, y la inesperada parada me descubre el bosque de Larra. Me pierdo un rato en la frondosidad del hayedo, y más tarde, ya de vuelta, hago una breve parada en la foz de Biniés.

Aprovechando las últimas luces del día, visito con tranquilidad el pueblo de Roncal, cuna del tenor Julián Gayarre. Por la noche duer­me como un serrucho, arrullado por la interminable banda sonora del río Eska. Al día siguiente, cargo nueva­mente el petate en la Bandit, y doy gas hacia las dos foces más espectaculares de Navarra: la de Arbayún y la de Lumbier.

La foz de Arbayún puede verse a vista de pájaro desde un mirador suspendido en el precipicio: pro­pensos al vértigo, abstenerse. La foz de Lumbier no se queda atrás en espectacularidad, con la pecu­liaridad de que puede recorrerse tranquilamente en toda su exten­sión, gracias a un antiguo trazado de ferrocarril, reconvertido en vía verde. En los extremos de la foz hay dos túneles, uno de ellos no tiene mayor dificultad, pero el otro tiene un pequeño tramo que se ha de hacer a ciegas… Por suerte, llevaba una pequeña linterna que me facilitó las cosas. Si te gusta el turismo de paisajes, estas dos foces son de visita obligada.

La ruta continúa
 

En el sur de Navarra el paisaje cambia radicalmente, y el verde frondoso deja paso a la zona árida de las Bárdenas. En Castejón de Sos me he citado con una pareja de amigos de Zaragoza (Jesús y Blanca), que también habían sacado a pasear su flamante Moto Guzzi Nevada. Todos juntos nos fuimos a visitar el castillo de Javier.

Me despido de Jesús y Blanca, y sigo mi camino, pasando por Ujué y Olite; en esta última localidad estaban celebrando sus fiestas patronales, con una especie de mini-San Fermín. Tan bien me lo pasé viendo a las vaquillas, que el crepúsculo me sorprendió allí mismo, teniendo que llegar a mi siguiente alojamiento a oscuras: la Venta San Blas, regentada por Karlos y Xefe. El establecimiento está en las cuestas del antiguo puerto de Belate: antiguo res­taurante de carretera, hoy es un santuario de la paz y el silencio; tanto, que tuve que pedirle a Xefe una radio para la habitación, me intranquilizaba tanta quietud (no es broma).

Al día siguiente, y tras un desa­yuno energético, me tiro de nuevo a la carretera, remontando el valle del Baztán hacia el norte y pasándomelo pipa en las curvas del puerto de Otxondo. A media mañana llego a las cuevas de Zugarramurdi, un espectáculo natural que te aconsejo visitar.

Hay que pasar por taquilla, pero el precio es razonable. Para no desandar el mismo camino, llego a Vera de Bidasoa por suelo francés; allí me están esperando Álvaro y David, dos amigos del Club YBR. Tras los achuchones de rigor, nos acercamos hasta Etxalar, donde nos ponemos hasta arriba con una cantidad casi indecente de comida. Las sensaciones fuertes no acabaron con las chuletas, ya que después nos acercamos hasta Ascain, de nuevo en Francia, para coger el tren cremallera que nos llevaría a la cima del monte Larún… El prohibitivo precio del billete que­dó más que amortizado tanto por el delicioso trayecto como por las vistas desde la cima.

De las alturas montañosas, pasa­mos casi sin transición a surcar los acantilados del Iparralde, o costa vascofrancesa, entre Saint-Jean de Luz y Hendaya… Más tarde, ahíto de chuletones, borracho de vistas panorámicas y drogado por el exquisito gazpacho, me “depo­sitaron” nuevamente en tierras navarras, amenazándome con hacérmelo pasar aún peor si volvía a pisar sus dominios.

En el recorrido de vuelta a Belate, hago una parada en Ziga, donde aparte de unos paisajes esplén­didos, tienen la imponente Iglesia de San Lorenzo, “mucha iglesia para tan poco pueblo”; de hecho, esta iglesia es el mejor exponente del estilo herreriano que se puede encontrar en Navarra. Además, muy cerca de allí está el llamado Mirador del Baztán, lugar perfecto para dar por finalizada esta escapada.

¡Saludos y buena ruta!

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