Escapada motera por la Cañada Real Soriana
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Escapada motera por la Cañada Real Soriana

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Para nosotros, amantes de los caminos sedientos de nuevos hori­zontes, recorrer un trayec­to secular de migración e impreg­narnos de su esencia siempre es una grata experiencia. En otra visita a la provincia de Soria, visitando un museo del pastoreo, vi una repre­sentación del recorrido de esta insigne vía pecuaria de unos 800 kilómetros y me surgió la idea.

Cada año, miles de ovejas reco­rrían en pos de pasto y mejores condiciones climáticas estos cami­nos de tierra acompañadas del pastor, cuya nómada vida era dura, pero nuestra escapada de hoy será confortable, gratificante y enrique­cedora. Empezamos en la provincia de Soria, tierra de pinares, que al no ser un imán turístico al uso, acre­cienta el encanto de los secretos que guarda.

Salimos de la capital camino de Calatañazor. Para llegar a esta población hay que ponerse en camino por la N-122 en dirección a Segovia y seguir la indicación que un pequeño cartel nos dará para tomar el desvío a la derecha transcurridos un par de decenas de kilómetros. Entramos en la pequeña carretera que desciende desde la nacional al reducido núcleo poblacional en una deliciosa sucesión de curvas. Calatañazor es el pasado hoy. Un precioso y pintoresco pueblecito escondido de la civilización y arro­pado por los bosques, que ha sido muy bien conservado.

Puertas de cuarterón con anti­guos herrajes, casas de barro y toscos maderos de enebro que refuerzan lo débil del material, tejados coronados por chimeneas cónicas cubiertas a teja partida y pavimento de canto rodado con­forman un escueto y encantador conjunto. Desde la imponente presencia de las ruinas del castillo a la humilde sencillez del rincón más perdido, Calatañazor tiene embrujo.

Es tan pequeño, que bastará una hora para recorrerlo entero, des­cubriendo rincones que observan impasibles el paso de los viajeros desde el medioevo. Al salir del pueblo, si giramos a la izquierda, en unos minutos se llega a La Fuentona, nacimiento del río Abión.

Ahora vamos de regreso por la N-122 bajando el pequeño puerto que nos hará sonreír bajo el cas­co y al poco llegamos a Burgo de Osma, siguiente parada en nuestro particular recorrido por la cañada real soriana. Burgo de Osma invita a conocerla por la belleza de sus calles y pla­zas, no olvidemos que fue decla­rado Bien de Interés Cultural con la categoría de Conjunto Histórico Artístico.

Esta ciudad es fruto de su histo­ria, desde los asentamientos de Uxama, pasando por la etapa de ocupación musulmana y el poste­rior desarrollo como sede episco­pal. Todas las épocas han dejado su sedimento en la configuración de El Burgo. Desde la carretera N-122 pode­mos apreciar que la ciudad tiene un cerco de muralla. Data del siglo XV. Es de mampostería de cal y canto con sillares en los ángulos que sir­ven de refuerzo y está coronada de almenas. De las varias puertas que en ella se abrieron, solo se conser­va la de San Miguel.

Una vez intramuros, destacan la plaza del Ayuntamiento –amplia, elegante y noble– y la calle mayor, que partiendo de esta nos lleva hasta la catedral. La catedral auspició la creación de su plaza, donde se pueden apreciar los característicos sopor­tales, y del entramado medieval de calles irregulares. El caserío de El Burgo es sencillo, sobrio y ordenado, y da majestuo­sidad al centro histórico.

Tras la visita a la pequeña ciudad, seguimos el discurrir del camino ganadero rumbo a San Esteban de Gormaz, donde abandonaremos la N-122 sustituyéndola por la N-110. El pequeño casco de San Esteban guarda grandes tesoros en arquitectura civil y sobre todo religiosa que merece la pena cono­cer en un rápido paseo, sin des­merecer la bonita ribera del Duero que refresca la población y en su día daría tregua al exhausto convoy trashumante.

Nuestros neumáticos ruedan ya retomando la marcha; en pocas horas les hemos sacado una bue­na ventaja a las ovejas. Ayllón aparece ante nosotros recogida intramuros. La puerta frente al río es espectacularmente bella en su sobriedad y simetría de sillares pardos y enorme blasón. Frente a esta hay un aparcamien­to, donde dejamos la moto y los trastos para pasear cómodamente por la villa.

Las calles de este lugar te llevan al rico pasado histórico del que goza, con recoletos rincones que enlazan las callejas empedradas hasta llegar a la plaza, en la que hay un buen número de restaurantes donde saciar al más tragón con las exquisitas viandas segovianas por excelencia. Abandonamos Ayllón y la N-110 nos depara buen asfalto y curvas variadas. Ascensos y descensos que nos llevan en un suave vaivén hasta el siguiente hito en el camino: Riaza. Situada a casi 1.200 metros de altitud, su clima es frío y húmedo, por lo que alberga mucho turismo rural y de invierno. Sus calles se salpican con casas blasonadas de gusto castellano.

Uno de los elementos que más define a Riaza es su plaza portica­da, que data del siglo XVIII. En el centro se haya la Casa Consistorial y, frente a ella, la plaza propiamente dicha. Esta plaza de arena es utili­zada durante las fiestas patronales, en septiembre, para los festejos taurinos con magníficos carteles. En los soportales que circundan el foro hayamos sombra y solaz en verano o refugio en invierno, lo que a estas alturas del día ya se va agradeciendo.

Desde este recio pueblo sego­viano partimos hacia la más dura de las pruebas para los usuarios de la vía pecuaria, el paso de Somosierra. Nosotros circulamos cómoda­mente por la nacional, una carre­tera que los fines de semana tiene algo más de tráfico por la gente que viene o vuelve a Madrid, pero entre semana es una delicia rodar por ella.

El entorno, a las faldas del impre­sionante macizo que hace de fron­tera natural entre las provincias de Segovia y Madrid, está salpicado de pinares y vegetación de mon­te bajo que pasa a nuestro lado tiñendo de verde ambos lados de la serpiente gris que culebrea has­ta llegar a la carretera del puerto, pasado Cerezo de Arriba.

Santo Tomé del Puerto precede al pueblo de Somosierra, ya en la Comunidad de Madrid. Desde esta atalaya se atisba la enorme urbe y su metrópoli, con las cuatro altas torres del centro financiero que actúan de referencia visual, como el campanario que antaño anunciaba la cercanía al siguiente pueblo.

Aquí terminamos la jornada, aun­que no el recorrido por los pueblos de la cañada soriana, que siguen uno tras otro hasta Extremadura o Sevilla… pero eso será en otra escapada.

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