Escapada motera por la Costa de la Luz, Huelva
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Escapada motera por la Costa de la Luz, Huelva

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La brisa cargada de humedad anuncia el río. El Guadiana fluye bajo el gran puente internacional que une España con Portugal presto a fundirse con el océano. Sobre una suave loma y dominado por el Baluarte de las Angustias, se apiña el casco antiguo de Ayamonte sobre tierra quebrada, pedregosa, llena de ribazos y cerros.

Blanco y silente, el pueblo mira al río con parsimonia secular; río cuyo rumor sube desde la avenida Muelle de Portugal, donde todavía atracan barcos pesqueros y viejos transbor­dadores, trepando por las callejas, insuflando el aire de nostalgia y una tenue melancolía.

Dueño de una larga historia signada por los conflictos entre lusitanos y españoles, la preciosa arquitectura de Ayamonte es profundamente andalu­za, levemente portuguesa. La pequeña ciudad seduce con sus callejuelas encaladas, salpicadas de hermosos edificios renacentistas, y dos iglesias muy bellas: la de El Salva­dor y la de San Francisco. Conserva además vestigios del pasado, como las ruinas del castillo romano o la capilla de San Antonio, fundada en el siglo XVI por el gremio de los marineros, declarada Bien de Interés Cultural.

Después de imbuirnos en la magia del pueblo fronterizo, nos ponemos en marcha para dirigirnos hacia Isla Cristi­na, a escasos kilómetros, rodeando el Paraje Natural de las Marismas. Mediaba el siglo XVIII cuando pescadores procedentes del Mediterráneo llegaron para explotar los caladeros de sardina y atún y generar la industria de la salazón. La entonces Real Isla de La Higuerita, que modificaría posteriormente su nombre por el actual, Isla Cristina, como agradecimiento a la reina María Cristina por la ayuda humanitaria prestada en una epidemia de cólera, marcaba sus inicios.

Recorriendo el litoral
 

Desde las salinas que vemos junto al puerto, buscamos la calle San Francis­co en el corazón del casco antiguo de la ciudad, donde nos espera una co­rrala de principios del siglo XIX, donde podemos observar dos blasones claramente masónicos, hoy Museo del Carnaval y Oficina de Turismo. Las casas de la burguesía conservera como Casa Gildita también dieron em­paque al casco viejo de esta ciudad, donde el padre de la patria andaluza, Blas Infante, establece su notaría y residencia desde 1923 hasta 1931.

Partimos del histórico conjunto con nuestra moto a descubrir los vastos arenales de dorado albero que confor­man las playas de Isla Cristina. La carretera discurre paralela al mar, y van sucediéndose las salidas hacia las diferentes playas, el Verdugón, Islantilla y La Antilla. En esta última está el poblado de La Antilla, donde el litoral extiende su manto por las primeras calles y crea una alfombra de fina arena que le da un especial encanto a las casas bajas que conforman la primera línea.

Dejamos la moto junto a un chirin­guito que anuncia apertura 24 horas durante los meses de verano y recorremos varias decenas de metros de pasarela a través de una duna salpicada de vegetación hasta llegar a la playa. Una vez allí, la vista se pierde en la tranquila inmensidad de esta be­lleza natural, mientras el suave batir de las olas allá en la orilla mece los tímpanos con su suave cadencia.

Es tiempo ya de retomar los mandos de la moto y abandonar la costa para conocer algunos pueblos del interior. Así pues ponemos rumbo a Lepe, que nos espera con mucho más que fresas y chistes. Lepe es un pueblo con rancia historia, pero el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755 destruyó la mayor parte, y fue reconstruido bajo los estilos arquitectónicos de los siglos XVIII y XIX, donde conviven las formas mudéjares y barrocas con elementos del Neoclásico.

Durante el dominio árabe, Lepe cono­ció un gran desarrollo y se convirtió en el centro del área costera, donde confluyen los ríos Guadiana y Piedras. Los siete siglos siguientes languideció en el pasó de unas manos a otras, de nobles a caciques, hasta que en la década de los sesenta del pasado siglo inicia una nueva trayectoria eco­nómica, turística y empresarial para convertirse en la ciudad moderna que es hoy.

De Moguer a Doñana
 

Abandonamos Lepe rumbo a Moguer, donde llegaremos tras rodear la capi­tal, que visitaremos en otra ocasión. Llegamos a la tierra natal del insigne poeta y Premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez, que nos recibe con la elegante serenidad de años de historia atesorados entre sus monu­mentos, calles y plazas.

En su origen, Moguer fue una villa romana, reconvertida más tarde en alquería por los musulmanes. Esta pequeña entidad rural fue conquistada y anexionada a Castilla por la Orden de Santiago junto con otros enclaves del Algarve histórico. A finales del siglo XV se encuentra ya perfectamente consolidada la estructura urbana del casco histórico de Moguer. Las plazas del cabildo, del marqués y de la iglesia, y los conven­tos de Santa Clara y San Francisco son las referencias de un caserío medieval constituido por edificios de barro, tapial y madera.

En su puerto sobre el Tinto, que con­taba con muelle de carga, varadero, astilleros y una de las más impor­tantes flotas del litoral andaluz, la actividad marinera era incesante. Colón visitó Moguer en varias oca­siones con el propósito de conseguir apoyos para su proyecto, y en la entonces abadesa del monasterio de Santa Clara, Inés Enríquez, pariente del Rey Católico, encontró una eficaz aliada que se convertiría en valedora del marino genovés ante la corte de Castilla; tanto fue así que Moguer aportó una carabela a Colón: la Niña, construida por la familia Niño.

Los Niño de Moguer y los Pinzón de Palos, principales armadores de la co­marca, son los encargados de realizar la captación de marinería para el gran viaje trasatlántico. Muchos moguereños se alistaron en las armadas de la Carrera de Indias a lo largo de los siglos XVI y XVII, con el consiguiente enriquecimiento del mu­nicipio. Actualmente Moguer es una ciudad próspera con una economía basada en el cultivo de la fresa.

Si hay alguna obra que describa Moguer con indudable maestría, esa es “Platero y yo”. No existe mejor forma de conocer esta patria chica de Juan Ramón que recorrer sus calles rememorando el texto. Y así lo hacemos. Dejamos la moto cerca del ayuntamiento, en cuya plaza encontramos un busto del poeta y un platero de metal, y comenzamos a recorrer las calles, asperjadas de citas de la universal obra. Las bellas rejas con coloridas macetas, los portalones y encaladas fachadas se suceden en armonía; refuerza la belle­za del conjunto casonas señoriales y la “falsa Giralda” de la iglesia de nuestra señora de la Granada.

Para terminar la jornada, volvemos a la moto y en pocos minutos estare­mos rodando por el Parque Natural de Doñana, en la infinita recta que une Mazagón con Matalascañas, como un pasillo que horada la profusa vegeta­ción del parque que llega hasta el mar.

Al llegar a la playa de Matalascañas dejamos la moto y nos preparamos para disfrutar de un atardecer idílico, viendo al sol acostarse en las aguas del océano.

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